Mostrando las entradas con la etiqueta Neotraba. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Neotraba. Mostrar todas las entradas

Entre cruces y sicarios: entrevista con Alejandro Paniagua

Entrevista a Alejandro Paniagua Anguiano

Por Óscar Alarcón
@metaoscar


Ganador del Concurso Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés 2015, Alejandro Paniagua Anguiano es narrador y poeta. En 2009 obtuvo el Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano, otorgado por la UAEM. La novela Los demonios de la sangre fue publicada en 2017 bajo el sello de Paraíso Perdido. Tatuajes de un mexicano herido, su poemario fue publicado por Fá Editorial, en 2018, lo mismo que su libro de cuentos 52 vueltas, dentro de la colección Extra(e)ditados de la BUAP.


En este pandémico 2021, Alejandro Paniagua Anguiano publica 'Tres Cruces', una novela publicada por Textofilia y que sorprende por la enigmática voz que narra las historias de tres personajes: Estela, Lúa y El Ponzoña. Con una falsa segunda persona, el narrador parece hablarle al lector, sin embargo, conforme avanza la novela nos percatamos de que esa voz es como un fantasma que recorre las páginas en la búsqueda de una víctima. Aquí una charla con este autor al que le encanta Hello Kitty!

 

Óscar Alarcón. Al inicio de la novela, El Ponzoña, se imagina que lo está persiguiendo un tiburón sobre un avestruz. Platícanos qué significado tiene esta imagen.

Alejandro Paniagua Anguiano. Es un dibujo que yo hice de niño. Me pidieron dibujar algo que me diera miedo y dibujé al tiburón sobre el avestruz. Muchos años después encontré el dibujo y dije “Qué dibujo tan absurdo, tan ridículo”, pero en el momento me aterraba, cuando lo dibujé realmente me daba terror. Me gustó ese detalle: algo tan tonto puede ser tan aterrador. Y ya viéndolo después es algo absurdo –es algo ridículo incluso.

ÓA. Llama la atención que un animal marino vaya montado sobre un animal de tierra. Hay un elemento fantástico.

APA. Tiene que ver con el concepto –que hasta la fecha no sé si es real– de que los avestruces meten la cabeza a la tierra. Yo lo veía en las caricaturas y decía: “Qué terror no poder respirar, estar ahí adentro. Se mueren”. Me daba mucho miedo pensarlo o verlo. Tiene que ver con el ahogo, con la asfixia.

Cuando la estaba escribiendo, me preocupaba mucho cómo funcionaban el corazón y los pulmones de mi personaje. Yo decía: “A lo mejor sí le puede dar un ataque cardiaco del miedo, de la prisa, de las imágenes”. Me preocupaba mucho porque además es algo que a mí me angustia sobremanera. En el personaje mezclé todos los elementos que a mí me dan miedo.

ÓA. Más adelante en la novela nos encontraremos con otro animal, pero muerto: una cabra con las tripas expuestas. Lúa se da cuenta de que atropellaron a la cabra porque quería verla. De una u otra forma la cabra muere porque va a buscar a Lúa. Esta escena es uno de los elementos fundamentales en la novela: se despierta la maldad de los niños. Son puros, pero también los niños son puros en la maldad. ¿Qué relación tiene Lúa con este animal con las tripas expuestas?

APA. Como hay elementos demoniacos en la novela, éste es el animal ritual. Para mí es el animal que invoca al demonio. Lúa se liga con este animal muerto –que además el diablo, como concepto, tiene mucho que ver con el ritual y con la invocación y magia ritual famosa, es decir: la magia que requiere sacrificios.

Nadie me lo había preguntado y esa una buena observación, Lúa se encuentra con este animal y se liga, sin querer, al demonio que la acompaña. Eso es lo que pasa cuando uno hace sacrificios a una deidad –sabiendo o no sabiendo– te afianzas a ella, te vuelves uno con ella.

ÓA. Encontramos más ritos conforme avanza la novela, como cuando se corta un dedo y lo entierra, ¿cómo te imaginaste a Lúa en estas situaciones?

APA. Fíjate que ocurre algo muy importante: todo eso que ella hace –incluso cortarse el dedo– son actos rituales que se están ofrendando sin que ella se dé cuenta. En el del dedo, en particular, ella tiene mucha consciencia de lo que está haciendo.

Ella dice que son ofrendas para los muertos. Es un poco lo que pasa en los rituales, con las figuras decadentes. Así le llaman: “Voy a hacerles un ritual a mis muertos”, que oculta otra cosa en realidad.

Lúa lo hacía de manera bastante inconsciente pero ya en ese punto se da cuenta de que sus acciones tienen cierta importancia, que están vinculadas a algo que a lo mejor no entiende pero están vinculadas al ritual y a la ofrenda.

ÓA. Pareciera que la novela está cargada de simbología a pesar de tener una narrativa mínima.

APA. Sí. Y además el último sacrificio es el de El Ponzoña –espoileando un poco la novela– que es cuando estas deidades te piden un sacrificio humano.

ÓA. El caballo vuelve a aparecer en tu narrativa pero esta vez en estado onírico.

APA. Estás viendo cosas muy importantes y muy profundas. En el ocultismo, el sacrificio del caballo –sobre todo si es un caballo de color claro– es muy importante. Solamente se te pide o se te exige en situaciones iniciáticas muy avanzadas. Generalmente uno sacrifica chivos y cabras, animales más pequeños.

El del caballo es un sacrificio muy grande y el resultado también es algo muy grande. Es porque estás pidiendo algo muy cabrón.

El resultado es terrible si no lo haces cuando se te pide. Dicen que matar un caballo para un humano es algo muy complicado por el vínculo que tenemos históricamente con ellos.

ÓA. ¿Tiene que ver con la figura del padre?

APA. Para mí todo tiene que ver con la figura del padre, sobre todo por mi formación. Mucha gente me decía que si tiene que ver con Rulfo: tiene que ver con la fuente de Rulfo, que es Shakespeare. La ausencia o la figura fantasmal del padre aparece en mis escritos. Rulfo y yo lo copiamos de Shakespeare, habría que decirlo de esa manera.

ÓA. Pareciera ser que la voz que le habla a Lúa es la voz del padre, conforme avanza la novela nos damos cuenta de que no es así. Tanto Lúa como El Ponzoña no tienen padre y ambos tienen una afrenta con la figura paterna. ¿Qué relación tienen estos dos personajes con las figuras de sus padres?

