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Amar la incertidumbre: la invocación del amor de Elsa Cross

Falses Beatniks | Por Liz De Roman

 

Esto es amor, quien lo probó lo sabe

Lope de Vega

 

Desde que tengo memoria, el tema del amor ha estado presente en mi vida y, contrario a la interesante (y quizás divertida) idea de buscarlo activamente en mis relaciones personales, me fascinan un poco más las historias que se proponen contarlo, así no sabes si habrá una sensibilidad distinta como en los animes y doramas en los que cada gesto y roce encierran una explosión de sentido o una alegría fugaz de ver el coqueteo entre dos personajes de películas e incluso videos musicales. Aunque es cierto que este impulso nunca descansa, pues no importa el número de narrativas que conozca, una pregunta vuelve a aparecer para susurrarme: ¿qué es amar?

Si repasamos nuestras experiencias cercanas a lo amoroso, es muy probable que coincidamos con los artistas que afirman un hecho casi indiscutible: no importa cuántas sociedades ni cuánto tiempo transcurra, quizá la incógnita más íntima y, por ende dimensionada como una de las más importantes en el sentir humano, sea la del amor. Y esto no con el afán de colocar lo amoroso en el centro del mundo, sino para preguntarse nuevamente por qué el amor es tan complejo y a la vez tan común de vivir. Rastreando dicha naturaleza, la obra Tu otro nombre de Elsa Cross se une a esta discusión y su misterio en una propuesta que juega con el peso del “nombre” y el acto de “nombrar”, pues aunque parezca una labor sencilla (casi automática) en realidad compromete un modo distinto de ver y existir en el mundo.

Pensemos en una de las certezas más grandes de nuestra vida: el nombre, esa etiqueta que moldea tu identidad y te afirma ante otros, a veces con cariño como en el caso de los sobrenombres o apodos, y otras con distancia o formalidad (para algunos apellidos o nombres que no reciben modificación alguna en el modo de llamarte); un grupo de palabras que encierran de principio a fin todas las cualidades, características e ideas que uno tiene de su persona a quien identificamos con solo evocarla en el pensamiento o abrir la boca. Sin embargo, ¿habrá algún modo de poner en duda ese nombre?, ¿tal vez de confrontarlo? La respuesta inmediata sería “sí”, y para una explicación más detallada los poemas de Elsa Cross exhiben que esa posibilidad radica en el amor.

Si nos dieran a la tarea, como en las películas, de pasar diferentes escenas y recuerdos que guardan cada instante en nuestras relaciones, ¿qué las distinguiría a unas de otras?, porque sin importar que todas las viva un mismo sujeto, nunca se salvan de condiciones y cambios que las afectan. Así, partiendo de lo más visible: la otra persona (que suele cambiar) hasta lo más profundo, la vida creada en compañía, Cross señala un fenómeno recurrente; el amor tiene múltiples dimensiones, la del amante es la que siempre quedará con nosotros (la perspectiva del que ama y puede declarar “yo amé”), pero hay algo más allá, algo que rebasa los hechos y las sensaciones o que las integra en una cosa innombrable, una manera de convivir con el otro que no posee una sola forma y mucho menos una sola etiqueta para describirse, un lenguaje que solo es comprendido por los que se aman en él y que Cross señala como el “otro nombre” que recibimos al estar con la persona amada y que es irrepetible.

Un aroma, un chiste personal, un apodo, una costumbre… en suma, el abanico de cosas que hacemos con esa persona en particular y que, aunque amemos después a otros y este conjunto cambie (sean otros gestos, otros apodos, otros chistes u otras vivencias), no podemos encasillar en una sola palabra, pero sí experimentarlo en el amor. Ese es nuestro otro nombre. Uno que jamás será nombrado porque no tiene una sola forma, mas sí reconocido como tal. Tú vives con una parte del otro y viceversa, el otro vive con una parte de ti. Un nombre adoptado en el amor.

