Mostrando las entradas con la etiqueta El Otro Mundial. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta El Otro Mundial. Mostrar todas las entradas

Carta navideña para AFS 2025


Por Alejandro Carrillo 


Todo comenzó como comienzan las cosas que parecen chiste y terminan volviéndose destino: un puñado de tipos sentados en un bar, intentando engañarse a sí mismos con la idea de que el futbol podía ser una cura temporal para la resaca eterna, para las malas mañas, para ese cansancio de la vida adulta que se pega a los huesos. No pasó así. Pasó algo mejor.

El dueño de la idea, músico en fuga de su propio horario, ya ni viene; pero fue él quien tuvo la chispa. Y aunque muchos se quedaron en el camino —porque no cualquiera despierta un sábado con el hígado protestando para ir a correr bajo el sol— otros fueron llegando desde rincones improbables.

De ahí nació este ejército mal organizado, esta hermandad improbable, este grupo de WhatsApp con el nombre menos épico de la historia: Amigos Futbol Sábados.
Un nombre hecho al vapor, sin poesía, sin glamour… y que hoy ya no nos atrevemos a cambiar porque ahí adentro vive una parte importante de nuestra vida.

Ahí están los mensajes a deshoras, los “confirmo”, los “en camino”, los “voy tarde”, los “estoy repedo”, los memes, las mentadas, las alineaciones, las discusiones inútiles y los silencios cuando alguien no aparece porque está pasando por algo pesado. Ahí está el pulso del grupo.

Y en la cancha están ellos. Todos ustedes.

Cuando cayó el régimen del músico —cuando la rutina le ganó al entusiasmo y la resaca fue más fuerte que su voluntad— apareció Esaú. Nuestro dictador benevolente. El hombre que tomó el caos y lo convirtió en calendario. El que convoca, reparte, cobra, insiste. El que nunca dejó que esto muriera. Inteligente, terco, solidario. Sin él, no habría cancha, no habría grupo, no habría sábados. Y eso hay que decirlo en voz alta.

Alan, cañonero hambriento, pelea ahora contra su rodilla como si fuera un enemigo jurado. Y aun así, cuando no está, falta el ruido: falta su pólvora, falta su amenaza. Familia.

Betito, el poeta, el hombre que escribe como juega o juega como escribe: con esa mezcla peligrosa entre lo sublime y lo torcido en la misma jugada. Capaz de una gambeta que parece metáfora y de una caída que parece un verso roto.

Preci, fundador, romántico del futbol viejo, necaxista. Uno de mis hermanos de vida, guerrero sin armadura, que ha sobrevivido a golpes más duros que cualquier entrada. Un hombre que ha aprendido a levantarse tantas veces que ahora se levanta también por los demás, incluso antes de que toquen el piso.

Alonso, arquero y cronista, guardián del arco y documentalista de la memoria del glorioso Hidra. Especialista de los penaltis. Cada atajada suya parece un pequeño milagro.

Chiki, tosco por fuera, noble hasta la médula. Llega cada sábado buscando un pegamento distinto. Y lo encuentra. A veces en un pase, a veces en una carcajada, a veces en una charla futbolera. Pero vuelve a armarse, siempre vuelve a armarse. Quizá el que mejor entiende para qué sirve la reta.

Dani Ibarra, defensa elegante, se peina antes de ir a chocar y despeja como si el estilo fuera táctica. Luis Miguel de fondo, donjuán y marcador serio. Convierte cada cruce en una coreografía.

Didiego, mi hermano. Incansable aunque el cuerpo proteste. Un corredor del alma más que de las piernas. A veces juega con pulmones prestados, pero siempre con corazón propio.

Diego Reyes poeta del gol y casanova del mundo. El que convirtió la capoeira en un idioma para anotar goles hermosos. Él no mete los goles, los baila. Más goleador en el área chica de las féminas.