APA. La verdadera Lúa –es decir la persona que me contó esta historia, esta alumna que vivió esta experiencia– siempre terminaba diciéndome eso: “Si mi papá hubiera estado ahí no me hubiera pasado esto”. “Si mi papá me hubiera enseñado a defenderme no me hubiera pasado esto”. Es decir, ella idealiza al papá porque nunca lo tuvo.

Al final del día seguramente su papá era normal como cualquier otro papá, pero ella siempre decía “Si mi papá hubiera estado ahí, no me hubiera pasado nada”, y a lo mejor sí, no lo sé. Pero esta carencia –o gran ausencia del papá– estaba en el personaje original y por eso lo retomé como una figura importante, sobre todo de ausencia.

ÓA. Aparece una nube con forma de libélula, y además esta nube tiene la capacidad de morir. Es el sueño de El Ponzoña.

APA. Las libélulas siempre me habían gustado mucho hasta que un día se me ocurrió ver una de cerca y dije “Ay, está bien fea”. De lejos son muy bonitas, en el agua, pero de cerca me dio mucho asco, cambió mi percepción.

Es un poco lo que pasa con este hombre: de lejecitos todo le parece bello pero ya de cerca empieza a notar la fealdad de la vida, de las cosas, de las circunstancias. Y un poco el amor que tiene El Ponzoña es así, cuando lo piensa dice: “Mi relación de pareja está increíble” y ya cuando la ve de cerca está espantosa y hay un drama terrible: idealiza mucho a su pareja y sobre todo a su vínculo. Es lo que quiero comunicar en el sueño.

ÓA. Hay otra idealización que El Ponzoña tiene: con Vargas, su compañero de asesinatos. Vargas le cuenta que su primer asesinato lo hizo inyectando el veneno de una serpiente de cascabel dentro de una manzana. Aparece otro animal, la serpiente es un símbolo dual: la maldad y el conocimiento. Háblanos de este animal.

APA. Me parece bonito que también veas lo de Vargas porque viene de Montaigne cuando escribe su ensayo sobre la amistad y su amigo muere muy temprano. Idealiza a su amigo y piensa que es su alma gemela, pero creo que si hubieran tenido más tiempo se hubieran terminado cagando o por lo menos se hubieran visto de manera objetiva, pero lo idealiza como si fuera un pinche Dios porque se murió, de ahí tomo la referencia.

Y la serpiente, efectivamente, es un símbolo dual, sin duda alguna. Nosotros lo entendemos como un símbolo del mal; en otras culturas es un símbolo de control, de sigilo, de belleza, de tranquilidad. Me gusta eso: la dualidad que al final del día también él pone en este evento.

También me parece un poco absurdo: envenenar como si fuera un cuento de hadas, además a su padrastro –otra figura paterna. Al final del día estoy criticando nuestro mundo patriarcal, cómo esa relación con el padre nos hace pedazos.

El mundo del narco es una institución –por llamarle de alguna manera– súper patriarcal: la hombría, el linaje, mi papá es el más chingón, “yo también quiero ser como él”, toda la idealización de la figura del hombre o del patriarca. Muchos ven al jefe como el “patrón” –derivado de la palabra “padre”– es muy interesante cómo se vuelven figuras paternas desquiciantes.

Ser hijo del Chapo, del Licenciado, se va pasando de generación en generación es un linaje. Incluso al hijo del Licenciado le dicen también el Licenciado. O al hijo del Chapo le dicen el Chapito, es decir, lo heredas.

ÓA. ¿Eras consciente de la aparición de estos animales y de la carga de significado en tu novela?

APA. Sí. Soy muy clavado de los diccionarios de símbolos, sobre todo el de Cirlot y el de Chevalier. Entonces, a cada rato estoy consultando al azar –como si fuera el I Ching– a ver qué sale. Me gusta mucho descubrir la cantidad de símbolos que hay en un objeto. Por ejemplo, cómo pueden ser buenos, malos, regulares y cuestiones morales, sexuales, de todo en un solo animal.

ÓA. También aparecen objetos que le dan otra dimensión a la novela. Hay una escena en donde El Ponzoña está con La Escarabaja en la cama y clava un cuchillo, al intentar desclavarlo no puede. ¿Qué ocurre con ese cuchillo? Nos remonta al caballero que intenta sacar la espada de la piedra y no puede.

APA. Es lo que le impide matar a la mujer con la que está. Es buena suerte. Al final del día yo lo veía así: algo te está protegiendo de cometer una acción terrible. Eso decía: “Yo no mato por gusto, yo mato porque me ordenan, yo nunca he matado a una mujer, nunca he matado a un niño o a un anciano”. Esto parece protegerlo de cometer esa acción.

Al final del día, él también tiene un código moral, súper escueto y laxo pero lo tiene. Me gusta este elemento que parece paranormal o fantástico, que le impide romper esa moral. Además es algo muy importante para él: no pasar cierto límite, porque su moral fue lo que le hizo perder a su amigo y lo que lo ha hecho perder un montón de cosas.

ÓA. Háblanos de los autos en tu novela.

APA. Estás viendo cosas muy interesantes porque el coche es muy importante, para mí.

Aprendí a manejar a los 26 años de una manera súper irresponsable. Me soltaban el coche y me ponía a manejar en la calle y me encantaba. En mi cumpleaños –cuando cumplí 27– le pedí a mi esposa como regalo que me dejara subirme al segundo piso del periférico, que acababan de construir. Me subí e iba en chinga, estaba encantado. Así me gustaba manejar, de una manera muy irresponsable y un día cambió todo. Me empezaron a dar ataques de pánico en el coche y ya no pude manejar. Llegó un momento en el que ya no podía subirme a los coches, me daba terror. No podía con el miedo de subirme al coche, ahí fueron mis peores ataques de pánico. Es un símbolo muy importante para mí.

He tenido que reaprender a subirme al coche. Todavía me cuesta andar en carretera en el coche, prefiero en autobús o en avión porque me da terror. Le decía a un psicoanalista muy bueno: “En el camión me puedo parar” y él me respondía: “Es que esa es la bronca, que el parar lo estás relacionando con el detener y en el coche tú sientes que no te puedes parar, es decir, que no te puedes detener”.

