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Letrinas: ¿A dónde van los trenes? Una segunda parte

José era lo que yo más odiaba en el mundo y hasta entonces caía en cuenta que aquellas camisas suyas, Wekend, metidas en sus pantalones Cimarrón me provocaban una cólera indecible . Maldito joven viejo, pensé.

10 diciembre 2014

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Crónicas a Contracorriente | Por Lino | 

Lo miré de reojo y sentí una inmensa lástima. Sus ojos estaban rojos como si estuvieran a punto de saltar fuera de las cuencas oculares; su hocico lastimado, lleno de un color oscuro, provocaba que su rostro pareciera estar sucio. Mientras caminábamos hacia mi lugar de trabajo, observé  cómo sostenía las solapas de su saco, lo que me pareció le daba una apariencia de estar desposeído, abandonado… José se llamaba aquella triste piltrafa. Nos habíamos conocido ya hace bastante tiempo cuando por razones oscuras (cosas del sindicato y aquellas estupideces) él había ingresado al lugar donde yo trabajo atendiendo cualquier tontería que a nuestros jefes se les ocurriera sólo para reafirmar su poder. José me odiaba con un odio secreto y profundo y yo lo sabía perfectamente. Nuestra relación siempre había sido así desde el principio y nunca se había alterado hasta aquel día que, decidido a romper con mi indiferencia hacia aquellas miradas enojadas de José y sus palabras insulsas al yo pasar cerca de él, lo tomé del brazo y lo miré de frente sólo para decirle: “Toma, ten diez pesos, ve y comprate un café o una torta. Tómalo, anda”. Lo que siguió en realidad no tenía por qué ser así pues aquella pequeña mierda tuvo la peor de las reacciones que generaron consecuencias terribles… Sentí el golpe apenas sobre mi ojo y yo, en un acto reflejo, no tuve más remedio que impactar sus sucios testículos con mis hermosas Dr. Martens; una vez sofocado, lo que siguió fue inminente: mis pies fueron directo a su rostro. Tendido, José veía hacia la pared blanca con la mirada perdida, mientras yo seguía golpeándolo, hasta que alguien me detuvo y  por último sólo tuve la oportunidad de escupirle el rostro. José lloraba y, a pesar de todo, yo no dejé de sentir lástima por aquel error humano. Me dieron ganas de abrazarlo y llorar junto a él, decirle algo como por ejemplo: “No llores, hasta la peor de las escorias no se merece esta vida tuya, ven, vayamos lejos, yo puedo disparar sobre tu cien, pero no llores, yo lo haré por ti”. No dejé de pensar en aquel triste hombre mientras yo trabajaba en las estupideces que a mí me corresponden. 

