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Fito Páez sin filtro: cuando el mundo (por fin) cabe en una canción



Call me old fashioned... please! | Por Mónica Castro Lara |

Recuerdo que en cuanto vi el post en Instagram, le escribí rapidísimo a mi cuñado Hugo para que ya NO hiciera el pago del Airbnb que él había buscado y que nos había gustado un montón. “¡Pinche Fito, no mames!”. A 17 días de sus conciertos en México, al rosarino se le ocurre caerse, fracturarse cinco costillas (aunque dice que fueron 11) y cancelar y posponer sus presentaciones en Guadalajara y Ciudad de México, incluida la del Zócalo capitalino. Yo, francamente estaba que me llevaba la chingada como buena provinciana porque imprevistos como este, realmente te cambian todos tus planes. Lo último en lo que pensaba era en el bienestar de uno de mis artistas favoritos y eso te da mucho que pensar sobre el ensimismamiento de ser fan, porque entre la emoción y la frustración, me olvidé de que detrás del ídolo hay un ser humano que también puede romperse (literalmente). Y eso, créanme, duele y avergüenza más de lo que una quisiera admitir.


Cuando Netflix anunció el mes pasado que el documental “Fito Páez: el mundo cabe en una canción” llegaría a nuestras pantallas el 03 de septiembre, sentí una alegría total. Pensé: “órale, Fito seguro es un consentido en Netflix”. Y no es para menos: ya en 2023 la plataforma le había dedicado un espacio con “El amor después del amor”, la serie biográfica que nos transportó a la Argentina de los ochenta, a los inicios de Páez como cantautor y a las tragedias que lo han acompañado e influenciado toda su vida. Pero ahora, con este nuevo documental, la apuesta sube de nivel, porque si la serie nos contó su historia desde afuera (con actores, recreaciones y esa estética que nos hizo revivir cada éxito y fracaso) esta vez, como bien sentencia la propia plataforma de streaming: “La serie contó su historia. Ahora habla él”. Y eso, querides, es ooootra cosa. Es Fito sin filtros, la voz en primera persona; es el artista que vuelve para decirnos lo que tal vez nunca nos contó del todo. Y, por lo que habían dado a entender en el tráiler, la película transcurre justo ahí, en el límite entre el dolor físico y emocional tras el accidente que frenó su gira exactamente hace dos años, y desde esa pausa forzada, Fito reexamina sin filtros su historia personal, sus excesos, sus fracasos y esos éxitos que lo consagraron como uno de los compositores más importantes de Latinoamérica. Es como si, después de más de cuatro décadas de intensa carrera, el músico eligiera ese momento tan vulnerable para abrirse del todo, mostrándonos que a veces hay que quebrarse un poco para encontrar la honestidad más cruda y hermosa.


Sin duda, la cereza del pastel fue descubrir que el gran Matías Gueilburt está detrás de este proyecto y que, además, tiene un vínculo muy estrecho con Fito. Yo no puedo parar de elogiar el trabajo de Gueilburt; es como si el Rey Midas se hubiera convertido en director argentino. Algunos de sus proyectos documentales, como “Patria”, “El vendedor de ilusiones: El caso Generación Zoe” y “Los Ladrones: La verdadera historia del robo del siglo”, los considero auténticas joyas cinematográficas, en especial “Los Ladrones”. Me parece que encaja perfectamente con el espíritu de esa peculiar argentinidad que tanto me gusta y atrae. Cuando tengan oportunidad, véanlo. Les va a explotar la cabeza como a mí. 


Matías es, ante todo, un narrador obsesionado con las grietas de la historia que aborda; su estilo se define por una investigación y narrativa quirúrgicas que no teme revolver archivos polvorientos y olvidados, testimonios incómodos y documentos inéditos para reconstruir relatos que, aunque conocidos en superficie, guardan capas de complejidad moral.


No le interesa la cronología lineal: prefiere sumergirse en los claroscuros, en los personajes que oscilan entre el mito y el monstruo; su mirada no juzga, sino que deja que los hechos y las voces se desplieguen con una crudeza que obliga al espectador a hacerse miles de preguntas mientras transcurre lo que está viendo. Me parece que lo más rico de Gueilburt es su capacidad para convertir temas densos en relatos accesibles y humanos, sin caer en el sensacionalismo, a través de una fotografía y encuadres de una calidad absoluta.


Por lo tanto, estoy muy feliz de compartirles que mi clarividencia y yo acertamos: este documental es brillante. La amistad entre Fito Páez y Matías Gueilburt le da al director una llave privilegiada para entrar en esos instantes frágiles donde, a ratos, se nos olvida la excentricidad del rosarino y nos topamos de lleno con su dolor, con su angustia, con su desesperación ante un momento de salud sumamente complicado. Como bien dijo Gueilburt para Página12: “en ningún momento vemos un personaje, es un retrato de Rodolfo”, y eso es justo lo que hace tan potente a esta pieza: no hay pose, hay pura verdad.


La película arranca, además de con un espectacular montaje de Páez en conciertos masivos musicalizado por “Al lado del camino” (una de esas canciones eternas que, confieso, me aprendí a marcha forzada porque quería berrearla sin errores en su concierto), con una declaración que, si uno lo piensa bien, es lo que cualquier espectador desea: “Lo que me embola de los documentales, en general, es que les falta malicia”, dice Fito como advirtiéndonos. Y se justifica: “[…] el personaje retratado siempre es visto como una especie de adalid de la bondad y las buenas costumbres. Y eso me embola terriblemente”. A modo de pedido, o de manifiesto, hay una necesidad del cantante por no mostrarse impoluto y le indica al director que quiere que pasen cosas reales, sin caretas porque él ya sabe que hay que “caretear” en la vida, pero en este documental no. Y vaya que suceden “cosas reales”. Gueilburt nos presenta un retrato del músico en dos dimensiones entremezcladas: de un lado, la intimidad del hogar, el cuarto de hospital, los hoteles de gira y los ensayos; del otro, los recuerdos y momentos claves de su historia narrados por él mismo. Es como si la cámara se atreviera a entrar donde pocos han estado, y el resultado es tan incómodo como necesario.



La primera parte del documental es la cámara siguiendo a Páez en algunos momentos clave que vivió a mediados de 2024: lo vemos siendo trasladado por un incrédulo taxista hacia los estudios Abbey Road donde estaba trabajando en “Novela” su vigésimo noveno álbum, proyecto que había iniciado desde 1988 y recién concretó en 2025 (con un montón de críticas, por cierto). Luego, nos vamos a Madrid, donde Fito festeja su décimo aniversario de relación con su entonces pareja, la actriz Eugenia Kolodziej quien es la encargada de narrarnos cómo fue que encontró a Fito la mañana siguiente tirado en el descanso de la escalera completamente desgastado, golpeado, adolorido y sin la capacidad de responder a las simples preguntas que le hacía. Realmente me re entristeció y angustió la situación tan delicada y grave en la que estuvo Fito; los moretones en el brazo y los gritos desgarrados de dolor se quedan cortos a lo que verdaderamente sentía y nos confiesa que sí se sintió al borde de la muerte:


“Es muy salvaje la situación. El dolor era tal, era tan grande, tan fuerte, que dije bueno hasta acá llegué”.


Casi como en una especie de metarrelato, el músico mira en la televisión lo que se informa sobre su accidente. Y con esa visión y sensibilidad quirúrgica de Matías que les mencionaba unos párrafos arriba, el momento de la vulnerabilidad absoluta es musicalizado con “Tumbas de la gloria”, convirtiendo a la canción en una especie de banda sonora de su historia familiar en Rosario. Mientras suena “Tu amor abrió una herida porque todo lo que te hace bien siempre te hace mal” nos platica que su mamá murió 8 meses después de haberlo dado a luz porque le sacaron mal la placenta e ipso facto, deduce y nos dice con una tranquilidad dolorosa, que la muerte de su mamá entonces fue por su culpa. Uff. Pausita para exhalar. Nos cuenta su cotidianidad en Rosario: cómo eran su padre y las “abuelas” que lo criaron, el exceso de amor y esos primeros acercamientos a todo tipo de música que lo moldearon, detalles que, por suerte, dejaron bien plasmados en la serie, para que nosotros también pudiéramos asomarnos un poquito a ese universo. La historia de Fito desafortunadamente también va de la mano con la tragedia; tal vez una no podría existir sin la otra. Revivimos el terrible asesinato de sus “abuelas” y la empleada doméstica que las acompañaba, por allá en 1986 y nos lanza otra frase devastadora: “[…] yo ya no vengo a ofrecer mi corazón, ¿para qué? ¿para que me lo rompan?” haciendo alusión a su canción homónima. 


Regresamos al presente, con el proceso de recuperación de Fito y los ensayos de cara a la gira “4030” en Argentina. El documental nos muestra la primera vez que se sienta al piano post accidente para tocar “Del 63” en su casa de Buenos Aires y, de pasada, para ver cómo le respondían sus manos; otro momento de vulnerabilidad que pocos se atreven a mostrar. Acá tengo que hacer mención especial al muñequito de Charly García saltando desde aquel épico noveno piso, colgado de una lámpara de techo, que me pareció una brillantez y genialidad absoluta y me hizo pensar que necesito uno cuanto antes. Se develan también otros detalles en esos espacios privados: fotografías, portadas de revista, cuadros, medicinas, suplementos alimenticios… 


Luego aparece un Páez melodramático regañando y exigiéndole a sus músicos como si la vida se le fuera en cada nota. La rigurosidad y los tonos (nada amables) con los que se dirige a ellos, incomoda MAL; al menos a mí sí me molestó e hizo que le cuestionara a modo de reclamo, un montón de cosas que yo he vivido y visto de sus presentaciones más recientes… sin respuesta alguna, obviamente. 