Arka, el que cura, el que aconseja, el que se emputa si le das mal una pared. Médico de cuerpos ajenos y atleta de alma entera, un tipo que parece creado para jugar futbol. Todo en él es balance: tocar, pasar, ayudar, sanar. Dentro y fuera de la cancha.

Chuy Flores, el que viene poco pero cuando viene no se rinde y eso vale más que cualquier habilidad. Su terquedad es un recordatorio de por qué jugamos. Es malísimo y admirable a la vez. Y además, trajo a Taquero, así que todo perdonado.

JP, mi arquero favorito, mi amigo, mi mosquito, mi rey lagarto. Reflejos imposibles, nobleza infinita. Siempre queriendo mejorar, en la vida y en la cancha. A veces ataja balones, pero siempre ataja nuestras tristezas. JP siempre en mi equipo.

Taquero… qué se puede decir. Nuestro santo no canonizado. El más querido, el más popular, 40 millones de seguidores, no lo vas a entender jamás.

Waz, amigo tardío y necesario. Bigote mítico, asador místico. Un tipo que llegó sin aviso y se volvió un pilar del grupo y en lo personal uno de esos regalos que solo la adultez sabe dar. Gracias a él hay cancha y terceros tiempos INCOMPARABLES. Los mejores del mundo.

Luisillo, es como el hijo de todos, el hijo problema que nadie quiere tener pero que nos vemos en la necesidad de cuidar: rebelde, contestatario, genio y figura.  Tormenta con piernas. Un tipo que disputa batallas invisibles más consigo mismo que contra el rival y aun así siempre aparece. Su bondad y su amistad, siempre, siempre ganan los partidos que importan. Te quiero mucho Distinto19.

Moro, torero viejo, clase intacta aunque el tiempo le robe metros. Juega con la dignidad de quien sabe que se está acabando algo… ¡pero no hoy! Y ahora comparte la cancha con su hijo. Eso ya hace que el sábado valga la pena.

Oscar El Pai, velocista, zurdo eléctrico, carismático. Una estrella que no necesita estadio para brillar aunque juega como si siempre tuviera público. Un tipo que convierte cualquier pase largo en promesa de alegría. Diferente cada vez que toca el balón.

Pato, mi hermano desde los doce. Compañero de banda, de vida, de heridas. Él que siempre da un pique cuando estoy a punto de caer, dentro y fuera de la cancha. El que me ha visto triste, contento, destruido, y aun así siempre me pasa el balón.

Rudy, la ardilla, el culto, el brillante. Un escéptico natural, alma seria del grupo. Un tipo que opina fuerte, piensa hondo y juega como si todo el caos del mundo pudiera ordenarse con un buen pase filtrado. Pensador incómodo. Necesario. Un cineasta sin película, un filósofo sin público, un jugador que entiende más de la vida que del deporte -pero aun así ataja hermoso-.

Chuy del Futuro, maestro del francés, sacerdote de los edits, nuestro cronista audiovisual. Bibliotecario de ¡LA FOTO! ¡LA FOTO! Gracias a él no olvidamos quienes hemos sido en nuestros mejores sábados. Aunque es pésimo escogiendo equipos: Pumas, Madrid, Marsella, Partido Acción Nacional; pocos como él son tan generosos fuera de la cancha.

Vico, mi hermano del alma, presidente honorario de este grupo, espíritu del Ummagumma, un tipo querido por todos y que siempre nos abre las puertas. Aquí seguimos, carnal.

Charly, defensa duro, sobreviviente de verdad. Su cuerpo trae historias que el balón nunca podrá narrar. Cada despeje suyo es un acto de resistencia.

Eder y Fabián, hermanos, técnicos, incansables, obreros del medio campo que trabajan como si cada pase fuera un oficio honesto. Fabián, ejemplo vivo de resiliencia con su pierna recién curada; Eder, brújula silenciosa que siempre está donde debe.

Alfaro, el fantasma fiel. Nunca lo verás pasándote una chela pero sí corriendo al espacio. Casi nunca falta. Un misterio atado a una constancia admirable.

