Ese arte tan latinoamericano de hacerse pendejo


Por Afonso Brevedades
Independiente


Los latinoamericanos tenemos un arte muy bien entrenado, básicamente consiste en ignorar –en no denunciar y actuar en consecuencia– que algo que está sucediendo –algo que está por suceder– eventualmente afectará a más de uno. Se practica soslayando el hecho perjudicial y considerando que en tanto a uno no le remueva el peinado no hay nada de qué preocuparse. O sea, hacerse pendejo.

Las dimensiones que alcanza este arte van desde las micropendejadas hasta las más sonadas pendajadotas que se hicieron virales –algunos dirán “que fueron noticia”–. A uno se le vierte la leche en el frigorífico y decide limpiarlo más tarde, llegado ese momento sencillamente prolonga el acto aséptico para mañana, y cuando es mañana se le puede ver de rodillas tallando desesperadamente, intentando quitar la mancha pegajosa que deja el viscoso líquido blanco que ahora se ha convertido en la simulación de un mapa con franjas de color café, con archipiélagos que se resisten al ir y venir de la fibra enjabonada. A uno se le asigna una secretaría cualquiera –la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, por ejemplo– y al final de su gestión alguien denuncia una estafa en la que se desviaron millones de pesos y él dice que no se dio cuenta, que no se percató de que los contratos y las subcontrataciones fueron convirtiendo en polvo millones de pesos.

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Soy ese tipo extranjero que corre alrededor del parque en un barrio periférico de Bogotá, ya ha sumado más de una hora dándole vueltas a la pista –también le da vueltas a unos párrafos que no terminan de convencerlo–, acelera el paso y con eso también acelera el ritmo cardiaco, suda de la frente y una gota le cae en el ojo izquierdo y se talla con la mano porque el ardor es insoportable, otra gota alcanza a resbalar hasta la comisura de su labio y le viene el recuerdo del mar salado. De pronto alcanza a escuchar un silbido, sale del pico simulado de un chico en bicicleta, primero silba fuerte pero corto, luego más bajo pero el sonido se prolonga un poco más, como cinco segundos. Entonces alguien se le acerca y desenfunda su cartera para pagarle, el pájaro –jíbaro le llaman aquí, será porque silva para vender drogas– saca de un canguro la mercancía y se lo entrega sonriente. Los dos afirman con la cabeza. Lo ve el corredor, justo pasaba a esa altura de la pista con el ojo izquierdo irritado y el sabor de mar en la boca.

El corredor ya lleva más de una hora, ha alcanzado la curva en el que mide el número de giros que da. Se le hace curioso ver a una muchacha con carriola ahí sentada, muy cerca de un canal que expide un olor a mierda –es que lo que trasporta es mierda diluida en agua– y no se mueve, ahí se queda, vira a la izquierda, luego a la diestra, alguno le sonríe, el corredor no lo hace, pero ella lo mira firmemente. A la siguiente vuelta quita el velo que cubre a su bebé –quizá era una muñeca y no una bebé de carne y hueso– y de un recoveco de la carriola extrae el producto, ella es una mamá jíbara, vende drogas y más de uno le entrega un billete.

Un pequeño dolor ataca el muslo derecho del corredor –ese extranjero que sigue pensando en un párrafo que dejó pendiente en su MacBook Air–, recuerda que hace veinte años tuvo una lesión que casi le fragmentó el músculo recto femoral. Por un momento piensa en detenerse, en cambio sigue corriendo, baja el ritmo, recuerda que su entrenadora le recomendó no bajar el ritmo en la fase final del entrenamiento, que justo ahí es donde se lleva a cabo la mayor quema de calorías. Entonces el escritor que corre retoma el ritmo. Justo cuando eso decide lo alcanza un fuerte olor a mariguana –“marihuana” escriben otros–, quizá eso fue lo que le dio energía para continuar. Mira el cronómetro y ya casi completa su objetivo del día –un día corre media hora, al otro día descansa, al siguiente día corre una hora, después descansa, y al siguiente una hora y media con un ritmo que su entrenadora le recomendó–, calcula que lo completa en tres vueltas más. Ahora le arden los dos ojos y el mar se le ha convertido en una ola gigante que acabará con todo el pueblo de su lengua.

Ha completado el entrenamiento del día –se siente cansado y un poco drogado–, las dos piernas le están temblando, en un punto del muslo derecho se percibe un pequeño abultamiento, lo soba con círculos pequeños, sabe que algo no anda bien ahí adentro: se trata de un dolor agudo que hace un recorrido desde su rodilla hasta el abdomen. Enfrente tiene un módulo de CAI –significa Comando de Atención Inmediata– y dos oficiales con uniforme verde tienen la mirada clavada en sus celulares, no se desmontan de sus motocicletas de alta velocidad. Se supone que ellos están ahí para vigilar, entre otras cosas, que nadie venda drogas, que no haya jíbaros rolando el producto entre los que hacen ejercicio y los que ejercen el oficio de esnifar.

A unos doscientos metros hay un chico que no va más allá de los veinte años y tiene entre sus manos una bolsa llena de chemo, infla y jala, infla y jala, el corredor lo ve y quiere detenerse para hablar con él, para decirle que lo que hace no está bien, que, así como van las cosas, la vida se le irá por ese canal. “¿Qué es esa basura?”, dice en voz alta y retorna su concentración a los párrafos que dejó pendiente en la hoja blanca de mentiritas de su ordenador.

En ese parque, además de drogas, se vende jugo, “tinto” –café colombiano–, “raspas” –la versión huevona de raspados–; también hay papás que llevan de paseo a sus hijos y ven lo que vio el corredor; hay chicos musculosos que a torso desnudo se mesen en péndulo en unas barras horizontales y ven lo que el corredor vio; hay otros corredores y hay comandos que asisten inmediatamente a la sociedad de ahí enfrente: todos ellos se hicieron pendejos.

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También soy ese profesor con morral de cuero que recibió como regalo de cumpleaños de parte de su chica, recuerda que ella pagó un poco más de mil pesos por ese hermoso ornato intelectual en plena una plaza de Coyoacán. Ese profesor ahora espera a que el metro llegue, mientras tanto ve cómo una parejita salta los torniquetes para no pagar cinco pesos por el servicio. Justo se hacen al lado del profesor, también esperan el metro, ella le dice a ella –sí, ella le dice a ella– “chale, ojalá no venga el pinche policía”. No llegó el policía. Una señora con playera sellada con una leyenda del PRI mueve la cabeza en negativa, “estos muchachos de ahora” dice en susurro e invita con la mirada al profesor para secundarla, pero el profesor soslaya el… se hace pendejo y en cuando llega el metro se mete rápido para ocupar un asiento asignado a una embarazada o una mujer cargando a un bebé o un hombre con bastón o un hombre con pierna vendada o un hombre en silla de ruedas.