Y entonces… ¡llegan los conciertos en México! Lo vemos caminando por la CDMX con una tierna familiaridad, de la mano de su hijo Martín. Me hace reflexionar que le tomó únicamente 4 meses en recuperarse de ese fatal accidente donde por momentos, parecía que se estaba entregando a la muerte y que verdaderamente, hizo un esfuerzo casi sobrenatural por cumplirle a sus fans mexicanos. Hay algo más que me conmueve de esas escenas: haber compartido un mismo tiempo y espacio en el Auditorio Nacional con esta leyenda. Recuerdo el concierto casi a la perfección y ahora me doy cuenta de que ambos atravesábamos momentos complicadísimos en nuestras vidas pero que, durante dos horas, pudimos dejar pasar todo. Porque la música —y el arte en general— nos lo permite; nos da ese permiso tácito de suspender el caos, aunque sea un ratito.


Rápidamente, ooootra escena incómoda: el cierre de uno de estos conciertos no salió como lo habían ensayado y el músico se mortifica con una ansiedad e insistencia que, les confieso, no me fueron ajenas. Si bien podríamos llamarlo “perfeccionismo”, creo que más bien se trata de tener o no el control absoluto de las cosas. Tuve que revisar los videos de su concierto en mi celular para ver si había sido en esa misma noche, pero no… ahora me queda la incógnita de saber si fue en la segunda noche del Auditorio Nacional o si más bien, fue en su concierto en Guadalajara, pero sobre todo, si la gente se dio cuenta o no del “error”. Algo así como un pequeño misterio personal que, supongo, también forma parte del encanto.


Ya en la recta final del documental, nos topamos con escenas de Fito compartiendo con su otra hija, Margarita. Son fragmentos que se entrelazan con material de archivo y grabaciones caseras donde se les ve, tanto a Martín como a Margarita, conviviendo con ese padre peculiar y caprichoso que todos conocemos (o creíamos conocer). Es una faceta menos pública, más íntima, y me parece comprensible —casi necesario— que haya permanecido resguardada en lo privado durante todos estos años, como si ese espacio reservado fuera el que le permitió a Fito seguir siendo tan auténtico en lo público.


El documental cierra con la visita de Fito Páez a Estados Unidos, donde da una charla en la Universidad de Berklee en Boston, que trató sobre “la música en tiempos de demencia masiva”, y al mismo tiempo, afinaba los detalles de su sesión de Tiny Desk, que he de confesar con total libertad, no me gustó. Me pareció una muy mediocre selección de canciones, curadas mal, a Fito se le veía distraído, se le escuchaba desentonado y ahora ya sé por qué: el día de la grabación, el man tenía una fiebre intermitente junto con una migraña de esas que aniquilan. Aun así, logra sacarlo adelante. Y aquí regreso a mi dolencia y vergüenza del primer párrafo: ¿quiénes somos para exigir y exprimir hasta la última gota a nuestros artistas?


Hay algo en la figura de Fito Páez que trasciende lo meramente musical. No es solo el pianista virtuoso de “Cadáver Exquisito”; es esa capacidad para convertir el caos emocional en melodías que nos hacen sentir menos solos, como si fuera una extensión directa de nuestras propias contradicciones.


A diferencia de otros de sus contemporáneos, Fito eligió la exposición brutal, una honestidad incómoda que lo llevó a desnudarse en público una y otra vez, ya sea cantándole a la “puta ciudad” que lo vio caer en el abismo más profundo o confesando sus demonios en entrevistas que a veces parecen sesiones de terapia. Quizás por eso, escucharlo hoy se siente menos como un acto de consumo cultural habitual y más como un reencuentro con esa versión de nosotros mismos que todavía cree, ingenuamente, que hay amor después del amor.


¿Vale la pena ver el documental? Para mí, es un total y rotundo SÍ, y no lo digo solamente desde mi cariño, admiración y fanatismo por Rodolfito. Disfrútenlo, llórenlo, cuestiónenlo y compárenlo con otros documentales musicales y satúrense de él como ya lo hice yo. Porque, al final, lo que logra Gueilburt es exactamente lo que Fito pidió: malicia, pero por supuesto, también mucha humanidad. Eso, en un género tan saturado de homenajes edulcorados, es un verdadero lujo. Nuestro rosarino consentido, termina casi dos horas de exposición con un “I’m baack!”, porque con sus contradicciones, múltiples heridas y resiliencias, ya nos lo había predicho en cierta canción del 2010: “[…] si algo aprendimos en el mundo es que el mejor momento aún no vino, está por llegar”. Así que, señoras y señores, habemus Fito para rato.




«Baladas tristes», un tríptico musical de Iván García y Los Yonkis


Por Sergio Martínez | Foto: FNSM


¿De dónde viene la tristeza?

¿A dónde va?


La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que al menos 322 millones de personas en el mundo padecen tristeza o depresión, un 18 % más que hace una década. Según la ciencia, la opresión en el pecho, dolor en el corazón, lágrimas y vacío en el estómago, son algunas sensaciones corporales que reportan los síntomas de la tristeza en el cuerpo humano.

Decía el poeta como premonición: “hubo una epidemia de tristeza en la ciudad”, pareciera que de ahí vienen 30 canciones que están por publicar Iván García y los Yonkis.

Su octava placa musical llamada Baladas Tristes es un tour de canciones donde Iván García nos propone verlo desnudo, vernos a nosotros mismos, ver lo que nos rodea y observar un mundo donde la vorágine y la velocidad con que vivimos nos hace pasar de largo de absolutamente todo, hasta de la tristeza que podemos encontrar en una esquina, en un bar, en un hotel, en un concierto, llevarla de prendedor, o bajo una noche estrellada.

Publicar un disco con 30 canciones en estos tiempos es un acto de valentía, el proyecto debe ser sólido y desafiar todas las condiciones del mercado de la música emergente, y lo principal, desafiar al escucha con una propuesta que no solo lo entretenga, sino lo cuestione, lo confronte y le haga saber que la tristeza también influye en la creatividad.

Para quien esto escribe Baladas Tristes es un tríptico, no solo por las tres decenas de canciones que lo conforman, sino por los lugares desde donde se sitúan las canciones:

Introspección del cantautor: Baladas Tristes -que no solo le da nombre al álbum, sino es una declaración de origen y principios-, La cantaleta, Cuando esté mejor, Perdido, Señor oscuridad, Muñequitos de Japón, y Hey, bro; entre otras.

Baladas tristes: Despacio y en silencio, De vez en cuando, Tiquete, Deberías, Mátame, Cinco estrellas, Winona, Confieso, El sendero de las sombras, No te importó, Acodado y Veneno para ratas.

Descripción densa: Donde nadie puede, Baile, La ducha, Cuando la muerte, Estrella de karaoke, Mudarse, No se irán, Luna, y Ataúd.

Mención aparte merece la rola que cierra el disco: Mi ciudad, track de más de 8 minutos de duración que abre con una declaración de amor: Vengo de una hermosa ciudad… con aires dylanianos, nos describe los amores, andanzas, odios, preocupaciones y vivencias del autor, no es fácil mantener la tensión narrativa y que la música que la acompaña sea un mar navegable para el oído, está  canción lo logra con creces, nos describe la ciudad y nos acuna a la vez, …vengo de una triste ciudad, aunque me deprima, no ve voy a mudar, aquí vine al mundo, aquí me van a enterrar, así que esta noche brindo por mi ciudad,… cierra la canción.

Este álbum doble cuenta con siete colaboraciones: Cuando esté mejor (feat. Juana Castañeda), Señor Oscuridad (feat. Paulino Monroy), Baile (feat. Pascual Reyes), Estrella de karaoke (feat. Saúl Fimbres), Princesa (feat. Chinoy), Muñequitos de Japón (feat. Bluez Marentes) y Mi ciudad (feat. Niñovan), que le dan una dimensión peculiar al sonido Yonki.

Según la Secretaría de Salud, en México hay 3.8 millones de personas con depresión o tristeza.

¿De dónde viene la tristeza?

¿A dónde va?

Deberíamos de atacar este problema de salud, con música, no estaría nada mal que empezáramos a escuchar Baladas Tristes, porque las canciones y la música siempre serán un tronco donde sujetarnos, un bálsamo para el alma y un antídoto contra la tristeza.

 

Todas las canciones escritas por Iván García.

Producido por Carlos Iván Carrillo.

Grabado en Casa Yonki.

Arte por: Roberto Iván González Vázquez

Puebla, México, 2025.

Riki: synthpop californiano para bailar entre luces neón



Por Iván Gutiérrez


El escenario está teñido de luces neón color azul y guinda, sobre él una joven de atuendo goth-punkero-ochentero (pantalón, botas y guantes negros, cabello estilizado a lo Robert Smith), nos canta con voz hipnotizante acerca del espíritu del amor en un viaje sonoro de atmósferas oníricas. En el puente de la canción la cantante empieza una coreografía sensual, que termina de apoderarse de la atención de todos los presentes. Es oficial: estamos bajo el hechizo de Riki. 

