Sale a 'la Luz' lo nuevo de Manuel García



Por Alex Guarro-

Hace un par de días se dio a conocer el nuevo sencillo de 'Retrato Iluminado', la producción más reciente de Manuel García -cantautor chileno poco conocido en México pero multipremiado y reconocido en el cono sur como uno de los artistas más escuchados de los últimos años-.

El single 'La Luz' viene a acompañar a 'Medusa' -rola que nos sitúa en alguna cantina mexicana o algún filme de Tarantino- como las cartas de presentación del quinto disco de Manuel García, editado en esta ocasión por Chilevisión y producido por Ángel Parra y Ángel Parra (hijo) -ambos referentes de la música chilena contemporánea-. En los acordes de 'La Luz' encontramos la historia de un antihéroe o héroe del submundo y la vida real -ese lugar en donde no siempre hay sol y uno ya no es uno, sino otro más- que como la mayoría de mortales mira hacia atrás como esperando algo -o alguien- que nunca llegará.

Manuel García alguna vez fue considerado el sexto de Los Bunkers, y en este tema en especial se ve la mano de Ángel Parra (hijo) y nos remite a ese Manuel García eléctrico que encontramos en el disco 'Sin Título' con letras frescas y rockeras con riffs sencillos y bien logrados; y contrasta con el más reciente 'Acuario' -a mi parecer el disco más ecléctico de todos- en donde encontramos a un Manuel García explorador y poeta en la búsqueda de sonidos secuenciales y progresivos -más electrónico que eléctrico-.

'Retrato Iluminado' se lanzará oficialmente el 29 de agosto y promete ser un material muy versátil, probablemente el más ambicioso de la carrera de Manuel García, ya que hablamos de un disco doble que rocanrolea pero no deja de lado el folclor latinoamaericano que el público siempre le pide al 'Manu' en sus conciertos.

El cantante chileno ha manifestado la intensión de presentar el disco en tierras aztecas y quizá lo tendremos en México y en Revista Sputnik con su 'Retrato Iluminado' para fines de este año o inicios del próximo. Les dejamos pues el single 'La Luz', lo último del comandante del folk-rock chileno. Chau.


Letrinas: Cinderella


Fotografía: Stephie Vega 
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Cinderella

Alejandro Carrillo


El rayo inclemente del sol de las 8:05 a.m. se derrama sobre mis pies desnudos. El calor incómodo reactiva la resaca del día anterior y me obliga a levantarme del colchón amarillento con la única intención de acomodar la toalla negra que uso como cortina para impedir cualquier dejo de luz en la habitación. Las náuseas me invaden y corro al baño a vaciar el mareo de una borrachera que lleva días, quizá meses. Bajo a la cocina en busca de algo que me reanime —cerveza para dormir, café para despertar—. Como de costumbre no hay tazas limpias. Hurgando entre los trastos sucios encuentro una; una cucaracha muerta junto a la coladera me recuerda que quizá hoy sea mi cumpleaños. Si la gastritis no me falla, estaría cumpliendo treinta.

Lejos estoy de aquella promesa estúpida que me hice a los veinte —en diez años seré millonario y exitoso—. El primer sorbo de café me sabe al perfume de la madre soltera que me atendió anoche y un escalofrío me encoge los hombros. Me pregunto qué hice para llegar a este punto y decenas de caras y momentos cruzan frente a mis ojos —ya me acordé—. Suspiro fuerte, me tiendo un momento antes de dar el último trago y dejo la taza de vuelta en los trastos sucios. De reojo veo el cadáver de la cucaracha flotando patas arriba en el agua estancada de la coladera y pienso que es una manera innoble de morir para cualquier gusarapo.