Ese era el asunto y es cierto: a mí lo que me dan miedo son las vías rápidas, donde no te puedes detener. O la carretera donde no te puedes detener –que sí puedes pero yo siento que no. El coche para mí es un elemento de miedo súper cabrón. He estado a punto de matarme en el coche. No es gratuito que este miedo aparezca.

Incluso un poquito antes del primer ataque de pánico, iba con mi hermano manejando una camioneta y perdí el control en el segundo piso. Y él me dijo: “Nos vamos a matar”. Y yo le respondí: “Pues sí”. Algo pasó que pudimos salvarnos, no sé ni qué, pero pudimos retomar el control. En el momento los dos dijimos “Aquí quedamos”. Fue una cosa muy espantosa. El coche es un símbolo de miedo para mí.

ÓA. ¿Cómo relacionas al auto, como un símbolo masculino o uno femenino?

APA. Yo creo que es un símbolo masculino porque es un invento masculino. Hubo una época en la que era mal visto que las mujeres manejaran. Incluso hay países en donde no pueden manejar. Es un símbolo de control. Eso era algo que me decía mi psicoanalista: es un símbolo relacionado con el control, con la libertad.

Por eso a mí me encantaba el contraste de la libertad de andar manejando y luego el miedo de que me fuera a matar. Creo que es masculino.

ÓA. Te lo pregunto porque la única que maneja en la novela es Estela.

APA. Y deja de manejar. Se aleja de eso y es un elemento que la condena. Es mi miedo proyectado totalmente.

ÓA. Pareciera ser que quien menos código moral tiene es El Ponzoña, conforme va avanzando la novela nos damos cuenta de que Estela tiene un código moral golpeado –incluso la más víctima de los tres–, y Lúa tiene un código moral como el de muchos niños. Háblanos de los códigos morales de los tres personajes.

APA. Me gusta mucho el personaje de Estela porque ella detesta a su nieta Lúa, pero la cuida. Le caga la niña, no la soporta pero está comprometida con el hecho de cuidarla, alimentarla, darle escuela, incluso de consentirla. Me gusta ese contraste.

Uno no tiene que querer a las personas que cuida ni de las que está encargada y ella lo hace relativamente bien. Aunque también esa falta de cariño termina afectando mucho su relación y a la niña, pero está comprometida con no dejarla sola ni en la calle, también por la culpa y un montón de elementos, pero está comprometida.

Y el de El Ponzoña me gusta porque es un tipo muy comprometido con su chamba. Dice: “Quiero ser bueno en mi chamba, aunque ya no tengo esa aspiración de ser el mejor ni el más chingón”, esa aspiración muere con el amigo. Cuando estuvo acompañado sí quería la grandeza, solo ya no quiere, le da miedo.

Yo entrevisté a dos sicarios para la novela y eso me llamaba la atención, que los dos tenían muy claro eso: “Yo solamente mato gente que me piden matar, yo no mato por gusto. Y si alguien me hace enojar o si tengo problemas personales no voy y lo mato. Lo hago por un precio y nada más por eso”. Tenían muy clara esa conducta los dos que yo entrevisté: no salirse de ese margen.

Además me decían: “Si yo matara por gusto, pongo en riesgo también mi chamba”. Tenían muy claro el no entrar en ese riesgo innecesario. Me llamó mucho la atención la claridad ante un asunto tan terrible como el asesinato. Ellos sabían a quién sí y a quién no. A nadie cercano. Ellos me decían que no matarían a nadie con quien tuvieran una relación personal o alguien que les cagara. También por eso son personas que de pronto se aíslan mucho del mundo. Es una cosa muy impresionante.

Y lo otro, siempre he dicho que hay niños muy tiernos pero también hay niños cagantes; y así como hay niños muy buenos, hay niños que son terriblemente ojetes. Quería que Lúa tuviera toda esa variedad. Que de pronto fuera una niña muy linda y luego una niña odiosa y después una niña muy mala. Toda la variedad que se aleja de la idealización del niño.

Los niños son complejos, tienen un montón de emociones, de cargas pero son variados. Aunque adores al niño, de pronto te caga o dice algo que te hace pensar: “Ay, ya que se calle este wey”. Y así como hay niños muy listos también hay niños bien pendejos. Yo quería que tuviera toda esa variedad: desde ser brillante hasta ser súper estúpida. Creo que lo hice bien: retratar a una niña de manera realista sin romantizarla.

Hay muchos abuelos que detestan a sus nietos. Te voy a contar algo de manera personal: mi abuela y yo teníamos una relación horrible, creo que nos queríamos mucho ¡pero cómo nos cagábamos la madre los dos! Yo que ya estaba metido en estas cuestiones del ocultismo le decía a mi abuela: “Abuelita, yo quiero ser un mago cuando crezca”, y ella me decía: “¡Si ya eres el mago, eres el mago mierda! Lo único que sabes aparecer es mierda”. Me daba mucha risa porque era súper ojete y súper llevada. También me cagaba porque era súper conservadora, nos llevábamos terriblemente mal. Te repito, creo que nos queríamos mucho pero sí nos cagábamos la madre, porque además ella era súper de derecha y yo siempre fui de izquierda y eso cómo le hacía ruido a mi abuela.

ÓA. Hay una situación muy fuerte con Estela: el alcoholismo. ¿Qué fue lo que te movió a darle esa característica a Estela?

APA. Eso también me lo contó la verdadera Lúa, su abuela era alcohólica e iba a AA, dije “Ah, mira, es un mundo que sí conozco”.

Al final del día, el psicólogo que me ayudó a mí a dejar de tomar era de AA, hicimos los 12 pasos de una manera “lacaniana” para decirlo de alguna manera. Íbamos uno por uno y muchas veces fui a tribuna. Intenté meterme a AA. Sé lo que es eso y escuché muchas historias que decía “No mames, si lo que se cuenta aquí saliera, a todos estos weyes los cancelarían mañana, los harían pedazos”. Cuentan unas cosas bien cabronas.

El personaje original era alcohólica y tenía estos dos deseos: morirse y volver a tomar. Era lo único que quería, pero me sirvió mucho mi propia experiencia para construir al personaje.

ÓA. Se sataniza mucho el consumo de drogas pero casi no se le pone atención al alcoholismo, es otro sótano que no debiese visitarse. Está expuesto pero la gente no le pone mucha atención.