Originaria de los Los Ángeles, California, Riki es una compositora que debutó en 2020 con su álbum homónimo, una propuesta de synth-pop-new wave que incluye ocho canciones de tintes melancólicos, melódicos, surreales y sintetizadores. Tras la cálida recepción del público y una amplia participación en conciertos y festivales por Estados Unidos, Riki lanza su segundo álbum “Gold” en 2021, presentando nuevamente ocho canciones que fusionan la angustia privada con la emoción de un himno, en un sonido que hace eco de bandas como Saâda Bonaire, Strawberry Switchblade, Bryan Ferry y Bananarama. 

Hace un par de semanas tuvimos la oportunidad de escuchar en vivo a esta gran artista, quien nos deslumbró con su actuación en las instalaciones de Richards Goat Tavern & Tea Room. No desperdiciamos la grata coincidencia y siguiendo nuestra curiosidad periodística decidimos entrevistar a esta cantante, quien nos contó más detalles sobre sus álbumes, su trayectoria musical y los planes que tiene para este 2024. A continuación la conversación con Riki. 


***

Iván: Escuché que estuviste en Tijuana hace poco, en un concierto con Boy Harsher, ¿disfrutaste tocar al otro lado de la frontera?

Riki: Sí la verdad fue un gran show, había mucha energía, la gente respondió increíble, me dejaron un sentimiento buenísimo, muy excitante.

I: Cada una de las portadas de tus álbumes son bastante diferentes una de otra, la primera me remite más a influencias goth-post-punk de los 80s, mientras que en la segunda hay una imagen más limpia que hasta parecer rozar con el pop, ¿de dónde viene este cambio?

R: Hay similitudes en el sonido de ambos álbumes, pero también diferencias. El segundo, “Gold”, fue hecho en una etapa en la que estaba sola, buscando recrearme, es una especie de partida, un mundo interno y de fantasía, mientras que el primero, “Riki”, trata más sobre quién soy en el mundo real.

I: ¿De dónde te vino la idea de coverear esta gran canción “Por qué te vas”?

R: Mi mamá es mexicana, su familia viene de Guerrero, así que crecí con esa canción, es algo que mi mamá escuchaba en su juventud. La canción es un clásico, la han covereado muchísimas veces, y es una gran canción, es un tema que puedo sentir, cuando lo canto siento toda la melancolía.



I: El baile es una parte importante de tu show, ¿de dónde viene esto?

R: Viene de la forma en la que siempre he escuchado y disfrutado la música. Creo que la música es más que solo escucharla, y me gusta expresarla más allá de cantarla. así que bailo. Cuando era una niña tomé un par de clases de ballet, después al crecer miré muchos videos de artistas como Madonna, Michael Jackson, y con el tiempo empecé a inventarme mis propias coreografías.

I: ¿Qué opinas de la nueva escena de new-wave y synth-pop que lleva un par de años ebullicionando en California?

R: Está brillando con mucha fuerza, desde hace años que está creciendo todo el movimiento post-punk, desde artistas grandes hasta propuestas undergrounds, y hay suficiente impulso para que surjan muchos eventos y bandas nuevas

I: ¿Cómo fue que te involucraste en esta escena?

R: Cuando era adolescente tocaba en una banda de punk, después cuando crecí me volví más… blanda, quiero decir, desde el principio siempre sentí que quería hacer música pop, de cierta forma, pero tú sabes, mi tipo de pop. Antes era más hardcore punk, no cantaba para nada.

I: ¿Y cómo fue que empezaste a hacer música?

R: Siempre quise hacer música, desde que era una niña, mi primera banda la tuve como a los 13 años.

I: ¿Te gusta tocar en este tipo de venues, como Richards Goat, donde tienes a la gente cerca?

R: Sí, para mí es como casa. He tocado en escenarios grandísimos en los últimos años, y ha sido muy divertido, es también un mayor reto, porque tienes que proyectar más tu personalidad. Aquí es más relajado, y todos están bailando juntos, es un show más íntimo que disfruto mucho.

I: ¿Piensas volver a tocar en México próximamente?

R: Justo tengo la intención de volver en abril. Estaremos haciendo un par de shows en Ciudad de México, Guadalajara y Querétaro.

I: ¿Viene nueva música de Riki en 2024?

R: Sí, tenemos en puerto el lanzamiento de un par de sencillos y después se viene un álbum nuevo en el que estamos trabajando, ¡eso nos tiene muy emocionados!



¡Concierto de lujo en Puebla! LP presentará nuevo álbum en el GNP Seguros


Jaime López


La cantante y compositora estadounidense, LP, visitará la capital poblana este 9 de febrero con la finalidad de compartir su nuevo álbum discográfico, el séptimo de su trayectoria.

Reconocida mundialmente por el éxito "Lost on you", así como por su particular timbre de voz y estilo, la creativa estará en el Auditorio GNP Seguros a partir de las 20 horas. 

Mediante un video de 12 segundos, LP invitó a sus seguidores a adquirir sus boletos lo más pronto posible, a través de la plataforma digital E-Ticket. 

De acuerdo con fuentes hemerográficas, las entradas más económicas son de 480 pesos, mientras que las más caras son de mil 880 pesos. 

LP cobró gran popularidad en México en el año 2018 gracias a su interpretación de "Lost on you", melodía inscrita en el género indie rock, que fue la número uno en 13 países. 

En su formación musical, la artista ha escrito canciones para estrellas del pop en inglés como Cristina Aguilera, Rihanna y hasta los Backstreet Boys. 

Es oportuno destacar que el concierto de LP en Puebla antecede su presentación en el Palacio de los Deportes, que tendrá lugar el 10 de febrero.


Fui al Eras Tour de Taylor Swift en CDMX… ¡Y SOBREVIVÍ!

 



Por Mónica Castro Lara |

Ya sé, ya sé. Ya pasaron días de los conciertos de la güera en CDMX, pero acá esta millennial geriátrica se enfermó de gripa (mi garganta lo resintió bastante y me puse de imprudente días después creyendo que estaba como si nada) y comprenderán que no estaba al cien para escribir y compartirles un poquito de mi *inolvidable* experiencia. Además, aprovecho que hace unos días anunciaron el Eras Tour Film en cines y otra vez la euforia regresó a nuestros cuerpos cansados y gastados. Como era de esperarse, esos boletos también se agotaron en cuestión de minutos a pesar de que Cinépolis se tiró al suelo, hizo berrinche y salió con diez mil jaladas, pero bueno. Nuevamente iremos a ver el concierto, pero ahora desde la comodidad de un asiento acojinado (y no la porquería de grada del Foro Sol al cual siempre odiaré) y a tan solo minutos de casa. Como podrán comprobar, el impacto del Eras Tour de Taylor Swift en 2023 es bestial y llegó para quedarse un bueeen rato en nuestro país.

*(Tantito imaginen que es la madrugada del 26 de agosto) *. Escribo estas líneas mientras regreso de lo que es, sin duda alguna, el concierto de mi vida. Digo… tampoco es que haya ido a muchos conciertos en mi vida, pero en definitiva, éste llegó para ocupar cada rincón de mi gélido corazoncito y créanme cuando les digo que, lo que acabo de vivir el día de hoy, dudo que pueda revivirlo con algún otro artista. No sé qué tan simple sea mi historia con el concierto, pero de todos modos la voy a contar. Así como millones de personas, me registré en el Verified Fan en Ticketmaster (que también odio, por cierto) sin recibir una respuesta positiva. Mi amiga Mary fue la suertuda que recibió el muy codiciado “código” (que en realidad era un link privado) y gracias a ello pudimos comprar los boletos sin mayor problema y, sobre todo, sin la intervención de ningún revendedor horroroso o tener que buscar los boletos por otros medios (cosa que, en definitiva, no estábamos dispuestas a hacer). Escogimos una zona bastante razonable económicamente hablando (porque a pesar de la euforia, hay que medio ubicarse) y afortunadamente no tuvimos ningún otro contratiempo (tipo que se cayera la página, que no nos aceptara el pago o esas cosas nefastas que suelen pasar con Ticketmaster). Como verán, efectivamente suena muy simple (porque debería serlo), pero en verdad fuimos de las pocas afortunadas en lograr una compra exitosa y sin percances. Ese era apenas el inicio de una larga y muy emocionante travesía; como buenas poblanas, necesitábamos transporte, planear el viaje en sí, pensar, comprar o incluso diseñar nuestros outfits, hacer las famosas friendship bracelets, ahorrar lo más que se pudiera y un largo etcétera. No les miento: fue una experiencia muy, muy linda pero también de mucho derroche económico. Prefiero no entrar en ese tipo de detalles porque si me pongo a indagar, a hacer cuentas y a reflexionar un poco más, entra una en un círculo capitalista vicioso e infinito y creo que es mejor disfrutar digamos… la esencia del por qué estamos haciendo y gastando todo esto, que es a grandes rasgos, ir a ver a una de nuestras artistas favoritas en sus primeros shows en nuestro país y pasarla muy, muy bien. Y por fortuna, así fue. 