Alguien en el interior del vagón comienza a cantar, pero en la siguiente estación se asoma un tipo con facha de malandro y le pide que se baje. “Sólo quiero trabajar, carnal, hazme el paro”, le dice el cantante, “bájate amigo, te estoy diciendo”, le dice el malandro en ese orden. Un policía ve toda la acción y no hace nada, luego el profesor se entera que aquel cantante no pagaba su derecho de cantar –sí, su derecho para cantar– en el metro como lo hacen todos, entonces el “administrador” hace su trabajo bajándolo y quitándole las ganancias de ese día –una estudiante del profesor dice que “hasta les quitan sus instrumentos, profe”–. El vagón estaba en su versión de las cuatro de la tarde, o sea que estaba a punto de llenarse, y nadie dijo nada, es que así se mueve todo en la parte de abajo de la ciudad, “pero si sabe cómo es la onda por qué no hace las cosas bien” dice un usuario que lee El diario de Ana Frank en su versión económica de pasillo de metro.

El profesor lleva en sus manos un manojo de hojas, se trata de una crónica que le regresaron un mes después de que la envió a una revista, que no es consistente le escribieron, que no tiene lógica interna le dijeron, que se confunde la voz narradora le comentaron. Él, que es un inexperto escritor, no sabe qué es la consistencia, qué es la lógica ni lo interno, qué es la voz y si es él el que narra. Relee y no encuentra más solución que guardar la historia en su morral y hacerse el dormido porque una señora está amagando con pedirle el asiento reservado.

El metro lo escupe en la estación Viveros, de ahí se sube al camión que lo lleva hasta la universidad privada donde es profesor en el área de investigación. El chofer escucha a Los tigres del norte a todo volumen, los que suben con el celular pegado a la oreja tienen que colgar con urgencia. Sube un tipo vendiendo paletas, luego otro vendiendo palomitas, luego otro diciendo que lo han asaltado y que le quitaron su cartera y que lo ayuden con monedas para regresarse a Morelos, luego el chofer se ve atorado en el tráfico y busca una alternativa: cruza Insurgentes en rojo. Más de uno lo celebró, incluso el profesor que ve su reloj de pulsera y se entera que le quedan diez minutos para comenzar su primera clase del día. El conductor de un compacto le mienta la madre con el claxon al chofer del camión, éste le responde igual, pero con la voz aguda que tiene: “qué pedo”, le dice, “bájate, pinche puto”, agrega y todos en el interior del camión se ríen.

De vuelta a su departamento el profesor se vuelve a meter al metro y le toca ver cómo una chica se queja porque un chico la venía acosando, algunos activan la cámara de video de sus celulares y comienzan a transmitir en vivo. “¿Tiene pruebas de que fui yo?”, le pregunta el tipo con traje y corbata, “claro que fuiste tú”, le responde la chica y los demás buscan la mejor toma. En la siguiente estación el chico con corbata se baja y los documentalistas se acercan a la muchacha para ofrecerle ayuda. Ella dice que no y alguien le cede el lugar. El profesor hace el trasbordo en la estación Guerrero y media hora más tarde llega a su estudio, se pone el pijama y piensa en abandonar la universidad y largarse del país. Lo decide. Lo hace.

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El profesor ahora es un desempleado, se ha convertido en extranjero y por las tardes corre en un parque de barrio periférico de Bogotá. Le gusta el centro de su ciudad nueva, se mete por calles y carreras que se guarda en su memoria y las nombra para no olvidarlas (“Cara de perro” dice, “La fatiga” dice y se ríe, “El cajoncito” dice y busca el cajoncito, “El pecado mortal” dice y se acuerda del suyo, “La culebra” dice y agrega “enróllense culebras”, “Patio de las brujas” dice y piensa en la Edad Media, “Del divorcio” dice y agrega “ni casado estoy”, “De la vergüenza” dice y dice también “mi vida”). Viaja en Transmilenio –es el Metrobús de los bogotanos– y el mismo día que se atrevió a subirse al articulado vio cómo un chico se saltó los torniquetes para no pagar, un bachiller –un estudiante de bachillerato pero que hace servicio de seguridad en lugares públicos– ve toda la acción y grita “oiga, el servicio no es gratuito”, el transgresor le hace pistola –la britniseñal mexicana– y sigue su camino. Con toda la indiferencia del echo el bogotano saltador de las normas mínimas de ciudadanía se para al lado del extranjero y espera a que las puertas del Transmilenio se abran. Nadie dice nada, nadie dice “estos muchachos de ahora”.

En el interior de la unidad se suben dos chicos a improvisar un rap de tercera división –huevones, mejor pónganse creativos y escriban algo para luego pedir, pero eso de rimar los lentes negros del extranjero con la palabra “obreros” está de la chingada–, cuando terminan su “actuación” la gente aplaude –sí, la gente aplaude o los raperos les recuerdan su poca educación–. Después le toca el turno a una chica venezolana –primero reparte mierda a Maduro y a su Castrochavismo– y comienza a ofrecer Bolívares a precio de oferta, o sea que los usuarios ponen su “valor y buena voluntad”. De paso les recuerda que piensen bien a quién van a elegir como presidente de Colombia, “porque el Castrochavismo no perdona nacionalidades”, remata.

En la estación que le toca al extranjero bajarse ve cómo una chica y un chico se suben por el andén, cruzan la calle con el peligro que implica el paso del Transmilenio y escalan hasta la fila de gente que pagó y espera su turno. Ellos ahora están en primer lugar, serán los primeros en subir y sin pagar un peso. Es más, la gente se hace a un lado para que ellos se acomoden, porque estar muy cerca de la frontera de la muerte es letal. El extranjero se ha enterado que más de una vez los chicos listos no alcanzan a subir y pues la inercia del articulado hace el resto.

El extranjero llega a la 72, parece una avenida importante, ahí está la Plaza Chile y otros centros financieros, pero también está la Universidad Pedagógica Nacional en su sede Bogotá. En la entrada un oficial le pide su credencial y él dice que está de visita, que es mexicano. “Siga”, le dice el tipo alto y él entonces sigue. El extranjero pudo haberle mostrado la tarjeta de puntos del cine e igual lo dejaban pasar, como pasaron otros haciendo caso omiso a la presencia del guarda que tenía que filtrar a los que no tenían motivos justificados de estar en el interior de las instalaciones.