Sin duda aquel día la tristeza se abotargó en mi gran corazón, formado a base de ejercicio cardiovascular de alto rendimiento. José, sin embargo, contra todo pronóstico, se acercó más tarde para pedirme una disculpa, lo que en mí provocó un gran aullido que le pidió que se largara a tomar por el culo. Pobre José tan triste caminó hacia su guarida en donde todo el día, con la cabeza baja, no dejó de escuchar a Miguel Bosé y Pimpinela. Lo entendí entonces muy claro todo: José era lo que yo más odiaba en el mundo y hasta entonces caía en cuenta que aquellas camisas suyas, Wekend, metidas en sus pantalones Cimarrón me provocaban una cólera indecible . Maldito joven viejo, pensé, y a partir de ahí no hubo más razón para estar triste, por lo que, bien decidido, al terminar el día me dirigí a tomar cerveza al Bar 10 donde me encontré con una sorpresa: el dueño del lugar, un enano narizón con bíceps bien formados de gimnasio, mostraba la pantalla de su celular a unos burócratas alcohólicos, clientes profesionales, mientras les preguntaba: “¿En serio? ¿De verdad existen pitos así? ¿Cuántos pitos así les entran en su boca?”. Se refería a la imagen que proyectaba el celular: un zoom in a una verga erecta. Mi respuesta fue inmediata: “Peter North. El maestro. Ese pito sólo a usted y a la diosa Nikki Tyler les puede entrar”. Su mirada me fulminó y yendo hacia mí me dedico un efusivo abrazo, mientras con su mirada aguda me replicó: “Bill Bailey, idiota, el amo de las rajas púberes como la tuya”. Sabía a la perfección que aquello se trataba de un error, por lo que no me quedó más remedio que subrayar: “Peter North, definitivo, pero no entraré en una discusión acerca de esto contigo, enano”.  Su mirada se avergonzó entonces y, con el ego pornógrafo destruido, no alcanzo a contestar algo coherente que siguiera con el hilo de nuestra conversación, por lo que tuve que escuchar toda una cátedra incipiente sobre  los penes del  mundo de la pornografía que yo sabía a la perfección: desde Ron Jeremy hasta Shane Diesel, pasando por nuestras pornstars mainstream favoritas, hasta la nueva sensación, Maritza, de aquellas fugaces cintas del porno mexicano, tan carente de producción y lleno de morbo de hoteles de paso, donde las púberes tímidas cabalgaban presurosas. Cuando paró de hablar el enano caí en cuenta de que en todo aquel tiempo perdido no había dejado de pensar en lo que sería de Nikki Tyler, aquella belleza que por mucho siempre supero a Nina Mercedez, a la misma Jenna Jameson y a Stacey Valentine, con quienes mucho tiempo trabajo en la productora de Jenna… ¿Qué había sido de aquel porno? ¡qué había sido de mi vida, entonces! Lo gonzo me había alcanzado y yo era algo así como un Lex Stelle lleno de fetiches incontrolables. Sin duda me había vuelto un enfermo y el viagra. para entonces, era necesario en cualquier situación, pero en fin, eso pues no importaba mucho porque para mí era claro que lo importante al final era atender mis necesidades más primitivas sin caer en aquellas complejidades del softcore que hasta los doce años me habían satisfecho. Efectivamente: lo de hoy es lo gonzo, respondí muy atinadamente en mi mente. Bella fragmentación: hermoso pastiche de nuestra época. Cuando muy cabalmente dejé de razonar con mi agil mente, pedí al enano dos cervezas que tomé con rapidez mientras en el aparato televisor una gorda Gloria Gaynor repulsivamente cantaba su éxito de la sobrevivencia que para entonces parecía una broma. “Esa Gaynor está más muerta que un cadáver”, me oí decir; los presentes burócratas entonces me miraron como diciendo “¡eso qué mierda!”. “Bah, no importa, ustedes qué van a entender: ustedes son los que más apestan a podrido”, dije en voz alta ante aquellos pusilánimes y seguí bebiendo. Cuando estaba por mi décima cerveza, y ya dispuesto a marcharme, la embriaguez había llegado a mí de una manera tan efectiva que entonces ya tenía planeado marchar hacía el lupanar más cercano. Pedí la cuenta, saqué mi tarjeta con cuenta Golden, pagué y marché. Al enano no le di propina; nunca lo he hecho, ese tipo de  cabrones nacieron para atender, para servir, pueden seguir sin mí. Hasta la fecha sigo sin dar propinas y sigo pensando llevarlo a cabo hasta morirme. 