A la de mil me armo de valor y me meto bajo la regadera helada. Me quedo ahí hasta que el agua cortante termina por despertarme. Pienso en mamá y en su sueño de tener un hijo doctor. A veces esa idea me ronda y siempre termino deseando tener a un doctor cerca, o a una enfermera —o a un recetario—. Pienso también en las palabras sabias de mi padre —con esa actitud no llegarás lejos— y le doy la eterna razón. Alzo la vista para cerrar la llave de paso y me pregunto, hacia mis adentros, si ese tubo galvanizado podría aguantarme colgado del cuello. Me seco el fracaso con la toalla negra y la regreso al cortinero de la habitación. Busco, con desgana, en el cajón, un motivo para no colgarme de la regadera.

Pienso en Matilde, en Elisa, en Adriana —las últimas conquistadoras de mi alma seca y mohosa—. Pero hoy pienso especialmente en Carolina. Me da pena haber olvidado su apellido, el color de sus ojos, el tono exacto de su voz. Lamento no conservar una sola foto, ninguna carta. El único recuerdo tangible son dos lunares y unos calzones rosas guardados dentro de un calcetín que se quedó sin pareja hace trece o catorce años.

A los diecisiete conocí a un amigo —por llamarlo de alguna manera— preocupado por mi forma de vivir, de beber. Prometió comprarme una botella de ron si lo acompañaba un día a su congregación cristiana. Naturalmente acepté: hoy en día nadie regala una botella de ron, y tampoco en ese entonces. Descubrí que para los cristianos es válido llorar en público y acudí a la congregación con puntual devoción durante meses. Yo no lo sabía, pero aquella cofradía fue mi primer grupo de apoyo: un lugar donde podía llorar sin dar explicaciones. Ahí tuve a mi propio Robert Paulson y conocí a Carolina —mi Marla Singer—.

Carolina tendría catorce años y la vitalidad de alguien dispuesta a comerse el mundo a mordiscos. Un día, a la hora de llorar, me descubrí saltando entre los dos lunares en la comisura de su boca. No volví jamás con los cristianos; en ese momento supe que había fichado por el equipo rival.

Semanas después, su uniforme verde de secundaria federal adornaba el asiento trasero del Buick 87 de mi padre. Me gusta pensar que conmigo aprendió todas esas cosas, y muy seguramente así fue, aunque para ser honesto mi único acierto fue haber caído en aquella congregación y robarme a la oveja más tierna del rebaño. La verdad es que, como yo, pudo haber sido cualquiera el que se llevara a Carolina de pinta todos los viernes a esa laguna perdida en las afueras de la ciudad a fumar y beber latas y latas de cerveza.

Disfrutaba estar cerca de ella, de su olor —yo juraba que era a chicle Motita—. Por primera vez en la vida me sentí útil y estúpidamente enamorado. Aprendí a fumar, a conseguir mota, a robar alcohol de las vinaterías. Recuerdo que en su cumpleaños le birlé a mi tío un cabernet de su cocina y un valedor de la cuadra me alivianó con un porrito. Aquel viernes trece, cuando cumplió quince, pensé en Dios y en los cristianos y sentí un leve remordimiento; agité la cabeza, le di un buen sorbo al vino —sangre de Cristo— y mi mano buceó bajo su falda dibujando corazones —cuerpo de Cristo—. Si Dios me estaba mirando, pensé, había que darle un buen espectáculo. No fuimos más allá de los arrumacos, los manoseos y los torpes intentos de despojo de ropa propios de un prepo pendejo, impopular y retraído —a la fecha, sólo la prepa ha quedado atrás—. Ese día nos quedamos hasta tarde en la laguna, tirados sobre el cofre del Buick 87, escuchando una y otra vez nuestra rola estúpida y entrañable: Aquí vienen los botas negras / nos gusta el rocanrol.

Aquel viernes sería el último. Como era de esperarse, más tarde que temprano nuestro idilio llegó a oídos de sus padres, de la congregación y de la policía. Con esas tres instituciones de por medio, las cosas nunca resultan bien para nadie. Aun así lo intentamos: nos veíamos a escondidas durante lapsos breves —diez, quince minutos— y nos jurábamos que el enfado de todos no trascendería más allá de la locura.