APA. Al final la prohibición determina todo. El alcohol está permitido. Estadísticamente el alcohol nos hace más daño que el consumo de drogas, eso habría que decirlo, hay muchas más muertes por el consumo de alcohol que por el consumo de drogas.

Los índices de alcoholismo en el país son muy grandes. Tenemos una tendencia muy cabrona a ello. De todos mis amigos con los que tomaba, varios se murieron, otros siguen consumiendo y están terriblemente mal. Yo he visto lo que el alcohol hace en la vida –en mi vida– y en la de los demás. Entonces sí deberíamos replantearnos cómo nos estamos vinculando.

Como está pasando con el cigarro: nos hemos dado cuenta del daño que nos hace y buscamos mecanismos, a lo mejor no muy agradables para el que fuma. Así deberíamos empezar a pensar en cómo hacerle con el alcohol para que no sea tan común. Simplemente aumentar el precio de los cigarros: ¡cómo ha bajado el consumo! Nos guste o no nos guste, hay gente a la que de plano ya no le alcanza… aunque estén los cigarros chinos. Unas por otras.

El preguntarnos, ayuda. Cuando el público está diciendo: “Oye, ¿qué onda con el cigarro?”, algo también te empiezas a preguntar. Deberíamos hacer esto con el alcohol, sin duda.

ÓA. Me llama mucho la atención de las reseñas que he leído de Tres Cruces, le llaman “narconovela”, que desmenuza o muestra cómo es el narco, pero nadie habla del alcohol. Nadie dice “el alcohol está causando estragos en una mujer muy joven, de 43 años”. ¿Se hace apología?

APA. Se glamuriza mucho el alcohol. Lo primero que muchos chamaquitos quieren es tomar una cerveza. O cuando tu papá te dar por primera vez una cerveza es la iniciación. Tenemos una relación con el alcohol como si fuera lo máximo y yo no creo que lo sea.

Sí hacemos apología, lo permitimos y lo fomentamos. Estamos muy mal de nuestro vínculo con el alcohol. Y a lo mejor te lo digo desde una cuestión muy moral, porque yo soy alcohólico, pero sí veo a los chamacos y digo “Chale, qué riesgo tan grande tienen todos ellos de caer en estas cosas”. Está cabrón. Deberíamos replantearnos nuestra relación con el alcohol.

Incluso en cómo se presenta ahora: el Four Loko, y todas estas bebidas, son súper atractivas a la vista, la publicidad está enfocada a los jóvenes. Lo que quieren es atrapar a los chamaquitos para que las consuman, deberíamos pensar por qué.

 ÓA. Regresando a los objetos en Tres Cruces. Sabemos todo lo que envuelve un arma –es un símbolo fálico– y que El Ponzoña lleve su pistola con el armero para que le tatúe el nombre de La Escarabaja dentro del cañón, nos habla sobre una bendición de las balas pero también de una corresponsabilidad que El Ponzoña le da a su pareja.

APA. Pasó algo muy cagado porque dentro de una de las entrevistas, el vato me dice “Yo tengo aquí dentro del cañón grabado el nombre de mi mamá”, yo le decía “¿Cómo le hiciste? Porque eso es muy difícil”, “La llevé con un wey que me hizo todo”. Me daba el arma y me decía “Asómate”, “No se ve nada, no mames”. Y me decía “Échale la luz con el celular” hacía la pantomima porque no se veía ni madres, pero se me hacía muy chistoso que me diera el arma para que la viera.

Se me hacía tan cagado su insistencia y el concepto tan ridículo pero al que le daba tanta importancia. Él decía “Es lo máximo, está chingón”. Me llamó tanto la atención la bendición de la mamá. Me decía “Mi mamá siempre está bendiciendo mis disparos”, y yo decía “En el fondo está bonito el símbolo aunque está horrible lo que representa”, habla de una cuestión amorosa, de un cierto homenaje –nos guste o no– es un acto amoroso lleno de cosas horrorosas y una necesidad de sentirse protegido y bendecido también.

No se veía nada adentro pero el wey estaba emocionado porque quería que lo observara. Se lo hicieron con una cámara para hacer una colonoscopía. Seguro quedó todo chueco pero se hizo el esfuerzo.

 ÓA. Pareciera que la novela abre la posibilidad para una segunda parte.

APA. No, no, nunca lo haría. La historia es sobre cómo se gesta una persona que se vincula a la muerte toda su vida. No quiero llamarla asesina, porque se me hace injusto.

No quiero hablar al respecto porque esa parte es real. La relación que tuve con la persona que me contó la historia fue muy íntima, nos íbamos a chupar juntos, nos pasábamos cerca de 12 horas platicando y cotorreando, llorando. Fue una de las relaciones más complejas de mi vida, más raras. Al final yo tampoco quería seguir ahí, esa es la verdad. Era muy difícil. Yo no podía lidiar con lo que ella traía, le insistía en que necesitaba un especialista. No podía ayudarle en nada de lo que necesitaba.

Disparos, libros y goles: entrevista con Daniel Salinas Basave

“A veces la literatura es simple pretexto. Es decir: presentaciones de libros donde hay vino pero no hay libros, donde hay libro pero no hay gente, ediciones que son pésimamente hechas, se malgastan fondos públicos.”

Daniel Salinas Basave. Mayo de 2019.


Por Óscar Alarcón

En octubre de 2017 se dio a conocer que un mexicano se encontraba entre los 5 finalistas de la cuarta edición del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez. Días de whisky malo es el título del libro con el que Daniel Salinas Basave (Monterrey, Nuevo León, 1974) fue seleccionado al lado de Liliana Colanzi de Bolivia, Federico Falco de Argentina, Alejandro Morellón Mariano y Soledad Puértolas de España.

Con un sólido oficio de periodista, Salinas Basave ha logrado tender un puente entre la creación y la vida en las mesas de redacción. Una parte de esta charla se llevó a cabo mientras Daniel Salinas Basave viajaba en carretera de California hacia México, al tiempo que se anunciaba que Donald Trump había ganado la presidencia norteamericana.

Daniel Salinas Basave también se hizo acreedor al Premio Literario Anual en Argentina, por su libro Juglares del bordo, reconocimiento que hizo muy poco eco entre la gente de cultura que ha centralizado la forma en la que se administra ese rubro en nuestro país. Pareciera ser que por ser un escritor norteño no tuvo trascendencia. Sin embargo, la calidad de Salinas Basave no se pone en tela de duda, aunque muy pocas veces se le reconozca en nuestro país. La paradoja mexicana continúa.