Un factor estresante (no solo para mí, sino para miles de personas) era el saber que lo más probable es que se cayera el cielo en la Ciudad de México en las cuatro fechas del concierto (porque sabemos que en agosto llueve, eh Taylor) y que lo usual en dicha ciudad y en especial, en el muy mal construido Foro Sol (sí, lo odio) es que se inunden. No sé si recuerdan, pero en 2020, justo días antes de que cerraran TO-DO por la pandemia de COVID y cuando el virus ya estaba bien instalado en nuestro país, estuve en el concierto de Billy Joel en el Foro Sol y a partir de esa muy mala experiencia, juré no volver a ir a ningún otro concierto o a algún evento en dicho lugar. Lo que no sabía es que tres años después, me iba a terminar mordiendo la lengua hasta sangrarme y que estaría asistiendo al mismo recinto que tanto me choca y al que tanto le echamos caca los mexicanos. “¿¡POR QUÉ NO LO HICIERON EN EL ESTADIO AZTECA!?” nos preguntamos varixs. ¿Será muy costoso gestionar un concierto en el Azteca? ¿O de plano los dueños del Foro Sol son más perros? Quién sabe. Lo importante aquí es que, Tláloc, al parecer íntimo amigo de Taylor Swift, nos dio tregua los cuatro días del concierto a pesar del cielo cerradísimo y nubladísimo que había. Sí nos llovió muy poquito cuando apareció la telonera Sabrina Carpenter, pero hasta ahí. Yo, como buena millennial geriátrica (sí, se los reitero), me fui muy preparada para un 25 de agosto lluvioso, es decir con botas de camping, dos impermeables (sí dos, pero solo usé uno) y la verdad es que, por cuestiones de comodidad, no planee más allá de lo que otrxs planearon, pero qué pinche bonito fue ver a un montón de gente vestida de su era favorita de Taylor Swift o de algún video musical en específico o de la letra de alguna canción. No me queda la menor duda de que la gente (y en especial lxs mexicanxs) es muy creativa, súper animada, arriesgada y que una lluvia o posible mal clima no iban a impedir que se expresaran a través de sus outfits, de sus espectaculares peinados y de las toneladas de glitter que iban a usar en sus impecables maquillajes. Así que todo mi respeto, todo mi amor y toda mi admiración a todas y cada una de esas personas que decidieron ir en contra del pronóstico del clima y del de por sí cansancio que implica el asistir a un concierto así (a la chica que vi con botas de tacón de aguja mientras caminábamos kilómetros rumbo a la entrada, quería darle un abrazo o un sape, francamente).

Estoy segura de que a estas alturas ya saben cuál es el significado o más bien el origen de las friendship bracelets que muchas hicimos y compartimos antes del concierto, así que me parece medio redundante repetirlo, pero sí quiero platicarles (porque soy una ñoñísima y se aguantan) que para mí fue relindo y de lo que más disfruté previo al evento; hacerlas junto a mi hermana Elo, con Bunny a un ladito, escuchando las canciones de Swift y estar totalmente concentrada en lo que estaba haciendo, fue inesperadamente terapéutico (¿mindfulness? ¿eres tú?). Lo que sí es que reafirmo mi nula capacidad para hacer cosas manuales y ni modo. Si a estas alturas ya se reventaron las pulseras que intercambié, pido disculpas. 

Tras llegar con tiempo récord al Foro Sol, recorrer casi todos los puestos ambulantes de merch porque somos medio indecisas, mirar desconfiadas al cielo cada cierto tiempo y encontrar nuestros lugares, por fin inició el segundo concierto de Taylor Swift en México tras 17 largos años de espera. Empecé a gritar como desquiciada cuando apareció nuestra querida güera debajo de los pétalos gigantes que la escondían y ahí supe que me iba a desbordar de la emoción. A M É con locura las maratónicas tres horas y media que duró el concierto y que, además de ser increíblemente puntuales, fueron en todo momento electrizantes y francamente maravillosas. Sabemos que Taylor Swift tiene un equipo de altísima calidad y me dio muchísimo gusto que, a pesar de haber estado en gradas, vimos perfecto todo el espectáculo cuyas pantallas la dejan a una sin habla (Taylor y su equipo mandaron a quitar la cochinada de escenario que tiene el Foro Sol y nos dieron por fin, equipo de calidad). Los visuales del show son geniales, muy ad hoc a cada canción o era; el sonido brutal a pesar de la mala acústica del recinto (porque no, no la tiene) y el fueguito en “Bad Blood” nos calentó a todos bien entradas las diez de la noche. Les confieso que estoy muy, muy orgullosa de mí misma porque pude cantar (más bien gritar jejeje) las 43 canciones que se avienta la Taylor (yo sé que son 44 canciones en total, pero la canción sorpresa que me tocó –“Tell Me Why”– la he escuchado, pero no me la sé). Había visto videos en donde la gente afirmaba que, del shock, se les olvidaban las letras de las canciones, pero no fue el caso de esta ñoña que la verdad, ni es taaaan swiftie. Pero eso sí, bailé, canté, grité, lloré, berreé como nunca y me di cuenta de que justo esa era la terapia que necesitaba y que estaba ansiosa de vivir desde hace varios meses, porque si bien veía partecitas de los conciertos a través de Instagram o de YouTube, la experiencia de estar presente en el Eras Tour México es completamente distinta a lo que vemos en pantalla y mucho se debió al público mexicano. Agradezco que pude estar rodeada de personas que estaban igual de emocionadas y desbordadas que yo. O bueno, unas dos que tres no ¡já!. Obviamente en “Cruel Summer” que es LA canción del verano y la segunda que interpreta, yo ya no tenía voz. Y a la señora o chica de cubrebocas que estaba a mi izquierda adelante de mí a unos tres o cuatro lugares de distancia y que me miraba súper sacada de onda cuando estaba B E R R E A N DO durante “august”, le digo que sí, que estoy bien y que mejor deje de juzgar a la gente o andar de mirona. Aun así, no me inhibió en lo absoluto. Muchxs me han preguntado cuál fue la canción o el momento que más me gustó del concierto y he de confesarles que creo que no es uno muy habitual o que hayan mencionado mucho en publicaciones previas y así, pero yo Mónica Castro Lara sentí que el Foro Sol se desbordaba durante los 10 minutos de “All Too Well”. Es una canción compleja, larguísima, pero en verdad se me enchinó la piel de inicio a fin. Y por lo que viví, creo que a la mayoría le pega cañón.


“No sabía que te gustara tanto Taylor Swift”. Lo escuché y lo leí muchas veces antes del concierto. Resulta que hace quince años, cuando iba en la universidad, mis amigxs y yo recreábamos a modo de burla el video de “Teardrops In My Guitar” y de ahí, decidí descargar algunas canciones de Swift en mi iPod. Siento que ahí empezó todo. Pero como a la gente le encaaanta juzgar los gustos musicales ajenos y Taylor Swift es lo más blanco, lo más ñoño, lo más pop, lo más mainstream que existe, pues confieso que nunca me sentí cómoda gritándolo a los cuatro vientos. Hasta hace unos años que leí sobre lo que Dave Grohl dice de los guilty pleasures y pues… resulta que no me gusta Taylor Swift… ¡M E E N C A N T A! “I don’t believe in guilty pleasures. If you fucking like something, like it. That’s what’s wrong with our generation: that residual punk rock guilt, like, “You’re not supposed to like that. That’s not fucking cool.” Why the fuck not? Fuck you! That’s who I am, goddamn it! That whole guilty pleasure thing is full of fucking shit.” Yo sí creo en lo poderoso de sus letras; como muchxs siento que he crecido con ella y he constatado la evolución de sus canciones, la complejidad de muchas de ellas, lo bien que sabe contar una historia (porque es una extraordinaria storyteller), lo mucho que me interpela su música y lo bien que está rompiéndola en la industria musical.

Por último, Taylor es una titán en lo que hace. No solo en su carrera musical (que ha tenido miles de altas y bajas), sino en el concierto en sí. Cientos de videos hablando de qué dieta llevará, qué tipo de ejercicio debe estar haciendo para mantenerse en forma, que rinde más que los atletas más disciplinados, de cómo debe estar cuidando su voz, qué drogas debe estar inhalando/fumando/inyectándose para resistir y dar lo mejor de sí durante tres horas y media con intermedios y cambios de vestuario de menos de cinco minutos. David Harbour, nuestro Jim Hopper de “Stranger Things” no se explica cómo va al baño la Taylor o en qué momento toma agua. Así todxs, David, así todxs. Estoy muy orgullosa de la perseverancia de nuestra güera favorita, de su tour y de saber que tendremos Taylor para rato. Tú siguele facturando, mami. Factura todo lo que puedas.

Mi agradecimiento por siempre a Andy, por hacer T O D O el viaje una realidad. A Mary, por no quejarte de mis gritos horrendos mal entonados durante el concierto y vivirlo juntas. Y a mi Elo,
siempre.


Crónica: Más allá del agua se encuentra Durango




Por Iván Gutiérrez

Esta crónica musical tiene como hilo conductor la exploración de la ciudad de Durango, guiada por la curiosidad de saber si este lugar es, como canta Lázaro Cristóbal Comala, un destino triste donde los suicidios son una constante. En el camino el lector encontrará una entrevista con este compositor en el Bar Belmont, una cobertura narrativa de su concierto en el Teatro Victoria y un recorrido por otros rincones de la ciudad que son parte del universo lírico de Lázaro.


POR EL BOULEVARD FRANCISCO VILLA. “CUANDO ME VINE DE PUEBLA”

“De Durango salió Guadalupe Victoria, el primer presidente de México, y también Pancho Villa; ahora que andes por acá lo vas a ver por toda la ciudad”. Así el conductor del taxi colectivo que va del aeropuerto a la capital de Durango. Los alacranes, el mezcal, la infraestructura colonial y los suicidios son algunos de los distintivos más populares de este lado de la república, un estado con aires del viejo oeste que mezcla lo mejor (¿y lo peor?) del centro y el norte del país.