La última vez que la vi fue en octubre —quizá también era trece—. Carolina ideó un plan para escaparse de clases y yo la esperé en el Buick 87, a contraesquina de la secundaria. A pesar de la llovizna, Cenicienta quería una nieve de limón, así que fuimos a un centro comercial. Se amarró el suéter verde a la cintura y me tomó de la mano. Dimos vueltas interminables por los pasillos, nos reímos de tonterías y vimos los peces del acuario hasta que me pidió que la llevara a su casa. Serían las siete de la noche. Para mi sorpresa me pidió que la dejara justo en la entrada y no en la esquina, como solíamos hacerlo. Frente al portón blanco sentí vértigo. Cenicienta sacó la Tutsi Pop de la boca, me dio un beso pegajoso a cereza, se alzó la falda, bajó la ropa interior hasta los tobillos y dejó sus calzones en la guantera. Sin soltar la paleta me dio otro beso y susurró: feliz cumpleaños.

Tiempo después, el pinche portón blanco amaneció con un desolador Se vende y un número telefónico al que marqué cientos de veces sin obtener razón alguna. La busqué en la congregación y ni llorar pude. Lo último que supe de Carolina fue que había reprobado el año escolar —seguramente por mi culpa— y que sus padres se la llevaron a otra ciudad. No volví a verla. A Cenicienta se le hizo tarde.

Carolina debe tener ahora el doble de aquella edad y lamento no recordar su apellido, el color de sus ojos ni el tono de su voz. De ella sólo me quedan dos lunares y su ropa interior rosa que, lo juro, sigue oliendo a chicle Motita.

La pasamos bien. Estoy seguro de que esos pocos días a su lado son los recuerdos más felices de mi vida. Me gusta pensar que algún día lo dejaré todo —que no es mucho—, me compraré un Buick 87 y emprenderé una travesía en busca de la dueña de esas bragas rosadas que aún perfuman el cajón de mis calcetines.

Letrinas: Al son que me toques bailo

Tacones Lejanos-
Por La Tija-

"Vende caro tu amor, aventurera"

La música es una verdadera puta. Noche tras noche sale a las calles a buscar cliente para que la toque; la única condicionante es que el que se atreva a hacerlo lo haga con verdadera pasión, de ahí mi idea de que no cualquiera pueda tocarla o bailar con ella simplemente porque es, como dicen los que nada saben, un acto inherente al ser humano. Es cierto, muchas veces puede fingir, ¿pero quién no lo ha hecho con tal de conseguir algo parecido al deseo mientras vaga por la noche? Muchos tratan de tocarla sin éxito y otros con todos y sus años de pito fácil o preparación no logran hacerla llegar al orgasmo, al éxtasis de la pieza en donde lo único que hay que hacer es cerrar los ojos y disfrutar. A coger no te enseñan en las mejores escuelas y con la música pasa lo mismo. A veces se aprende mejor en los barecillos de quinta, en donde aprendes a tocar otras músicas menos importantes pero con sonidos igual de calientes y penetrantes que en refinadas escuelas donde sólo repites los movimientos para (pro)crear nuevas obras. Otras actuaciones, aunque buenas no son reconocidas como debieran, pero es que la música, puta y al mismo tiempo mujer, tiene buenas, malas noches y hasta amores prohibidos de arrabal que únicamente reconocerá bajo los efectos del alcohol y otras sustancias. La música es una puta internacional y por eso tampoco distingue nacionalidades así que lo mismo puede tocarla un ruso que un mexicano porque el lenguaje de la pasión es uno solo. La factura es cara, pero no hay un sólo hombre que después de haberla tenido pueda pasar el resto de la vida sin poseerla siempre. Pobres, porque muchos de esos son los que enloquecen y se pierden entre notas y malviajes pensando que la puta dejará su oficio para irse a sus brazos pero la música no sabe de dueños. Por eso, afortunado no es aquel que logra tocarla, sino el que escucha sus movimientos y una vez que logro sincronizarse con ella dedica sus noches, sus días y sus desvelos a su entera devoción.