Huele a mariguana –o “marihuana”, como escriben otros–  en una vereda estratégica pero evidente, por ahí también se puede ver que alguien camufla con papel estraza una cerveza de las baratas. La policía de afuera seguro ve lo que pasa en ese foco específico de las instalaciones de la universidad, el guarda de la entrada también lo ve –o por lo menos sabe de ello–, los estudiantes ven, los profesores ven, las autoridades seguramente también ven. Se hacen pendejos. O quizá sea que denunciando ponen en riesgo sus vidas. Las opciones no son pocas, pero pasa que la gente quiere seguir viviendo y sabe que a otros les toca el trabajo de denunciar y actuar en consecuencia.


Bogotá, D. C., Colombia

Del polvo nacen las estrellas: mesa redonda y proyección de cortometrajes en Aguascalientes


Mesa redonda en torno al cine local y proyección de cortometrajes
Lugar:
Casa Terán
Rivero y Gutiérrez 110, Zona Centro, 20000
Aguascalientes, Ags, MX.
Fecha:
•Martes 17 de abril del 2018
Presentando:
'Matar al personaje' 
Ficción
Dirección: Vero Marín
Duración: 5:53 min

'Corre Sonido'
Documental
Dirección: Abel Amador
Duración: 10:49 min

‘Tessellate'
Ficción
Dirección: Rocke Killingan
Duración: 9:20 min

'Sodoma'
Ficción
Dirección: Pablo I. Bonilla
Duración: 11:42 min


Dirigido a personas con interés en conocer el panorama general de la industria cinematográfica en la ciudad de Aguascalientes, cuáles han sido los retos a los que se enfrentan los realizadores locales dentro de esta industria y la importancia de la retroalimentación de la audiencia.

El plan de la charla es fomentar el diálogo entre cineastas y su público para hacer ver la importancia de exponer un trabajo cinematográfico ante una audiencia.
Con estas actividades Nēbula pretende generar un diálogo entre el cineasta y el espectador.
Programa del evento:
5:00PM Se abren puertas a los asistentes
5:30PM Inicia la charla entre los expositores en donde se tocarán los puntos anteriores
6:40PM Proyección de cortometrajes y sesión de retroalimentación al término de cada uno.
'Matar al personaje' Duración: 5:53 min
'Corre Sonido’ Duración: 10:49 min
‘Tessellate’Duración: 9:20 min
'Sodoma Ficción' Duración: 11:42 min
Cupo máximo: 60 personas
Entrada gratuita
Mayores informes enviar mensaje a Nēbula
Evento posible gracias al apoyo de:
· Revista Sputnik
· MalaBar
· Circo Social
· Doberman Gang
· Casa Terán
· Salsa La Canija
· Insane Compañia Mexicana
· Döner Kebab

The Lobster: una historia de amor inconvencional

Por Lucrezia Del Campo


The Lobster es un film que fue presentado en el Festival Cannes 2015, dirigido por Yorgos Lanthimos con la colaboración de actores reconocidos como Colin Farrel, Rachel Weisz, John C. Relly, Ben Wishaw, Lea Saydoux y Olivia Colman. Es una sátira de humor negro sobre el paradigma de las relaciones amorosas dentro de una sociedad pragmática. 

Daniel (Colin Farrel) es un arquitecto de 45 años deprimido y cansado de su vida decide ir a internarse en un hotel donde te ayudan a encontrar pareja, con la condición de que si en 45 días no encuentras a tu pareja debes convertirte en un animal que previamente hayas decidido ser. Existe un grupo contrario a las personas del hotel que se encuentra internado en el bosque y se hacen llamar “los solitarios”; ellos no creen en el amor de pareja y luchan por el deseo de estar solos, lo cual los convierte en un grupo de renegados que son perseguidos por el personal del hotel, aunque al igual que el grupo contrario también tienen sus reglas y si no las sigues te echaran. Después de estar varios días en el hotel y ver que no encuentra el verdadero amor, Daniel decide escapar del hotel uniéndose al grupo de los solitarios, pero aún estando con ellos, Daniel no puede deshacerse del deseo de amar a alguien, poder encontrar a su media naranja o complemento y poder adaptarse a una sociedad donde sea aceptado. 

Esta película llena de elementos simbólicos y con un excelente manejo de elementos sonoros y musicales en momentos cumbre, torna a la historia cruda y por momentos desesperante. Nos muestra la perspectiva de un fenómeno sentimental en donde para poder amar es necesario encontrar a una persona con características compatibles a las tuyas y hasta dónde los personajes están dispuestos a ceder y sacrificar para poder encontrar tan cotizada compatibilidad con el otro, dejando atrás convicciones, costumbres y principios de vida. Todo esto para llegar al anhelado sueño de pertenecer a una sociedad citadina. 

El final es completamente inesperado y difícil de interpretar, pero los elementos fílmicos y argumentativos antes mencionados nos brindan la oportunidad de dar nuestra propia interpretación y así darle sentido a una historia fascinante y enriquecedora. 

La película no es para todos, en algunos momentos se puede sentir lenta, aburrida e incomprensible; tiene un elemento sorpresa dentro de la trama con escenas gore, las cuales te hacen saltar del asiento y ponen maquilar en tu mente el porqué de dichos sucesos.

Sin duda, The Lobster es una excelente critica a la sociedad occidental y la forma en la que llevamos nuestras relaciones interpersonales.


Altamente recomendable por ser un film desconcertante pero sobretodo que nos hace pensar y cuestionarnos cosas como: ¿Qué tanto esta dispuesto a sacrificar el ser humano por el amor?, ¿Por qué si no amo o me relaciono como la mayoría de las personas quedo reducido a la imagen de un animal? ¿En verdad existen personas compatibles o es más el deseo de compatibilidad que podemos llegar a dejar de ser nosotros mismos? 

Si te interesa conocer más del trabajo de Yorgos Lanthimos puedes checar dos de sus principales obras: Canino (2009) y Alphs (2011).

7NN: Estándares de belleza

Estándares de belleza 
Mauricio Caballero


Nos encanta esa sensación; respirar el aire fresco, sentir su abrazo y la tierra húmeda. Vivía en paz, en comunión con la naturaleza, como siempre lo hacía. Así eran mis días, hasta que él llegó.


