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Fito Páez sin filtro: cuando el mundo (por fin) cabe en una canción



Call me old fashioned... please! | Por Mónica Castro Lara |

Recuerdo que en cuanto vi el post en Instagram, le escribí rapidísimo a mi cuñado Hugo para que ya NO hiciera el pago del Airbnb que él había buscado y que nos había gustado un montón. “¡Pinche Fito, no mames!”. A 17 días de sus conciertos en México, al rosarino se le ocurre caerse, fracturarse cinco costillas (aunque dice que fueron 11) y cancelar y posponer sus presentaciones en Guadalajara y Ciudad de México, incluida la del Zócalo capitalino. Yo, francamente estaba que me llevaba la chingada como buena provinciana porque imprevistos como este, realmente te cambian todos tus planes. Lo último en lo que pensaba era en el bienestar de uno de mis artistas favoritos y eso te da mucho que pensar sobre el ensimismamiento de ser fan, porque entre la emoción y la frustración, me olvidé de que detrás del ídolo hay un ser humano que también puede romperse (literalmente). Y eso, créanme, duele y avergüenza más de lo que una quisiera admitir.


Cuando Netflix anunció el mes pasado que el documental “Fito Páez: el mundo cabe en una canción” llegaría a nuestras pantallas el 03 de septiembre, sentí una alegría total. Pensé: “órale, Fito seguro es un consentido en Netflix”. Y no es para menos: ya en 2023 la plataforma le había dedicado un espacio con “El amor después del amor”, la serie biográfica que nos transportó a la Argentina de los ochenta, a los inicios de Páez como cantautor y a las tragedias que lo han acompañado e influenciado toda su vida. Pero ahora, con este nuevo documental, la apuesta sube de nivel, porque si la serie nos contó su historia desde afuera (con actores, recreaciones y esa estética que nos hizo revivir cada éxito y fracaso) esta vez, como bien sentencia la propia plataforma de streaming: “La serie contó su historia. Ahora habla él”. Y eso, querides, es ooootra cosa. Es Fito sin filtros, la voz en primera persona; es el artista que vuelve para decirnos lo que tal vez nunca nos contó del todo. Y, por lo que habían dado a entender en el tráiler, la película transcurre justo ahí, en el límite entre el dolor físico y emocional tras el accidente que frenó su gira exactamente hace dos años, y desde esa pausa forzada, Fito reexamina sin filtros su historia personal, sus excesos, sus fracasos y esos éxitos que lo consagraron como uno de los compositores más importantes de Latinoamérica. Es como si, después de más de cuatro décadas de intensa carrera, el músico eligiera ese momento tan vulnerable para abrirse del todo, mostrándonos que a veces hay que quebrarse un poco para encontrar la honestidad más cruda y hermosa.


Sin duda, la cereza del pastel fue descubrir que el gran Matías Gueilburt está detrás de este proyecto y que, además, tiene un vínculo muy estrecho con Fito. Yo no puedo parar de elogiar el trabajo de Gueilburt; es como si el Rey Midas se hubiera convertido en director argentino. Algunos de sus proyectos documentales, como “Patria”, “El vendedor de ilusiones: El caso Generación Zoe” y “Los Ladrones: La verdadera historia del robo del siglo”, los considero auténticas joyas cinematográficas, en especial “Los Ladrones”. Me parece que encaja perfectamente con el espíritu de esa peculiar argentinidad que tanto me gusta y atrae. Cuando tengan oportunidad, véanlo. Les va a explotar la cabeza como a mí. 


Matías es, ante todo, un narrador obsesionado con las grietas de la historia que aborda; su estilo se define por una investigación y narrativa quirúrgicas que no teme revolver archivos polvorientos y olvidados, testimonios incómodos y documentos inéditos para reconstruir relatos que, aunque conocidos en superficie, guardan capas de complejidad moral.


No le interesa la cronología lineal: prefiere sumergirse en los claroscuros, en los personajes que oscilan entre el mito y el monstruo; su mirada no juzga, sino que deja que los hechos y las voces se desplieguen con una crudeza que obliga al espectador a hacerse miles de preguntas mientras transcurre lo que está viendo. Me parece que lo más rico de Gueilburt es su capacidad para convertir temas densos en relatos accesibles y humanos, sin caer en el sensacionalismo, a través de una fotografía y encuadres de una calidad absoluta.


Por lo tanto, estoy muy feliz de compartirles que mi clarividencia y yo acertamos: este documental es brillante. La amistad entre Fito Páez y Matías Gueilburt le da al director una llave privilegiada para entrar en esos instantes frágiles donde, a ratos, se nos olvida la excentricidad del rosarino y nos topamos de lleno con su dolor, con su angustia, con su desesperación ante un momento de salud sumamente complicado. Como bien dijo Gueilburt para Página12: “en ningún momento vemos un personaje, es un retrato de Rodolfo”, y eso es justo lo que hace tan potente a esta pieza: no hay pose, hay pura verdad.