Shala la la lá, shala la la lá….

Chelista de madrugada en el Parián. Foto: Alejandro Carrillo

#Podcast de la semana: El Cerro del Muerto

El Podcast oficial de la Revista Sputnik de Arte & Cultura Musical. 22 de Julio 2014. Música de El Cerro del Muerto, Eventos en Escargot Tapas, Voodoo: House of Blues. Seven Sins, Festival de Canto Operístico, Jazz, Cine y más.



Compre un sueño a meses sin intereses*


Por Juan Pablo Proal-

Será que el resplandor de nuestros héroes se origina en la fantasía de una vida paralela? ¿Usamos su biografía para encajarla en nuestras necedades? ¿Dependemos de ellos para orientar este sinsentido?

“¡Mama!, fíjate en mi boca, en mis modales / ¿Soy el que soñaste o un borracho más en las ciudades? / Besa mis heridas, dame de beber mamá / ¡Mama!, no me des más agua con sal”. Versos para quienes pulverizaron los valores moralistas, no embonan en las sobremesas de buenas costumbres y son huérfanos de matrimonios perfectos. Quienes los elevaron al rango de Palabra Divina quieren saber más de su profeta. ¿Su nacimiento fue virginal?, ¿Ordenó erigirle un templo?, ¿Cómo debemos actuar sus seguidores?

La plaga de hispters devoró la biografía de Steve Jobs con la ilusión de encontrar la nueva señal divina. Los héroes de la era individualista son los más aptos para hacerse famosos en el menor tiempo. Triunfó quien acampó unos segundos en la etérea memoria de la diaria coyuntura. Los demás, escoria. Anónimos humeantes de fracaso.

Respetamos sólo a quien viste smoking y carga una figura de oro en las manos. Ante la falta de credibilidad de los mesías, sacerdotes y lectores de noticias, husmeamos en nuestros ídolos de carne para encontrar las nuevas directrices. Pero el sueño predominante de las figuras públicas en turno es uno, invariable: enceguecer y ensordecer a los demás con lingotes de fama: No hay otro héroe posible, ni más caminos.

Este país, desmoralizado de bandas presidenciales ganadas a punta de guapura, se empeña en exiliar al ostracismo a quienes emanan un brillo diferente. Mejor dicho, a quienes brillan por cuenta propia. Los ningunea, ignora y menosprecia. Los entierra en el panteón de los olvidos. No sólo malbarata su patrimonio natural, se avergüenza del humano.

Pasamos por alto que sólo somos por el otro, que nuestro actuar es un infinito de repeticiones del pasado colectivo. Jorge Luis Borges remata así su poema Cambridge: “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.

Memoria viene del latín memor, que significa: “el que recuerda”. Recordar, de recordari, re (de nuevo) y cordis (corazón): “volver a pasar por el corazón”. Escribí la biografía de José Cruz, el fundador de Real de Catorce, el grupo de blues más importante de México, con la intención de que las letras impresas resguarden por siempre en nuestro pecho la vida de uno de los profetas que inspiró sueños auténticos en un mundo anestesiado de desilusión.

¿Es que nadie, excepto los hombres de poder o las estrellas en turno, merece nuestra atención? En el Arte de Amar, Erich Fromm advierte: “En el amor individual no se encuentra satisfacción sin verdadera humildad, coraje, fe y disciplina; en una cultura en la que esas cualidades son raras, la conquista de la capacidad de amar será necesariamente un logro”. La cultura predominante repele la virtud, sobaja a los samaritanos.

