Letrinas: ¿A dónde van los trenes? Una segunda parte


Crónicas a Contracorriente | Por Lino | 

Lo miré de reojo y sentí una inmensa lástima. Sus ojos estaban rojos como si estuvieran a punto de saltar fuera de las cuencas oculares; su hocico lastimado, lleno de un color oscuro, provocaba que su rostro pareciera estar sucio. Mientras caminábamos hacia mi lugar de trabajo, observé  cómo sostenía las solapas de su saco, lo que me pareció le daba una apariencia de estar desposeído, abandonado… José se llamaba aquella triste piltrafa. Nos habíamos conocido ya hace bastante tiempo cuando por razones oscuras (cosas del sindicato y aquellas estupideces) él había ingresado al lugar donde yo trabajo atendiendo cualquier tontería que a nuestros jefes se les ocurriera sólo para reafirmar su poder. José me odiaba con un odio secreto y profundo y yo lo sabía perfectamente. Nuestra relación siempre había sido así desde el principio y nunca se había alterado hasta aquel día que, decidido a romper con mi indiferencia hacia aquellas miradas enojadas de José y sus palabras insulsas al yo pasar cerca de él, lo tomé del brazo y lo miré de frente sólo para decirle: “Toma, ten diez pesos, ve y comprate un café o una torta. Tómalo, anda”. Lo que siguió en realidad no tenía por qué ser así pues aquella pequeña mierda tuvo la peor de las reacciones que generaron consecuencias terribles… Sentí el golpe apenas sobre mi ojo y yo, en un acto reflejo, no tuve más remedio que impactar sus sucios testículos con mis hermosas Dr. Martens; una vez sofocado, lo que siguió fue inminente: mis pies fueron directo a su rostro. Tendido, José veía hacia la pared blanca con la mirada perdida, mientras yo seguía golpeándolo, hasta que alguien me detuvo y  por último sólo tuve la oportunidad de escupirle el rostro. José lloraba y, a pesar de todo, yo no dejé de sentir lástima por aquel error humano. Me dieron ganas de abrazarlo y llorar junto a él, decirle algo como por ejemplo: “No llores, hasta la peor de las escorias no se merece esta vida tuya, ven, vayamos lejos, yo puedo disparar sobre tu cien, pero no llores, yo lo haré por ti”. No dejé de pensar en aquel triste hombre mientras yo trabajaba en las estupideces que a mí me corresponden. 