Caminé entonces hacia el bulevar para poder tomar un taxi. Al tomarlo pedí al chofer que me dirigiera hacia el Centro de la Ciudad, donde hice una parada para comer pizza, la cual acompañé con un buen tinto que lo único que provocó fue que me sintiera muy cansado y sin ganas de seguir adelante. ¡Mierda!, dije para mí, ¡tengo que seguir adelante! Apenas era lunes y no podía ser posible que mi juventud estuviera mermando; entonces pagué la cuenta y, ya lleno de efusivos ánimos, caminé hacia los bares de putas. En mi mente no había más: quería practicar el coito y no me importaba otra cosa. La ansiedad entró en mí y caminaba con rapidez por las calles oscuras, y aun transitadas, del Centro. Al llegar al zócalo alguien golpeó mi brazo: un maldito punk vende rosas había pasado y sin importarle mi trayecto, embistió con furia; cuando voltee a mirarlo vi su espalda de apache cubierta por una chaleco de mezclilla sin mangas con un sinfín de parches negros de Eskorbuto, Vómito Nuclear y miles de símbolos anarquistas. Mi molestia alcanzó a mi excitación por querer coger y entonces corrí y preparé un salto, mi pie cayó directo en la espalda de aquella bestia. No le di tiempo de nada. Al caer ni siquiera alcanzó a poner las manos. Aplasté decenas de veces su cabeza. Varios hilillos de sangre corrieron y formaron un charco. La policía de a pie corrió y pensé lo peor, sin embargo me quedé parado sin intentar huir. Al acercarse los policías examinaron al maldito punk y al observar que aún respiraba lo levantaron y nos llevaron a una calle aledaña, donde pasó algo inusitado: “joven, puede marcharse, vemos que usted es un ciudadano de bien, no hace falta ni siquiera cuestionarlo. En cuanto a este otro joven lo vamos a remitir, pinche chamaco ridículo, sabemos que este tipo de cabrones siempre son un problema para la ciudadanía, estamos en eso mi joven –dirigiendose a mí-: en acabar a esta pinche lacra, vaya con cuidado porque se están reproduciendo como cucarachas”. Al marcharme una patrulla se acercó al lugar. Al subir al punk, los policías lo golpeaban en las costillas y discretamente (lo que ellos pensaban era así) le pateaban las espinillas y los tobillos. “Gracias, señores policías, a nombre de toda la ciudadanía, si todos cumpliésemos nuestras tareas cabalmente, como lo hacen ustedes, esta sociedad sería otra, una mejor. Gracias nuevamente”. El episodio acabó rotundamente con mi deseo de chochos, así que sin percatarme caminé sin rumbo. La larga caminata me había echado todo para afuera y ahora sólo tenía una sensación de cansancio y resaca. Debido a esto, pensé inmediatamente en aliviar mis molestias con un par de cervezas más, luego tendría que guardar reposo para ir al trabajo al día siguiente. Pensé, sin razón alguna, en aquel constante cambio de día a día: amanecer, atardecer, anochecer, amanecer otra vez y así hasta el infinito…; lunes, martes… Lunes, martes, por toda la vida. Me pregunté muy hábilmente ¿quién, jodidos, había puestole nombre a los días? Pensé entonces en la posibilidad de vivir en un día sin nombre, puesto que ¡qué mierda significaba lunes o jueves o viernes! ¿Qué relación existía entre un amanecer cualquiera y un nombre determinado, que yo no podía vislumbrar?... Por otro lado, mi estrés aumento cuando pensé en aquel interminable ciclo: ¿Qué día sería el fin de aquello? ¿Un miércoles, un sábado? ¿Sabríamos entonces la profundidad de aquella lógica inverosímil? En esto pensaba, muy magistralmente por cierto, cuando de repente un anuncio neón señalaba una promoción de cervezas al 2 x1 (táctica típica para atraer al proletariado alcóholico y lumpen). Entré.

Mi sorpresa, que no muy a menudo sale a relucir, impactó con una realidad desconocida para mí. Contrario a mi cuasi correcto juicio acerca de los bares de la zona, me encontré con una multitud de jóvenes estudiantes que charlaban entre el alto volumen del aparato de sonido. Conocía aquella música. Agucé el oído y puse toda mi atención a la bocina Cerwin que colgaba, dentro de una reja, en una esquina del lugar. No quería creerlo, pero era cierto: Leonard Cohen sonaba en aquel lugar increíble. En mis viejos tiempo los estudiantes no estábamos en lugares así. Nuestro alcoholismo transcurría en viejas vecindades y casas de Infonavit. Ir a un bar o una cantina era un lujo y no era muy a menudo pues preferíamos la embriaguez sin tener que pagar mucho. Aquello era inusual para mí que había pasado tanto tiempo en bares donde los trabajadores gastaban sus quincenas en botellas baratas. De repente: “No, no mames, el wey más cabrón del mundo es Tarantino: Kill Bill, Perros de Reserva, son obras perfectas. Es un genio.” Se trataba de un joven parecido a un elfo que gritaba ante un grupo de muchachos con pinta de jipis y vagos en medio una veintena de cascos de cerveza. De repente un grito sacudió el lugar: “Neeeel, estás pendejo, te falta para descubrir Old Boy, esa película es la más verga”. Para mis adentros iluminados, pensé en que aquello que escuchaban mis oidos y miraban mis ojos se trataba de lo más terrible que podía haberle sucedido a la historia. Una furia se enconó en mi ser y me alejé no sin antes preguntarme ¿qué errores habíamos cometido nosotros, los estudiantes viejos, para dejar a esta generación tan incongruente y patética? Algo en mí entristeció y al caminar observé mis Levis y mis amadas Martens. El vómito cayó sobre ellas y para mi conciencia digna de premios pensé “Ni duda cabe: somos una mierda”… Paré un taxi y pensé en Leonard Cohen y en Sartre  con aquello de las picinas llenas de mierda, donde nadamos sin saber que salir de ahí da lo mismo. Al llegar a casa me metí a la cama y dormí tan profundamente que ni siquiera oí pasar al tren de cada martes por la madrugada. ¿A dónde irían a parar los trenes? por cierto.

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