José Cruz merecía una biografía. Vivió como quiso, a pesar de los rígidos valores de su época. Las disqueras, los mánagers, los dueños del presupuesto cultural, la esclerosis múltiple, el hambre y la miseria humana no le impidieron materializar y deleitarse con su sueño: escribir blues en español. Real de Catorce, el grupo que fundó, no fue una banda más de moda. De hecho, nunca la alcanzó. No tuvo videos en Telehit ni ganó un Grammy Latino; llegó más lejos: cultivó una colección de seguidores que hicieron de la poesía de Cruz un estilo de vida.

Logró que versos sensatos bailotearan al ritmo de blues en miles de corazones. Alimentó muchas generaciones con poesía transgresora. Y eso, casi nadie lo logra. Menos en un país desentendido de letras.

Cuando veía el documental “El Miedo y la Furia”, sobre la banda de punk británico The Sex Pistols, pensé en cómo los ingleses ha preservado al rock. ¿Cuántos documentales, libros, museos o estatuas tienen sus músicos? En cambio, en México sus mayores genios fenecen cuando parte su último fan. Ni los más grandes se salvan. Cuando mucho, alguno logra una aparición de media hora en un programa de espectáculos sabatino.

Como fan y periodista, no podía dejar pasar la biografía de José Cruz. Siempre sentí que era, de alguna forma, mi responsabilidad. Más tomando en cuenta que José y yo no somos uno simples conocidos, sino que hemos compartido muchos, muchos días que nos llevaron a la amistad inevitable.

En un país donde los medios no son más que otro brazo del poder, son heroicas las hazañas de los periodistas que se arriesgan a seguir desnudando al tirano, solidarizándose con el hambriento y exhibiendo el exterminio humano que ejerce la clase política contra sus contribuyentes. Sólo que, también, el periodismo mexicano tiene muchas deudas con su sociedad. No ha retratado a todos sus personajes y componentes, como tampoco ha contado historias que necesariamente deben ser preservadas.

Bruce Springsteen, educado en una familia y escuela de católicos radicales, contó en una entrevista: “El rock llegó a mí cuando parecía que no había escapatoria posible y abrió ante mí un mundo de posibilidades”. Estoy seguro de que José Cruz fue, para muchos, la salvación de caer en la fábrica de sueños del libre mercado. Antihéroe de su época y detonador de necesarias transgresiones.

El libro Voy a morir, la biografía de José Cruz, fundador de Real de Catorce, quiere dejar constancia de que hubo mexicanos que no depredaron a sus semejantes, ni murieron como camaleones de su era, o sólo merecen ser recordados por romper el récord en número de asesinatos contra sus connacionales. De que hay muchos más que se negaron a sepultar sus sueños y morirse de indiferencia.

*Texto leído durante la presentación del libro Voy a morir, la biografía de José Cruz, fundador de Real de Catorce.





 
 
@juanpabloproal Periodista, escritor. Publica en . Autor de los libros Voy a morir, la biografía de José Cruz (Lectorum) y Vivir en el cuerpo equivocado (UANL)

Poesía: III [El último día de otoño]

Por Israel Miranda-

Lo primero que hicimos al llegar a casa
fue destapar otro par de cervezas.
Puse el Plastic Ono Band
y se vio sorprendida.
–Nunca había escuchado a Lennon– dijo,
–es hermoso… suena tan… triste–

Comenzó a bailar y a desnudarse.
Yo la miraba (sentado en el suelo)
y me sentía el descubridor de América.
Jamás vi a Dios tan de cerca y lo maldije.
–No puede durar– pensé.

Apuré mi cerveza y la besé.
Era húmeda, cálida. Tenía al trópico en la lengua
y lo desató en mi boca.
Tenía al trópico en medio del cuerpo,
y también lo desató.
Y yo era el descubridor de América.
(Eran casi las cuatro de la madrugada.)
Nos fuimos a dormir.

Ella quiso lavarse los dientes pero no había agua. (A veces el grifo se tapa y necesita un poco de presión. Así que abrimos ambas llaves para ver si funcionaba pero no, no había agua). Nos fuimos a dormir.

