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“La noche devoró al mundo", cómo revivir zombis filmes

Cinta agradable para los amantes del séptimo arte sustancioso y con buena narrativa.

13 agosto 2018

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Cinetiketas | Por Jaime López Blanco | 


Durante el nuevo milenio ha habido una proliferación de los productos audiovisuales relacionados con el género zombi (algunos críticos lo denominan subgénero, pero esa es otra discusión), que ha incluido propuestas sumamente comerciales (por ejemplo, “Resident Evil” o “Guerra Mundial Z”), cuyo principal objetivo es entretener, así como creaciones con argumentos más críticos o de denuncia social (“Juan de los muertos”, “28 días después” o la serie televisiva “The walking dead”). Sin embargo, un elemento en común de todas esas producciones es que los protagonistas constantemente huyen de los “comecerebros”.

La cinta francesa titulada “La noche devoró al mundo” (ópera prima de Dominique Rocher) rompe con esa constante, al centrar su atención en la pasividad de un ser antisociable, cuyo nulo deseo por relacionarse con los demás lo salvan de convertirse en un "muerto viviente"; una obra que pone a la soledad como la verdadera enemiga a vencer.

Basada en la novela de Pit Agarmen, el filme en turno hace a un lado a las habituales persecuciones y los frenéticos cortes de edición, para erigirse como un cuidadoso ensayo sobre el aislamiento de las personas, en donde es muy tenue la línea que divide a la razón de la locura.

Así, la audiencia adepta a las películas de zombis se encontrará con un tratamiento atípico del tema, con una concepción que privilegia los silencios y los sutiles movimientos de cámara o los planos fijos para transmitir su mensaje, el cual hace énfasis en la necesidad que tiene el homo sapiens de mantenerse comunicado con alguien o con algo más.

En ese sentido, resulta un agasajo ver aquellas escenas en donde el estelar sostiene una charla (¿o monólogo?) con un "muerto viviente" atrapado en el ascensor del edificio en el que reside su expareja sentimental.

Por otro lado, “La noche devoró al mundo” es un alegato sobre otro tipo de difuntos en vida, que se han autoexcluido de los pequeños placeres de la existencia, por resentimiento o enojo hacia la sociedad. De este modo, escuchar las grabaciones amateurs de un infante, tocar con intensidad una batería o jugar paintball adquieren una relevancia sin parangón.

Ahora bien, las elipsis narrativas manejadas a lo largo de la trama son dignas de aplaudirse, porque acentúan y profundizan el conflicto interno del personaje central, así como la asfixiante atmósfera en la que este se desenvuelve.

Y qué decir de la actuación de Anders Danielsen Lie, quien interpreta convincentemente a ese hombre autorelegado de las masas, cuyo carácter y personalidad van evolucionando notablemente durante el clímax de la película. Su habilidad histriónica saca adelante aquellas secuencias simbólicas en las que se reclama a sí mismo el haberse cerrado al cosmos, por haberse convertido en otro tipo de zombi: el que se autocomió el alma, la "chispa vital".

En resumen, “La noche devoró al mundo” se distingue por no ser la típica cinta de "muertos vivientes", pues va en contra de los parámetros establecidos por este género, mismo que se popularizó gracias a George A. Romero. Quizá no es apta para aquellos espectadores en búsqueda de álgidas escenas de acción llenas de gore, pero sí será agradable para los amantes del séptimo arte sustancioso y con buena narrativa.

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