El motivo que nos trae hasta acá lleva por nombre Lázaro Cristóbal Comala, compositor que desmiente a Jaime López al cantar que No es cierto que nadie va a Durango. Quienes ya conocen a este músico duranguense saben que no requiere mucha introducción: sus letras son la total transparencia de su persona. Para quienes no lo conocen, les comento que se trata de un compositor de la estirpe de Johnny Cash, Bob Dylan, Nick Cave, Chavela Vargas y Tom Waits, asiduo lector de Bolaño, Pessoa, Borges y Castellanos.

En junio de 2022 Lázaro partió el año en dos cuando publicó su más reciente álbum “Belmont”, un disco doble de 20 canciones donde ha plasmado las emociones e historias que lo habitan en una desgarradora crónica musical sobre un momento fundamental de su vida. Ahora, tras cuatro años de no tocar en su ciudad natal (y afirmar que lo quieren más afuera que en su propia ciudad), está por presentar este disco en formato de banda completa en el Teatro Victoria, un lugar que se dice, es de los escenarios más importantes de Durango, sino el que más. Para documentarlo tenemos cámara y pluma listas.

Durango no es un estado que haga mucho ruido en el contexto nacional por atraer gran turismo. Al contrario, es más común escuchar a la gente preguntarse “¿Qué hay en Durango? ¿Dónde queda”. En el camino a este rancho me invaden algunas reflexiones al respecto, pues Lázaro ha construido toda una mitología personal de su estado a través personajes y espacios que menciona en sus canciones: la Catedral, el Casablanca Hotel, el Café Madrid, el Paseo del Viejo Oeste y, por supuesto, el Bar Belmont, por no decir que los contenidos visuales de sus obras —portadas, videoclips, live-sessions— también aportan a la creación de una visión lazaraina de la ciudad de Durango.

A partir de este campo semántico de tintes geográficos asoman algunas preguntas: ¿cuál es el aura y los detalles que distinguen a esta ciudad, y que forman parte de la inspiración de este compositor? ¿Qué tanto ha influido este lugar en la obra del autor? Y, sobre todo, ¿es este un estado tan triste, desolado y abandonado como afirma Lázaro en el subtexto de sus canciones, o será que más bien la angustia, melancolía y soledad habitan dentro del compositor?

Este viaje es emocionante no sólo por responder éstas y otras preguntas en entrevista directa con Lázaro Cristóbal, sino porque implica visitar el lugar donde se viven las historias que este músico nos comparte en sus canciones: uno se imagina que hay destinos y gente extraordinaria en este pueblo olvidado por Dios. Nosotros, claro, estamos listos para comprobarlo.



POR LA 20 DE NOVIEMBRE. “FAISANES”.

27 grados marca el termostato. “No se ha sentido el frío todavía, ha estado calientito”, dice el chofer. “Tacos de barbacoa, de asada, al pastor”, comenta ya entrada la plática de las recomendaciones culinarias.

Por la carretera que te lleva al centro de Durango se divisan parcelas amarillas que seguramente en primavera resplandecen de verdor. Al aproximarnos a la mancha urbana aparecen varias agencias automovilísticas, también muchos puestos de gorditas, y se siente una vibra que me recuerda a mi natal Ensenada, muy de esas ciudades que conservan ciertos gestos de pueblo, con sus plazas, sus walmart, hombres con sombreros en la terminal de autobuses, misceláneas y tiendas pequeñitas, hoteles viejos, canciones de José Alfredo Jiménez en la estación de La Lupe. El contraste me viene más bien de las colonias habitacionales hechas de calles angostas de un solo sentido. El cielo es sorprendente y las nubes parecen de pintura.

Caminando por las avenidas se siente el espíritu popular. La gente se ve sencilla. En el Mercado Gómez Palacios hay lo que uno busca en todo tianguis: alacranes dentro de botellas de mezcal, llaveros de objetos referentes a Durango y comedores mexicanos de precios accesibles. Me detengo en el “Comedor La Popis y los Iguales” (iguales son los hijos de La Popis) y pido un Caldo de Pollo, que sirven muy bien reportado con guarnición de arroz y abundantes tortillas de maíz: el platillo es increíble, sin mucha grasa, pero sí mucho sabor.

De vuelta a las calles sigo observando cada rincón de la ciudad. El aspecto de los edificios es totalmente colonial. Las tiendas de curious, librerías, taquerías y demás están integradas a los edificios de otra época, como en muchas ciudades del centro de México. Por la cantidad de rosticerías diría que también les fascinan los pollos. La palabra “fascinar” me recuerda a “Faisán”, que en plural es una canción del Belmont que retoma la melodía y un sample de Monomanía, tema grandioso de Nacho Vegas.

La tecnología hace lo suyo y esta canción empieza a reproducirse al retomar la calle 20 de noviembre, una de las principales de la ciudad. El match es perfecto, no solo por las escenas que nos canta Lázaro y que pueden imaginarse manifestándose en estas calles (“salimos del Juan, y fuimos al Belmont”), sino porque la misma melodía conecta bien con el bullicio urbano del centro. Los siguientes temas tendrán el mismo efecto de sincronía.

Avanzadas unas cuadras con los temas belmontianos de Manhattan, Cioran, Cristóbal y Líbano, llega la potencia acústica de Te Dije Cilantro, a mi parecer uno de los mejores temas de todo el álbum, mismo que empieza mientras atravieso el parque frente a Catedral (aquí debió nacer el verso de “y este blunt que armaste frente a catedral”), y en medio de los adornos navideños y las familias tomándose fotos empiezo a entender (o a creer entender) el rechazo de Lázaro a Dios y la iglesia, pues como la mayoría de los estados en el centro de la república, se respira un aire muy... como decirlo... muy “guadalupano”, muy de los santos, muy de que las culturas alternativas no son tan bien recibidas por estas bellas familias católicas.

Pienso esto porque en el breve trayecto que llevo a pie se han presentado ya un aproximado de cinco iglesias gigantescas y muy bien iluminadas, concordando con lo que había encontrado en internet, sobre que Durango llega a ser un estado muy atractivo para el turismo religioso. Horas más tarde, al encontrarme con Lázaro en el Belmont para nuestra entrevista, comprenderé que este rechazo de “lo cristiano” posee un origen más bien familiar que citadino.


POR LAS PUERTAS DEL CASABLANCA HOTEL. “QUIÉN TE HA MANDADO A INTENTAR SER FELIZ”.

Unas cuadras más enfrente de Catedral se presenta el Casablanca Hotel, que se mira viejo, gastado, pero que transmite esa sensación de tener mucha historia detrás. De diseño Art déco (un diseño que prendió mucho en Durango por allá de los 50), fundado por Don Eugenio Durán Vázquez, estas habitaciones alojaron en su momento a Lázaro Cristóbal para la producción de su EP en vivo “Cinco años con sed”.

Dentro del lugar, a unos pasos de la puerta, hay una foto del hotel tomada en 1945; el edificio luce casi igual, solo la pintura ha perdido algo de brillo. En otra pared hay retratos de artistas que se han hospedado en el Casablanca: Aleks Syntek, Gonzalo Vega, Damián Alcázar, Alfonso Arau (“para el Hotel Casablanca, tan bueno como la película”). Al fondo se oyen canciones navideñas tipo Sinatra.

Leyendo un periódico de 2001 colgado en la pared del hotel descubro que aquí fue donde se inventó el “Caldillo Duranguense” —uno de los platillos típicos de Durango—, por la cocinera María Ríos, además de ser el primer lugar de primera categoría que tuvo el estado, después del desaparecido Hotel Richeliu.

Estoy a punto de irme del hotel cuando la música de fondo se para y un detalle que me había pasado desapercibido se manifiesta: un señor de unos 60 años se ha sentado en un piano al lado de las escaleras y empieza a tocar una armonía por la que va improvisando, hasta llegar a la melodía de Blanca Navidad, misma que interpreta con maestría y mucho sentimiento. Lleva guardados un par de lentes oscuros en uno de los bolsillos de su camiseta y una cajetilla de cigarros Pall Mall azules en el otro. Cuando me acerco a tomarle una foto voltea y sonríe, después regresa a tocar con total atención las teclas de su piano, mismo que lleva tres años haciendo suyo. “Antes del Señor Chavita estuvo el Señor Rocha, quien tocó durante 30 años esas teclas, hasta que falleció”, me comparte la recepcionista. Pienso que en realidad así pasa con todos los instrumentos: van pasando de mano en mano, de corazón en corazón, viajando entre las almas del mundo, tal como lo hacen las canciones.

El Señor Chavita empieza a tocar “Quizás, quizás, quizás”, mientras sigo leyendo la entrevista del periódico hecha a Panchito Durán Alba, nieto del fundador, quien comenta que el Hotel Casablanca también fue la sede de muchas noches bohemias. Empieza una versión melancólica de “Cuando calienta el sol” y decido que es momento de partir; ya mero toca encontrarse con Lázaro en el Belmont.



POR EL BAR BELMONT. “CIORAN”

“Esta tristeza camina y va a un bar...”, canta Lázaro en Cioran. Lo imagino caminando justo como hago en este momento por las calles de Durango, envuelto por una bruma espesa que hay dentro de su cabeza. Al llegar al Belmont, Lázaro está sentado con su soledad en una mesa junto a la pared. Lleva unas ojeras enormes y bebe una cerveza junto con su mezcal. Va todo de negro: camiseta, chamarra, pantalón y botas negras empolvadas.

“Me la paso drogado todo el día… en cierto punto de embriaguez… es la única forma de soportar todo esto”, compartirá más adelante ya con la entrevista en marcha.

