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«Annette» y la belleza del artificio

Retrovisión | Por Alberto Preciado


Vivimos, una vez más, el momento Cannes del cine. Ritual anual donde los aplausos se han convertido en una métrica paralela al premio. Uno de los lugares donde el cine se discute con una pantomima religiosa.

Es apropiado, de vez en cuando, revisar las películas que han inaugurado el festival; intentar entender qué cosa nos quería decir el arte ese año, escuchar su tono,, comprender sus acordes más íntimos. Entre ellas hay títulos tan distintos como La mala educación, de Pedro Almodóvar; The Fifth Element, de Luc Besson; o Annette, la película con la que Leos Carax abrió la edición de 2021.

Annette es un filme que parece buscar estirar la realidad al máximo, y es esta característica la que la hizo ser sumamente apropiada para inaugurar Cannes. Porque el festival francés es, entre otras cosas, una celebración del artificio cinematográfico.

Leos Carax lleva décadas filmando personajes que confunden la verdad con la representación. Como si la ficción y la realidad fueran una misma serpiente que se alimenta de su cola. Su cine es profundamente artificial, pero nunca falso. Hay una diferencia importante entre ambas palabras. En sus películas los decorados pueden parecer irreales, los gestos exagerados y las situaciones improbables, pero las emociones siempre terminan golpeando con una fuerza inesperada.

Basta recordar a Denis Lavant corriendo por las calles al ritmo de Modern Love de David Bowie en Mauvais Sang. La escena tiene algo de videoclip, de sueño, de fantasía adolescente. Sin embargo, pocas veces el cine ha mostrado con tanta claridad la desesperación de alguien que ama y no sabe qué hacer con ese amor. 

Con Annette, Carax decide llevar esa lógica al extremo. Y para hacerlo escoge quizá el género más artificial de todo el cine: el musical.

La película ni siquiera intenta ocultarlo. Antes de que la historia empiece, una voz en off nos anuncia que la función está a punto de comenzar. Vemos a los músicos prepararse, escuchamos los primeros acordes de So May We Start y los propios actores abandonan el estudio de grabación para entrar en la ficción que vamos a presenciar.

Carax deja las reglas claras desde el primer minuto. Esto es una representación. Un espectáculo. Un juego.

Tal vez porque el espectador contemporáneo necesita que se le recuerde algo que antes parecía evidente: que toda historia es una construcción.

Henry McHenry, interpretado por Adam Driver, es un cómico feroz, agresivo, casi salvaje.

Un hombre que convierte su desprecio por sí mismo y por los demás en espectáculo. Ann Defrasnoux, interpretada por Marion Cotillard, es una soprano célebre cuya voz parece venir de algún lugar más cercano a lo divino que a lo humano. Él es un primate. Ella una musa. Él provoca. Ella eleva.

Naturalmente están destinados tanto a enamorarse como a destruirse.

La película se burla constantemente de las convenciones del musical. Henry y Ann cantan una y otra vez la misma canción, We Love Each Other So Much, como si Carax quisiera exhibir el mecanismo hasta volverlo ridículo. Como si nos estuviera mostrando los hilos de la marioneta mientras la marioneta sigue moviéndonos emocionalmente.

Porque eso es lo fascinante de Annette. Cuanto más evidente se vuelve el truco, más poderosa resulta la ilusión.

Todo en la película parece construido para recordarnos que estamos viendo algo falso. Los decorados. Las canciones. Los movimientos. Incluso Annette, la hija de la pareja, aparece representada por una muñeca de madera.

Y sin embargo, a medida que la película avanza, esa marioneta divina termina resultando más humana. 

Ahí está quizá el verdadero gesto de Carax. Demostrar que la verdad artística nunca depende del realismo.

El cine es artificio. Siempre lo ha sido. Lo son los decorados, el montaje, la música que aparece en el momento preciso para indicarnos qué sentir. Lo son los actores fingiendo emociones frente a una cámara. Lo es incluso esa convención absurda por la cual aceptamos que una sucesión de fotografías inmóviles produzca movimiento.

Pero el artificio no es el enemigo de la verdad; en muchas ocasiones es un camino para alcanzarla.

Por eso Annette puede parecer una película excesiva, caótica o incluso dispersa. Porque está menos interesada en contar una historia que en reflexionar sobre la propia naturaleza de las historias. Sobre nuestra necesidad de creer en ellas aun cuando conocemos el truco del mago.

Carax, como dueño del circo, no intenta esconder los mecanismos del espectáculo. Hace exactamente lo contrario.

Los ilumina.

Y aun así consigue que la magia ocurra.

Annette es, entonces, una historia de amor, de tragedia. Un espectáculo. Vale la pena sumergirse en este extraño espectáculo. Un mundo artificial donde se revela la tensión entre el artista y su público, y donde también aparece nuestra necesidad de escapar, junto con todo lo imperfecta que puede ser esa evasión.

La verdad a veces es insoportable, y quizá por eso seguimos necesitando ficciones capaces de cantarla.

Entonces, So May We Start? 



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