Entre los aspectos clave del libro, resonaron mucho en mí los usos de otras nociones ligadas al espectro amoroso como el deseo y la sensualidad, resaltando su erotismo y el papel importante que en la experiencia del enamoramiento se le da a los límites del lenguaje o el poder de los silencios. Para lo erótico, por ejemplo, Cross me mantuvo a la expectativa porque plasmaba de manera muy meticulosa los argumentos de George Bataille y Byung-Chul Han (ambos filósofos) sobre el erotismo, el cual alejado de lo que se cree (un género pornográfico o sexualizante) tiene teorías en las que se habla de un encuentro con “el otro” y su alteridad. Es decir, al conocer a alguien lo que hacemos es dejar de lado nuestro egoísmo y las barreras que nos encierran en el “yo” (esto es en nosotros mismos y nuestra forma de ver las cosas), por lo que de dicha experiencia se puede llegar a una especie de “fusión con el otro” a partir del cuerpo o el afecto o ambos. En los poemas de la autora el juego de cada elemento de lo amoroso y del erotismo se confunde o se mezcla, aludiendo a que al final se asumen como eso, una fusión entre dos individuos que por instantes dejan de ser “dos” y se vuelven “uno”, al grado en que no se sepa quién es quién: “ese instante/ contiene/ todo el espacio/ en sí/ todos los tiempos/ en sí/ en nos”.

Por otro lado, en cuanto al lenguaje y el silencio, se nos muestran dos paralelismos: tanto se puede hablar del amor como no conseguir hacerlo en plenitud (la famosa frase “las palabras no son suficientes para transmitirlo”) y por lo que refiere al amor, se basta con no nombrarse por completo (aquí aplica en parte lo de “un silencio dice más que mil palabras”), entonces es posible leer fragmentos en los que la voz (generalmente femenina) no alcanza a expresar sus sentimientos y a la vez no lo necesita pues lo importante es transmitir ese conocimiento que compartimos todos por haber amado alguna vez; “desde qué fondo invisible/ viene esto que sabemos/ sin decirlo”, “poco a poco / nos contiene en su silencio/ esta cesura/ nos hace entrar en su núcleo/ de potencia infinita/ y antes de que existan/ acomoda/ y revuelve las palabras”, de ahí que “busque cómo decirse/ y se dice mejor en el silencio”.

A lo largo de los poemas se puede sentir la ambivalencia que solemos asociar al amor (más de uno no lograría mentir si nos cuestionaran el que no todo en su experiencia es y ha sido agradable), de manera que, aprovechando tal dinámica, los estados emocionales en que se encuentra la voz de los poemas cambia tan alternadamente como lo hacen los apartados de cada capítulo. Algunos fragmentos como “Y en el latido que pulse y se detenga/ habrá sólo amor/ sólo tu amor” o “ un instante contigo/ y todo se transfigura/ se vuelve/ esta fulguración” se percibe un proceso que intenta abarcarlo todo y que también carga “luz” e intensidad. Pero como lo declara la voz en otros versos “este amor [...]/ se juega todo entero a cada instante” y es “una moneda al aire [...]/ no sabemos/ de qué lado del tiempo/ va a caer”, por ende, en el resquicio de sentirlo hay una incertidumbre que permanece, no sabemos si una persona nos corresponderá o no (y, de hacerlo, si será en la misma medida en que nosotros la amamos) o si en algún punto de la relación ésta se volverá monótona, fría e indiferente.

A la par de la falta de certeza, existe un contrapunto al que le suelen temer todos los que aman: la ruptura. ¿Qué pasa conmigo cuando el “nosotros” vuelve a ser “tú - (menos) yo”? Para esto, Cross recurre nuevamente al erotismo y la fatalidad de una pasión que consume al sujeto porque carece de la reciprocidad del otro como en “y tu ausencia/ se extiende/ como una madreselva/ y no deja ya ver/ en dónde o cómo o para qué”. Un dolor que cohabita con otros sufrimientos como la desolación, la ausencia o la despedida, así hallamos versos en los que se escucha que “perdemos suelo y cielo [...]/ de pronto estamos/ en una tierra ajena/ buscando un rasgo familiar/ cualquier indicio–/ pero todo se va ya” o la sentencia que describe irónicamente el duelo del desamor: “qué maligna ley retributiva/ hace pagar con lágrimas/ cada instante de dicha”.