Me despertaron las malditas ganas de orinar y descargar la tripa. Me dolía la cabeza. Me senté a la orilla del colchón, que estaba en el piso. Aún sigue en el piso. Cuando mis pies tocaron suelo se congelaron. Me levanté y escuché el agua cayendo del lavabo.
–¡Nos estamos inundando!– le grité. Estaba sumergido hasta los tobillos. Corrí hacia la sala para cerciorarme de que mis discos estaban a salvo (los guardaba en una caja de cartón a ras de suelo), por fortuna habían sobrevivido. Cerré las llaves.
Ella seguía dormida sobre el colchón empapado.
–Estamos inundados– le dije.
Se frotó los ojos, se sentó a la cama
y cuando puso los pies en el suelo gritó.
Yo reía.
–¡Estamos inundados!–
decía mientras se secaba los pies con las cobijas.

Subimos el colchón a la azotea.
Era un día caluroso, el ultimo de otoño.
Arreglamos la casa.
Nada que en verdad valiera la pena
se había arruinado.

Al mediodía el colchón estaba seco.
Subimos unas cervezas
y algunos libros, era un día caluroso
y esperamos a que cayera la tarde,
recostados.


Polaroids (2006, poemario). Volumen 2 de la Colección DESTOS DEME DOS, 48 páginas. -AGOTADO- 
Polaroids (2006, poemario). Volumen 2 de la Colección DESTOS DEME DOS, 48 páginas. -AGOTADO-


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Israel Miranda ha escrito algunos libros de poesía: Polaroids, Muro de silencio, El monstruo de arriba de la cama y Porno para perdedores y otros sucios hábitos; además de uno de narrativa: Palabras de Sabiduría. Además de escribidor, 'el Miranda' es músico, diseñador, maestro y filósofo.

Más de la poesía de Nery Barranco

Por Nery Barranco-

SE ME ANTOJA

Silencio
y cuarto vacío
fuentes secas
piernas cansadas
sueños mutilados
a través de la ventana

Se me antoja

Caminar de puntitas
a orillas del infierno
desde esté mi cielo
que de lejos contempla
las líneas amarillas del asfalto

en una de esas
salto
muy muy alto
y logro treparme en una
estrella
o de la orilla del vestido
de luna
mi hermosa luna
¿qué hay debajo del vestido
de la luna?

En una de esas
abro mis alas

y al fin emprendo el vuelo
más ligero
y me pongo a maniobrar
a través de las nubes
y te cuento si es que
saben a dulce algodón,
a chocolate blanco,
a turrón

O bien, ya de
a jodido
me estrello en
el asfalto
y cabeza aplastada
se deja de tanta mamada
de tanto mal viaje

Mis brazos,
desde siempre ya desechos
mis alas rotas
mi vientre seco
rojo
ardido
vacío
infinitamente vacío

Al fin
    accidental
    suicidio




A PUÑO CERRADO

Yo hubiera preferido
rompernos la madre


Así
a puño limpio
y cerrado
al fin tengo
dos manos
y harta
rabia que escupir,
a escuchar
los pretextos
que siempre
fueron muchos
y variados

Hubiera sido
menos drama
menos dolor

Seguro
me hubiera
partido
la cara
pero me sentiría
mas aliviada
mas liberada
mas menos
jodida

Hubiera metido
las manos
hubiera
dado batalla

Le hubiera estampado
en la banqueta
los besos
las miradas
la carita
sangrada

Le hubiera
puesto
uno " knockout "
con todo
el amor que le
tuve.

¡ T o d o !

Estaría
felizmente
destrozada

Siempre
lo di todo

Todo.