Kevin y Luis Ozuna, defensas de los de antes, muros serios y eficaces. Creadores de chistes involuntarios, pero también de entradas duras que sostienen al equipo cuando todo se tambalea. El futbol es más sencillo si los tienes a tu lado. ¿Alguien necesita un contador?

Miguel Ibarra, cuyeyo orgulloso, trabajador, amable. Le da serenidad a cualquier cascarita. Incansable, noble, siempre alentando, siempre corriendo, siempre ahí donde se necesite estar.

Pete, fundador, profeta, bebedor, ciclista, conquistador de bares, fecundador de nalgóticas. Carisma puro. Querido por muchos, odiado por unos cuantos, precisamente por eso: por su empeño, su alegría, su terquedad luminosa.

Sam, bala humana, egoísta por talento, feroz por naturaleza. Un tipo que juega como si el mundo le debiera prisa. Difícil de alcanzar, imposible de ignorar.

Paquito, músico exiliado en techos ajenos, fundador de primera hora. Cada vez que regresa ilumina el día: trae historias, trae recuerdos, trae algo que solo él puede cargar. Como si hubiera vuelto un tío querido.

Y luego están los cometas: Amaury, Cuauh, Dany Gallegos, Emilio, Lalito, Nico, La Cobra, los amigos de la infancia y familiares lejanos de Alfaro; y los que se irán sumando y restando como pasa en todas las familias. Gratitud también a ellos por los momentos compartidos dentro y fuera de la canchita.

Y pienso en mí, Carri, que creí que el futbol se me había ido para siempre cuando mi rodilla explotó y la vida me obligó a ser otra cosa. Que pasé dos años lejos de una cancha convencido de que ya no había lugar para mí. Hasta que este grupo apareció como un milagro que no pedí pero que necesitaba. Desde entonces no he dejado de jugar, ni ustedes de alivianarme. Soy uno de los agradecidos, uno que volvió a nacer en una cancha rentada cada sábado a las nueve de la mañana.

Porque este año en específico fue duro, muy duro, y sin ustedes no lo hubiera atravesado igual. Sus pases, sus gritos, sus consejos, los terceros tiempos con Juanito y Mari La Tetas, las risas, los parleys, las discusiones inútiles, los silencios compartidos… todo eso me sostuvo más de lo que creen.

Y yo los veo cada sábado, llegar a calentar como dios nos da a entender, sin árbitro, sin uniforme, sin promesa de victoria, pero con una especie de furia infantil que nos recorre a todos. Somos hombres cansados, derrotados por la semana, trabajadores, rotos, tercos, confundidos, con pérdidas, con deudas, con miedos. Pero cada sábado cuando el balón rueda, algo se acomoda. Algo nos limpia.

El mundo deja de pesar como pesa entre semana. Y por dos horas vuelve ese milagro sencillo de la infancia: correr sin saber por qué, reír sin motivo claro, caerse sin sentir vergüenza.

Quizá la vida adulta sea eso: tener un lugar donde el mundo no duela tanto.

Para nosotros, ese lugar es la Cancha #3 del Natural Soccer.
Para mí, ese lugar, son ustedes, mis hermanos.

Gracias a todos. Por estar. Por no soltar este grupo. Por seguir apareciendo cada sábado.

Larga vida a Amigos Futbol Sábados.

El futbol como religión apócrifa: rituales, supersticiones y santos inventados

Editorial | El Otro Mundial


El eco hacia 2026: la tribuna que viene

El Mundial de 2026 —que por primera vez será organizado por tres países: México, Estados Unidos y Canadá— no solo será el más grande de la historia, con 48 selecciones y 104 partidos, sino también el más cercano en geografía y cultura para millones de aficionados latinoamericanos. Para México, el torneo significa un regreso a casa tras las ediciones de 1970 y 1986; para Estados Unidos, la consolidación del “soccer” como espectáculo masivo; para Canadá, la oportunidad de presentarse ante el mundo como una nueva plaza futbolera. Pero para la afición, para la tribuna real —la que vibra, sufre, canta y sostiene a los equipos más allá de las estadísticas— el torneo abre un nuevo capítulo emocional.