Aquí también habita un Chavita, se trata del músico invidente que ha salido en varias de las canciones y videos de Cristóbal. Para la ocasión toca una canción de los Cadetes de Linares. El Belmont tiene ese aire nostálgico y bohemio que uno siempre busca en las cantinas: hay fotos de personajes viejos en las paredes, una barra donde borrachos comparten historias, y claro, muchas botellas de licor.

Me siento con Lázaro y pido un mezcal. Empezamos a conversar sobre Roberto Bolaño, de su reciente presentación en Xalapa en el Serendipia Fest (donde también estuvieron bandas como Diles que no me maten), y de cierto documental biográfico que actualmente Carlos Sosa está preparando sobre su vida. Tras unos minutos de hablar de esto y aquello empezamos una entrevista que se prolongará por una hora y media. Pueden leerla completa aquí, de momento les comparto un fragmento:

—¿Qué es para ti Dios?

—No sé… la mayor parte de mi vida como cristiano creí que era real, pero desde hace una década pienso que no existe: nada, cero. Como dice Nick Cave, “no creo en un Dios intervencionista”. Lo que pasa con Dios es que, si no es intervencionista, no es nada, porque, ¿de qué sirve un Dios que no interviene? Digamos que sí existe, pero no interviene, ¿entonces para qué existe? Creo que Dios es una consolación: al final te da cáncer y sabes que te vas a morir, y acudes a él. Por eso mi Dios es el de Líbano, no es “el Dios”, sino el Dios de mis padres, con el que te educan.

—¿Qué piensas del suicidio?

—Es parte de… desde Canciones del Ancla lo traigo… lo he intentado algunas veces. Pero ahora tengo un hijo, si no lo tuviera seguramente ya no estaría vivo. Pero ahora no puedo. Admiro a la gente que se suicida con hijos; yo no puedo, no lo puedo dejar, aunque también he pensado que ahora es cuando, ya que mi hijo no tiene conciencia… quizás tendría alguna especie de memoria de su padre, pero… no, no puedo, ya lo hubiera hecho pero con mi hijo no, porque no soy irresponsable.

—¿Cómo y cuándo descubriste el Bar Belmont?

—No tiene mucho, yo creo que fue en el 2017 o 2018, por mi hermano Toño, él venía al Belmont, no mucho, pero me empezó a invitar y me gustó. Es un ambiente muy tranquilo. No me gusta venir de noche, porque hay mucho ruido, mucho relajo, mucho borracho, a mí me gusta más ir por la mañana o la tarde, más calmado. Es muy distinto el Belmont de la mañana y el de la noche. Yo siento que la gente que llega al Belmont a esas horas lo hace para tristear, no tanto a convivir ni a divertirse. No hay diversión a esas horas, es gente solitaria, mucho señor solo, mucho wey bronqueado: se les ve en los ojos, que están lidiando con algo.

—¿Por qué decidiste ponerle así al álbum?

—Lo que pasa es que en el Belmont se vive mucha camaradería, empatizas mucho con la gente que va. Pareciera que viene más que nada gente solitaria,viene va más gente sola que acompañada. Muchos llegan solos y se quedan bebiendo solos, otros llegan solos y ahí se encuentran. Ponle que el 80% de los que van se conocen, pero no es como que queden para verse, solo se encuentran. Y muchos de ellos son personas muy solitarias, entonces creo que por eso empatizas: se vuelve una especie de complicidad. En el Belmont me siento en casa.

—¿Dirías que Durango es un estado triste?

—Sí, total, porque es un estado… que se siente separado, todos nos sentimos así, como aislados, y eso lleva a la depresión, y a su naturalidad con el suicidio. Durango es un estado triste.

—En varias de tus canciones de Belmont se asoma una visión medio nihilista de la vida… incluso tienes una canción titulada Cioran…

—Sí, es necesario hablarlo. Durango es de los estados donde más suicidios hay en todo el país, es enfermizo la cantidad de personas que se suicidan aquí, es un tabú… y es dolorosísimo. Y una de las cosas más tristes que se me hacen es que… una vez, en el trabajo que tenía, una de las chambas era revisar notas del periódico, y en una ocasión uno de mis compañeros que era diseñador, que casi nunca se expresaba para nada, me dijo sobre una nota, “lo que tiene que pasar por la cabeza y la vida un niño de 10 años para tomar la decisión de suicidarse…”.

El hecho de yo escribir sobre clase de temas… no es ni siquiera por una cuestión pasajera, sino que es un tema del estado, como hay músicos o compositores de Colombia que hablan sobre lo que pasa en sus entidades con el narco… o una persona como Nacho Vegas que escribe sobre el contexto en el que vive, en su caso sobre cómo expulsan a la gente de sus casas.

Entonces ya el pedo de No me da la gana ser feliz, no viene tanto de una cuestión punk o una persona depresiva, tiene más que ver con el entorno, y el mío es el suicidio. No tiene nada que ver conmigo, sino el estado en el que vive el estado. Y ya no estamos hablando solo de adolescencia o juventud, sino que llega un punto tan mierda en el que estamos hablando de infancia.

Este tema de No me da la gana ser feliz era una burla al lema de cierto alcalde, que decía “Durango te quiero feliz”, siendo que es de los estados con más suicidios. Entonces esta canción ya no es un tema emo, es un tema social. Una de las razones por la que más me deprimí hace años fue cuando saqué Niños tristes de Durango, que salió cuando un amigo se suicidó: se quitó la vida, se hizo parte de la estadística.

[...]


—Estás por dar un concierto en la ciudad que te ha visto crecer. Sin embargo, en Belmont, tu último álbum, dices que “te quieren más afuera que en tu propia ciudad”, ¿sigues pensando eso?

—Bueno, es el primer concierto que doy en Durango tras casi cuatro años. El último que di acá fue también en el Teatro Victoria, cuando presenté al álbum de Samuel, en marzo de 2019. Este concierto es muy importante para mí, además del tiempo, porque siempre es más difícil jalar gente en tu propia ciudad, al menos así ha sido para mí. Lo que pasa es que a mí me tocó… un tiempo muy difícil para empezar, no por falta de espacios, sino por ataques que tuve hacia mi persona.

Lázaro salió en un tiempo en que todo era punk y todo mundo escribía en inglés: toda la escena andaba en modo anglosajón. Y pues de repente un wey empieza a hacer canciones con guitarra y cantar en español… yo era el extraño, el raro. Además de eso era un tiempo en el que había mucha competencia, mucha mala vibra, y tocaba un género que no le gustaba a las bandas; a la gente le empezó a gustar, pero a las bandas no… entonces llegó un momento en el que llegué a recibir amenazas de muerte; de hecho la canción de Préndanle fuego viene de eso.

—¿En qué sentido?

—A mitad del paseo Constitución (una calle peatonal) hay una placa que le dedicaron a un payaso de camiones, muy popular en la ciudad. Se llamaba Bogar, se subía a los camiones y contaba chistes. Se volvió noticia porque se metía sus drogas, y en una madrugada tuvo un pedo con uno de sus amigos, creo por pedos de droga, entonces le arrojó gasolina y le prendió fuego (ambos eran escupe-fuegos).

Entonces, en una de esas que los músicos de bandas locales me andaban tirando mierda en una publicación de Facebook, alguien comentó “deberían prenderle fuego, como a Bogar”; por el estado emocional y mental en el que yo estaba, me afectó mucho que me dijeran eso, y me llevó a querer cerrar mis redes y dejar ya todo el proyecto musical. Por suerte, en ese momento el manager de Nacho Vegas me contactó, dijo que había escuchado mis canciones y que quería que le abriera un concierto en Guadalajara. Y eso me salvó. Entonces Préndanle fuego viene de eso, de que no me querían en la escena musical de Durango, no tanto de la gente.

Todos los inicios de Lázaro fueron eso: mucha crítica, mucha mierda, y una persona como yo, sensible a ese pedo, pues te llega más. Siempre me he sentido como un exiliado, soy una persona a la que le cuesta mucho tocar aquí, porque de estar, estoy: aquí vivo y trabajo. Siento que este concierto va a ser para sanar. Lo que pasa es que cuando uno lidia con estas depresiones, angustias y ansiedades, es el estado natural el enfocarse en todo lo malo. El mejor ejemplo es que si hay diez personas, y ocho te quieren, pero dos te tiran mierda, tú te enfocas en esas dos, en lugar de escuchar a las que te quieren.

Y ese ha sido mi error en todos estos años en Durango, que siempre me he enfocado en esos que me tiran mierda, en vez de los que me quieren y les gusta mi música. Es una lucha con tu mente, porque tu mente se enfoca siempre en lo malo. No significa que nadie me quiera o me sienta perseguido, sino que es mi cabeza. Pero ahora, después de cuatro años de no tocar aquí, va a estar precioso, porque el Teatro Victoria es increíble, o sea, no es un bar donde la gente anda cotorreando, sino que ahí van al silencio y a escucharte. Va a estar muy chingón.




POR EL TEATRO VICTORIA. “TE DIJE CILANTRO”

8:05 pm del jueves 8 de diciembre. Llego al teatro justo a la hora precisa. Como dijo Lázaro, el Teatro Victoria es sorprendente desde su entrada. Tiene esa arquitectura que dota a todo lo que ocurre en su interior con un aura de gloria y elegancia, muy adhoc al concierto de hoy. En ambos lados del escenario hay columnas dóricas gigantes y los barandales y butacas te transportan a la época de mediados de siglo.