Sin duda aquel día la tristeza se abotargó en mi gran corazón, formado a base de ejercicio cardiovascular de alto rendimiento. José, sin embargo, contra todo pronóstico, se acercó más tarde para pedirme una disculpa, lo que en mí provocó un gran aullido que le pidió que se largara a tomar por el culo. Pobre José tan triste caminó hacia su guarida en donde todo el día, con la cabeza baja, no dejó de escuchar a Miguel Bosé y Pimpinela. Lo entendí entonces muy claro todo: José era lo que yo más odiaba en el mundo y hasta entonces caía en cuenta que aquellas camisas suyas, Wekend, metidas en sus pantalones Cimarrón me provocaban una cólera indecible . Maldito joven viejo, pensé, y a partir de ahí no hubo más razón para estar triste, por lo que, bien decidido, al terminar el día me dirigí a tomar cerveza al Bar 10 donde me encontré con una sorpresa: el dueño del lugar, un enano narizón con bíceps bien formados de gimnasio, mostraba la pantalla de su celular a unos burócratas alcohólicos, clientes profesionales, mientras les preguntaba: “¿En serio? ¿De verdad existen pitos así? ¿Cuántos pitos así les entran en su boca?”. Se refería a la imagen que proyectaba el celular: un zoom in a una verga erecta. Mi respuesta fue inmediata: “Peter North. El maestro. Ese pito sólo a usted y a la diosa Nikki Tyler les puede entrar”. Su mirada me fulminó y yendo hacia mí me dedico un efusivo abrazo, mientras con su mirada aguda me replicó: “Bill Bailey, idiota, el amo de las rajas púberes como la tuya”. Sabía a la perfección que aquello se trataba de un error, por lo que no me quedó más remedio que subrayar: “Peter North, definitivo, pero no entraré en una discusión acerca de esto contigo, enano”.  Su mirada se avergonzó entonces y, con el ego pornógrafo destruido, no alcanzo a contestar algo coherente que siguiera con el hilo de nuestra conversación, por lo que tuve que escuchar toda una cátedra incipiente sobre  los penes del  mundo de la pornografía que yo sabía a la perfección: desde Ron Jeremy hasta Shane Diesel, pasando por nuestras pornstars mainstream favoritas, hasta la nueva sensación, Maritza, de aquellas fugaces cintas del porno mexicano, tan carente de producción y lleno de morbo de hoteles de paso, donde las púberes tímidas cabalgaban presurosas. Cuando paró de hablar el enano caí en cuenta de que en todo aquel tiempo perdido no había dejado de pensar en lo que sería de Nikki Tyler, aquella belleza que por mucho siempre supero a Nina Mercedez, a la misma Jenna Jameson y a Stacey Valentine, con quienes mucho tiempo trabajo en la productora de Jenna… ¿Qué había sido de aquel porno? ¡qué había sido de mi vida, entonces! Lo gonzo me había alcanzado y yo era algo así como un Lex Stelle lleno de fetiches incontrolables. Sin duda me había vuelto un enfermo y el viagra. para entonces, era necesario en cualquier situación, pero en fin, eso pues no importaba mucho porque para mí era claro que lo importante al final era atender mis necesidades más primitivas sin caer en aquellas complejidades del softcore que hasta los doce años me habían satisfecho. Efectivamente: lo de hoy es lo gonzo, respondí muy atinadamente en mi mente. Bella fragmentación: hermoso pastiche de nuestra época. Cuando muy cabalmente dejé de razonar con mi agil mente, pedí al enano dos cervezas que tomé con rapidez mientras en el aparato televisor una gorda Gloria Gaynor repulsivamente cantaba su éxito de la sobrevivencia que para entonces parecía una broma. “Esa Gaynor está más muerta que un cadáver”, me oí decir; los presentes burócratas entonces me miraron como diciendo “¡eso qué mierda!”. “Bah, no importa, ustedes qué van a entender: ustedes son los que más apestan a podrido”, dije en voz alta ante aquellos pusilánimes y seguí bebiendo. Cuando estaba por mi décima cerveza, y ya dispuesto a marcharme, la embriaguez había llegado a mí de una manera tan efectiva que entonces ya tenía planeado marchar hacía el lupanar más cercano. Pedí la cuenta, saqué mi tarjeta con cuenta Golden, pagué y marché. Al enano no le di propina; nunca lo he hecho, ese tipo de  cabrones nacieron para atender, para servir, pueden seguir sin mí. Hasta la fecha sigo sin dar propinas y sigo pensando llevarlo a cabo hasta morirme. 