“Su nombre trascendió en las portadas de los periódicos a raíz de una balacera con saldo de cuatro muertos durante una fiesta privada en un rancho por el rumbo del Ejido Primo Tapia, donde Natalio estaba cantando. Con una sonrisita socarrona, declaró que a él lo contrataban a través de su manager y que no tenía idea de quién era el anfitrión de la fiesta. Las visitas a sus videos de YouTube se multiplicaron esa misma semana y su Facebook llegó a los 18 mil amigos. Natalio tenía argumentos de sobra para considerarse a sí mismo un triunfador” (fragmento del libro de cuentos Dispárenme como a Blancornelas, publicado por Nitro Press, página 17).

 

Óscar Alarcón. Sabemos que también tienes un trabajo periodístico que llama la atención, y en el libro Dispárenme como a Blancornelas, aparecen como protagonistas varios periodistas, ¿crees que el periodismo le está ganando terreno a la literatura?

Daniel Salinas Basave. En el caso de Dispárenme como a Blancornelas es un six pack de cuentos en donde todas son historias de reporteros fronterizos, pero vistos desde una perspectiva bastante picaresca, bastante irreverente, bastante socarrona.

Son historias en donde lo que se impone es el humor negro, la capacidad de burlarnos de una manera muy ácida del quehacer del reportero, que finalmente mucho de lo que aquí se narra –en las seis historias– tiene muchísimos elementos de la realidad. Son cosas que me tocaron vivir a lo largo de década y media de reportear en las calles de Tijuana.

Hace unos minutos leías el pasaje de Natalio, que es un fotógrafo que sueña con ser cantante de narcocorridos, y que canta con un estilo muy similar a Chalino Sánchez. Déjame comentarte que ese fotógrafo existe en la realidad y trabaja en el periódico Frontera y su forma de cantar realmente es muy parecida a la de los cantantes de la sierra sinaloense. No le pide nada a la voz de Chalino Sánchez.

En el cuento, Natalio triunfa como cantante de narcocorridos, en la realidad todavía no ha triunfado pero creo que podría hacerlo.


ÓA. Ahora que mencionas que sí existe este fotógrafo, también existe Blancornelas, este periodista que fue asesinado a balazos.

DSB. Blancornelas fue víctima de un atentado al que sobrevivió en noviembre de 1997. Sobrevive, queda gravemente herido de bala, pero logra sobrevivir todavía 9 años.

El caso de Blancornelas es una referencia. Hay quienes me han preguntado si es un libro sobre Jesús Blancornelas o si es una biografía. No, nada que ver. Simplemente es el título de un cuento que decidí que le diera título a todo el libro, al sexteto de historias. Y en el caso específico del cuento que abre el volumen, que se llama “Dispárenme como a Blancornelas”, se trata de un reportero de la frontera que sueña con convertirse en una especie de narco best seller, en un súper ventas de libros de narcotráfico, de revelaciones escandalosas, que nunca consigue su cometido porque finalmente sus historias parecen no interesar a nadie.

Cuando llega al colmo de la decepción, cuando se da cuenta que no va a trascender como reportero, llega el momento en que decide pagar por su propia ejecución: pagarle a unos sicarios para que lo ejecuten de manera espectacular y lo conviertan en un mártir del periodismo.

Es una sátira, es un cuento con muchísimo humor negro, que se burla de esta obsesión de muchos colegas de convertirse en narco best sellers.


ÓA. Otro de los cuentos que llamó mi atención, sobre todo por el día de hoy que es la elección presidencial de Estados Unidos: “Belén Arazaluz sueña que mata a George Bush”, el personaje podría considerarse como perdedora pero sueña salir a la luz para encontrar algo de significado en su ser, ¿por qué te llama la atención este tipo de personajes?

DSB. Siempre me llaman la atención el tipo de personajes que quieren trascender su condición a costa de lo que sea. En este caso, quizá todos estos personajes parecen tener un encuentro pero son personajes que aún en las situaciones más absurdas siguen levantando una bandera.

Te pongo un ejemplo en el cuento “Belén Arazaluz sueña que mata a George Bush”, se basa en una cobertura que efectivamente viví y que efectivamente hice en octubre de 2002, cuando se celebró la cumbre de la APEC de Asia-Pacífico en Los Cabos, Baja California Sur.

Eran los meses previos a la Guerra de Irak, George Bush estaba cabildeando apoyo para la guerra de Irak y Los Cabos estaba convertido en un bunker de guerra surcado por barcos, por helicópteros, por agentes del servicio secreto en los hoteles.

Aquello era un ambiente muy tenso y estando yo en como reportero de pronto me imaginé: “caray, qué pasaría si en este momento de pronto en Los Cabos, Baja California Sur, saliera un Lee Harvey Oswald, un conspirador solitario y atentara contra Bush. Se armaría la guerra y de pronto todos los ojos del mundo estarían en Los Cabos y se convertiría en la nota de nuestra vida”.

El cuento es un poco onírico porque trata sobre una reportera que se llama Belén Arazaluz, que cubre para un diario en Ensenada, y confunde por momentos el sueño con la realidad y de pronto se sueña a sí misma como una magnicida.

 

ÓA. El cuento “Península Jano”, tiene un corte más íntimo a diferencia de lo que ocurre con los demás, donde sí se nota al reportero. En “Península Jano”, vemos a un escritor que va a presentar un libro prácticamente delante de nadie, ¿te ha ocurrido en alguna ocasión que pase esto?

DSB. Pasa todo el tiempo. Tienes un gran ojo como lector, porque efectivamente es el cuento más íntimo, digamos más interior de todo el sexteto y que tiene que ver con la angustia que representa el saltar del periodismo a la literatura, que por momentos lo viví como salto al vacío sin paracaídas.

Mi personaje –he de decir– lleva una vida mucho más trágica. Yo te he decir que tuve mucha fortuna en los últimos tres años y ¡caray! la literatura me ha recibido con los brazos abiertos. Finalmente es la angustia de dejar un oficio para pasar a un quehacer que por momentos puede parecer absurdo.

Es también un homenaje a la obra de Federico Campbell, concretamente a la novela Transpeninsular, que escribe cuando deja la revista Proceso. Lo que significa dejar de ser un reportero de tiempo completo para convertirte en escritor.

