Por Antonio León
Pocos inicios de historia me han
gustado tanto como “Iban contentas cuando corrieron hasta la duna más alta del
baldío”, de Donde termina el verano,
la primera novela de la escritora mexicalense Elma Correa. Será que, a estas alturas de mi vida, todo me
parece tan absurdo que recuerdo haber ido contentísima al lado de alguna de mis
amigas rumbo a un desastre, o haber metido el acelerador a una fantasía por más
dudosa que esta fuera.
También puede ser que la sonrisa que
adivino en los rostros de Aimee y Elisa, protagonistas de esta historia, me
parece tan familiar y esperanzadora como un verano ligero en alguna parte de mi
memoria.
Justamente el verano, que en otros
sitios puede leerse como la estación ideal para el ocio y las actividades al
aire libre, en Mexicali aparece como la temporada extrema de pensarlo muy bien
antes de salir a la calle. Pero algo sucede en esta parte de la frontera que
blinda a los personajes de la parsimonia en interiores y los lanza hacia
baldíos y patios a circular rumbo a la cotidianidad y a jugar a lo improbable.
Esta frontera, sala liminal de cruising entre dos países que se saludan y no, es el proscenio adolescente de Elisa y Aimé, quienes mantienen el tipo de amistad que solo se vive una vez: formada a los doce años, con el tipo de códigos y complicidades que nacen de la lealtad como un único tipo de lenguaje posible.
Pero una fractura que hay que cargar
a partes iguales divide este lenguaje. En el marco del norte mexicano menos
exótico o folklorizante, Elma decide que sus personajes carguen una culpa de
forma desigual. Elisa y Aimee coexisten en una complejidad que navega, bien que
mal, en contradicciones que no se resuelven con juicios morales. La
adolescencia es el lugar del error ahí donde podría antojarse un perdón, un
abrazo, un beso y a lo que sigue.
La novela explora la forma en que la
violencia, la precariedad, la desconfianza en las instituciones y la autoridad
afectan a quienes viven en los márgenes, y la manera en que la amistad puede
convertirse en la única resistencia posible.
Hablamos de una historia que nos
brinda una mirada personalísima sobre la vida en la frontera y acerca de cómo
los miedos, secretos y silencios pueden dictar un destino. De la misma forma en
que la trama central avanza, las líneas paralelas comparten cierto desencanto
por lo que ha de suceder.
La novela es particularmente exitosa
en cuanto logra uno de los fenómenos más interesantes a los que puede aspirar
un producto de consumo cultural: desarrollar un universo. De la misma forma en
que historias y personajes resuenan en su humanidad y cercanía, se afianzan en
un espacio de la mente del lector que los vuelve plenamente identificables: las
enfermeras visitantes, los gitanos de la generación espontánea, los obreros y
trabajadores del field, los futuros y la carrera trunca de atletismo.
Esta es una historia que mezcla los
efectos y rasgos humanos de un lugar y el poder inquebrantable de la amistad. Porque
el regreso a los primeros escenarios de la vida tiene siempre algo de tristeza
taciturna y la duna más alta del baldío puede que ni siquiera existió. Pienso en mi historia personal y en mi propia
adolescencia en el verano bajacaliforniano, en la amiga que perdí mientras me
convertía en persona, en la tarde donde todas las que hemos sido Aimee o Elisa
jugando a los palacios de tierra en un baldío sembramos una historia en la que
no todo el tiempo nos volveremos a encontrar.
