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Diez razones para respetar a las ratas

Por Eusebio Ruvalcaba | La rata es dueña de una fortaleza superior. Somete la sensibilidad en aras de su sobrevivencia.

26 marzo 2015

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Por Eusebio Ruvalcaba |


Aforismos

Diez razones para respetar a las ratas


1) La concentración. Las ratas ejercen el arte de la concentración hasta grados escalofriantes. El mundo puede caerse alrededor, y esa rata permanecerá atenta, sin moverse de su sitio, a la espera del momento propicio para salir de su escondite y devorar aquel suculento pedazo de pan o de cualquier desperdicio que le permita sobrevivir hasta el día siguiente. Nada distrae a una rata cuando fija su atención en un objetivo. Toda ella se concentra. Es una rata/gato, una rata/culebra. Sabe perfectamente el precio que hay que pagar por ganarse el pan.

2) La caución. Una rata no pone en juego su vida. Conocedora de las debilidades humanas, opta por poner tierra de por medio antes que enfrentarse al hombre. La verdad de las cosas es que sólo ataca cuando se sabe acosada. Aunque primero muestra sus colmillos, con la intención de provocar miedo y que la dejen en paz. Si una rata fuera valiente, arrojada, intrépida, ya habría desaparecido de la faz de la tierra. ¿Quién no se siente impelido a matar una rata por su solo aspecto?

3) La humildad. Aun la rata más hábil para solventar sus necesidades —digamos, aquella que vacía las despensas o las bodegas de los restaurantes—, se abastece de residuos encontrados en la basura. Los mercados o las panaderías son sitios óptimos para emprender esta búsqueda. Donde un perro olfatea con desdén —no se diga un perro doméstico, que de plano pasa de largo delante de estas provocaciones—, la rata hurga hasta sumergirse. Sabe que sólo de ese modo logrará extraer lo salvable de aquella podredumbre. En estas condiciones y a pleno día, donde una rata busca, otra más lo hace. Botín que desde luego no compartirán. Dos bichos humildes en busca de alimento. En esto se parecen al hombre.

4) La tenacidad. La rata persevera. Es incansable, terca, porfiada. Aun en los ambientes más inhóspitos, da vuelta en U y se regresa. Sabe que finalmente el hombre cometerá un descuido. Al cabo, su tenacidad es recompensada. Es como si supiera el precio que debe pagarse por vivir. Cosa que nadie le ha enseñado. Al hombre se le enseña desde pequeño, e insiste en violentar este principio.

5) La desconfianza. Una rata vive en estado de alerta continuo. No baja jamás la guardia, lo que le permite avistar el peligro aun antes de que se presente. Una rata es un amasijo de nervios en estado crudo. Adrenalina pura. Una rata no conoce descanso. Aun en las madrigueras más pobladas, no para de olfatear, de mirar acuciosamente en torno suyo. Sus ojillos nerviosos están hechos para descubrir el peligro donde hay quietud aparente —las ratoneras y el veneno son pan comido para ella. Esta desconfianza es quizá su mejor arma, y no sólo para conservar la vida sino también la dignidad. Jamás inclina la cerviz.

6) La corrosión. La rata es un ser eminentemente libre, que corroe y corrompe todo alrededor. El mundo es suyo. Si para sobrevivir habrá de echar abajo una montaña, lo hará. Aun en los sitios más asépticos, encontrará el modo de abastecerse de nutrientes. Por ejemplo, en el enorme cubo de una lavadora es capaz de fijar su residencia. Allí se alimentará lo mismo de cables que de holanes de ropa interior. Todo muerde y en menor medida traga, hasta que el hambre cede.

7) El estoicismo. La rata es capaz de resistir cualquier adversidad sin implorar clemencia, apoyo, refugio, opciones tan gratas a otros animales. No podía ser de otra forma, cuando la vida de este roedor es una lucha incesante. La rata es dueña de una fortaleza superior. Somete la sensibilidad en aras de su sobrevivencia.

8) La misantropía. Mienten quienes afirmen que la rata es sociable, que, inclusive, suele emprender migraciones constantes en enormes camadas. Prefiere el ejercicio de la soledad, desplazarse en pequeños y delimitados territorios, de los cuales conoce y domina sus recovecos más profundos. Su aversión a trasladarse en grupo le evita compartir. Otra ganancia.

9) La supervivencia. Por más esfuerzos que haga un perro callejero para mantenerse vivo, jamás podrá compararse con los que habrá de enfrentar una rata. A una rata se le atropella deliberadamente. Se le arroja veneno. Los niños gozan apedreándola. La sola vista de la rata incita a matarla de una patada.

10) El aprovechamiento. Las ratas no desperdician. Una rata aprovecha hasta el último miligramo de su abasto diario. Paradójicamente, en gran medida vive de lo que el hombre desperdicia. Si el ser más inteligente de la creación no desperdiciara, la rata —el enemigo más acérrimo del hombre— vería contados sus días. Pero el egocentrismo del ser humano es para ella fuente de abastecimiento. Aun detalles que para el hombre son absolutamente insignificantes —un pedazo de hot dog—, para la rata constituyen garantía de subsistencia.
 
 
 
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El Autor: Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951, Eusebio Ruvalcaba se ha dedicado a escuchar música. Cabal y rotundamente. Pese a que ha publicado ciertos títulos (Un hilito de sangre, Pocos son los elegidos perros del mal, Una cerveza de nombre derrota, El frágil latido del corazón de un hombre…), pese a que se gana la vida coordinando talleres de creación literaria y escribiendo en diarios y revistas, él dice que vino al mundo a escuchar música. Y a hablar sobre música. Y a escribir sobre música.
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