Sin embargo, llegados a la descripción de los diversos matices en el amor incluidos el sufrimiento y la desdicha, resulta necesario puntualizar que aunque el discurso de Cross tienda a describir cómo una sujeto femenina se pierde en el amor y la pasión desbordados o comienza a “destruir” el sentido de sí misma y de la vida, las estrategias de su escritura (e incluso de las metáforas) no enaltecen las ideas que hoy concebimos como “amor romántico”. No se trata de un romance que crece en el dolor donde muchas historias quieren cubrir los abusos, la falta de límites o la adversidad y drama como “verdadero amor”, sino que funcionan como hipérbole de lo pasional, en la que los sujetos resienten en cada fibra de su cuerpo y de su ser los síntomas del amor y desamor. Empleando palabras como “destrucción” o “muerte” ejemplifica de un modo simbólico el traspaso de ser uno y “volverse uno con el otro” (a nivel corporal y sensorial) o el duelo de una relación que llega a su fin. En “la hermandad creciente con la muerte/ hace de cada instante/ un vino delicioso” el sentido que se la da a “morir” no supone una interpretación literal del acto, sino su equivalencia con los puntos cúlmines del placer, pues al estar tan embelesados en volverse uno con sus cuerpos, el gozo se lleva a un extremo máximo que solo podría tener comparación con algo que nos hace sentir nuestra existencia efímera (la muerte) y su eternidad (los orgasmos y el amor).

Finalmente, aunque me gustaron la musicalidad y los temas que emplea la autora, sintiéndose como la cascada de emociones que cualquiera ha experimentado al enamorarse (o padecer el rechazo y el abandono), habría sido interesante encontrar poemas con nuevas metáforas o lugares literarios para explicar el amor, quizá más centrados en los métodos actuales de las relaciones, lo cual no implica que Cross carece de una propuesta adecuada para su contexto, pues ejecuta con maestría y soltura un amplio catálogo de imágenes que Occidente ha utilizado para hablar de lo amoroso. Y, si hay algo que la autora parece decirnos con su poemario, es que en un mundo donde “la entrega sin acuerdos, límites ni precauciones” es peligrosa, uno tiene que atreverse a amar, aún con miedo, aún con concesiones y filtros, dado que las personas pueden ir y venir o dejar heridas que nunca sospechamos, pero el amor, su enigma y sus sorpresas siempre quedarán en el desarrollo de nuestros corazones.

La fuerza invisible de "Auliya": un viaje de amor entre la magia y el desierto.



Falses Beatniks | Por Ale Ballesteros


En algún lugar del Medio Oriente existe una pequeña aldea llamada Achedjar. La arena blanca y el sol abrasador cubren todo a su paso y apenas algunas plantas crecen en la región así como algunas cabras que dan leche. Los habitantes sobreviven día a día.

Dentro de esta miseria nace Auliya, una pequeña que es marginada desde el instante de su nacimiento debido a, entre otras cosas, tener una pierna más larga que la otra. La postura del pueblo hacía Auliya se funda en el miedo: nace de la ignorancia, no entienden y, por tanto, temen. En consecuencia, la tribu la considera un mal presagio y sus padres no tienen más remedio que ocultar a su pequeña hija. Lo mismo para los dones que ella comienza a manifestar tan pronto comienza su niñez…

El temor a lo desconocido es un fenómeno universal. En él encontramos raíces psicológicas, culturales e incluso biológicas. La reacción “natural” es el deseo de alejarlo y negarlo, si no es posible eliminarlo. Sin embargo, nunca habrá de existir una explicación que justifique la crueldad.

Murguía construye la imagen de una joven devota tanto de sus padre como de su fe. Una personaje que tratará de desmentir los rumores que han crecido en Achedjar y cuya lucha no será suficiente para esperar que pueda conocer a alguien que se case con ella. Una vida de soledad es lo que habrá que aceptar.

El cuidado determina mucho de su esencia. Por ejemplo, cierto día, un joven casi moribundo de nombre Abú al-Jakúm quien recién emprendía un viaje de autodescubrimiento con rumbo al mar, llega en el lomo de un caballo y los habitantes asumen lo peor del forastero. Asociando su misteriosa llegada con el mal presagio que es Auliya y esta idea cobra fuerza cuando la joven coja muestra interés en el enfermo. Será la única que limpie cada día sus heridas, lo alimente y ore por su recuperación, mientras el resto esperan su mejora para ver su partida inmediata.