Sobre la Autora: Si de mí dependiera iría por las calles aventando hojas a diestra y siniestra por ahí, con poemas dedicados a ti, a tú, a él,  correría  rápidamente entre la gente, arrojando ¡el te amo!, ¡el te quiero!, ¡el te extraño!, como confeti en pleno desfile de cinco de mayo,  y no conforme con eso  iría gritando también todas aquellas palabras que se escaparan de repente entre el tumulto… MNery

Poesía: Sentidos Cósmicos




HolographicUniverse-

Por Ana Vela-

Mirarte es como pertenecer
al dulce misterio de tu cuerpo...
Es alucinar frente al espejo
y sentir tu mirada en mi reflejo.

Es una fantasía inimaginable
cuando me miras a los ojos
es disfrutar de la magia de tus pupilas
iluminarme frente a ti...

Déjame mirarte, para pertenecerte
adentrarme más a tu vida
sentir que es parte de la mía
y no tener miedo a besarte.

Pero ¿qué comparación hay
entre besarte y mirarte,
si mirarte me apetece más?

Porque no hay mejor misterio que tus ojos
que penetran en mi alma como la canción silenciosa
que vibra dentro
y afuera se retiene... para esperar el momento.

No vaciles en decir que miento
si mirarte para mí es el más precioso regalo
no puede existir mejor halago
que posarme entre tus ojos para sentirme viva.

Deseo con tanto anhelo
que la noche se vuelva de día
para mirar tus ojos a la luz del sol
y sentirlos míos... toda la vida.

No puedo parar de mirarte
porque es como una alucinación cósmica
como un mandato divino
que me hace soñar con las estrellas.


Somos América: Rock solidario

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Por Chaneke Correa-

Recientemente fue presentado el tremendo cartel de 'Somos América', gira muscial que se llevará a cabo en septiembre y octubre en diversas ciudades de México y cuyo objetivo -según sus organizadores- es enviar un mensaje unificador entre los pueblos del continente americano, haciendo frente a los abusos que se comenten contra los migrantes. Todo a través de la música.

El line-up está compuesto por las principales bandas icónicas del rock mexicano como Molotov, Panteón Rococó, Kinky y Enjambre, y se le unen las propuestas musicales de Zurdok, Julieta Venegas, Los Amigos Invisibles, Hello Seahorse! y Band of Bitches. Como era de esperarse, Los Tigres del Norte no podían faltar en esta gira.

De entrada, el 'Somos América: Uniendo Razas' abrirá en Toluca el 26 de septiembre y en Toluca el 3 de octubre para cerrar con broche de oro en Puebla el 24 de octubre y un día después, el 25 de octubre en la Mega Velaria de Aguascalientes.

Los boletos rondarán los $350 varos -los más baras-. Sí, están cariñosos para la banda, pero hay que tomar en cuenta que la lana recaudada de la venta del boletaje será donada a diversas asociaciones civiles en apoyo a los migrantes latinoamericanos. Por lo demás, el cotorreo está asegurado. No me llames frijolero, allá nos vemos. Chida la banda.

Letrinas: Abandono

 
 
Excomborāre-
Por Breña Román-


Después de una agridulce estancia en tu vida he decidido largarme, mi amor. No me pidas que me quede, me sobran razones para tomar el primer autobús y formar parte de tu pasado. De nuestros buenos tiempos ya no queda nada más que el recuerdo, ¿quién lo diría? Ni siquiera yo lo creo, y eso que lo estoy viviendo en carne propia, carne que besaste y tocaste cientos de noches hasta el cansancio, pero he llegado a un punto en el que me siento más enamorada de tus viejas cartas y postales que de tu persona. Eso duele tanto que prefiero renunciar a ti y a la parte de mí que te pertenece en lugar de cargar con ello un día más. Chao, me cansé, I'm done with you. Todos los días encontraste un motivo para destrozarme, y las excusas para perdonarte siempre me sobraron, sin embargo el día de hoy ya no hubo más, comenzaste con tu drama de siempre, tus comentarios mamones y las comparaciones con tus amiguitas. 