Accedo al backstage justo cuando los músicos van entrando al escenario acompañados por el equipo que está grabando el documental de Lázaro. Tomo un vaso de whisky que dejaron por ahí y me lo bebo de un trago mientras preparo mi cámara. La banda se abraza al centro del lugar, se dicen lo que se tienen que decir, se van a sus puestos y se abren las cortinas para que empiece la función.

Lázaro nos sorprende iniciando con Cuando te canses de mí, una obra maestra de Nacho Vegas, ídolo de ídolos para quienes amamos las tormentas musicales (del vínculo de Lázaro con este compositor español también hablamos en la entrevista en el Belmont). La versión de Lázaro es precisa y preciosa. Al lado de sí tiene tres vasos de whisky, combustible para hígado y garganta.

Al concluir el primer tema, Lázaro deja guitarra de lado y de inmediato arranca la experiencia Gin con full band, con ese sonido shoegaze y el coro poderoso que es inevitable no cantar. “¡Gracias por lo dado, por el gallo, el gin y este error de vivir sin ti!”. Termina y viene un “Gracias a todos por estar aquí, les voy a cantar unas canciones y pues nada, un abrazo”, dice Lázaro antes de arrancar el swing de Cuando te hagan mierda. El sonido del full band es impresionante, dotan a Lázaro de un fondo increíble que llevan su música a otro nivel. Si a eso le agregamos las notas altas inesperadas de Lázaro en ciertas partes de la canción tenemos como resultado una experiencia folk-rock fantástica.

Cristóbal nos dice entonces que admira mucho a las personas que hacen canciones con buenas letras, pues logran plasmar lo que la gente siente de una manera extraordinaria, y arranca La inundación de 1905, tema que cita a los grandes de la canción: desde Sixto Rodríguez a Nick Cave, pasando por Tom Waits, Roberto Carlos, Bob Dylan, Palito Ortega, Jorge Drexler y demás.

A esta canción le sigue un solo magnífico del guitarrista “Güero”, primo de Daniel, y de ahí arrancan Todas las aguas, una dedicatoria a esa felicidad contradictoria que puede representar un amor terrible. Los gritos que hace la tecladista Gabi Garza en la parte del coro me hacen vibrar con intensidad.

“Vamos con una canción que nunca hemos tocado en Durango… me da miedo jaja, ahí les va, esto es Manhattan”, y empieza una dedicatoria furiosa hacia una ciudad que se ama y se odia: “estoy hecho, de todo lo que mi padre no pudo lograr, de todo lo que mi madre nos juró que estuvo mal, estoy hecho… de cristianos pendejos”.

Concluye el trago clásico sonorizado y Lázaro pasa a formato acústico. Como si estuviera aferrado a sorprendernos una y otra vez esta noche, el músico empieza a cantar un tema que mi generación entera conoce desde su infancia: “Por galaxias navegar, más allá del sol / En barco de plata, el sueño terminó / Y por fin ya comprendí / Quien soy y lo que hago aquí…”.



El homenaje tremendo a este tema de Toy Story hace entonces una transición que parece creada por Pixar, aterrizando en Te Dije Cilantro, con ese primer acorde que ya es tan clásico como la intro de Cuando te canses de mí. Se abre el paso a ese ritmo de vals con el que te dan ganas de llorar mientras Lázaro grita “este año me voy a matar”, haciendo un pequeño ajuste de lírica para sentir todo el dolor y dejar que caiga una o varias lágrimas, porque para eso es la música de Lázaro Cristóbal.

Acaba y se escucha el arpegio de Estar sobrio. Avanzados unos segundos Lázaro detiene la armonía y con una sonrisa (la primera que le he visto por estos días) dice “por aquí está mi mamá”, y retoma el tema con esa lírica donde canta sobre cómo “su psiquiatra engulle su quincena” y como éste cree vanamente que de aquí a abril le darán ganas de ser feliz, y bang, corta la rola de forma inesperada en un acorde y se va con el ritmo folk de No me da la ganas ser feliz, una canción inspirada en la cantidad terrible de suicidios que ocurren en Durango.

Me salgo del backstage y me lanzo a las escaleras para tomar fotos desde un ángulo superior justo cuando empieza La Sed (Nos volvimos laberintos), un himno para muchos seguidores del músico duranguense. Lázaro le imprime fuego a su interpretación y desde el público muchos nos subimos a la ola y empezamos a desgarrar la garganta en el coro que dice “y en mi vida esto ha ocurrido, nos volvimos laberintos. Porque te tengo, pero yo no a mí”. Lázaro se nota en trance, le dan algunos espasmos a ratos, como si la emoción quisiera sobrepasarlo, pero la amarra, la domina; es justo lo que, en palabras de un amigo de Mexicali, este poeta maldito ha logrado en su nuevo álbum: domar y llevar a su máxima expresión las emociones de angustia y desdicha.

Minutos después, al interpretar Reynaldo Arenas, Lázaro se desgarra al gritar la parte final del tema: “Pienso lo mismo en ti, que en araaaaaar”. Al concluir el músico nos comenta: “Esta canción que sigue también viene en el nuevo álbum”, y empiezan los arpegios de Cuanto abismo nos ha unido, un relato huracanado cuyos versos son para fumarse un cigarro: “Hace 100 gin tonics que no estás / haces bien en cogerte a alguien más / fue un ciclón y varios ciclos de terror / fue el mezcal que lo jodió para variar”.

Le sigue ese canto country sobre la historia de un hombre llamado Sue, un homenaje a Johnny Cash, mismo que cuenta la historia de un sujeto al que su padre lo bautizó como Sue. El público se sabe la letra completa y cuando llega el momento del encuentro del padre con el hijo dicen a coro “¡Yo soy Sue, buenas tardes, vengo a matarte!”, y letra por letra van acompañando a Lázaro en este relato cómico.

“Me siento muy contento de estar aquí... No iba a tocar ésta, pero como aquí está mi mamá, ahí les va… no sé bien dónde está porque no veo nada, pero sé que ahí anda”, dice el duranguense para introducir el folk de Martha Huracán, una rola compuesta para su jefita. Se prenden las luces del lugar como para que Lázaro busque a su jefa, pero momentos después éste deja de tocar y dice “¿para qué las prendieron?”; la raza se ríe, da unas palabras de agradecimiento y retoma.

Llegada la segunda mitad de la canción mete un fragmento de Quiero que sepas, de los Cardenales de Nuevo León: “Quiero que sepas que yo reconozco que tuve la culpa al perder tus amores, quiero también escuchar de tus labios que si no hay cariño que no haya rencores” y de ahí se avienta sobre el último coro en el que parece que va a romperse, se encierra sobre su guitarra y saca lo mejor de sí. Aparece un estruendoso aplauso del público y empieza una versión lenta de Silo y Pararrayos, que de nuevo es acompañada por el público: “esto es igual que sufrir para después cantar”. Se siente un ambiente muy chido, como que los que estamos aquí sabemos a lo que venimos: a escuchar y cantar estas historias nihilistas, suicidas, existenciales y reales.

“Esta canción no es mía… me hubiera gustado escribirla, pero bueno ahí les va”, nos cuenta Lázaro antes de empezar a tocar Estertor, una composición increíble de Iván García, un lamento del vacío que se queda cuando llega el abandono: “Dejaste lo nuestro por la paz y a mí atrincherado en un rincón. Dejaste un libro a la mitad y a la mitad el cadáver de una flor”.

Lázaro concluye el cover conectándolo con The Ballad of Bono Coronado, otro himno lazariano, una oda a esas ganas de desaparecer cuando los ansiolíticos no bastan y los domingos duran demasiado y apenas el licor ayuda un poco a paliar el dolor; eso y unas rolas del Lázaro, para ir acompañado la soledad. Previo al coro el músico sube la intensidad con que golpea su guitarra, como dando unos últimos latidos desde su corazón deshecho y de ahí todos a cantar lo que ya es un coro emblemático del músico: “¿Quién decide el derrumbe? ¿Quién decide quien puede dormir y quien no? Un domingo aburrido que huele a suicidio / Una oportunidad para no ser tú mismo”.


Recuerdo entonces lo que dijo una amiga que conocí anoche, sobre cómo tuvo depresión durante varios años y cada día pensaba en quitarse la vida. Luego de llevar tratamiento logró salir de ahí, y desde entonces ha procurado no volver.

Músicos entran de nuevo a escena y toman instrumentos. “Esta canción se la compuse a un wey que quiero mucho. Me hubiera gustado que estuviera aquí, pero de seguro andaría corriendo, gritando y eso; ahí les va”, comenta Lázaro para darle fuego al tema de Cristóbal, escrito para su hijo. “Meteorito, tu padre no sabe bailar, es un niño que solo va a trabajar, es muy frío vivir en un Durango sin Dios”.

Tras un par de risas tímidas el duranguense dice “Esta canción que sigue se la compuse a la bandita de Durango”, a lo que la raza responde con aplausos, pero luego agrega “no, pero en mal plan jajaja”, y arranca el estruendo de Préndanle Fuego: “Me quieren más afuera / que en mi propia ciudad”.

Lo peor de mí, otro tema clásico que el compositor grabó con el músico michoacano Walter Esaú, empieza a tronar con la banda acompañando y se disfruta a lo grande cantar ese primer y último verso: “Cuando al fin todo esto acabe, y te dé por hablar mal de mí…”.