La película arranca, además de con un espectacular montaje de Páez en conciertos masivos musicalizado por “Al lado del camino” (una de esas canciones eternas que, confieso, me aprendí a marcha forzada porque quería berrearla sin errores en su concierto), con una declaración que, si uno lo piensa bien, es lo que cualquier espectador desea: “Lo que me embola de los documentales, en general, es que les falta malicia”, dice Fito como advirtiéndonos. Y se justifica: “[…] el personaje retratado siempre es visto como una especie de adalid de la bondad y las buenas costumbres. Y eso me embola terriblemente”. A modo de pedido, o de manifiesto, hay una necesidad del cantante por no mostrarse impoluto y le indica al director que quiere que pasen cosas reales, sin caretas porque él ya sabe que hay que “caretear” en la vida, pero en este documental no. Y vaya que suceden “cosas reales”. Gueilburt nos presenta un retrato del músico en dos dimensiones entremezcladas: de un lado, la intimidad del hogar, el cuarto de hospital, los hoteles de gira y los ensayos; del otro, los recuerdos y momentos claves de su historia narrados por él mismo. Es como si la cámara se atreviera a entrar donde pocos han estado, y el resultado es tan incómodo como necesario.



La primera parte del documental es la cámara siguiendo a Páez en algunos momentos clave que vivió a mediados de 2024: lo vemos siendo trasladado por un incrédulo taxista hacia los estudios Abbey Road donde estaba trabajando en “Novela” su vigésimo noveno álbum, proyecto que había iniciado desde 1988 y recién concretó en 2025 (con un montón de críticas, por cierto). Luego, nos vamos a Madrid, donde Fito festeja su décimo aniversario de relación con su entonces pareja, la actriz Eugenia Kolodziej quien es la encargada de narrarnos cómo fue que encontró a Fito la mañana siguiente tirado en el descanso de la escalera completamente desgastado, golpeado, adolorido y sin la capacidad de responder a las simples preguntas que le hacía. Realmente me re entristeció y angustió la situación tan delicada y grave en la que estuvo Fito; los moretones en el brazo y los gritos desgarrados de dolor se quedan cortos a lo que verdaderamente sentía y nos confiesa que sí se sintió al borde de la muerte:


“Es muy salvaje la situación. El dolor era tal, era tan grande, tan fuerte, que dije bueno hasta acá llegué”.


Casi como en una especie de metarrelato, el músico mira en la televisión lo que se informa sobre su accidente. Y con esa visión y sensibilidad quirúrgica de Matías que les mencionaba unos párrafos arriba, el momento de la vulnerabilidad absoluta es musicalizado con “Tumbas de la gloria”, convirtiendo a la canción en una especie de banda sonora de su historia familiar en Rosario. Mientras suena “Tu amor abrió una herida porque todo lo que te hace bien siempre te hace mal” nos platica que su mamá murió 8 meses después de haberlo dado a luz porque le sacaron mal la placenta e ipso facto, deduce y nos dice con una tranquilidad dolorosa, que la muerte de su mamá entonces fue por su culpa. Uff. Pausita para exhalar. Nos cuenta su cotidianidad en Rosario: cómo eran su padre y las “abuelas” que lo criaron, el exceso de amor y esos primeros acercamientos a todo tipo de música que lo moldearon, detalles que, por suerte, dejaron bien plasmados en la serie, para que nosotros también pudiéramos asomarnos un poquito a ese universo. La historia de Fito desafortunadamente también va de la mano con la tragedia; tal vez una no podría existir sin la otra. Revivimos el terrible asesinato de sus “abuelas” y la empleada doméstica que las acompañaba, por allá en 1986 y nos lanza otra frase devastadora: “[…] yo ya no vengo a ofrecer mi corazón, ¿para qué? ¿para que me lo rompan?” haciendo alusión a su canción homónima. 


Regresamos al presente, con el proceso de recuperación de Fito y los ensayos de cara a la gira “4030” en Argentina. El documental nos muestra la primera vez que se sienta al piano post accidente para tocar “Del 63” en su casa de Buenos Aires y, de pasada, para ver cómo le respondían sus manos; otro momento de vulnerabilidad que pocos se atreven a mostrar. Acá tengo que hacer mención especial al muñequito de Charly García saltando desde aquel épico noveno piso, colgado de una lámpara de techo, que me pareció una brillantez y genialidad absoluta y me hizo pensar que necesito uno cuanto antes. Se develan también otros detalles en esos espacios privados: fotografías, portadas de revista, cuadros, medicinas, suplementos alimenticios… 


Luego aparece un Páez melodramático regañando y exigiéndole a sus músicos como si la vida se le fuera en cada nota. La rigurosidad y los tonos (nada amables) con los que se dirige a ellos, incomoda MAL; al menos a mí sí me molestó e hizo que le cuestionara a modo de reclamo, un montón de cosas que yo he vivido y visto de sus presentaciones más recientes… sin respuesta alguna, obviamente. 