A diferencia de su tribu, Auliya no adopta una actitud de rechazo a lo desconocido. Al contrario, se interesa en saber cómo y de dónde pudo llegar un joven tan mal herido. En aquellos momentos breves de lucidez que comienza a manifestar Abú al-Jakúm, el moribundo, muestra interés en los rasgos singulares que posee la joven que siempre está a su lado. Como agradecimiento, le contará numerosos relatos y en ella nacerá un deseo de salir a conocer el mundo, como aquellos viajeros de los cuentos.

Observamos el nacimiento de un amor que sobrepasa los prejuicios que el pueblo tiene sobre ambos. La autora narra este encuentro no encerrándose en la confusión, sino en el sentir de sus presencias, en interesarse el uno por el otro a través de pequeños detalles que reflejan sus verdaderas emociones. El joven herido, a pesar de saber cual es la probabilidad de su recuperación, procura mantener en calma a Auliya, brindándole una sonrisa cada vez que ella lo alimenta o cura sus heridas con los remedios caseros que prepara.

No obstante, encontraremos un tratamiento donde el amor aparece como efímero y Auliya, a través de este elemento, hará conciencia de sus poderes, la conexión que sus emociones logran establecer en los sueños, los eventos climáticos y eventualmente en el reino animal. Así, emprende un viaje en busca del mar del que escuchó hablar en las historias de Abu al-Jakúm.

Verónica Murguía nos adentrará en esta travesía por el desierto, el cual refleja la madurez que crece en su personaje a medida que se enfrenta con cada dificultad. Desde aprender a mantener comunicación con las diferentes criaturas que la ayudan a seguir su camino, aprender a manejar sus poderes y hasta la repentina ausencia de ellos.

Su estilo narrativo en tercera persona encaja con lo que desea transmitir a lo largo de su novela, combinado con la atmósfera poética, mítica y fantástica que crea, con un toque de metáfora en el renacer de Auliya. Resurgir sin más, que tu cuerpo sin memoria alguna de quién fuiste o eres lo redescubre de una forma tan genuina. Es decir, Murguía no crea una heroína inquebrantable, sino una joven que se deja cautivar por sus alrededores, que duda de lo que experimenta, sufre la incertidumbre, al igual que tiene constantes caídas, pero no la retroceden sino que la fortalecen.

Por momentos podemos llegar a cuestionar si algún día terminarán los constantes obstáculos que nuestra protagonista debe atravesar. Sin embargo, una suave brisa de mar es la que nos conduce a su final.

La protagonista pasa de ser una criatura solitaria y, a ojos de los demás, “peligrosa” a ser una diosa de la abundancia, emanando una esencia de valentía pura, sin dejar de ser la misma chica. Auliya es una joven que con frecuencia se ve perdida en diferentes cambios, físicos y mentales, demostrando que son consecuencia de la imagen que crearon de ella.

Podríamos relacionar sus diversos cambios con diferentes etapas de la vida. El tiempo no se detiene, vivimos eventos que nos obligan a cambiar. Estos cambios son confusos, a menudo frustrantes, a veces nos perdemos pero siempre podemos renacer de nuestros propios miedos.

Al final, encontramos una reminiscencia con la maga Auliya, que conectó con el mundo y lo multiplicó. Su esencia radica en renacer en algo más especial cada vez.

Quién es quién en «36 toneladas» de Iris García Cuevas


Falses Beatniks | Por Osvaldo Sánchez

 

Iris García Cuevas (Acapulco, 1977) nos presenta una novela negra que, lejos de ser mero entretenimiento, se convierte en una herramienta que utiliza para denunciar y tratar de entender, desde las decisiones de sus protagonistas, la crisis de violencia, corrupción e impunidad que atraviesa nuestro país.

En 36 toneladas se nos narra una historia sí, de un crimen, pero que busca responder una pregunta existencial: “¿quién soy?”. Y aún más atrevida, nos busca exponer temas como la ética, la justicia y el deseo de poder, emociones totalmente humanas que nos permiten conectar con la novela desde el primer párrafo.

Es precisamente la forma de contar la historia lo que nos deja ver su identidad, qué curioso, identidad pues si bien tiene elementos clásicos como la investigación policial, usa la amnesia del personaje como un recurso narrativo para exponer los vínculos de corrupción, narcotráfico y violencia. Esto hace que nos preguntemos si lo contado al protagonista es verdadero o si los implicados de alguna forma buscan ocultar o justificar sus acciones.

