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Letrinas: El príncipe de las equivocaciones

Por Eusebio Ruvalcaba | Soy el príncipe de las equivocaciones. Así me pueden decir. Me va bien.

21 abril 2015

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 Por Eusebio Ruvalcaba |

 

Cuento 

 

El príncipe de las equivocaciones

 

 

Vivo con poco dinero. Poco es lo que necesito. A veces pienso que todos necesitamos poco, pero nos hacen creer que necesitamos carretadas. Y por esa razón nos devastamos. Nos quebramos por dentro. Siempre para tener más. Y más. Lo que he tenido por carretadas es equivocaciones. Me equivoqué en el modo de educar a mis hijos. Me equivoqué en el modo de sobrellevar mi matrimonio. Y ahí sí no había de otra con semejante bruja que me casé. Pero ahí no terminan mis equivocaciones. Desde luego que no. Me equivoqué en la carrera que elegí. Soy ingeniero civil. Alguna vez tuve la opción de radicar en el extranjero y preferí quedarme en este país. Otra equivocación. Si hiciera un recuento, no terminaría.
 
         Y ahora mismo estoy a punto de cometer una más.

         Soy el príncipe de las equivocaciones. Así me pueden decir. Me va bien.

         Estoy solo en casa. En cualquier momento va a sonar el timbre. Es Rosalba. La criada. La tengo que hacer mía. Llevo semanas esperando este momento. Se me antoja muchísimo. La espío siempre que hace el aseo. Si se agacha, se me para cabrón. Cuando sirve la comida, escudriño sus pechos. Por supuesto que no puede andar escotada. Mi esposa brincaría. O peor, la correría. Con la escoba con la que Rosalba barre. Mi esposa es una bruja. Y Rosalba una diosa. Pero en el fondo sé que sí. Que tiene ganas de mostrarme sus tetas. Se ve que las tiene grandes. Enormes. Me encantaría sacárselas por encima de la blusa, que se quedaran atoradas en el brasier, y mamárselas. Es de lo que tiene ganas. Como yo. Ni modo. Tiene novio. Lo primero que voy a hacer es prohibírselo. Viene por ella. Todos los días. Huevón de mierda. La espera enfrente. Recargado en el árbol. Ella sale de minifalda. Se la pone cuando se va. Aquí en la casa no podría andar de minifalda. Mi esposa protestaría. Hay dos hombres aquí en la casa y no quiero tener problemas, le diría. Pero más miedo le daría por mi hijo Bruno. Cabrón. Está guapo y es seductor. De 19 años. Su novia cursa la universidad con él. Se me olvida la carrera. Hay tantas carreras nuevas. Ni siquiera dejan que los jóvenes piensen dos veces qué carrera seguir. Los manipulan para que elijan una carrera que a la larga ni siquiera resulta de su agrado. Nada nuevo bajo el sol. Pero la bruja de mi mujer estaría sobre Rosalba si se imaginara cualquier cosa.

         Ya sonó. El timbre está sonando.

         Me tomaré mi tiempo. Si le abro en forma inmediata se va a dar su importancia. Lo primero es hacerse del rogar. Eso es digno. Así conquisté a la bruja de mi esposa. La procuraba muchísimo, ya saben: atenciones, regalitos, sorpresas. Y de pronto le daba una desconocida. Cuando percibía yo que ya se sentía demasiado segura, la dejaba plantada. Se me olvidada alguna fecha para ella significativa. Le decía Irma en vez de Susana. Lo que fuera. Y las cosas me salían. En lugar de enojarse, su cariño —ya de por sí empalagoso— crecía hasta ser más alto que un volcán. Más ígneo. Más puro. A mí eso me daba risa. Saber que la tenía en las manos me conmovía hasta el hartazgo.

         Una vez más el timbre.

         Me tardaré un par de minutos. Le diré que estaba en el baño. Apenas entre, le pondré la mano en su culito. Capaz que se voltea y me da una cachetada. O quizás sonría y me ofrezca sus labios. El dilema está abierto. Si yo he notado cierta coquetería. Cierto jalón. Como si quisiera y no. Es natural. Le tiene miedo a la bruja. Si supiera. Haremos las cosas de tal modo que jamás se dé cuenta la vieja. Nada hay más fácil que engañar a tu mujer. Son tan vanidosas que se la viven en la estupidez.

         Allá voy.



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El Autor: Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951, Eusebio Ruvalcaba se ha dedicado a escuchar música. Cabal y rotundamente. Pese a que ha publicado ciertos títulos (Un hilito de sangre, Pocos son los elegidos perros del mal, Una cerveza de nombre derrota, El frágil latido del corazón de un hombre…), pese a que se gana la vida coordinando talleres de creación literaria y escribiendo en diarios y revistas, él dice que vino al mundo a escuchar música. Y a hablar sobre música. Y a escribir sobre música.

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