Y claro, reflexiona sobre todo esto y de cómo a veces la literatura es simple pretexto. Es decir: presentaciones de libros donde hay vino pero no hay libros, donde hay libro pero no hay gente, ediciones que son pésimamente hechas, se malgastan fondos públicos. También es una burla con mucho humor negro al mundo de las instituciones culturales.

Qué te puedo decir, particularmente en el último mes me la he pasado presentando mis libros en todas partes. En este momento venimos regresando de Los Ángeles, estamos todavía en carretera rumbo a Tijuana y estuvimos ahí presentando el libro como parte de la gira del Festival de Literatura del Noroeste Itinerante (FELINO) con algunos colegas escritores.

Estuvimos en Los Ángeles y San Diego ¡bueno! En las últimas cuatro semanas hemos estado en 9 diferentes ciudades.

 

ÓA. Y en FELINO vas a estar con Carlos René Padilla.

DSB. Sí. De hecho esta actividad que hicimos en San Diego y Los Ángeles forma parte del FELINO. De un FELINO binacional, externo pero efectivamente, pasado mañana voy a estar con mis colegas Hilario Peña, Iván Farías, presentando los nuevos títulos de la colección de Nitro Press: Amorcito Corazón, Págale al Diablo, la antología México Noir, que presentamos la semana pasada en Monterrey, y Dispárenme como a Blancornelas.

 

ÓA. Hemos visto cómo en los últimos años el periodismo le ha ganado terreno de lectores y como generador de historias a la literatura. Después de haber escrito libros cercanos a la experiencia periodística, con tu experiencia como novelista y cuentista, ¿consideras que hay una división entre la literatura y el periodismo o se pueden considerar una sola disciplina?

DSB. Periodismo y literatura pueden llegar a mimetizarse, a fundirse y confundirse en las formas, pero no son ni deben aspirar a ser una misma disciplina. Un ornitorrinco puede tener pico de pato pero no por ello se convierte en ave. Sigue siendo, pese a las apariencias, un monotrema.

Nunca debemos perder de vista que el periodista busca a priori la verdad, o por lo menos acercarse a ella. Si nos olvidamos de eso entonces estamos jodidos. Si hablamos de cuento o novela yo admiro al narrador capaz de engañarme con maestría, al divino mentiroso que tiene la capacidad de sumergirme en su mundo imaginario y hacer que un personaje nacido en la profundidad de su cabeza pueda generarme empatía o repudio.

Lo que sucede es que hay una interesante cofradía de cronistas latinoamericanos que están narrando historias fascinantes. Todos esos pupilos ávidos de comerse el mundo salidos de los talleres de Leila Guerriero y Martín Caparrós suelen sorprendernos con relatos endiabladamente buenos que nos parecen más vivos y con más sangre en las venas que la mayoría de las novelas actuales.

Tampoco es que haya nada nuevo bajo el sol. Esto ya lo había hecho en su momento Rodolfo Walsh con Operación masacre y lo hizo en el Siglo XVIII mi tocayo Daniel Defoe con el Diario del año de la peste, por no reiterar la obviedad del machacadísimo new journalism americano de Capote, Thompson y compañía.

A mí me gusta mucho jugar al filo de la navaja, pero intento en lo posible no confundir el cilantro con el perejil. Por ejemplo, “Infortunios del Centinela”, un relato incluido en Juglares del Bordo, puede perfectamente leerse como una crónica periodística. Narro un hecho real usando los verdaderos nombres de los personajes involucrados. Todo es fiel a lo sucedido. El lugar, la fecha y la trama corresponden con lo narrado en los medios de comunicación. Vaya, tan es una historia real, que su desenlace fue grabado por un colega reportero y ha sido visto por casi un millón de personas en YouTube.

¿Por qué entonces “Infortunios del Centinela” es un cuento y no un reportaje? Por la simple y sencilla razón de que usurpo los pensamientos y el diálogo interno de cinco personas que van a morir y a las que ya no puedo preguntarles qué pensaban en esos momentos. Un reportero que se respete, no puede poner en su nota las cavilaciones internas, las dudas y los miedos de una persona minutos antes de su muerte. Un cuentista sí.

Tan me gusta jugar al filo de la navaja, que hice la chapuza de auto-plagiarme y jugar a hacer un pequeño guiño entre dos libros de géneros distintos. El asesinato del Gato Félix está narrado con las mismas palabras en La liturgia del tigre blanco y en Vientos de Santa Ana. Son tres o cuatro párrafos idénticos. La diferencia es que La Liturgia… es periodismo y me apego a un código de ética, mientras que Vientos… es una novela donde tengo licencia para mentir. Es como si periodismo y literatura se lanzaran un cierre de ojo, una señal cómplice. Esos dos libros son como las caras de Jano, los mórbidos siameses del Bonded by Blood de Exodus.



ÓA. Se ha dicho que ejercer el periodismo en México es una de las profesiones más arriesgadas en el mundo, y desafortunadamente los números de periodistas asesinados lo comprueban, ¿alguna vez sentiste que tu vida estaba en peligro?

DSB. El mayor riesgo que corre un reportero en México es el de morir de hambre. Su primera trinchera de combate, sus primeros enemigos suelen estar en su sala de redacción y en la oficina de recursos humanos, si es que trabaja para una empresa. El primero en censurarlo es el departamento comercial del medio de comunicación para el que labora.

El oficio en sí mismo es un asesino en serie. Miles de reporteros y editores de mi generación han quedado damnificados, condenados al subempleo después de pasar décadas explotados –mis colegas quedan, tiraos por el camino, y cuántos más van a quedar, canta La Polla Records.

Como modelo de negocio el periodismo en México es un gran fracaso, porque la inmensa mayoría de los medios –éticos y antiéticos, dignos y chayoteros, combativos y oficialistas por igual– han sobrevivido gracias a los contratos de publicidad del gobierno. Les quitas la teta del dinero público y la mayoría se mueren. Si a ello le sumas que cualquier narco- alcalde o cualquier narco-gobernador puede asesinar a un periodista incómodo en el momento en que se le dé la gana, entonces esto ya toma tintes infernales.

Lo aterrador es que la muerte de un periodista ya no sea noticia, que no indigne, que no genere reacción o seguimiento, que sea vil ritual de lo habitual. Más de un centenar de periodistas asesinados en las últimas dos décadas en gobiernos panistas, priistas u obradorista. Esta masacre no la detiene nadie y no veo un compromiso firme del actual gobierno.