El punto de partida de esta novela te engancha en un instante: un hombre, Roberto Santos, despierta en un hospital sin recordar nada. Un policía de gafas oscuras lo recibe con tres noticias impactantes: la primera, asesinó a un hombre; la segunda, es un judicial que se ha robado una cantidad enorme de dinero; y la tercera: saliendo del hospital, lo matarán.

La amnesia de Roberto Santos se convierte en el medio por el cual García Cuevas explora cómo la identidad y la moral de los personajes son maleables y corruptibles en un entorno en donde todos buscan el beneficio individual, sea cual sea el precio. Y éste es el conflicto que realmente se busca resolver, ¿Santos realmente quiere volver a ser ese judaca corrupto y violento que todos le describen? ¿O es esta amnesia una oportunidad para redimirse de su pasado y comenzar como un lienzo en blanco a pintar una nueva vida y un nuevo futuro para él?

Lo atrapante de la narración de la escritora es que, a medida que Roberto Santos encuentra una respuesta que parece definitiva, siempre hay un personaje que dice lo contrario, lo que nos devuelve a una posición de incertidumbre. Nos vamos resignando junto con el protagonista, quien declara que su nombre o quien haya sido antes ya no le importa, pues su pasado se vuelve una carga de culpa, vergüenza, e incredulidad por los actos tan grotescos que le adjudican.

Pero no me malinterpreten, no vamos en círculos. Es más a encontrarnos en una caída libre descubriendo la verdad sobre todos los personajes implicados en la desaparición de los recuerdos de Roberto Santos. La historia avanza de manera vertiginosa dándonos un plot twist cada vez más y más intrigante, haciendo que cada página nos haga querer más y más respuestas.

Y no podemos dejar de hablar del personaje secundario más importante de la novela: la corrupción. La autora nos presenta al crimen organizado y a las fuerzas del orden como miembros de un mismo bando, como un solo ente omnipresente a nivel nacional que esparce violencia por cada rincón del país.

Se describe, con una precisión de miedo, las redes de colusión entre la policía y los militares, quienes deberían fungir como actores garantes de la ley. Sin embargo, son ellos los principales perpetradores de pactos entre criminales, donde la misma autora nos dice “entre más alto el rango, mayor debe ser tu compromiso con la corrupción”. Están los políticos, quienes facilitan las condiciones para que esta red de corrupción se mantenga y también puedan probar una rebanada del jugoso pastel que es el dinero del decomiso de drogas. Y, por último, los periodistas, quienes podrían pasar como héroes de la verdad, pero que, en realidad, a ellos también les parece oportuno sacrificar un poco de su ética siempre y cuando se les presente un cheque con el número correcto de ceros.

Esta historia no es una de buenos contra malos, de blanco o negro, es una historia de grises, una muy humana, real, cruda y una muy importante para seguir cuestionándonos la forma en cómo funcionan los espacios de poder en nuestro país.

En cuanto a su forma, la novela de Iris García Cuevas es de esas que empiezas a leer en la mañana y que no dejas de cambiar páginas hasta la noche. Una novela con capítulos breves, pero precisos. En sus capítulos siempre estamos al pendiente de los hechos, llenos de tensión, y reflejan perfectamente la urgencia que tiene Santos por conocer la verdad de su pasado. Dicha urgencia se contagia al lector, lo que hace que no nos despeguemos de la trama.

Además, algo plausible es la forma que adopta el lenguaje dependiendo de quién narra la historia. Este toque aporta frescura a las páginas y dota de realismo a la novela, pues a lo largo de la narración nos encontramos con los testimonios de un profesor de literatura, de una periodista, de una prostituta, de un judicial y de un político. Entonces, es lógico que ninguno de estos personajes cuente o recuerde de la misma forma las cosas.

Para terminar, me gustaría remarcar que la obra de García Cuevas no sólo logra plasmar una intriga absorbente, sino que la usa como plataforma para poner como tema de discusión la corrupción, la violencia y la opresión del narcotráfico en nuestra actualidad. Pone al centro del conflicto la búsqueda de la identidad utilizando la amnesia del personaje como un recurso narrativo que expone precisamente eso: el olvido de la moralidad de la propia sociedad, dejando de lado el sentido de legalidad y de humanidad. Hace ver que el hecho de perder la memoria no sea algo tan malo del todo, pues así, por lo menos, tenemos una oportunidad más de hacer las cosas de forma diferente.

