Retrovisión: El monstruo detrás de «La puerta»

#Retrovisión explora La puerta, de Luis Alcoriza: un inquietante retrato del miedo colectivo y el terror mexicano de finales de los sesenta.


Retrovisión | Por Alberto Preciado

 

No hay que olvidarlo nunca: desde el principio de los tiempos el hombre vive para contarlo. Y yo, que soy un adicto a esta premisa, tengo un gran problema: mi memoria es menor a la de un disquete (todo un reto esta palabra para gente que nació después del 98). Así que he adquirido un hábito que me ayuda, desde que recuerdo que escribo: hago listas. Listas que me permiten prestar más atención y que dificultan el olvido. Listas sobre el pasado que hacen y deshacen las historias, y listas sobre el futuro. Listas dramáticas sobre los libros que sí o sí tengo que leer antes de ¨x¨ edad, o películas que vi en Navidad y que ahora son un must-watch cada que las fechas decembrinas aterrorizan a la mujer, gatos y perros que cohabitan conmigo, con villancicos que se escuchan sin parar en un loop interminable de añoranza de nieve.

Hay un enorme placer —cuestión casi existencialista-ideológica— en tener la oportunidad de recomendar algo que sientes, o sabes, debe ser apreciado. Obtener el diálogo que sigue después de que alguien escuchó el disco que recomendaste, o vio la película que dijiste, es fascinante. Muchas veces la recomendación es una forma de invitar al otro a que te conozca. «Revisa esto que me impactó, que me hace ser. No sé si te va a gustar, pero a mí me ocasionó algo que quiero que veas, que me veas». Y sí, se convierte en un acto en principio egoísta. Pero también es, sin duda, una invitación a ahora «ser» juntos. Puede que lo odies o puede que te encante, pero ahora hay algo, si se cumple el loop que nos une.

Durante gran parte de mi vida, hacer listas ha sido un acto tanto de abrazar y coleccionar recuerdos, como de poner el foco en ideales futuros. Quiero aprovechar el fervor patrio para platicar durante este mes sobre cine hecho en casa, desdeñando lo que la pantalla nos muestra como ocurrentes insomnios sociales y, aunque se dice que no hay dos pupilas iguales, observar el retrato propuesto de un país surreal. Más que encontrar novedades me gustaría abrir el diálogo, rebotar ideas y conversar en torno a las películas que nos describen, y que, como una radiografía, nos muestran algo de lo que somos. Durante este mes compartiré la lista de películas mexicanas que de alguna u otra forma me han impactado iniciando por el género final: el terror.


LA PUERTA

Comenzaré platicando, entonces, por el corto que suele salir de mi boca cuando hablo de cine de terror. Es un metraje donde Luis Alcoriza se encarga de entregar una tesis sobre el pánico colectivo. Bajo el disfraz de historia de miedo, La puerta funciona como retrato de las paranoias del adulto pequeñoburgués en pleno 1968 y del choque generacional que tenía con sus hijos.

La historia nos sitúa en una fiesta de gente rica en una casa nueva. Un opening. Todo va bien hasta que un invitado abre por accidente una puerta que da a un pasillo oscuro, y del fondo empieza a salir un hombre enorme, desnudo, que camina de forma lenta y anormal hacia él sin decir nada. La cierra de golpe. Eventualmente la vuelven a abrir… y ahí sigue. Lo que pasa después no es que lo enfrenten ni que huyan: primero se aterran, claro, luego tapan la puerta con un mueble y hasta le ponen un crucifijo. Al final —aburridos— se ponen a jugar con él, abriendo y cerrando la puerta como un juguete para reírse. Entre todos concursan para ver quién aguanta más con la puerta abierta, mientras este hombre enorme se acerca poco a poco hacia ellos. Suena rock «satánico» de la mano de Los Inesperados y Los Jokers, banda pionera del rock mexicano de los 60 fundada, casualmente, por un sobrino del cineasta Ismael Rodríguez, generando un contraste entre lo paranormal y las carcajadas que provoca la apuesta. Nunca te explican qué es ese hombre. No parece interesarle eso a Alcoriza.

Más allá de lo que es o hay detrás de la puerta, se resalta la reacción de los invitados. En una época donde la sociedad mexicana parecía no entender lo que sucedía, el humor, la jiribilla y la burla se hacen presentes. El terror no está en el monstruo, sino en la gente mirándolo. En la ignorancia que los hace refugiarse en el humor.

Este corto, digno de The Twilight Zone, forma parte de un proyecto que buscaba ser la gran saga de terror mexicano. Hacia 1968, Ismael Rodríguez —uno de los directores más importantes de la Época de Oro del cine mexicano— planeó una antología inspirada en historias de horror, locura y misterio, pensada para reunir a lo más grande del cine mexicano en un solo formato.

La convocatoria era casi un censo del cine nacional de la época: junto a Rodríguez y Chano Urueta, sonaban directores como Roberto Gavaldón, Julio Bracho y Alejandro Galindo, además de Luis Buñuel. También se hablaba de una faceta literaria, con el escritor Luis Spota, y de una actoral, con Enrique Rambal, Manolo Fábregas y Juan Ibáñez, junto al productor Mauricio Walerstein. Al final, el tamaño del proyecto, la falta de financiamiento y los compromisos que varios de los involucrados fueron adquiriendo hicieron que la saga nunca llegara a realizarse. De las 26 piezas soñadas, solo tres pasaron a la cámara.

La puerta es un cortometraje que de alguna forma recicla lo que conocimos en El ángel exterminador. No es casualidad: Alcoriza coescribió esa película junto a su gran amigo Luis Buñuel, y aquí parece incapaz de soltar la misma obsesión: el terror como coartada, como excusa para retratar las paranoias del adulto pequeñoburgués en pleno 68.

La premisa la enuncia el propio prólogo: el hombre teme por instinto a lo inexplicable, y cuando ese temor se vuelve colectivo, a veces mueve a la risa; pero si hay culpa, se convierte en miedo, pánico, pavor y horror. Alcoriza está menos interesado en asustar que en diseccionar cómo un grupo procesa —y ridiculiza— aquello que no entiende.

«Encontrarán a muchas personas —tal vez ustedes mismos— que tienen también su monstruo en el clóset», termina diciéndonos una voz en off. Recordando que lo inexplicable no da tanto miedo como lo que revela de quienes lo miran, y que vivimos en un mundo donde los cuerdos han perdido toda capacidad de distinguirse de los alucinados.



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