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Ese arte tan latinoamericano de hacerse pendejo

El vagón estaba en su versión de las cuatro de la tarde, o sea que estaba a punto de llenarse, y nadie dijo nada, es que así se mueve todo en la parte de abajo de la ciudad, “pero si sabe cómo es la onda por qué no hace las cosas bien”

24 abril 2018

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Por Afonso Brevedades
Independiente


Los latinoamericanos tenemos un arte muy bien entrenado, básicamente consiste en ignorar –en no denunciar y actuar en consecuencia– que algo que está sucediendo –algo que está por suceder– eventualmente afectará a más de uno. Se practica soslayando el hecho perjudicial y considerando que en tanto a uno no le remueva el peinado no hay nada de qué preocuparse. O sea, hacerse pendejo.

Las dimensiones que alcanza este arte van desde las micropendejadas hasta las más sonadas pendajadotas que se hicieron virales –algunos dirán “que fueron noticia”–. A uno se le vierte la leche en el frigorífico y decide limpiarlo más tarde, llegado ese momento sencillamente prolonga el acto aséptico para mañana, y cuando es mañana se le puede ver de rodillas tallando desesperadamente, intentando quitar la mancha pegajosa que deja el viscoso líquido blanco que ahora se ha convertido en la simulación de un mapa con franjas de color café, con archipiélagos que se resisten al ir y venir de la fibra enjabonada. A uno se le asigna una secretaría cualquiera –la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, por ejemplo– y al final de su gestión alguien denuncia una estafa en la que se desviaron millones de pesos y él dice que no se dio cuenta, que no se percató de que los contratos y las subcontrataciones fueron convirtiendo en polvo millones de pesos.

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Soy ese tipo extranjero que corre alrededor del parque en un barrio periférico de Bogotá, ya ha sumado más de una hora dándole vueltas a la pista –también le da vueltas a unos párrafos que no terminan de convencerlo–, acelera el paso y con eso también acelera el ritmo cardiaco, suda de la frente y una gota le cae en el ojo izquierdo y se talla con la mano porque el ardor es insoportable, otra gota alcanza a resbalar hasta la comisura de su labio y le viene el recuerdo del mar salado. De pronto alcanza a escuchar un silbido, sale del pico simulado de un chico en bicicleta, primero silba fuerte pero corto, luego más bajo pero el sonido se prolonga un poco más, como cinco segundos. Entonces alguien se le acerca y desenfunda su cartera para pagarle, el pájaro –jíbaro le llaman aquí, será porque silva para vender drogas– saca de un canguro la mercancía y se lo entrega sonriente. Los dos afirman con la cabeza. Lo ve el corredor, justo pasaba a esa altura de la pista con el ojo izquierdo irritado y el sabor de mar en la boca.

El corredor ya lleva más de una hora, ha alcanzado la curva en el que mide el número de giros que da. Se le hace curioso ver a una muchacha con carriola ahí sentada, muy cerca de un canal que expide un olor a mierda –es que lo que trasporta es mierda diluida en agua– y no se mueve, ahí se queda, vira a la izquierda, luego a la diestra, alguno le sonríe, el corredor no lo hace, pero ella lo mira firmemente. A la siguiente vuelta quita el velo que cubre a su bebé –quizá era una muñeca y no una bebé de carne y hueso– y de un recoveco de la carriola extrae el producto, ella es una mamá jíbara, vende drogas y más de uno le entrega un billete.

Un pequeño dolor ataca el muslo derecho del corredor –ese extranjero que sigue pensando en un párrafo que dejó pendiente en su MacBook Air–, recuerda que hace veinte años tuvo una lesión que casi le fragmentó el músculo recto femoral. Por un momento piensa en detenerse, en cambio sigue corriendo, baja el ritmo, recuerda que su entrenadora le recomendó no bajar el ritmo en la fase final del entrenamiento, que justo ahí es donde se lleva a cabo la mayor quema de calorías. Entonces el escritor que corre retoma el ritmo. Justo cuando eso decide lo alcanza un fuerte olor a mariguana –“marihuana” escriben otros–, quizá eso fue lo que le dio energía para continuar. Mira el cronómetro y ya casi completa su objetivo del día –un día corre media hora, al otro día descansa, al siguiente día corre una hora, después descansa, y al siguiente una hora y media con un ritmo que su entrenadora le recomendó–, calcula que lo completa en tres vueltas más. Ahora le arden los dos ojos y el mar se le ha convertido en una ola gigante que acabará con todo el pueblo de su lengua.