Por lo que a mí respecta, sí estuve en peligro. Un reportaje sobre gasolina adulterada me costó amenazas y más de una vez estuve en medio de fuegos cruzados, pero más cornadas da el hambre.

 

ÓA. ¿Tenías una especie de manual o guía para ejercer el periodismo?, es decir, algo que siempre verificabas antes de salir a cubrir una nota, algo que nunca olvidaras.

DSB. Bueno, tanto en El Norte como en Frontera tuve un código de ética y un manual de estilo y redacción bastante estrictos. Por ejemplo, a tu fuente o a tu entrevistado no podías aceptarle ni un vaso de agua o un café, debías vestir con corbata, cabecear siempre con verbo y no exceder las 30 palabras por párrafo. Claro, yo tenía también mis propias reglas y mis propias cábalas. Siempre escribir en libreta aunque la grabadora esté prendida –mis apuntes me han salvado más de una vez–, siempre tomar mis propias fotos aunque me acompañe un fotógrafo; si estoy ante un entrevistado difícil o escurridizo y tengo tiempo, empezar con preguntas suaves y a modo, y asestar como latigazo la pregunta más dura e incómoda cuando el entrevistado empieza a relajarse y a sentirse a sus anchas.

Caminar mucho por mi ciudad. Caminar es clave para cualquier contador de historias, subirme al transporte público hacia lugares desconocidos, no tener miedo de hacer preguntas en apariencia demasiado obvias o simples, pues ahí suele esconderse el meollo.

 

ÓA. ¿Cuál consideras que es el sentimiento más ruin que tiene el ser humano?

DSB. Todos somos un amasijo de sentimientos ruines, nobles, absurdos, ilusos. De hecho un sentimiento puede ser tan ruin como noble al mismo tiempo. Esos dobleces, esos quiebres, esas paradojas y contradicciones son los andamiajes de un buen personaje literario.

Cuando alguien presume ser de una pieza suelo dudar de él. Tu sentimiento más noble o sublime puede ser al mismo tiempo el más bajo o abyecto. Por ejemplo, un reportero puede ser una suerte de Quijote que desafía a un sistema corrupto y arriesga su vida por esclarecer la verdad, pero al mismo tiempo ese mismo reportero –sin menoscabo de su gran labor como profesional– es una máquina de ego y soberbia y lo que verdaderamente le atrae de revelar esa verdad es volverse famoso y ser cubierto de elogios, no hacer justicia.

En cualquier caso, hay sentimientos ruines que no admiten relativismos. No puedo soportar, bajo ninguna circunstancia, el maltrato a los niños. Es algo que me enferma y no soporto que sea algo tan normal en nuestra cultura. En general no puedo concebir el daño o el abuso hacia un ser que no puede defenderse. Alguien que atropella intencionalmente a un perro, por ejemplo, no creo que tenga en su fuero interno nada rescatable o noble como ser humano.

 

ÓA. Has ganado, entre otros, el Premio Gilberto Owen, el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, ¿consideras que los premios hacen a los escritores?

DSB. Cada quien habla como le va en la feria y a mí en la feria de los premios me ha ido bien. He ganado ocho y he sido finalista en dos. Estoy por publicar mi libro número trece y te puedo decir que diez de ellos se publicaron como consecuencia de un premio o un proceso eliminatorio. Sin premios no los hubiera publicado y no hubiera ganado dinero alguno –porque eso sí, becas no he tenido ni una, ni siquiera chiquitas; en esa feria me ha ido muy mal. Yo sé muy bien –porque cada vez con mayor frecuencia me toca ser jurado– que un premio es una ruleta, un buen chiripazo, un trago de aleatoriedad. Como juez me he quedado con manuscritos muy buenos que no ganaron y también he visto ganar al libro menos malo, libros mediocres que ganaron porque alguien tenía que ganar y no se podía dejar desierto.

Hay mucho de fortuna, pero en cualquier caso los premios –y la confianza de mi esposa Carolina– me han ayudado a sobrevivir en los últimos cinco o seis años. Es una forma de ganarse la vida y yo salgo a cazar lo mismo liebres que mastodontes. A veces cuesta trabajo creer que una locura nacida en tu cabeza de pronto se convierta en dinero y te permita liquidar la hipoteca de tu casa o comprar un carro.

En cualquier caso, con el sueldo de reportero no lo hubiera logrado de un trancazo. Lo mejor es que gracias a los premios he podido publicar y compartir mi trabajo y, lo que es más difícil, apostar a vivir de esto sin tener que desempeñar un trabajo de oficina.

 

ÓA. ¿Qué significa para ti haber ganado el Premio Literario Anual en Argentina, un premio internacional?

DSB. Ganar el Premio de la Fundación El Libro, otorgado por la Feria del Libro de Buenos Aires, fue un umbral en mi carrera, cruzar una frontera. Máxime tomando en cuenta quiénes fueron los jueces: Mempo Giardinelli, alguien a quien admiro desde hace décadas; Carlos Gamerro, Jorge Lafforgue, Ana María Shua, Eduardo Lalo. Soy y he sido siempre un aferrado a la literatura y la cultura argentina. Culturalmente es posiblemente el país que más me ha influido como narrador.

Poder ir a recibir un premio de cuento en una tierra de extraordinarios cuentistas y un mes después presentar Juglares del Bordo en la Feria del Libro de Buenos Aires se parece mucho a soñar despierto. Vaya paradoja: mi libro más radicalmente tijuanense, publicado en la orilla austral del continente. No veo de qué otra manera habría yo podido publicar un libro en Argentina con distribución en todo el país.

Además, este premio lo gané en Argentina apenas tres meses después de haber ido a Colombia como finalista del Premio Hispanoamericano Gabriel García Márquez, –el mayor premio de cuento en el mundo de habla hispana– con Días de whisky malo. Gracias a que llegué a esa final, se pudo distribuir en todas las bibliotecas de todo el territorio colombiano, algo que en México nunca me ha pasado.

De pronto, en cuestión de meses tenía ya un libro editado en Colombia y otro libro editado en Argentina, países que como lector han sido una influencia radical para mí.

 

ÓA. ¿En cuál género te sientes más cómodo, en la novela o en el cuento?