Caminé entonces hacia el bulevar para poder tomar un taxi. Al tomarlo pedí al chofer que me dirigiera hacia el Centro de la Ciudad, donde hice una parada para comer pizza, la cual acompañé con un buen tinto que lo único que provocó fue que me sintiera muy cansado y sin ganas de seguir adelante. ¡Mierda!, dije para mí, ¡tengo que seguir adelante! Apenas era lunes y no podía ser posible que mi juventud estuviera mermando; entonces pagué la cuenta y, ya lleno de efusivos ánimos, caminé hacia los bares de putas. En mi mente no había más: quería practicar el coito y no me importaba otra cosa. La ansiedad entró en mí y caminaba con rapidez por las calles oscuras, y aun transitadas, del Centro. Al llegar al zócalo alguien golpeó mi brazo: un maldito punk vende rosas había pasado y sin importarle mi trayecto, embistió con furia; cuando voltee a mirarlo vi su espalda de apache cubierta por una chaleco de mezclilla sin mangas con un sinfín de parches negros de Eskorbuto, Vómito Nuclear y miles de símbolos anarquistas. Mi molestia alcanzó a mi excitación por querer coger y entonces corrí y preparé un salto, mi pie cayó directo en la espalda de aquella bestia. No le di tiempo de nada. Al caer ni siquiera alcanzó a poner las manos. Aplasté decenas de veces su cabeza. Varios hilillos de sangre corrieron y formaron un charco. La policía de a pie corrió y pensé lo peor, sin embargo me quedé parado sin intentar huir. Al acercarse los policías examinaron al maldito punk y al observar que aún respiraba lo levantaron y nos llevaron a una calle aledaña, donde pasó algo inusitado: “joven, puede marcharse, vemos que usted es un ciudadano de bien, no hace falta ni siquiera cuestionarlo. En cuanto a este otro joven lo vamos a remitir, pinche chamaco ridículo, sabemos que este tipo de cabrones siempre son un problema para la ciudadanía, estamos en eso mi joven –dirigiendose a mí-: en acabar a esta pinche lacra, vaya con cuidado porque se están reproduciendo como cucarachas”. Al marcharme una patrulla se acercó al lugar. Al subir al punk, los policías lo golpeaban en las costillas y discretamente (lo que ellos pensaban era así) le pateaban las espinillas y los tobillos. “Gracias, señores policías, a nombre de toda la ciudadanía, si todos cumpliésemos nuestras tareas cabalmente, como lo hacen ustedes, esta sociedad sería otra, una mejor. Gracias nuevamente”. El episodio acabó rotundamente con mi deseo de chochos, así que sin percatarme caminé sin rumbo. La larga caminata me había echado todo para afuera y ahora sólo tenía una sensación de cansancio y resaca. Debido a esto, pensé inmediatamente en aliviar mis molestias con un par de cervezas más, luego tendría que guardar reposo para ir al trabajo al día siguiente. Pensé, sin razón alguna, en aquel constante cambio de día a día: amanecer, atardecer, anochecer, amanecer otra vez y así hasta el infinito…; lunes, martes… Lunes, martes, por toda la vida. Me pregunté muy hábilmente ¿quién, jodidos, había puestole nombre a los días? Pensé entonces en la posibilidad de vivir en un día sin nombre, puesto que ¡qué mierda significaba lunes o jueves o viernes! ¿Qué relación existía entre un amanecer cualquiera y un nombre determinado, que yo no podía vislumbrar?... Por otro lado, mi estrés aumento cuando pensé en aquel interminable ciclo: ¿Qué día sería el fin de aquello? ¿Un miércoles, un sábado? ¿Sabríamos entonces la profundidad de aquella lógica inverosímil? En esto pensaba, muy magistralmente por cierto, cuando de repente un anuncio neón señalaba una promoción de cervezas al 2 x1 (táctica típica para atraer al proletariado alcóholico y lumpen). Entré.

Mi sorpresa, que no muy a menudo sale a relucir, impactó con una realidad desconocida para mí. Contrario a mi cuasi correcto juicio acerca de los bares de la zona, me encontré con una multitud de jóvenes estudiantes que charlaban entre el alto volumen del aparato de sonido. Conocía aquella música. Agucé el oído y puse toda mi atención a la bocina Cerwin que colgaba, dentro de una reja, en una esquina del lugar. No quería creerlo, pero era cierto: Leonard Cohen sonaba en aquel lugar increíble. En mis viejos tiempo los estudiantes no estábamos en lugares así. Nuestro alcoholismo transcurría en viejas vecindades y casas de Infonavit. Ir a un bar o una cantina era un lujo y no era muy a menudo pues preferíamos la embriaguez sin tener que pagar mucho. Aquello era inusual para mí que había pasado tanto tiempo en bares donde los trabajadores gastaban sus quincenas en botellas baratas. De repente: “No, no mames, el wey más cabrón del mundo es Tarantino: Kill Bill, Perros de Reserva, son obras perfectas. Es un genio.” Se trataba de un joven parecido a un elfo que gritaba ante un grupo de muchachos con pinta de jipis y vagos en medio una veintena de cascos de cerveza. De repente un grito sacudió el lugar: “Neeeel, estás pendejo, te falta para descubrir Old Boy, esa película es la más verga”. Para mis adentros iluminados, pensé en que aquello que escuchaban mis oidos y miraban mis ojos se trataba de lo más terrible que podía haberle sucedido a la historia. Una furia se enconó en mi ser y me alejé no sin antes preguntarme ¿qué errores habíamos cometido nosotros, los estudiantes viejos, para dejar a esta generación tan incongruente y patética? Algo en mí entristeció y al caminar observé mis Levis y mis amadas Martens. El vómito cayó sobre ellas y para mi conciencia digna de premios pensé “Ni duda cabe: somos una mierda”… Paré un taxi y pensé en Leonard Cohen y en Sartre  con aquello de las picinas llenas de mierda, donde nadamos sin saber que salir de ahí da lo mismo. Al llegar a casa me metí a la cama y dormí tan profundamente que ni siquiera oí pasar al tren de cada martes por la madrugada. ¿A dónde irían a parar los trenes? por cierto.