Esta novela es de principio a fin reflexiva, pues la falta ética, la impunidad y los estragos de un Estado fallido son elementos de nuestro día a día. La autora supo cómo aprovechar esta realidad tan desesperanzadora para convertirla en una historia trepidante, intensa, con un equilibrio magistral entre la acción, el lenguaje, la narrativa y la ambientación. Cerrando por completo los enigmas planteados al inicio de la historia, pero dejando un rastro de incertidumbre sobre el futuro de nuestro protagonista. 

Muerte Caracol: el libro como presentación del lector


Por Alis Flores | Falses Beatniks


La novela llegó a mis manos hace apenas un par de días. Lo primero que captó mi atención fue el color llamativo de su portada. Dicen por ahí que “quien de amarillo se viste, en su belleza confía”. Aunque coloquialmente se dice que no se debe juzgar a un libro por su portada, esta me llamó a gritos y yo quería comprobar su osadía. Muerte caracol es una novela mexicana escrita por Ivonne Reyes Chiquete y republicada por la editorial Casa del libro de la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) en 2023.

Desde un inicio, la autora pone al lector en el centro de su juego. Nos hace pensar si, acaso, el libro en nuestras manos tiene algún problema de imprenta. “¿Y los demás capítulos?”, te preguntas. Conforme la trama avanza, lo notas. Sin embargo, las preguntas no dejan de surgir. Muerte Caracol no sigue una estructura lineal, en su lugar, hace uso de la narración enmarcada, es decir, cuenta una historia dentro de otra con el propósito de profundizar en la psique del personaje principal

La novela comienza en in media res y está organizada en once capítulos numerados de acuerdo a la historia secundaria. Ésta se empalma de manera en que cada acción en ella provoca una reacción o un pensamiento decisivo en el protagonista. Del mismo modo, recurre a una variedad de voces narrativas y tiempos que se entrelazan entre sí, brindando una perspectiva diferente de la historia.

El personaje principal, Carlos Sobera, es un lector ávido de la novela negra, esta práctica es su tarjeta de presentación. Carlos es un hombre solitario con una vida aparentemente cotidiana; trabaja en el área administrativa de un hospital, regresa a su hogar en transporte público y descansa en la soledad de su departamento después de su jornada laboral. Tiene, además, una rutina particular; antes de checar su salida pasa por el área de urgencias y siempre está leyendo como una manera de sobrellevar la realidad. “El asesino del caracol” es su lectura del momento, contiene una trama policial con personajes que van tejiendo en él una reflexión detallada sobre la pregunta: “¿qué hace a un asesino?” pregunta que se encuentra también en la contraportada del libro en mis manos.

La atmósfera impregnada en la novela está cargada de violencia, incluso en la descripción de actos comunes o rutinarios. Por ejemplo, comparar el sonido de un checador con el sonido de una guillotina u observar a alguien más en el transporte público, imaginándolo en situaciones intensas. Así mismo, apela a la experiencia como lector, pues refleja los modos propios al leer como un recurso para conectar emocionalmente con la trama a través de acciones como resaltar frases, doblar las páginas del libro para marcar el avance, ensimismarse en un libro hasta perder la noción del espacio y del tiempo o sospechar sobre los posibles giros en la trama.

De esta manera, puntualiza la introspección en el reflejo de algo nuestro entre las páginas de un libro, como si la autora quisiera recordarnos continuamente que estamos leyendo sobre algo de lo que somos parte de una u otra forma. Por esta razón, los temas de su obra no son ajenos a nuestro contexto actual, a la realidad que podemos ver, escuchar o sentir todos los días. La novela nos posiciona en el centro de un tema muy debatido, a saber, la naturaleza del mal en el ser humano. ¿Es, acaso, innata o su origen está en las circunstancias? La autora sólo plantea las preguntas, pero es el lector quien debe responderlas por su cuenta, tal como su protagonista lo hace a través de la exploración de la otredad reflejada en “El asesino del caracol”.