Estaba en el bosque jugando con las aves cuando él se acercó y habló de lo maravilloso que yo era. Solo recuerdo el primer golpe. No pude hacer nada, nadie pudo. ¡Me arrancó de mi familia! “¿Por qué, por qué lo haces?”, quería que me escuchara. Con pasos acelerados llegamos a su carro y me recostó dentro de la cajuela. La luz se apagó y el auto inició su marcha. Desde ahí dentro escuché un silbido alegre haciendo juego con una canción de la radio. “¿Qué está pasando?, ¿a dónde me lleva?”, me repetía constantemente. Una eternidad después el carro frenó y él bajó. Todo mi cuerpo se tensó a la espera de que abriera la cajuela. Eso no pasó. Permanecí ahí aprisionado, me pregunté miles de cosas; ¿Qué es lo que hará conmigo?, ¿por qué me mantiene aquí encerrado?, quiero ver a los míos, a mis hermanos. Me da miedo estar aquí.


A través de una rendija vi que el sol bajó hasta guardarse y en su ausencia llegó el frío. Recordé las noches cobijado en mí hogar, me llené de una profunda nostalgia.


No sé cuánto tiempo transcurrió, de repente escuché un silbido, me percaté de sus pasos aproximándose. Abrió la cajuela y me contempló maravillado. Yo permanecí inmóvil, me aterró su mirada sonriente, luego me cargó, recostado en sus brazos… ¡como a un bebé!, y eso me confundió aún más. “¿Qué quieres de mí?”, pensé. Yo debería estar abrazado por mi madre, mis hermanos, no por un extraño.


Sin hacer ruido me llevó al patio trasero, entramos a un cuarto pequeño y me dejó en una mesa al centro de la habitación. Él se dio vuelta para sacar algunas cosas de un mueble. Yo observé el lugar; debajo de mí había una larga hoja plástica, no comprendí para que era, no comprendía nada de lo que sucedía, del techo colgaba una gran luz, me cegaba, el lugar era pequeño, olía a tierra y químicos, era sofocante. El aire se volvió seco, el calor aumento y lo que vi en los muros… ¡¿En realidad está pasando esto?!, sentí escalofríos por todo el cuerpo.


Él volteó y dejó varios instrumentos en la mesa contigua, presionó un botón y la música comenzó a sonar, por primera vez en mi vida quise gritar, pero no pude hacerlo. Su mirada fue dulce, caminó a mi alrededor. Me encontraba petrificado, él totalmente calmado me mostró las tijeras; puntiagudas, delgadas y al mismo tiempo fuertes.


El frío se apoderó de mí, sentí pequeños cortes en mis pies, el sonreía mientras los hacía, se alejaba para verme unos momentos y regresaba para continuar con su tarea, luchaba por moverme, él siguió cortando aún más.


Cambió de artefacto por uno más grande, el dolor fue terrible, uno de mis brazos se resistía, temblaba, él apretó más fuerte, yo peleaba, giró las pinzas, sentí un crujido, giró aún más, ¡varias veces! Mi brazo cedió, yo cedí, parte de mí cayó al piso y morí… morí un poco.


“¿Por qué estás haciendo esto? Yo no debería estar aquí, mi lugar es allá afuera, con mi familia, yo no te he hecho nada, ¡nada! No debería estar aquí”. Sentí a mi cuerpo hablar con todas sus fuerzas, pero era inútil, él no escuchaba. Estaba ocupando cortando, rasgando y bailando con aquella música de piano.


Cuando creí que por fin había terminado, me torció otro brazo y lo enredó con un alambre, lo colocó de forma totalmente innatural, después tomó otro alambre más grueso y siguió con la desfiguración. “¿Este no soy yo, por qué lo haces?”, imploraba dentro de mí. No podía más, llegué a mi límite.


De pronto, asomó la voz de un niño cuestionando lo que hacía mi captor, él se sorprendió al igual que yo. Pensé que por fin terminaría esté tormento, agradecí a nuestra madre tierra y a nuestro padre sol. Me quiso ocultar, pero era demasiado tarde, llegó una mujer y ahí conocí el nombre de mi raptor: Carlos. El niño y la mujer estaban intrigados por ver lo que había detrás de él, Carlos quiso alejarlos, pero no logró disuadirlos y al sentirse vencido, se hizo a un lado para que me vieran.


Sentí vivir de nuevo, como beber agua fresca de la lluvia, ¡por fin seré rescatado!, regresaría a la paz, a mi tierra, con mi madre, a bailar con el viento, sentir el calor del sol, a jugar con las aves, ¡podría crecer!, sanar las heridas y olvidarlo todo, sé que podría lograrlo.


—¡Es hermoso Carlos! —Dijo la mujer.


Comprendí que nunca más regresaría a mi hogar, con los míos. Me convertí en uno más de su colección, su creación; un bonsái, como ellos nos llaman. Ahora convivo con otros árboles como yo; presos en un recipiente con poca tierra, torturados sistemáticamente para no crecer lo suficiente, para satisfacer sus estándares de belleza. Encerrados y dispuestos cerca de una ventana que nos provoca una tremenda nostalgia de aquellos días en donde vivíamos en el bosque.


Siete Nuevos Narradores

Editorial

Nos gusta tomar letras para formar palabras, aunque no despreciamos el agua, la leche, cerveza, güisqui o bebernos alguna que otra idea para ir alimentando nuestras historias.

Nos gusta escribir lo que vemos, pensamos, sentimos. Intentamos ser fieles a nosotros mismos, aunque de pronto nos traicionamos y somos más fieles a nuestras inquietudes, nuestros vicios, nuestros miedos, nuestras certidumbres y nuestras dudas, de ahí nacen nuestras historias.

Hijos de nuestro tiempo, apostamos al ciberespacio y nos subimos a la revista Sputnik 2 (junto con Laika) para poner en órbita nuestras letras. Pase, léanos, quizá se reconozca en alguno de nuestros textos. Recomiéndenos si pasa un buen rato leyendo, sino escriba para decirnos lo malos que somos. Apostamos a divertirnos, generar nuestra propuesta literaria para que sepan que aquí estamos y derramaremos letras e historias desde Aguascalientes.

7NN

7NN: Secreto en la valija verde

Secreto en la valija verde 
María Santos

Había terminado el quinto año de primaria y mis padres me dejaron con mis abuelos en el rancho para pasar las vacaciones. Recuerdo bien aquella tarde. Habíamos terminado de comer. Mi abuelo se puso su sombrero y salió a visitar a un amigo. Mi abuela y yo nos quedamos en la cocina. Me comentó que habían pasado varios días sin visitar a su hermana Serafina, quien estaba convaleciente. Recogimos los trastes y después mi abuela entró al cuarto para tomar su rebozo. Al salir de la casa nos asombramos al ver el cielo tan nublado, en cualquier momento comenzaría a llover, pero aun así nos encaminamos. 

