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Letrinas: Sandra

Es increíble lo que una mujer abre la boca. Sobre todo cuando se está desvistiendo delante del espejo para hacer el amor y su marido está trabajando. Creo que para ella es el momento ideal. Como si al amante le importara, y por ese solo hecho fuera a ser condescendiente.

22 septiembre 2014

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Por Eusebio Ruvalcaba-
Fotografía: Stephie Vega-
Es increíble lo que una mujer abre la boca. Sobre todo cuando se está desvistiendo delante del espejo para hacer el amor y su marido está trabajando. Creo que para ella es el momento ideal. Como si al amante le importara, y por ese solo hecho fuera a ser condescendiente. O no fuera a juzgar tan acremente a la mujer infiel. Por Dios, si el amante va a lo que va y la vida íntima de la mujer lo tiene sin cuidado. Aunque de ahí en adelante cuando se tope con el esposo —supóngase que es un vecino o un compañero de trabajo— forzosamente habrá de bajar la vista. Sabe particularidades tan atroces acerca de él —que es un témpano en la cama, que le apesta la boca, que padece eyaculación precoz, que carece de erección—, que no tendrá ojos para mirarlo, no importa si toda esa información es cierta o no. Cosa que, cuando menos en la cama, y en la fase de la seducción, el hombre se abstiene de platicar de su mujer. Ciertamente, el hombre suelta la sopa, cuando lo llega a hacer, con los amigos pero no con la amante. Precisamente para no darle armas. Sin quererlo, sin saber a ciencia cierta cómo, porque el hombre es sumamente torpe y zafio, el varón defiende a ultranza su independencia.

Cuento todo esto por Sandra.

Fuimos amantes casi seis meses, hasta que me cambié de casa. Yo vivía en el 201, un departamento que provisionalmente me había prestado un amigo mientras conseguía donde ubicarme —la renta que me cobraba era insignificante, con tal de que pagara el mantenimiento y lo mantuviera presentable—, y ella en el 202, en el de enfrente. Sin hijos ni nada que se los impidiera, era muy común que Sandra y su marido organizaran reuniones escandalosas. Nos habíamos visto un millón de veces en el estacionamiento, cuando yo iba a trabajar o alguno de ellos regresaba, pero apenas cruzábamos saludo. Vive tanta gente en un edificio que todo mundo anda a la brava y se ignora entre sí deliberadamente. Hasta que una vez —venía yo de una fiesta—, llegué a casa en la madrugada y me los encontré en el zaguán. Sandra y su marido estaban borrachos –él mucho más que ella—, acababan de acompañar a algún invitado a su auto y justo en ese momento no sabían si darse un gran beso o regresar a su depa tomados del talle. Nos vimos y nos saludamos efusivamente, tanto que él me invitó la caminera en su casa —ella desaprobó la invitación sin dejar de sonreírme. Subimos y entré como Pedro por su casa. Me dirigí de inmediato a un pequeño librero. Por fortuna no leían literatura. Sólo había libros de superación personal, de cuidado de perros y de impermeabilización de azoteas. Más un diccionario Larousse. Los cd’s estaban esparcidos por todos lados. Mientras él me preguntaba que quería tomar —un ron, respondí—, ella me preguntaba qué quería oír.

—¿Tienes José José? —respondí. Debo admitir que en ese momento ya tenía en la mano la cuba que su marido me había preparado, y que permanecía absorto contemplando —ahora sí a mis anchas— la belleza de esa mujer. Porque —seguramente en estos juicios los tragos son corresponsables— a esas horas, y en esa situación, yo la veía como se mira a una diosa. Se agachaba y advertía un ángulo nuevo, se levantaba y notaba un aire helénico, se volvía hacia mí y me percataba de una luz que parecía iluminar sorpresivamente su rostro.

Cuando nos volvimos a topar en el estacionamiento, Sandra y yo ya éramos grandes amigos. Pasó una semana después. Ya no recuerdo si llegaba o me iba, fue por la mañana, pero ella estaba a punto de bajarse de su auto. Vi tanta confianza en su rostro, que me acerqué. Y —la verdad, sin ninguna malicia— la invité a escuchar música. Los Beatles en barroco, que a mí me gustaba mucho. Unos cuantos minutos nada más, ¿eh?, fue su respuesta.

Me decepcionó un poco. ¿Qué podríamos oír en unos cuantos minutos? Pero me limité a sonreír.

A sonreír.

Hicimos el amor como dos gatos de azotea. Como esos gatos que quitan el sueño cuando todo el vecindario duerme. Sin prolegómenos, sin que mediara palabra. Sencillamente entramos en la casa, en mi casa, le subí la falda y la amé. Parecía que su cónyuge habría de darse cuenta en cualquier momento, que todo estaba en contra —¿será por eso que se goza tanto a la mujer ajena? El punto es que algo pasó porque de ahí en adelante, en lugar de citarnos en un hotel, apenas nos encontrábamos corríamos al departamento, ya fuera al de ella o al mío. Cada vez más imprudentes.

Hasta que empezó a hablarme de su marido.

Qué historia. Que la tenía muerta de hambre. Que hacía siglos no le regalaba ni un trapo. Que era un pésimo amante. Que… Yo me harté, no tanto porque me agarrara de paño de lágrimas sino porque la mera verdad, él, digámosle Beto, me caía bien, muy bien. Era amable, alegre, comedido. Y buen bebedor. Incluso habíamos coincidido en la cantina del barrio, y platicamos como dos viejos amigos; cierto que teníamos en común a su mujer, o tal vez por esto, la plática fluía con espontaneidad y desparpajo. Es más, de pronto me di cuenta de que lo pasaba mejor con Beto que con Sandra, al grado de que empecé a hablarle a ella de las virtudes de él. De que se fijara en que era un hombre honorable, buen proveedor. De que ella mentía —¿no le había regalado un auto?, ¿no pagaba con muchísimos trabajos un tiempo compartido en Cancún, para que ella se asoleara?, ¿no la llevaba cuando menos una vez al mes a un antrillo a bailar?

También a él le ponderé —muy sutilmente— las virtudes de ella. Beto estuvo totalmente de acuerdo. Amo a mi mujer, dijo, por encima de todo.

Por supuesto, yo no necesitaba oír más.

Bendije el aviso oportuno, que me permitió conseguir un departamento que pudiera pagar. Me fui de ahí el siguiente fin de semana. No sin amarla una vez más.
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Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951, Eusebio Ruvalcaba se ha dedicado a escuchar música. Cabal y rotundamente. Pese a que ha publicado ciertos títulos (Un hilito de sangre, Pocos son los elegidos perros del mal, Una cerveza de nombre derrota, El frágil latido del corazón de un hombre…), pese a que se gana la vida coordinando talleres de creación literaria y escribiendo en diarios y revistas, él dice que vino al mundo a escuchar música. Y a hablar sobre música. Y a escribir sobre música. 
 
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