En los estudios recientes sobre comportamiento de hinchadas se observa un fenómeno interesante: el sentimiento de pertenencia aumenta cuando un torneo global se celebra en territorio compartido o cercano, lo que genera un incremento en consumo cultural deportivo, búsqueda de contenidos especializados y participación en comunidades digitales. Según un estudio de Nielsen de 2024, el interés por el Mundial creció un 57% en México y más del 30% en Estados Unidos entre jóvenes de 18 a 34 años, un rango que cada vez más combina el estadio físico con la tribuna digital.

En ese contexto, las barras tradicionales se mezclan con nuevas formas de afición: grupos que viajan para vivir la experiencia completa, comunidades que se organizan desde la migración o la diáspora, y una audiencia enorme que vive el torneo desde pantallas múltiples. Eso significa que la emoción ya no se concentra únicamente en el estadio, sino en cada espacio donde un grupo de personas decide mirar, debatir y sentir el partido. La tribuna se expande y se vuelve más compleja, más híbrida.

Para 2026 se espera que más de 5 millones de aficionados internacionales viajen a Norteamérica —la cifra más alta registrada para una Copa del Mundo— y que el impacto económico total supere los 10 mil millones de dólares entre sedes, infraestructura y turismo. Pero lo más interesante no es la derrama: es el relato que se formará. Inmuebles como el Estadio Azteca, el SoFi Stadium o el BMO Field funcionarán como templos modernos en los que se cristalizará una narrativa compartida por tres culturas futboleras distintas, unidas por la misma pulsación: el deseo de pertenecer a algo más grande, aunque sea por 90 minutos.

El Mundial 2026 no solo será un espectáculo; será una prueba para medir cómo ha cambiado la afición latinoamericana, cómo se conecta la tribuna del barrio con la tribuna global, y cómo se construyen nuevas identidades deportivas en un continente que por fin comparte una sola cancha.

Abrimos esta sección porque el futbol no solo se juega: se cree.
Se canta, se reza, se adora.
Y la cultura —la música, la literatura, la pintura, la filosofía— ha encontrado en él un espejo fascinante.

Aquí inicia un recorrido por el lado cultural, emocional y a veces místico del juego más popular del mundo.


Un templo sin púlpito

El sociólogo francés Christian Bromberger, uno de los mayores estudiosos del futbol, definió los estadios como “los grandes teatros de la modernidad”. No exagera: en un partido convergen hasta 70 mil personas repitiendo gestos, ritos y cánticos que han sobrevivido por décadas. Solo en la temporada 2022–23, la Premier League reunió más de 15 millones de asistentes, una cifra comparable a festivales religiosos de escala nacional.

Las gradas funcionan como templos laicos donde la gente deposita fe, miedo, identidad. En México, el Estadio Azteca —con capacidad para 83 mil 264 espectadores— ha sido descrito por cronistas como “la catedral de los milagros improbables”. En Argentina, La Bombonera resuena con un movimiento sísmico medido más de una vez por sensores cercanos. Literalmente: la fe hace temblar la tierra.


La liturgia secreta de los hinchas

El manual de las supersticiones futboleras podría competir con el de cualquier religión ancestral.

Carlos Bilardo llevó la cábala al extremo:

  • obligó a su equipo a repetir rutas exactas rumbo al estadio,

  • prohibió pronunciar ciertas palabras (“cábala” incluida),

  • y en el Mundial 86 pidió que se mantuviera una botella de Coca-Cola vacía porque “traía suerte”.

No era un chiste: jugadores como Burruchaga y Ruggeri confirman que la botella terminó viajando con ellos varios partidos.

Pero la superstición traspasa fronteras:

  • Gigi Buffon admitió usar siempre la misma camisa térmica en torneos importantes.

  • El delantero español Fernando Torres comía siempre un plato de pasta con atún.