Al llegar a la casa de mi tía Serafina nos abrió la puerta Raquel, era una de sus hijas, quien acostumbraba saludar apenas rozando los dedos. Nos invitó a pasar y pidió permiso de ausentarse para salir a comprar algunas cosas. Mi abuela le dijo que no se preocupara, que nosotras la cuidaríamos. Mientras Raquel salió presurosa, entramos al cuarto donde estaba mi tía. Se encontraba acostada en su cama, con la cabeza y parte de la espalda levantadas sobre dos almohadas. Estaba pálida y con el cabello ligeramente trenzado. Luego de que mi abuela la saludó con un cálido apretón de manos, yo también me acerqué a saludarla. 

La tía Serafina y mi abuela llevaban una media hora platicando de los manteles que ellas antes bordaban y que un tal Don Emilio los llevaba al pueblo a vender. Fue entonces que mi tía me hizo una seña para que me acercara, se quedó pensativa y luego me entregó unas llaves que tomó del interior de un jarrón. Me dijo que fuera al cuarto contiguo, me indicó la llave que abría la puerta y me pidió que buscara en una valija azul un mantel con malvas bordadas para mostrárselo a mi abuela y recordar viejos tiempos. 

Nunca había entrado a ese cuarto; olía a cuarto encerrado, a humedad. El techo era de bóveda. Comencé a observar las cosas. La mayoría eran sillas rotas; había dos cabeceras de cama, una inclinada sobre la otra, y tres valijas sobrepuestas, una azul y dos de color verde. La azul se encontraba arriba, la abrí y tomé el mantel. Se lo llevé a mi tía y de manera precipitada me salí del cuarto, fingiendo que debía ir al baño lo antes posible, pero en realidad volví al cuarto; tenía la curiosidad de saber qué guardaban las otras maletas. Una de ellas guardaba figuras de barro, eran las clásicas que se ponen en los nacimientos de navidad. Extrañamente, la otra verde tenía un pequeño candado. A propósito no le devolví las llaves a la tía Serafina porque una de ellas era diminuta y pensé que quizá abriría ese candado y así fue. Estaba nerviosa porque en cualquier momento podría llegar Raquel y descubrirme. Al quitar el candado y abrirla me quedé boquiabierta al ver una fotografía en blanco y negro. En ella aparecían mis abuelos con unas gemelas, casi de mi edad, una de ellas era mi madre y la otra tenía la mirada perdida y deslucida, como si estuviera muerta. Mi madre siempre había dicho que era hija única. De repente escuché que alguien abrió el portón de la entrada. Sabía que era Raquel. Apresuradamente puse el candado, acomodé las valijas y salí del cuarto. Le entregué las llaves a mi tía e hice un gran esfuerzo por no delatar mi nerviosismo. 

En los siguientes días no dejé de pensar en esa fotografía, hasta que una mañana le pregunté a mi abuela con un cierto tono de desconfianza: -¿Sólo tuviste una hija?




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7NN

7NN: Mi primer amor

Mi primer amor 
Por Sergio Martínez


Andrea era la niña más bonita del salón, yo soñaba todas las noches que le declaraba mi amor y éramos novios. En la vida real las cosas eran diferentes, ella se la pasaba jugando futbol a la hora del recreo y en el salón apenas si cruzábamos dos que tres palabras, mi cobardía podía más que mi amor. Tenía celos de todos los que jugaban con ella; yo que nunca fui futbolero, ahora lo era por ella, solo la veía a la hora del descanso driblar, a uno, otro y otro contrincante para meter un gol que todos sus compañeros de equipo celebraban abrazándola. 

Todas las tardes al salir de la escuela, mientras hacia la tarea, trataba de pensar en un plan para poder hablarle. No se me ocurría nada. yo solo era bueno para español y ciencias sociales. Andrea no lo sabía, pero al verla jugar yo inventaba en mi cabeza una crónica del juego que se realizaba en el patio, donde ella era la protagonista principal. 

“Por fin llega el día de la final del mundial femenil de futbol, el equipo nacional disputa la copa contra la escuadra japonesa, defensora de la corona. Suena el silbatazo inicial, las japonesas mueven el balón, uno, dos, tres, cuatro toques de un lado para otro, retrasan el balón hasta su portera, Andrea presiona a la guardameta del equipo nipón que apenas alcanza a despejar,… el esférico lo recupera la escuadra nacional al medio campo, uno, dos, tres, cuatro toques, hacia adelante, Andrea toma el balón fuera del área grande, al ver adelantada a la portera bombea la pelota y anota un golazo, ¡goooolaaaazoooo! de Andrea”… yo relataba en mi mente, pensando que ella me escuchaba, le gustaba mi narración y se enamoraba de mí por ser ella el centro de mis comentarios futbolísticos. 

Así un día tras otro, me conformaba narrando para mí sus genialidades en el patio de la escuela, pasándole las respuestas de algún examen, e imaginándome dándole un beso. 

En algún momento se me ocurrió pasar de contar el juego a participar en él, era una manera de estar cerca de Andrea, me emocionaba la idea de poder anotar un gol y festejarlo con ella abrazado, sí; era lo que tenía que hacer, sumarme a la cascarita para acercármele. Lo haría al día siguiente, pediría chance para unirme a jugar, así tendría su atención y su amor. 

Me armé de valor, a la hora del recreo pedí unirme a la cáscara. Me incluyeron con sorpresa ya que nunca había jugado; al momento de formar los equipos el azar me dio la espalda, me tocó en el equipo contrario al de Andrea, por treinta minutos íbamos a ser rivales. Sacaron ellos, inmediatamente ella tomó la pelota y empezó a llevarse a uno, otro y otro rival, traté de alcanzarla, quitarle la bola, pero me ganó en la carrera, con un recorte hacía afuera sacó al portero y nos metió el primer gol, casi igual fue el segundo y el tercero. No metimos ni las manos. 

Yo todavía no había tocado el esférico, solo lo veía pasar de un lado a otro, una o dos veces al querer patear la bola abaniqué la patada, todos se rieron, incluso Andrea. No supe si me dio más pena que coraje; por eso en la siguiente oportunidad que tuve, medí bien la pelota y le pegué con toda mi fuerza, era la primera vez que le pegaba a un balón; salió un trallazo que se fue a estrellar a una ventana del salón, el vidrio se hizo pedacitos. 

Desde esa ocasión el futbol a la hora del recreo estuvo prohibido, yo me gané el rechazo de todos mis compañeros, entre ellos el desprecio de Andrea, que nunca me volvió a pedir las respuestas de los exámenes, ni dirigir una mirada.



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7NN: La última cena

La última cena 
Por René López


No odié a ningún hombre, nunca maté con odio. Aunque sí maté con odio, al último hombre que vi morir. Espero que la misericordia de Dios tome en cuenta que soy un buen cristiano y siempre he deseado servirlo con cada uno de mis actos. 

