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Cinetiketas: La Tirisia

“La Tirisia”, segundo largometraje de Jorge Pérez Solano, centra su título en una superstición netamente mexicana, la cual habla sobre la ausencia del alma o de la presencia de inmensa tristeza.

21 abril 2015

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Cinetiketas | Por Jaime López Blanco | 



La primera secuencia es intrigante. Una joven mujer, que más tarde descubriremos que se llama Ángeles, contempla detenidamente una bolsa de plástico atorada en la parte alta de un cactus; la bolsa intenta escapar de la trampa en la que está metida, pero las espinas de la planta no la dejan irse, quieren retenerla allí en contra de su voluntad, el lapso que sea necesario. Ángeles observa la escena, con mucha cautela, quizá porque se siente identificada con la imagen que está presenciando. Se trata de una  mujer lozana, embarazada, atrapada entre sus circunstancias y una comunidad donde el tiempo parece no avanzar en ningún sentido.


A este primer cuadro se irá agregando otro retrato femenino, el de Cheva, una mujer adulta que vive con sus dos hijos, espera el nacimiento de un tercero y tiene un marido ausente, en un pueblo que no ofrece buenas oportunidades de trabajo para casi nadie. Un cuadro que no es nada ajeno a la cotidianidad de miles de familias, pobres y marginadas, que conforman este extraño país llamado México.


Tangencialmente, descubriremos las historias de Silvestre, Canelita y la madre de Ángeles. Todos ellos, de alguna u otra manera, refuerzan los conceptos machistas que, tristemente, constituyen una gran penosa parte de nuestra cultura e identidad nacionales; asimismo, irán complementando la radiografía de una sociedad sumergida en la enfermedad.


Y es que a pesar de que el argumento de “La Tirisia”, segundo largometraje de Jorge Pérez Solano, centra su título en una superstición netamente mexicana, la cual habla sobre la ausencia del alma o de la presencia de inmensa tristeza, en este caso, en un par de mujeres a las cuales se les orilla a abandonar a sus hijos para complacer a los hombres del hogar, pareciendo que sólo se enfoca en historias individuales específicas, lo cierto es que también estamos ante la revisión de la historia colectiva de un país tirisiento, hundido entre los ecos de la pobreza; la discriminación sexual; ciertos usos y costumbres dañinos de las comunidades; la violencia y doble moral de instituciones como el ejército; la indiferencia de los políticos; el olvido y; las falacias de las utopías.  


Esto es lo que se le agradece a cintas como la de Pérez Solano, el hecho de poseer un guión donde aparentemente no ocurre nada pero que, simbólicamente, es una rica y dinámica antología, la cual encierra múltiples significados y alegorías que evidencian una historia pensada y armada de manera concienzuda e inteligente. Amén de un ritmo pausado en la narrativa que logra transmitir esa pesadez del tiempo y del trabajo en un pueblo rural que se ha convertido en un fantasma más del sistema, sin sustancia propia y sin espíritu.   


La fotografía de César Gutiérrez, además, aporta ese aire de provincia a lugares que difícilmente podríamos ver como protagonistas en diversas historias transmitidas por la televisión, medio en el cual se centralizan y urbanizan los argumentos, dejando como un simple relleno a las comunidades rurales. Acá se podrá sentir la austeridad material de las casas de las protagonistas; la mexicanidad de los esporádicos visitantes ambulantes; la seca rutina de las familias que trabajan en las salineras o; los primeros planos de los rostros de mujeres dando a luz en sus propios hogares sin ninguna asistencia médica.  


¿Qué decir de las actuaciones? Adriana Paz es fascinante en esa introspección de una madre muerta por dentro, que sufre la ausencia de uno de sus hijos. Gustavo Sánchez Parra cumple, con apenas unos cuantos diálogos, al darle vida a ese hombre machista que no deja de soñar despierto cuando mira hacia el cielo. Mercedes Hernández erige sutilmente la conducta femenina de la discriminación hacia las integrantes de su propio género. Gabriela Cartol sorprende con la naturalidad, frescura y tenue interpretación con la que construye a su Ángeles, papel que podría marcar un antes y después en su carrera actoral. Y Noé Hernández es exquisito como Canelita, ya que demuestra su encanto y sus dotes cómicos, mostrando una personalidad totalmente opuesta a la de su anterior trabajo, en Miss Bala.    

     
“La Tirisia” viene avalada por distintos reconocimientos como el obtenido en el Festival Internacional  de Cine de Tesalónica, Grecia; ser la  única  película mexicana  seleccionada  dentro de  la 58va. Muestra  Internacional de Cine en México y; sus  seis recientes  nominaciones al premio Ariel de este año,  pero, sobre todo, por  mostrar  y hacer universal  la fisonomía  agonizante de  una  nación que deambula  entre  el rezago,  la clandestinidad y  los sueños rotos de una vida mejor. 

                   
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