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Letrinas: El ángel guardián

Por Eusebio Ruvalcaba | —¿Usted cree en el presidente? —prosigue ella con la siguiente pregunta. Viste una diminuta falda tableada color verde, un chaleco guinda y una blusa blanca, casi tan blanca como ella.

29 mayo 2015

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Por Eusebio Ruvalcaba |
Cuento

El ángel guardián

—Aquí una vez se sentó un tipo: yo —le digo a la chica al mismo tiempo que señalo el sitio en la banqueta donde alguna vez me quedé dormido.

—¿Usted cree en el presidente? —prosigue ella con la siguiente pregunta. Viste una diminuta falda tableada color verde, un chaleco guinda y una blusa blanca, casi tan blanca como ella.

—En el brandy sí, aunque no te lo recomiendo.

—Estoy preguntándole en serio, señor.

—Y yo te estoy respondiendo en serio. Creo que nunca le había respondido a nadie tan en serio. ¿Y sabes por qué? Porque a excepción de don Agustín, el dueño de este lugar, nadie me dirige la palabra, y menos para preguntarme nada. Pero sigue.

Ladro, y los perros de la casa de enfrente se asoman por el filo de la azotea. Siempre pasa lo mismo. Llevo años curándome la cruda en La Perla, un discreto barecito de la colonia Carrasco. Para más señas, atrás de la Ollín Yoliztli. Me tomo un par de tragos y luego me gusta salir a respirar aire contaminado. Entonces le ladro a los perros. Es lindo. Soy buenísimo para imitar ladridos y relinchos. Alguna vez sustituí los ladridos de un pastor alemán en una función de títeres. Los niños estaban felices. Cuando mi hijo cumplió tres años. No volví a tener otro hijo. Mi mujer se separó de mí cuando el niño se murió. De leucemia. Yo quería ir con una doctora homeópata, pero mi mujer no quiso. Tengo la estúpida sensación de que los doctores alópatas forman parte de una maquinaria criminal. Aunque ni ellos mismos se den cuenta. Porque los laboratorios son dueños de nuestro pensamiento. Nos manipulan a su antojo. Son cabrones. Prolongan las enfermedades y nos atemorizan. Mi hijo se murió y mi mujer y yo ya no pudimos hacer una vida en común. Todo empezó en una discusión que se agigantó. Y desde ese momento no hay mujer que se me acerque. Me eché una maldición encima. Mi ex y yo nos mandamos mutuamente al diablo echándolos la culpa de la muerte de Benjamín. Así se llamaba, como yo. Pero la boca se me llena cuando alguien me pregunta cómo me llamo y le digo Benjamín. Benjamín, repito, como si esa persona no me hubiera oído.

El dueño del bar me conoce. Es un hombre respetuoso y amable. Se llama Noé, don Noé, para los amigos, y siempre tiene una palabra de aliento para el derrotado, como lo soy yo. Solemos conversar de muchas cosas. Sin platicar. Es una conversación que transcurre en jirones. A él le gusta el whisky. Lo disfruta. Digo que todas las mañanas paso a echarme un par de tragos. Sin fallar un solo día. Y cuando salgo, respiro una bocanada de aire puerco. Sabe rico, a botana. Dejo que se llenen mis pulmones y ya tengo fuerzas para proseguir la jornada. Que no es muy larga. Me dedico a la venta de autos usados. Esto suena muy fastuoso, pero no hay tal. Tengo un solo automóvil que vender: el mío. Un Caribe 86. Está viejo y más o menos desmantelado, pero se defiende. Lo principal es que me lleva a todos lados. Siempre traigo una anforita de Oso Negro para sobornar a los patrulleros cuando me detienen, que es seguido. Siempre la aceptan, y cómo no. Me ven amolado con ese auto. Que me dejen ir es para mí un acto de conmiseración.

—¿Qué partido político tiene más presencia en la ciudad de México?

—Esa pregunta sólo te la puedo responder con un vodka de por medio. En la mesa, entre tú y yo. Como un ángel de la guarda que nos cuidara, como nuestro ángel guardián. ¿Te gusta la idea? A ver, ven, te invito un trago.

—No puedo…

—Ordénale a esa boquita cachonda que diga que sí…

—No me obedece…

—¿Ya ves?, eso es un sí. Ven, vamos al bar. Nos echamos un traguito y te respondo lo que quieras…

La tomo de la mano y no hace el menor esfuerzo por soltarse. Soy malo para calcular edades, pero cuando menos le llevo treinta años. Veinte de este lado y cincuenta del otro, se ve bien. Es una combinación prodigiosa, aún más que el invento de la rueda.

—Siempre no —dice, se suelta de mi mano y se dirige hacia la salida.

—¡Espera! —le grito. Pero no se detiene. Se encamina con paso firme hacia la fuente de luz que proviene desde la calle.

—Se le fue la palomita —acota de pronto don Noé.

—Pues sí, pero atrás de ella vendrá otra. Y otra. Y otra. Sírvame otro vodka, por favor. Que las penas con pan son menos.

Me siento en mi mesa favorita. Me gusta la que está junto al baño de las mujeres. Porque las veo entrar y salir. Y es un gusto para la vista y el olor. Don Noé me trae mi vodka, y lo bebo a la salud de la chica sin nombre. ¿A quién estará aplicándole la encuesta en este momento? Por cierto, el ángel guardián es ella.
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Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951, Eusebio Ruvalcaba se ha dedicado a escuchar música. Cabal y rotundamente. Pese a que ha publicado ciertos títulos (Un hilito de sangre, Pocos son los elegidos perros del mal, Una cerveza de nombre derrota, El frágil latido del corazón de un hombre…), pese a que se gana la vida coordinando talleres de creación literaria y escribiendo en diarios y revistas, él dice que vino al mundo a escuchar música. Y a hablar sobre música. Y a escribir sobre música.
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