DSB. En el cuento, por mucho y también en el ensayo. La novela no es lo mío ni me gusta demasiado para ser sincero. Estamos infestados de novelas mediocres y prescindibles que tienen apenas unas páginas salvables pero que estructuralmente son fallidas.

En la novela puedes nadar de muertito como autor, pachorrear con páginas sosas, mientras que el cuento es una jugada de precisión. Una sola falla te cuesta todo el engranaje narrativo. En tu apertura tienes que plantear el conflicto esencial, el desafío o el nudo que conformará el centro neurálgico del relato. Nada puede sobrar y cada párrafo abona y cumple una función.

Por lo que al ensayo respecta, es el género que me parece más libre y honesto –siempre y cuando no lo contamines de academicismo, me refiero aquí al ensayo libre a lo Montaigne. Cuando escribo ensayo soy yo pensando en voz alta y charlando contigo en un café o una cantina, haciéndome preguntas, cavilando, barajando posibilidades.


ÓA. ¿Podrías platicarnos un poco qué significa para ti el futbol y específicamente irle a los Tigres?

DSB. El futbol es un vicio confeso, es mi absurdo favorito, mi idioma universal, el esperanto que me permite platicar apasionadamente con personas radicalmente distintas a mí con las que no comparto absolutamente ninguna otra afinidad.

A cualquier país o ciudad del mundo que voy trato de ir al estadio y convivir con su afición. He ido a ver futbol en ocho diferentes países del mundo. El futbol es también una gran metáfora de la vida. A menudo explico e interpreto mi vida en términos futbolísticos, como si yo fuera el director técnico de mi camino existencial. Muy a menudo juegas precavido, cuidando el resultado, administrando la ventaja, pero a veces te tiras a matar y te juegas todo por el todo mandando al arquero a rematar.

Lo de mi afición Tigre es predestinación. Nací en el Año chino del Tigre y cuando yo tenía unas semanas de nacido, Tigres subió a primera división. Además, Tigres y yo llevamos vidas paralelas y hasta vamos más o menos parejos en campeonatos y premios literarios. La diferencia es que Tigres no pudo levantar una copa en Buenos Aires y yo sí. Me identifico mucho con Tigres porque en esta década ganamos y ganamos una y otra vez, pero aun así para la crítica nacional no existimos y siempre nos verán como provincianos, huéspedes no invitados, colados a la fiesta de los “grandes”, aunque levantemos más copas que ellos. Cuando ganó Chivas –que desde entonces no ha vuelto ni siquiera a calificar a la liguilla–, la prensa deportiva nacional hizo un pedo mayúsculo, pero gana Tigres y lo minimizan.

En la literatura pasa lo mismo. Si uno de los escritores vedettes de México hubiera llegado a la final del García Márquez o ganaba un premio en Buenos Aires, aquí se cae el cantón y ya veo a todos cacareando en coro, pero como se trata del huésped norteño no invitado, pues simplemente miran para otra parte y hacen como que no existes. Ya estoy acostumbrado.

 

ÓA. ¿Qué es el amor?

DSB. Vaya pregunta. Pues no lo sé. Intuyo que el amor es ver dormir en paz a mi hijo Iker y a mi esposa Carolina y sentir a nuestro alrededor la inabarcable inmensidad del caos universal, del tiempo, del absoluto, y saber que dentro de todo ese Aleph, la razón que hace girar mi engranaje está ahí, en esa cama e intuir que aunque dentro de un siglo seremos polvo de noche, esa ráfaga de viento que fuimos tuvo sentido solo por el amor.

Maradona by Kusturica: Eres grande Diego


Por Marco Antonio Hetfield | Neotraba

En 2005 y 2007 el cineasta serbio Emir Kusturica estuvo detrás del astro del futbol argentino. Lo seguía cual paparazzi —a pesar de tener pactado un trato para estar siguiéndolo con cámaras—, “El Diego”, —cómo el personaje excéntrico que fue—, dejaba de lado al equipo de rodaje de Kusturica, uno de los cineastas más prolíficos.

Así es cómo toca hablar del largometraje titulado, Maradona por Kusturica (2008), un documental, que —más allá de buscar retratar la historia del ídolo—, nos presenta una mirada distinta para desentramar la polémica figura que fue el astro del futbol.

Muchos son los ideales que giran en torno de la figura de Diego Armando Maradona, tal vez la más conocida es la de astro futbolístico, es gracias a esta faceta que se nos revela su parte ideológica y política con su ya conocida mano de dios. En los primeros minutos del documental, Maradona declara haber metido el gol de forma tramposa, sabiendo lo que hacía, de acuerdo con el astro, era una forma de vengar todo lo sucedido en la guerra de las Malvinas. Es así que Diego Armando muestra sus tintes comunistas y revolucionario anarquistas, peleando desde la trinchera que le tocaba, es decir, el futbol.

Kusturica hace un trabajo laborioso en este documental, no sólo sigue a Diego Armando con la cámara, se vuelve también parte del documental, ambas figuras mantienen un confrontamiento personal e ideológico, además, podemos visualizar como Diego Armando incita al director a formar parte de todas las excentricidades de su vida personal, de tal forma que visibiliza la disparidad entre las realidades de estos dos personajes, las ideologías, etc.

Diego Armando le permite a Kusturica entrar en esa vida tan propia del astro, llena de elogios, excentricidades y momentos dionisiacos.

La figura de Diego se erige gracias a todos estos hechos. La controversia que gira a su alrededor y se metamorfosea de astro a leyenda y de leyenda a dios. “El más humano de los dioses”,  —de acuerdo al escritor uruguayo Eduardo Galeano—, son las palabras más acertadas acorde a la mirada que el documental expone.

Con la polémica figura de Diego Armando podemos ver retratado un dios griego en la tierra, con defectos  y una vida desenfrenada; su vida, un gran suceso heroico digno de un mito contando a través de los siglos, o, quizá, un pergamino encontrado dentro de una vieja biblioteca, donde lleva la gloria a un pueblo reprimido con anterioridad por otro. Maradona por Kusturica (2008) es un importante documental para entender a tan polémica figura. Su realización asemeja la estructura de un ensayo, es tan sorprendente y surreal como el mismo Diego Armando. Está lleno de momentos dignos de una película de ficción, confronta el mito y el hombre, en este caso, no podemos distinguir al uno del otro.


Publicado originalmente en Neotraba.
© Copyright | Revista Sputnik de Arte y Cultura | México, 2022.
Sputnik Medios