  • El brasileño Ronaldo Nazário se afeitó la cabeza dejando el famoso “casquito” antes de la final de 2002 porque “era lo único que podía controlar” entre tantas presiones y una lesión.

Y del lado de la afición, los patrones se repiten: el sillón "de la suerte", la playera que no puede lavarse, el ritual de cerveza por gol, la postura exacta en los penales. Un estudio de la Universidad de Colonia registró que el 63% de los hinchas europeos admite tener al menos un ritual supersticioso relacionado con el futbol.



Santos que no pasaron por el Vaticano

Si una religión necesita iconos, el futbol los tiene en abundancia.

La Iglesia Maradoniana, fundada en Rosario en 1998, cuenta con más de 350 mil seguidores en todo el mundo. Sus “mandamientos” incluyen frases como: “No serás cabeza de termo y no le preguntes a Diego lo que hizo con su vida; mira lo que hizo con la tuya”.
Celebran navidad el 30 de octubre (nacimiento de Maradona). No es parodia: es devoción (en México hay una capilla en Cholula, Puebla).

Messi, sin quererlo, también se ha convertido en un santo laico. En 2021, el artista Maximiliano Bagnasco terminó un mural de 12 metros en Buenos Aires donde el capitán aparece con aureola dorada. En Barcelona, otro mural de Lionel —con estética bizantina— se volvió punto de peregrinación turística.

En México, basta caminar por Tepito, Iztapalapa o Nezahualcóyotl para ver altares mixtos: virgencitas acompañadas de estampas de Cuauhtémoc Blanco o algún otro ídolo americanista. No hay ironía: hay cariño espiritual.



Coros que son oraciones, cánticos como mantras

La FIFA estima que durante el Mundial de 2014 se cantaron más de 200 mil cánticos distintos en las 64 sedes. Pero los que perduran son menos: los himnos de tribuna funcionan como rezos colectivos.

En Argentina, “El que no salta es un inglés” existe desde los años 80. En Brasil, el “Eu sou brasileiro, com muito orgulho, com muito amor” se documenta desde los 70. En Chile, “Chi-chi-chi, le-le-le” se remonta a la Copa del Mundo de 1962.

Son frases simples, pero cuando se repiten por decenas de miles, liberan una potencia emocional comparable a un mantra religioso. El psicólogo deportivo Daniel Wann lo estudió: cantar en grupo reduce la ansiedad y eleva los niveles de oxitocina, la hormona del vínculo.

Por eso un estadio no solo suena: sana.


El estadio como laboratorio de emociones

El estadio concentra emociones en bruto. La final del Mundial 2022 entre Argentina y Francia fue vista por más de 1,500 millones de personas: casi una quinta parte del planeta unida por un mismo pulso emocional.

El antropólogo británico Desmond Morris analizó al hincha como “el último miembro de una tribu premoderna”: alguien que necesita rituales para lidiar con un mundo incierto. Por eso las cábalas, las promesas, las prendas sagradas. El futbol no es un deporte racional: es un sistema emocional.



¿Por qué creemos?

Una estadística explica mucho: solo 2.6% de los partidos en grandes ligas terminan 0-0 (no aplica España).
Casi cualquier cosa puede pasar en noventa minutos.
Un gol en el segundo 90+8 puede cambiar historias, fortunas, memorias familiares.

Ese margen mínimo entre lo previsible y lo imposible es el espacio donde nacen las supersticiones. Sin caos, no habría fe.


La fe que se comparte

Un estudio del MIT detectó que en un estadio, cuando una multitud salta al unísono, el movimiento puede igualar el equivalente a un temblor de 1.5 grados.
Es casi literal: la fe futbolera se mueve.

Lo que sucede cuando un gol se grita no es solo ruido: es sincronía. Un instante donde miles de personas respiran al mismo tiempo, un breve acuerdo colectivo que en la vida cotidiana es prácticamente imposible.

Ese es el verdadero milagro del futbol.

© Copyright | Revista Sputnik de Arte y Cultura | México, 2022.
Sputnik Medios