Por otro lado, la figura del libro funciona como metáfora del espejo: “Cuando por suerte se encuentra con algún lector, no necesita nada más que echar un vistazo al título para conformar toda la personalidad. Dime qué lees y te diré quién eres, piensa” (p. 28). En Japón, por ejemplo, la gente acostumbra a cubrir las portadas de sus libros con fundas de tela o de papel, pues creen que revela mucho sobre la personalidad de una persona y, al cubrirlas, pueden tener cierto control sobre su privacidad. Esta puede ser una idea algo controversial e incluso incómoda, pero no irracional. La figura del libro es también una herramienta que el ser humano tiene para acceder a su fantasía: “Las novelas que más le gustan son aquellas que lo han retratado, que al entrar a la página 23 le dicen algo así como “este personaje podrías ser tú” y que en la 102, le expone una tesis con la que él está completamente de acuerdo” (p. 40).

El recuerdo es un factor útil de esta fantasía y de la necesidad de comprender el origen de todo. Los personajes de “El asesino del caracol” funcionan como una especie de guía y, a la vez, como el reflejo de las personas que marcaron la infancia y la juventud de Carlos Sobera, quien puede contemplarlos desde “lo alto”. La narración de los personajes en la segunda historia va conformando un todo en el entendimiento del protagonista sobre sí mismo y su relación con personas cercanas a él.

Otro punto importante dentro de la novela es, justamente, la contemplación de los otros, formando una espiral de acciones y reacciones. Para escribir, es necesario hacer uso de nuestros sentidos, pues a través de ellos podemos comprender el mundo y nuestra posición en él. Observar es parte de esto, no se escribiría sobre algo que no se conoce y, la violencia, en todas sus facetas; rechazo, burla, golpes, etc., es algo que el ser humano parece conocer demasiado bien, aunque aún no responda a la pregunta de su origen. La novela no pretende ser una crítica de la sociedad, o al menos no de manera explícita sino más bien lúdica. Expone los argumentos conocidos sobre la naturaleza del mal en el ser humano, pero lo hace desde la imparcialidad, como un: “mírate, míralos, míranos, ¿qué opinas?”. Al final, queda en el lector de Muerte Caracol encontrar sus respuestas y su postura.

En conclusión, considero que es una novela con una trama llamativa igual o más que su portada. El cambio constante en los tipos de narradores provoca que la novela se perciba fragmentada en algunas partes y algo pesada por momentos, como si estuviera descuartizada, pero supongo que ese es su propósito. El final fue mi parte favorita, creo que fue muy humano, pero sobre todo conciso y con una decisión que no me esperaba por parte del protagonista. Un acto tan impredecible, tal como a él le gusta.

Es una obra que recomendaría leer a quiénes no son fanáticos de las novelas policiacas, creo que es un buen inicio porque es solo un guiño a ellas y una crítica a la vez. Quién sabe, igual y despierta su curiosidad o trae sus memorias de regreso, tal como le pasó al protagonista. Aunque, claro, es un libro para todo tipo de lectores. La recomendación es que no subestimen Muerte Caracol, no es solo una portada bonita.


Observaciones fuera de lugar que quizá no sirvan para nada:

Por momentos, algunas citas me recordaban a canciones o series, porque, si lees y tu mente no divaga, ¿de verdad estás leyendo? A continuación, algunas divagaciones sobre el libro:

  1. “¿Cómo se había atrevido a siquiera pensar que la venganza no era motivo suficiente? ¿Qué no era Dios el ser más vengativo?” (p. 96) Me recordó a: “Si quitáramos la venganza de las sagradas escrituras, no quedaría texto suficiente ni para llenar un panfleto” Blair Waldorf, Gossip Girl (serie). Creo que es un argumento muy común para  justificar la venganza. Y algo osado, si me lo preguntan. 
  2. “Podrán acabar conmigo, pero siempre habrá alguien más” (p. 84) Me recordó a Heathens de Twenty One Pilots (canción). Uno de los puntos que el libro referencia es que cuesta imaginarse a sí mismo y a los demás como posibles agresores, quienes sólo necesitarían un detonante para activar ese lado.
  3. “Es una idea ya muy manida esa de que el criminal en el fondo es igual al detective que intenta atraparlo. Los dos tienen las mismas dudas, el mismo dolor, solo que uno erró el camino” (p. 97) Me recordó a Death Note (anime). Creo que se explica por sí mismo: en mis tiempos, ser team Kira o Team L decía mucho de ti. 
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