Ha completado el entrenamiento del día –se siente cansado y un poco drogado–, las dos piernas le están temblando, en un punto del muslo derecho se percibe un pequeño abultamiento, lo soba con círculos pequeños, sabe que algo no anda bien ahí adentro: se trata de un dolor agudo que hace un recorrido desde su rodilla hasta el abdomen. Enfrente tiene un módulo de CAI –significa Comando de Atención Inmediata– y dos oficiales con uniforme verde tienen la mirada clavada en sus celulares, no se desmontan de sus motocicletas de alta velocidad. Se supone que ellos están ahí para vigilar, entre otras cosas, que nadie venda drogas, que no haya jíbaros rolando el producto entre los que hacen ejercicio y los que ejercen el oficio de esnifar.

A unos doscientos metros hay un chico que no va más allá de los veinte años y tiene entre sus manos una bolsa llena de chemo, infla y jala, infla y jala, el corredor lo ve y quiere detenerse para hablar con él, para decirle que lo que hace no está bien, que, así como van las cosas, la vida se le irá por ese canal. “¿Qué es esa basura?”, dice en voz alta y retorna su concentración a los párrafos que dejó pendiente en la hoja blanca de mentiritas de su ordenador.

En ese parque, además de drogas, se vende jugo, “tinto” –café colombiano–, “raspas” –la versión huevona de raspados–; también hay papás que llevan de paseo a sus hijos y ven lo que vio el corredor; hay chicos musculosos que a torso desnudo se mesen en péndulo en unas barras horizontales y ven lo que el corredor vio; hay otros corredores y hay comandos que asisten inmediatamente a la sociedad de ahí enfrente: todos ellos se hicieron pendejos.

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También soy ese profesor con morral de cuero que recibió como regalo de cumpleaños de parte de su chica, recuerda que ella pagó un poco más de mil pesos por ese hermoso ornato intelectual en plena una plaza de Coyoacán. Ese profesor ahora espera a que el metro llegue, mientras tanto ve cómo una parejita salta los torniquetes para no pagar cinco pesos por el servicio. Justo se hacen al lado del profesor, también esperan el metro, ella le dice a ella –sí, ella le dice a ella– “chale, ojalá no venga el pinche policía”. No llegó el policía. Una señora con playera sellada con una leyenda del PRI mueve la cabeza en negativa, “estos muchachos de ahora” dice en susurro e invita con la mirada al profesor para secundarla, pero el profesor soslaya el… se hace pendejo y en cuando llega el metro se mete rápido para ocupar un asiento asignado a una embarazada o una mujer cargando a un bebé o un hombre con bastón o un hombre con pierna vendada o un hombre en silla de ruedas.

Alguien en el interior del vagón comienza a cantar, pero en la siguiente estación se asoma un tipo con facha de malandro y le pide que se baje. “Sólo quiero trabajar, carnal, hazme el paro”, le dice el cantante, “bájate amigo, te estoy diciendo”, le dice el malandro en ese orden. Un policía ve toda la acción y no hace nada, luego el profesor se entera que aquel cantante no pagaba su derecho de cantar –sí, su derecho para cantar– en el metro como lo hacen todos, entonces el “administrador” hace su trabajo bajándolo y quitándole las ganancias de ese día –una estudiante del profesor dice que “hasta les quitan sus instrumentos, profe”–. El vagón estaba en su versión de las cuatro de la tarde, o sea que estaba a punto de llenarse, y nadie dijo nada, es que así se mueve todo en la parte de abajo de la ciudad, “pero si sabe cómo es la onda por qué no hace las cosas bien” dice un usuario que lee El diario de Ana Frank en su versión económica de pasillo de metro.

El profesor lleva en sus manos un manojo de hojas, se trata de una crónica que le regresaron un mes después de que la envió a una revista, que no es consistente le escribieron, que no tiene lógica interna le dijeron, que se confunde la voz narradora le comentaron. Él, que es un inexperto escritor, no sabe qué es la consistencia, qué es la lógica ni lo interno, qué es la voz y si es él el que narra. Relee y no encuentra más solución que guardar la historia en su morral y hacerse el dormido porque una señora está amagando con pedirle el asiento reservado.

El metro lo escupe en la estación Viveros, de ahí se sube al camión que lo lleva hasta la universidad privada donde es profesor en el área de investigación. El chofer escucha a Los tigres del norte a todo volumen, los que suben con el celular pegado a la oreja tienen que colgar con urgencia. Sube un tipo vendiendo paletas, luego otro vendiendo palomitas, luego otro diciendo que lo han asaltado y que le quitaron su cartera y que lo ayuden con monedas para regresarse a Morelos, luego el chofer se ve atorado en el tráfico y busca una alternativa: cruza Insurgentes en rojo. Más de uno lo celebró, incluso el profesor que ve su reloj de pulsera y se entera que le quedan diez minutos para comenzar su primera clase del día. El conductor de un compacto le mienta la madre con el claxon al chofer del camión, éste le responde igual, pero con la voz aguda que tiene: “qué pedo”, le dice, “bájate, pinche puto”, agrega y todos en el interior del camión se ríen.

