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“Un holograma para el rey”: La decadencia del lobo americano

“Un holograma para el rey”, la adaptación homónima de la novela de Dave Eggers.

24 junio 2016

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Cinetiketas |  Por Jaime López Blanco | 


Después de casi 4 años de haber colaborado con los Hermanos Wachowski (actualmente Hermanas Lilly y Lana Wachowski), en la compleja e incomprendida “Cloud Atlas” (2012), el reconocido realizador alemán Tom Tykwer (“The International”; “El perfume: historia de un asesino”) regresa al celuloide con la obra “Un holograma para el rey”, la adaptación homónima de la novela de Dave Eggers, otrora escritor y adaptador de filmes como “Away we go” y “Where the wild things are” (“Dónde viven los monstruos”).

Tykwer logró ponerse en el mapa mundial vía “Corre Lola Corre”, en la que nos ofreció gran parte de su inventiva visual: cortes rápidos; montajes agitados; bifurcación de historias y de la pantalla (split screen); y atractivos soundtracks como contextos sonoros. Posteriormente, el director germano se hizo cargo de las bellísimas “La princesa y el guerrero” y “En el cielo”, películas en las cuales ya trataba historias atípicas de amor. Ahora con “Un holograma para el rey”, Tykwer ahonda -sin apartarse de su habitual estilo, aunque más mesurado- en el drama romántico y el género de autodescubrimiento y superación personal. Lo hace mediante un arranque firme, donde se cuestiona discretamente el american way of life: “compra una hermosa casa, con un hermoso jardín, para una hermosa esposa”. 

Despúes del acelerado génesis, es cuando conocemos al personaje principal, “Alan Clay”, ejecutivo de negocios estadounidense, de edad madura, en medio de una crisis existencial, a quien le urge venderle al rey de Arabia Saudita un sistema de comunicación  holográfica, para así asegurar el pago de la universidad de su única hija.


“Clay” es interpretado por la estrella de hollywood, Tom Hanks, quien abona a su sólida trayectoria fílmica un personaje más que hecho a la medida. Por fin Hanks vuelve a entregar el ímpetu o bríos de su época dorada, aquella en la que bordaba sus caracteres con enormes dosis de carisma, melancolía y convicción. El “Alan Clay” de Hanks es un decaído lobo que ha perdido el rumbo; que ha perdido el olfato y el valor para cazar ovejas; que ha dejado de creer en sí mismo. Su viaje a otro continente lo hará confrontarse con sus diversas presiones.

De esta forma, el lobo abatido se verá postrado ante una cultura diferente, conectado a personajes inesperados (y algo excéntricos), y lidiando con situaciones que no puede controlar. Un lobo explorando nuevos territorios, saliendo de su zona de comodidad. Tykwer lo sabe e intenta mover a su protagonista entre un laberinto de diversos espejos, en los que podemos percibir sus miedos, añoranzas y deseos. El resultado es una pieza audiovisual que entretiene y con la que es fácil identificarse (aunque el ritmo parece caerse hacia el último acto). El viaje del lobo se convierte entonces en el éxodo de nosotros, en la aventura de seres grises en busca de nuestros blancos y nuestros negros, presionados por un suprasistema que privilegia el individualismo voraz por encima de la libertad personal.   
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