El día de su ejecución comenzó a escribir. Lo miré durante horas desde afuera de la celda, me daba la impresión de que más que escribir, dibujaba, y ponía en cada trazo un pedacito de su alma. Le habían llevado folios arrancados de una libreta y le dejaron plumillas con tinta al pie de la cama. Casi nunca se levantaba salvo para refrescarse la cara o quedarse sentado viendo la rendija superior de la celda. Nunca las había usado, nunca dijo una palabra siquiera a su abogado; no escribió a nadie. Hasta ese día. El folio que me pasó tenía diecisiete palabras escritas, las necesarias para pedir la última comida que quería. “Papas fritas, un filete de vaca apenas cocido, un vaso de vino de uva, si es posible.” Las palabras parecían soldados, todas eran perfectas; si no lo hubiera visto hacerlas juraría que esa nota había sido mecanografiada. 

Ni cuando lo llevaron a las mazmorras, ni cuando supe de qué lo acusaban le tuve rencor alguno, no pequé de pensamiento hacia él. Sólo Dios puede juzgar y para eso la ley del hombre los hace llegar pronto bajo su trono. Dan orden y a mí me toca bajar la cuchilla. No faltará quien diga que lo que hago es despreciable, pero si quien sentencia puede dormir en paz, yo también puedo. Mi trabajo sólo es hacer pagar a los que deben algo en la tierra y hacerlos morir lo más rápido posible, con el menor dolor, de la manera más cristiana. Yo reniego de cuando la tortura era parte de la ejecución, si ya han de sufrir en la eternidad ¿por qué un pecador igual que ellos habría de empezar acá? Por eso nunca me avergoncé de la comida que había en mi mesa, ni de los panes que comían mis hijos o los confites que di a mis nietos, ese dinero lo gané limpiamente. 

Una vez escuché que el tiempo es un jorobado que lleva a cuestas un ovillo y que va guardando de a poco el hilo que es el tiempo y no sabe cuándo va a descansar, dónde termina el tiempo o cuándo Dios le va a recoger el ovillo el Día Final; por eso si esperamos que el tiempo pase pronto, si apresuramos al jorobado sentimos su desesperanza y su desasosiego. 

Pero yo no espero nada. 

Sé que obré bien, sé que cualquiera que lo hubiera visto cenar esa noche lo habría matado. No sé decirlo, sólo sé que cuando vi cómo chupaba el hueso del filete, cuando lo vi mascarlo después de acabarse la carne, vi que sonreía apenas con una mueca disimulada entre cada bocado, que echaba pan y carne y papas y vino a la boca y mascaba, entonces supe que él había sido. Sí era culpable, y lo disfrutaba. Que esas bolsitas de hueso y carne de criaturas que fueron encontrandas cerca del río, profanadas, que las vidas que habían arrancado como chacales, todas habían sido destruidas bajo sus manos. 

Yo no sé mucho de leyes, sólo sé que de cualquier modo ese hombre iba a morir, yo le iba a matar frente a una plaza repleta de hombres y mujeres gritando, no encuentro cuál es la diferencia. Por eso pido clemencia, señoría. Sabe que un buen cristiano no podría mentir o ser mezquino y pedir clemencia cuando sabe que es culpable, pero le juro que si lo hubiera visto cenar, usted estaría sentado del otro lado del estrado.




Siete Nuevos Narradores
Editorial

Nos gusta tomar letras para formar palabras, aunque no despreciamos el agua, la leche, cerveza, güisqui o bebernos alguna que otra idea para ir alimentando nuestras historias.

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7NN: Letras de Dennise Rodríguez II



Denisse Rodríguez 



Aguascalientes

Vivo en Aguascalientes

Donde el agua carece

La tranquilidad, la adormece

Un buen lugar para suicidarse

Pero no, para ahogarse

Y, es que los problemas aquí, se hacen agua.

Porque se cree que no hay nada.



Enero

No he escrito nada, porque no he ido a la playa

Y, es que en el agua mis palabras nadan

Cuando en la tierra, solo se marchan



Colibrí

Nos acostumbramos a conversaciones huérfanas de sentido

Con el motor de un carro siempre encendido



Carretera

No entiendo a las palabras

Nunca me llaman

Solo me hablan cuando se les pega la gana

Para salir y darse la vuelta

En la carretera de mi pluma y mi papel que arañan.



Desvelo

No puedo dejar a la noche sola

Ya estuve con el sol y la edad



Amapola

Cubrí mi mente en amapola

La aparte de los negros espacios

De la harina que la arropa



Nihilismo

Aunque la alegría se aproxima a media noche

Prefiero dejarla en mi porche



Humano

No fumo

Soy humo mundano



Vorágine

Mareada de palabras sueltas

Que entre abiertas

Letras vuelan




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7NN: Cabeza de venado


Cabeza de venado 
Por Isaías García


En las primeras lluvias de otoño aparecen pequeños animales negros, fastidiosos y adictos al olor a muerte. Una vez Camilo dijo sentirse frustrado porque era el tiempo de decir adiós. En ese momento se aterraba de contar aquel cuento perturbador que le provocaba una carga de negatividad y en sus ojos se registraba el peor acto de asesinato. Argumentaba sobre el monstruo que gobernaba el bosque, el que acechaba a sus presas provocando caos mental y existencial, aquel que se disfrazaba de gabardina, botas, sombrero y escopeta, amante de lo perverso y se apoderaba de las cabezas de sus víctimas, un ser maldito que siempre caminaba a la orilla del río con un bulto sobre su espalda, rodeado de mosquitos y moscas. 

Fue ese 25 de septiembre cuando la oscuridad se apoderaba del atardecer y no se podía ver bien, ese hombre se acercaba a un árbol dejando caer el cuerpo envuelto de color rojo que cargaba sobre sus hombros y desprendía el más asqueroso de los olores, sonreía satisfactoriamente, mostrando la gloria del hecho, caminaba hacía la cabaña, tomando de la entrada una cabeza de venado, mientras Camilo observaba la atrocidad de ese ser infernal, al dirigir su vista hacía el campesino se escuchaban chillidos muy agudos y de un parpadeo a otro Camilo observaba la decoración de la sala, al mismo tiempo que mi cabeza era colgada junto a la suya.




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7NN: Bebé gorila


Bebé Gorila 
Por Quetzalli Aquino


La primera vez que lo vio apenas era una burbuja en la pantalla y no sintió nada. Se emocionó cuando la prueba de embarazo fue positiva. Aún más cuando le dio la noticia a Marco, su esposo. Pero durante ese primer ultrasonido, en el consultorio del ginecólogo y con sólo una burbuja por hijo, Adriana no sintió nada. Nada de nada.

