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“La Maldad” de Joshua Gil: Promesa poblana presente en el FICUNAM

La Maldad: El primer largometraje del poblano Joshua Gil presenta una apuesta arriesgada para un mercado voluble.

05 agosto 2015

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Cinetiketas | Por Jaime López Blanco |

El primer plano es revelador: una especie de premonición fotográfica que anuncia el tono que   impregnará el argumento de la ópera prima de Joshua Gil; el fuego como brújula de lo que acontece en este surreal país llamado México. Al lirismo visual inicial se añaden dos ancianos, quienes se presentan como los protagonistas de la historia en cuestión, además de una antagonista invisible -en apariencia- consistente en la maldad de la que habla el título, la cual es materializada en los síntomas de la podredumbre social nacional actual: olvido; marginación; miseria material y moral; agonía física; cansancio y; un futuro oscuro e incierto.

El primer largometraje del poblano Joshua Gil presenta una apuesta arriesgada para un mercado voluble, donde muchos espectadores prefieren, en diversas ocasiones, las historias obvias y fáciles de digerir, mayormente complacientes, impuestas por Hollywood. “La Maldad” es una cinta visceral, diferente, antiparadigmática, que se constituye en el documento catártico perfecto para expresar la amalgama de emociones infinitas, intensas, a través de las cuales el director percibe y procesa tanto una historia familiar como la historia colectiva del país en el que vive.

El riesgo es innegable, más notable, al atreverse a darnos una narración híbrida, la cual nos muestra una ficción documentada o un documental ficcionado; el orden de los factores no importa, porque no se altera la calidad del producto entregado. Joshua logra plasmar un análisis social hecho a partir de un micro análisis íntimo de dos viejos cuyas arrugas pueden simbolizar, sin problema alguno, el recorrido maltrecho en el tiempo de una nación con los sueños estancados y las ambiciones cercenadas por la amnesia comunal.

Sirva entonces “La maldad” como un cuento grato de atestiguar, cobijado por su gran manufactura técnica (fotografía y diseño sonoro de primerísimo nivel) y el innegable carisma innato de uno de sus protagonistas, sin restarle importancia al contrapeso emocional que imprime el otro de sus personajes principales. “La maldad” es una crónica que sorprende, que duele y que arde al mismo tiempo; es una evidencia del futuro prometedor de un cineasta joven y provinciano, que siente y que sueña alto, en contraste con una historia que transita por los laberintos más profundos de la decadencia individual. 
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