Mientras yo en la puerta te anunciaba que me iba, tú en la regadera apostabas a que no llegaría ni a la esquina, y me conoces tan perturbadoramente bien que acertaste, no llegué, estoy sentada en un banco de esta imitación barata de bar irlandés que se encuentra a dos casas del techo donde a partir de ahora dormirás solo.

Las personas me ven como sintiendo pena, ¿cómo no va a ser así? Estoy que me caigo de borracha, pero no de borracha alegre que se ríe y canta 'Like a virgin' de Madonna, no, borracha mal pedo, con lágrimas, rímel corrido y tragos de amargo licor. Me quiero morir.

Te escribo estas líneas en servilletas ya que las palabras son lo único que me queda, sólo ellas lograrán salvarme de ahogarme en mis sentimientos de mierda. Literalmente las palabras son todo lo que tengo ahora, el dinero se convirtió en alcohol y en unos Marlboro Light, no tengo donde pasar la noche, no puedo pagar un hotel, y no tengo ni un puto amigo en esta ciudad de mierda. Eso pasa cuando lo dejas todo por amor, como lo hice yo, ¡oh ingenua y pendeja yo! dejé mis libros, mi casa, mis gatos y a mi madre por la promesa que te hice de venir a seguir a tu cabecita llena de utopías e ideales pendejos hasta el fin del mundo, lo deje todo por ti, hasta mi dignidad, y te di tanto, tanto amor que no supiste qué hacer con él; fue tal la cantidad de este sentimiento que invertí en tu persona que no me quedó ni una sola pizca para mí. Sólo tengo que encontrar la manera de sobrevivir a esta fría noche, después todo será más fácil, mañana me regreso a casa de mi madre, mañana consigo trabajo, mañana nos reconciliamos, mañana te jodes, mañana me atropellan, me muero, y fin, pum pam, cierren el telón, se acabó mi drama. 

Que prometedor es el mañana, ¿no crees, mi amor?. La gran paradoja de mi vida es escribirte eso y jurar que no quiero saber de ti nunca más mientras volteo a la puerta esperando verte entrar y sacarme de aquí, llevarme a tu casa, hacerme el amor y después tomar té juntos. Quiero que me salves, cual caballero salvando a su damisela en apuros, pero no lo haces, ni lo harás, no te importa mi ausencia, así que yo hago como que no te necesito.

En caso de que sobreviva a esto haré algunos cambios, por ejemplo, reemplazaré las botas por tacones (las revistas femeninas dicen que la vida se ve mejor desde unos Steve Madden de once centímetros), me haré militante de algún partido político, teñiré mi cabello de castaño como una mujer ordinaria y lo dejaré crecer para poder peinarme, comprare vestidos de cóctel y asistiré a reuniones sociales donde conoceré a algún oficinista experto en el manejo de los recursos humanos, que vea a López-Doriga y le guste usar corbatas con grabados ridículos. Un hombre que cuando este tomado baile 'Perfume de gardenias' conmigo y no sepa la diferencia entre Pablo Neruda y Mario Benedetti. Cuya formalidad lo caracterice y que no sea espontáneo como tú. Alguno que haga del sexo un rutinario ritual sagrado y me llame 'gorda' en las comidas familiares de los domingos. Que tenga un apellido medio mamón, y que me haga olvidar tu marxismo, tus poesías de mierda y tu mierda de jazz, tu alcohol barato y tu pasión por las películas de Tarantino. Un hombre ordinario que se lleve el recuerdo de esta noche y nuestros planes de envejecer y morir juntos para elevarnos a otro plano astral. Que logre hacerme creer que nunca dejé todo por ti, que nunca me quedé sola y me sentí indefensa. Pero principalmente que sea capaz de hacerme borrar de mi mente el hecho de que alguna vez amé hasta enloquecer. 

Con esto me despido, fue un placer haberte amado, sí alguna vez anhelas sentirte querido, búscame, será un gran gusto volver a perder la cabeza por ti, baby.   
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