Con el tiempo cambió de forma. Se convirtió en un frijol. Después en un pequeño alien, hasta que por fin pudo reconocer los dedos de sus manos y el puchero en su boca.
- Parece un bebé gorila - bromeó Marco y abrazó a su mujer cuando un par de lágrimas rodaron por la cara de ella. Por fin Adriana sentía algo, tristeza al no tener sentimientos por aquél bebé gorila.

Cuando llegó el día del parto, Adriana cayó en cuenta que no estaba preparada. No sabía que debía hacer con un desconocido en brazos. Una personita que dependería de ellos y no sabría ni pedir lo que necesitaba. Al llegar al hospital sus ojos reflejaban pánico. ¿Qué demonios debía hacer con un bebé gorila?

Tan ensimismada estaba en sus pensamientos que no vió la expresión preocupada de quienes la rodeaban. No escuchó la seria charla que tuvo el doctor con ella y su esposo. Sentía que se desvanecería en cualquier momento, pero eso seguramente era normal, estaba por expulsar a un ser vivo de su cuerpo.
Recuperó conciencia de su entorno cuando la subieron a una camilla en la que la llevaban a toda velocidad.
-       Marco, ¡Marco! - lo llamó buscándolo. Él le tomó la mano manteniendo el paso.
-       Todo va a estar bien, - la tranquilizó.
-       Pero...
-       Todo va a estar bien, - repitió con firmeza.

Llegaron a un pasillo donde detuvieron a Marco mientras el resto del equipo continuaba avanzando. Adriana movió la cabeza para ver su rostro una vez más. Su esposo le regaló una sonrisa que ella nunca olvidaría. Se miraron hasta que una puerta los separó por completo.

Estar dentro del quirófano fue tal y como lo había visto en la televisión. Una tela que no le permitía ver el resto de su cuerpo. Una enfermera que se tomó apenas un segundo para mirarla antes de regresar su atención a lo que sucedía al otro lado de la cortina. Conversaciones con palabras irreconocibles. El sonido quedo de aparatos que la arrullaban con sus constantes bips.

Los párpados de Adriana parecían pesar tres veces más de lo normal, obligándola a cerrarlos. A partir de hoy tendría un bebé gorila. Su bebé gorila. Era tan extraño ser dueña de alguien. Por que era suyo ¿cierto? Para toda la vida, ¿y si lo echaba a perder? Una contracción atravesó su cuerpo y abrió los ojos jadeando por el dolor.
-       Se debilita - escuchó a la enfermera.
Las voces a su alrededor se convirtieron en murmullos hasta que finalmente se callaron. La obscuridad de sus ojos cerrados se transformó en imágenes, parte de una película en la que Adriana era la única espectadora y olvidó todos los temores que la invadieron en las últimas horas. Por primera vez en todo ese tiempo pudo visualizar al pequeño. Lo sintió suspirar mientras lo mecía. Lo escuchó reír mientras caminaba torpemente hacia ella en sus primeros pasos. Lo vio con el corazón roto por una chica en la secundaria. Reconoció el orgullo en su cara cuando se graduaba de la universidad. Se acercó para abrazarlo cuando el dolor y un grito desgarrador la regresaron al quirófano.
-       ¡Doctor! - reclamó alguien al otro lado de la cortina. Silencio.

La actividad frenética a su alrededor la sorprendió. Adriana sentía manos en sus entrañas. Lágrimas mezcladas con sudor corriendo por su cara. Quiso hablar pero sólo jadeos y quejidos escapaban de su garganta. Volvió a cerrar los ojos y se refugió en la película que continuaba tras ellos. No sabía ser madre, pero lo era. Había mantenido vivo a este bebé durante nueve meses y continuaría haciéndolo. Echó un último vistazo a la escena donde Marco caminaba con la mano del niño entre la suya. Su niño. Con esa imagen se encerró en sí misma, sintiendo su cuerpo transformarse en un capullo que protegía a su hijo.

Un par de horas más tarde, un nuevo padre estaba de pie frente a un ventanal que daba vista a una habitación con varios recién nacidos, entre ellos el suyo. Su mirada se fijó en la tarjeta con el nombre del pequeño: “Adrián”.

Nadie vio a Marco llorar desconsolado frente a los cuneros.




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7 razones para ver (y amar) ‘Queer Eye’ de Netflix


Call me old fashioned… please! | Por Mónica Castro Lara |


‘The original show was fighting for tolerance. Our fight is for acceptance’

-Tan France-

Recuerdo muchísimo que en la secundaria y preparatoria, a mi entonces amigo Alex y a mí nos encantaaaaba la serie ‘Queer Eye For The Straight Guy’ en donde cinco chicos gays especializados en temas como moda, cuidado del cabello y decoración de interiores, transformaban casi por completo, la vida de un heterosexual promedio. Carson, Ted, Kyan, Thom y Jai llenaban la televisión con sus personalidades extrovertidas y nos hacían pasar un excelente y divertido rato. Eso fue hace ¡15 años! Sí… quin-ce-a-ños, lo cual para serles bien sincera, me hace sentir algo vieja, pero bueno.

A principios de este 2018, me enteré que harían en ‘reboot’ de dicha serie y que el encargado sería nada más y nada menos que mi querido Netflix. Pues bien, acá entre nos, no le tenía taaaanta fe a la serie porque para empezar, sería con otros 5 expertos y no con mis añorados Fab5 de principios de los años dos mil, así que no le di tanta importancia hasta que en todas mis redes sociales, comenzaron a aparecer reseñas de lo genial que es y me quedé bastante intrigada, hasta que hace un par de semanas por fin decidí darle el ‘sí’ y en tan sólo un ratito, vi los primeros cuatro capítulos de jalón en compañía de mi mamá y mi hermana. Me fascinó y obsesioné tanto con la serie que de inmediato decidí hacer una pequeñísima reseña e invitar a que más personas la vean y lloren tanto como lo hice yo, así que aquí les van mis 7 razones para que vean ‘Queer Eye’ versión 2018, ASAP (as soon as possible, pues):

1.      Los nuevos Fab5.
Si veías la serie en 2003 y creías que Carson era excéntrico y escandaloso, no conoces a Jonathan Van Ness; es EL chico gay que necesito actualmente en mi vida porque sí, yo solía tener muchos amigos gays y me hacían muy feliz; ahora no tengo ninguno pero con Jonathan en mi pantalla (y en mis redes sociales) me basta y sobra. Tan France encargado de moda, Antoni Porowski en comida, Karamo Brown como experto en cultura, el talentosísimo Bobby Berk experto en diseño de interiores y Jonathan Van Ness como experto en ‘grooming’ (es decir, corte de cabello y cuidado de la piel) son los nuevos Fab5 que con sus personalidades auténticas, han encantado a muchísima gente –incluyéndome obviamente-. Cada quién se enfoca en los aspectos que he mencionado previamente, adaptándose por completo a cada individuo que consultan. Me encanta la química que hay entre ellos y lo geniales y sinceros que son a la hora de trabajar y hacer sentir bien a su ‘protegido’, no sólo ‘cambiándole’ lo exterior, sino también lo interior. Awww. Todos son fabulosos, todos son talentosos, todos visten increíble, nadie opaca a nadie y todos trabajan por un mismo objetivo: la aceptación.