De vuelta a su departamento el profesor se vuelve a meter al metro y le toca ver cómo una chica se queja porque un chico la venía acosando, algunos activan la cámara de video de sus celulares y comienzan a transmitir en vivo. “¿Tiene pruebas de que fui yo?”, le pregunta el tipo con traje y corbata, “claro que fuiste tú”, le responde la chica y los demás buscan la mejor toma. En la siguiente estación el chico con corbata se baja y los documentalistas se acercan a la muchacha para ofrecerle ayuda. Ella dice que no y alguien le cede el lugar. El profesor hace el trasbordo en la estación Guerrero y media hora más tarde llega a su estudio, se pone el pijama y piensa en abandonar la universidad y largarse del país. Lo decide. Lo hace.

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El profesor ahora es un desempleado, se ha convertido en extranjero y por las tardes corre en un parque de barrio periférico de Bogotá. Le gusta el centro de su ciudad nueva, se mete por calles y carreras que se guarda en su memoria y las nombra para no olvidarlas (“Cara de perro” dice, “La fatiga” dice y se ríe, “El cajoncito” dice y busca el cajoncito, “El pecado mortal” dice y se acuerda del suyo, “La culebra” dice y agrega “enróllense culebras”, “Patio de las brujas” dice y piensa en la Edad Media, “Del divorcio” dice y agrega “ni casado estoy”, “De la vergüenza” dice y dice también “mi vida”). Viaja en Transmilenio –es el Metrobús de los bogotanos– y el mismo día que se atrevió a subirse al articulado vio cómo un chico se saltó los torniquetes para no pagar, un bachiller –un estudiante de bachillerato pero que hace servicio de seguridad en lugares públicos– ve toda la acción y grita “oiga, el servicio no es gratuito”, el transgresor le hace pistola –la britniseñal mexicana– y sigue su camino. Con toda la indiferencia del echo el bogotano saltador de las normas mínimas de ciudadanía se para al lado del extranjero y espera a que las puertas del Transmilenio se abran. Nadie dice nada, nadie dice “estos muchachos de ahora”.

En el interior de la unidad se suben dos chicos a improvisar un rap de tercera división –huevones, mejor pónganse creativos y escriban algo para luego pedir, pero eso de rimar los lentes negros del extranjero con la palabra “obreros” está de la chingada–, cuando terminan su “actuación” la gente aplaude –sí, la gente aplaude o los raperos les recuerdan su poca educación–. Después le toca el turno a una chica venezolana –primero reparte mierda a Maduro y a su Castrochavismo– y comienza a ofrecer Bolívares a precio de oferta, o sea que los usuarios ponen su “valor y buena voluntad”. De paso les recuerda que piensen bien a quién van a elegir como presidente de Colombia, “porque el Castrochavismo no perdona nacionalidades”, remata.

En la estación que le toca al extranjero bajarse ve cómo una chica y un chico se suben por el andén, cruzan la calle con el peligro que implica el paso del Transmilenio y escalan hasta la fila de gente que pagó y espera su turno. Ellos ahora están en primer lugar, serán los primeros en subir y sin pagar un peso. Es más, la gente se hace a un lado para que ellos se acomoden, porque estar muy cerca de la frontera de la muerte es letal. El extranjero se ha enterado que más de una vez los chicos listos no alcanzan a subir y pues la inercia del articulado hace el resto.

El extranjero llega a la 72, parece una avenida importante, ahí está la Plaza Chile y otros centros financieros, pero también está la Universidad Pedagógica Nacional en su sede Bogotá. En la entrada un oficial le pide su credencial y él dice que está de visita, que es mexicano. “Siga”, le dice el tipo alto y él entonces sigue. El extranjero pudo haberle mostrado la tarjeta de puntos del cine e igual lo dejaban pasar, como pasaron otros haciendo caso omiso a la presencia del guarda que tenía que filtrar a los que no tenían motivos justificados de estar en el interior de las instalaciones.

Huele a mariguana –o “marihuana”, como escriben otros–  en una vereda estratégica pero evidente, por ahí también se puede ver que alguien camufla con papel estraza una cerveza de las baratas. La policía de afuera seguro ve lo que pasa en ese foco específico de las instalaciones de la universidad, el guarda de la entrada también lo ve –o por lo menos sabe de ello–, los estudiantes ven, los profesores ven, las autoridades seguramente también ven. Se hacen pendejos. O quizá sea que denunciando ponen en riesgo sus vidas. Las opciones no son pocas, pero pasa que la gente quiere seguir viviendo y sabe que a otros les toca el trabajo de denunciar y actuar en consecuencia.


Bogotá, D. C., Colombia

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