“A ver si me sale ésta”, comparte Daniel antes de empezar a cantar en acústico el clásico de Elvis Presley Can't Help Falling in Love, y de ahí a darle con todo al rocanrol de Faisanes (tributo a Monomanía de Nacho Vegas), lo que me lleva a pensar lo grandioso de que para este concierto Lázaro haya integrado composiciones de tantos de sus autores predilectos. Casi como si leyera mi pensamiento, Lázaro concluye Faisanes tocando en acústico el principio de Monomanía: “necesito andar... en movimiento...”.

El show está por concluir, pero no sin antes disfrutar de Mira si no es un buen día para naufragar, ese tema en dueto con Pablo Perro que me trae a la mente imágenes de un videoclip de un par de amantes sangrantes entre los árboles. El coro revienta con todo: ¡Y aaaaaahoraaa, siento que estoy a deshoras, y aaaaaahoraaaa, vivo para naufragar!".

“¡Gracias a todos por venir!”, cierra Lázaro mientras los músicos se retiran y va de nuevo solo contra el mundo a cantarnos un último Adiós, que abras más ventanas. Mientras ocurre esto pienso en Lázaro tomándose un mezcal en la mesa del Belmont, en el tramo que nos aventamos caminando por la noche fría a tomar el taxi en la 20 de noviembre, en los terribles momentos de mi vida en que esta voz ha estado a mi lado, en Daniel sentado en la barra del Club Verde bebiéndose una cheve para calmar la ansiedad (“y si aún sigo en pie / es porque abrigo un poder no mío, me hice un laberinto y una sed / que nunca sacié...”), en las risas con los compas en El Pirata Bar, en un cigarro a medianoche acompañando el parpadeo de las luces de la ciudad, en un abrazo y otro y otro más y en la gente que llega y la gente que se va y en que al final la vida es esto: una canción de despedida, una voz rota que nos comparte un último canto.

Lázaro se despide, pero la gente clama por otra. Detrás del escenario Lázaro dice a sus compas “sí pero es que no sé cuál”, le da un trago a su whisky y en el camino encuentra la respuesta: “esta canción se la compuse a un hermano”, dice Lázaro antes de iniciar He visto demasiadas casas vacías en mi vida, el canto más limpio de Belmont, también uno de los más crudos, o mejor dicho, la voz de un alma que “nunca de los nuncas fue feliz”.



POR EL PASEO CONSTITUCIÓN Y EL CAFÉ MADRID. “NO ME DA LA GANA SER FELIZ”.

El centro de Durango es increíble. En sus museos hay pinturas de creadoras jóvenes con gran dominio conceptual y técnico; en sus calles encuentras librerías con joyitas a precios increíbles; en sus esquinas ves mujeres saxofonistas tocando improvisaciones. Pasan tantas cosas en lugares como éste los viernes por la tarde: una banda de música sube a un autobús hacia Zacatecas mientras un chico de 11 años le dice a su amigo “7 datos curiosos sobre Zacatecas: aquí matan gente”; un hombre que vende elotes pide un encendedor y luego le regala un vaso a quien se lo prestó; un guitarrista trata de parar un taxi para llevar una bocina a quien sabe dónde; un par de señores viejos platican en una banca sobre alguien que les hace falta; un señor repleto de collares y Tonayán lanza profecías; chicas con tatuajes en las piernas secretan algo al pasar frente a Catedral. ¡Es la vida manifestándose en su perpetuo caos!

Como bien me comentaron algunos de los nuevos amigos, el Café Madrid es un lugar muy curioso por el hecho de que no venden café, sino cerveza. El lugar tiene pinturas muy chidas en sus muros, un escenario bastante alto, rayones punks y un letrero parpadeante de Tecate. En el escenario un músico solista empieza a tocar temas clásicos de Los Beatles, The Who y de repente aparece The Man Who Sold The World en una versión impresionante por el parentesco de la voz que renace la canción del músico británico.

Pienso entonces en cómo Lázaro seguramente ha encontrado mucha inspiración en este bar, que ubicado en el centro del Paseo Constitución (una calle peatonal llena de vida y movimiento), permite sentir el pulso del centro de Durango. O quizás todo eso le viene en madres y solo le gusta venir a echarse un trago en soledad y pensar sus cosas: el suicidio, la muerte, su hijo, la música, la angustia, la nada.

Mientras bebo mi Corona y escucho al intérprete en el escenario vuelvo a las reflexiones con las que inicié este viaje. Tras varios días de navegar por esta ciudad, de conocer a algunos de sus actores culturales, rincones gastronómicos, músicos, museos y demás, me voy con la impresión de que Durango es una ciudad tranquila, plana, en apariencia sencilla, pero en el fondo compleja, que contiene esa contradicción de ser un lugar donde a la vez se puede tener mucho movimiento y mucha calma. Su ubicación geográfica lo hace a la par una ciudad “asilada” pero también un estado interseccional, con varias entidades de la república alrededor; punto para Lázaro cuando dice “No es cierto que una ciudad se ha alejado de otra tanto…”.

La realidad es que mi experiencia como foráneo-turista hasta ahora, si bien efímera, ha sido muy grata. Siento como si se tratase de una ciudad que te recibe con los brazos abiertos, donde puedes caminar a las dos de la mañana por las calles del centro borrachísimo sin ningún problema, comer rico en cada esquina, echarte un par de mezcales a precios increíbles y escuchar bandas independientes en varios bares locales. Cotorreando con la gente he escuchado todo tipo de historias; una que se me viene a la mente es la que me comentó Samuel Herrera anoche, sobre los rancheros haciendo disparos al aire en las quinceañeras y bautizos.

En la entidad parece haber una creciente escena musical, festivales de cine y pueblitos en los alrededores para visitar (por ejemplo, Nombre de Dios). Y bueno, también se dice por ahí que el crecimiento de la ciudad proviene del financiamiento del narco, que hay mucha raza loca que le pega al crico, que la cultura buchona está cada vez más presente, que el gobierno no apoya como debería a la cultura y al arte, que esto y aquello.

Como muchas ciudades con décadas detrás, Durango tiene la nostálgica integrada en varios lugares comunes como taxis, restaurantes, cantinas, parques y edificios viejos. También es verdad que es uno de los estados con mayor índice de suicidios. Tan solo en 2022 fueron más de 140, lo que equivaldría a por lo menos 10 suicidios por mes, la mayoría de jóvenes entre los 18 y 29 años. Según Lázaro, esto tiene que ver con una grave crisis de salud mental entre las juventudes, que desde temprana edad caen en vicios como el cristal.

Otros datos que rondan por el dicho popular es que el aislamiento no permite que entren tan fácilmente nuevas corrientes ideológicas, identidades y formas de ser, lo que mantiene una fuerte presencia de costumbres y estructuras conservadoras-tradicionales (por no decir cultos religiosos) que facilitan los abusos y represiones de todo tipo, abonando con ella a la crisis que atraviesan las juventudes. En fin, puede que las razones de tanto suicidio no las tengamos del todo claras, pero lo dicho por Lázaro en nuestra entrevista se sostiene: el entorno duranguense tiene a los suicidios como parte del ecosistema diario.

Traigo de vuelta las reflexiones con las que empecé esta crónica. ¿Qué tanto ha influido este lugar en la obra del autor? ¿Es este un estado tan triste, desolado y abandonado como Lázaro manifiesta, o más bien la angustia, melancolía y soledad habitan dentro del compositor? La verdad es que me voy con más dudas que respuestas, pero igual me atrevo a dejar por escrito algunas ideas.

Lo que sí podemos notar es que Durango tiene varios aspectos que fácilmente le pueden dar la categoría de ser un estado triste, una entidad donde se llegan a manifestar con gran profundidad los estados depresivos que llevan al suicidio. Sin embargo, también pienso que los sentimientos de soledad, aislamiento, melancolía, vacío y angustia existencial, tan presentes en la música de Lázaro, van más allá de este lugar, y son más bien el resultado de la propia biografía del autor, sumado a un modus existencial que los compositores de folk desarrollan tras mirar tan frecuentemente en el abismo.

La influencia recíproca entre Lázaro y Durango es clara, es un escenario de aires western que los vinculan de inmediato con autores como Johnny Cash, un lugar donde el suicidio está igual de presente en las noticias diarias como en la vida del compositor.

Sin embargo, pienso que Lázaro pudo haber nacido en algún otro rincón de México y seguiría manteniendo la esencia melancólica de su música: de una u otra manera habría encontrado su Belmont, ese destino donde las soledades se reúnen para beber y matar el tiempo. O quizás no, quizás, de haber nacido en Mérida o en Los Cabos, el autor nunca se habría enfrentado por tanto tiempo al abismo, y ahora no tendríamos tan buenas canciones para hacernos compañía en el día a día.

A Daniel Azdar, conocido como Lázaro Cristóbal Comala, le tocó nacer y forjarse aquí, en el triste estado de Durango. Ahora, queriéndolo o no, su música es una excusa perfecta para que los foráneos visitemos su ciudad que, al menos vista desde fuera, nos ha resultado un lugar no tan triste, sino lleno de vida, movimiento, fraternidad. Entiendo que “el pedo no es quien viene, sino quienes vamos”, pero bueno, mi estimado Lázaro, por aquí andamos dando un último trago de mezcal en tu rancho, para confirmar que No es cierto que nadie va a Durango.


PD: si usted quiere descubrir de primera mano cómo es este estado mexicano y formar su opinión al respecto, dese una vuelta cuando pueda por este bello destino mexicano; si no sabe por dónde empezar, pues empiece escuchando a Lázaro Cristobal.

PD2: Un agradecimiento especial a César Reséndiz, sin él este trabajo no habría sido posible. Gracias por darnos la oportunidad de hacer periodismo musical de calidad.
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