2.      Te proyectarás en más de una ocasión, te lo aseguro.
Pues sí. Imposible no proyectarse con los casos que nos presentan. ¿Por qué? Pues porque cada quién tiene sus puntos débiles, sus problemas personales y de autoestima y cuando ves que todo eso puede cambiar radicalmente en un par de días gracias a la ayuda de los Fab5, pues te da mucha más esperanza a seguir trabajando por ti mismo en lo externo y lo interno; en lo personal y profesional, y comenzar a balancear las cosas que te gustan y que no te gustan de ti mismo para poder generar un cambio sustancial. De repente sentirás que Karamo te habla sólo a ti y te darán ganas de abrazarlo y pedirle muchos más consejos, o que lleguen los Fab5 a invadir tu vida y a indicarte qué es lo que anda fallando mediante sus maravillosas personalidades. Las personas que realmente me conocen, sabrán que no me gusta el contacto físico y adoro que respeten mi espacio personal. Si ya vieron la serie o están a punto de verla, sabrán exactamente con quién me proyecté y se reirán conmigo por laaaargo tiempo, créanme.



3.      Los tips.
No son tips para homosexuales, no son tips para heterosexuales, no son tips para hombres en exclusiva. Son consejos para cualquier persona, sobre cómo vestir, cómo proteger tu piel, cómo cocinar cosas ricas y saludables, cómo organizar tu casa o tu espacio de trabajo y cómo empezar a quererte un poquito más todos los días. Todos los consejos son útiles e interesantes y te mantienen muy alerta para anotarlos y seguirlos al pie de la letra. No son cuestiones superficiales; tu imagen y el cómo te proyectas ante los demás, no deben ser consideradas como cosas banales, sino al contrario. No tiene absolutamente nada de malo querer lucir bien cuando también por dentro te sientes bien; cuida tu cuerpo, ten un buen peinado, unos atuendos que te queden bien y voilá. Aplausos para todos aquellos que piensan como yo. Por ejemplo, estoy segura que mi papá y mi cuñado Hugo han estado tomando apuntes sobre ropa y poniéndolos en práctica, a pesar que de por sí se visten muy bien.  



4.      ¿Te gusta la mezcla de emociones? Tendrás todas ellas.
Vas a llorar, a reír, te dará hambre, querrás empezar tu propio negocio, renovar tu armario, construir muebles para tu casa, cortarte el cabello… ¡TO-DO! Yo lloré y reí en los 8 episodios de la primera temporada y en verdad no lo esperaba en lo absoluto. Es increíble lo que estos 5 hombres pueden hacer con sus ‘protegidos’ y lo mucho que impactan sus historias personales con las de los demás. Bobby nos dice que a final de cuentas, todos somos seres humanos MUY SIMILARES, quienes queremos ser amados y amar de vuelta. Tan simple como eso. Si no te sale una lagrimita en cada episodio, quiere decir que tienes un corazón gélido y no eres merecedor de tan bonita serie. Buuu.



5.      Supo adaptarse a nuevos tiempos sin perder su autenticidad.
Estamos hablando de un formato de serie de hace quince años, cuando no todo el mundo era abierto a ver homosexuales en televisión y mucho menos a aceptarlos como compañeros de escuela o de trabajo, por ejemplo. Es increíble darse cuenta que a pesar de ello funcionó y funcionó muy bien en aquella época, pero a la vez, sentó algunas bases y clichés de cómo se representarían a los homosexuales en los medios de comunicación que consumimos regularmente. En esta versión del 2018, 'Queer Eye’ rompe con esos estereotipos y estigmas y nos demuestra quiénes y cómo son los verdaderos homosexuales de hoy en día, sin hacer de lo afeminado su carta de presentación. Además, los casos de los ‘protegidos’ a quienes ayudaron durante estos 8 capítulos, son personales REALES, con problemas y deficiencias reales de la época en la que vivimos.

 


6.      Te hará reflexionar muchísimo. Harto.
Además de todo lo que ya mencioné, los capítulos de la serie no nada más nos muestra problemas ‘superficiales’, sino también problemas colectivos como el racismo, la homofobia y la falta de apertura e información que hay en el sur de Estados Unidos. Hay muchísimos momentos de tensión y también otros de una aceptación pura, lo cual me parece es el gran encanto que tiene ‘Queer Eye’. Sonará bieeeen estúpido/utópico/ingenuo/inocente pero, me cuesta mucho trabajo creer que en pleno 2018, a la gente le cueste trabajo aceptar su propia orientación sexual y aceptarse y quererse tal y como es, debido a los grados tan grandes de violencia e intolerancia que hay en el mundo en torno a estos temas. Aplaudamos y reconozcamos la gran diversidad sexual que existe y hagamos que este ‘proceso’ sea más fácil para todos aquellos que lo consideran difícil y hasta traumático. Basta de términos homofóbicos y de encerrar a la gente en clósets.



7.      Antoni Porowski.
Lo siento mucho, pero Antoni merece su propio número en esta lista. ¿Por qué? Porque me encanta y punto. Es tierno, inteligente, talentoso, guapo, chef, actor, ama a ‘The Strokes’ (sus múltiples playeras ¡duh!) y, aunque muchos desconfíen y crean que es sólo un modelo haciéndola de chef, en realidad fue alumno de Ted Allen, el original experto en comida y vinos de ‘Queer Eye Fort he Straight Guy’ del 2003. Síganlo en Instagram, sus posts son tan maravillosos como su carita. Ayñ.



Ahí tienen mis 7 fugaces razones para sentarse a ver maratónicamente esta serie y amarla con todo el corazón. ¿La mejor noticia de finales de mes? ¡¡Acaban de renovarlos para una segunda temporada!! Yeeeiiii es momento de cantar todos juntos: ‘[…] all things just keep getting bettaaaaaaaa…’




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