Y entonces… ¡llegan los conciertos en México! Lo vemos caminando por la CDMX con una tierna familiaridad, de la mano de su hijo Martín. Me hace reflexionar que le tomó únicamente 4 meses en recuperarse de ese fatal accidente donde por momentos, parecía que se estaba entregando a la muerte y que verdaderamente, hizo un esfuerzo casi sobrenatural por cumplirle a sus fans mexicanos. Hay algo más que me conmueve de esas escenas: haber compartido un mismo tiempo y espacio en el Auditorio Nacional con esta leyenda. Recuerdo el concierto casi a la perfección y ahora me doy cuenta de que ambos atravesábamos momentos complicadísimos en nuestras vidas pero que, durante dos horas, pudimos dejar pasar todo. Porque la música —y el arte en general— nos lo permite; nos da ese permiso tácito de suspender el caos, aunque sea un ratito.


Rápidamente, ooootra escena incómoda: el cierre de uno de estos conciertos no salió como lo habían ensayado y el músico se mortifica con una ansiedad e insistencia que, les confieso, no me fueron ajenas. Si bien podríamos llamarlo “perfeccionismo”, creo que más bien se trata de tener o no el control absoluto de las cosas. Tuve que revisar los videos de su concierto en mi celular para ver si había sido en esa misma noche, pero no… ahora me queda la incógnita de saber si fue en la segunda noche del Auditorio Nacional o si más bien, fue en su concierto en Guadalajara, pero sobre todo, si la gente se dio cuenta o no del “error”. Algo así como un pequeño misterio personal que, supongo, también forma parte del encanto.


Ya en la recta final del documental, nos topamos con escenas de Fito compartiendo con su otra hija, Margarita. Son fragmentos que se entrelazan con material de archivo y grabaciones caseras donde se les ve, tanto a Martín como a Margarita, conviviendo con ese padre peculiar y caprichoso que todos conocemos (o creíamos conocer). Es una faceta menos pública, más íntima, y me parece comprensible —casi necesario— que haya permanecido resguardada en lo privado durante todos estos años, como si ese espacio reservado fuera el que le permitió a Fito seguir siendo tan auténtico en lo público.


El documental cierra con la visita de Fito Páez a Estados Unidos, donde da una charla en la Universidad de Berklee en Boston, que trató sobre “la música en tiempos de demencia masiva”, y al mismo tiempo, afinaba los detalles de su sesión de Tiny Desk, que he de confesar con total libertad, no me gustó. Me pareció una muy mediocre selección de canciones, curadas mal, a Fito se le veía distraído, se le escuchaba desentonado y ahora ya sé por qué: el día de la grabación, el man tenía una fiebre intermitente junto con una migraña de esas que aniquilan. Aun así, logra sacarlo adelante. Y aquí regreso a mi dolencia y vergüenza del primer párrafo: ¿quiénes somos para exigir y exprimir hasta la última gota a nuestros artistas?


Hay algo en la figura de Fito Páez que trasciende lo meramente musical. No es solo el pianista virtuoso de “Cadáver Exquisito”; es esa capacidad para convertir el caos emocional en melodías que nos hacen sentir menos solos, como si fuera una extensión directa de nuestras propias contradicciones.


A diferencia de otros de sus contemporáneos, Fito eligió la exposición brutal, una honestidad incómoda que lo llevó a desnudarse en público una y otra vez, ya sea cantándole a la “puta ciudad” que lo vio caer en el abismo más profundo o confesando sus demonios en entrevistas que a veces parecen sesiones de terapia. Quizás por eso, escucharlo hoy se siente menos como un acto de consumo cultural habitual y más como un reencuentro con esa versión de nosotros mismos que todavía cree, ingenuamente, que hay amor después del amor.


¿Vale la pena ver el documental? Para mí, es un total y rotundo SÍ, y no lo digo solamente desde mi cariño, admiración y fanatismo por Rodolfito. Disfrútenlo, llórenlo, cuestiónenlo y compárenlo con otros documentales musicales y satúrense de él como ya lo hice yo. Porque, al final, lo que logra Gueilburt es exactamente lo que Fito pidió: malicia, pero por supuesto, también mucha humanidad. Eso, en un género tan saturado de homenajes edulcorados, es un verdadero lujo. Nuestro rosarino consentido, termina casi dos horas de exposición con un “I’m baack!”, porque con sus contradicciones, múltiples heridas y resiliencias, ya nos lo había predicho en cierta canción del 2010: “[…] si algo aprendimos en el mundo es que el mejor momento aún no vino, está por llegar”. Así que, señoras y señores, habemus Fito para rato.




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