'John Lennon fue asesinado anoche'


El banquete de los pordioseros | Por Rodolfo Popoca Perches |

El martes 9 de diciembre de 1980 llegué a la escuela, estaba…creo que en tercer semestre de bachillerato en la Prepa de Petróleos. Iba vestido de negro, tenía 17 años y para mí era muy importante que todos se dieran cuenta que vestía de luto por la muerte de John Lennon.

Entre mis compañeros ese era el único comentario. A mis amigos y a mí nos gustaba el rock y Lennon era como una especie de gurú. Recuerdo que un amigo a quien apodábamos el Pato, Guillermo Rodríguez, que ahora vive en Las Vegas, Nevada y que se la pasa presumiéndome todos los conciertos a los que asiste, muchos de ellos gratuitos: David Gilmour, Foo Fighters, John Fogerty, Chick Corea, Dave Matthews Band y otros más; me dijo en inglés, lo recuerdo bien: John Lennon was killed last night. Nos gustaba hablar en inglés, como si ese simple hecho nos acercara más a la cultura del rock, de la que definitivamente nos sentíamos parte. Me lo dijo más por compartir lo que traía por dentro que por informarme de algo que él sabía muy bien que yo estaba enterado. “John Lennon fue asesinado anoche”, sí, todos lo sabíamos y nos había golpeado la noticia.

Verdaderamente es complicado hablar de John Lennon, sobre todo por la frecuencia con la que se suele abordar el tema. Al parecer todo mundo tiene algo que decir de este músico de la clase trabajadora nacido en 1940 en el nórdico puerto de Liverpool, en una Inglaterra bombardeada por los aviones alemanes Messerschmitt en la Segunda Guerra Mundial. No sé, posiblemente a este hecho obedece que él se postulara como un estandarte de la paz y que de alguna manera utilizó su posición como imagen pública para, a través de la música, proponer sus mensajes pacifistas. En realidad no sé si John Lennon aprovechó la música como el marco o la justificación ideal para externar su pensamiento, o fue su pensamiento el que lo llevó a hacer música de determinada manera, sobre todo después del rompimiento de los Beatles el 10 de abril de 1970.

No sé, en realidad con Lennon nunca se sabe, su vida estuvo siempre llena de cosas impredecibles, ya ves, su matrimonio con Yoko Ono, que lo sabemos bien, iba en contra de todo pronóstico, incluso en contra de la opinión de sus tres compañeros en el grupo. Había una especie de regla no escrita en la intimidad del trabajo del Cuarteto de Liverpool, no debería haber nadie en el estudio que no tuviera nada que hacer en términos laborales. En las grabaciones eran ellos cuatro, ingenieros de grabación, productor, y en su momento, Brian Epstein, su manager, pero fuera de ese núcleo celosamente cerrado, nadie más podría entrar, mucho menos entrometerse con alguna opinión respecto a cómo deberían ser las cosas en una grabación. John Lennon rompió esta regla no escrita metiendo a su esposa Yoko a las sesiones de grabación, lo que incuestionablemente tensó mucho el trabajo al interior del grupo y, que para muchos, fue la razón del rompimiento del grupo más grande en la historia del rock. Yo no lo creo así, lo veo diferente, me parece que los egos de Paul McCartney y John Lennon eran demasiado grandes para caber en el mismo lugar al mismo tiempo, y menos aún, en el mismo proyecto de trabajo. Era una situación insostenible, por otro lado, George Harrison y Ringo Starr exigían sus espacios para sus composiciones, pero el dueto de compositores más fértil del rock, no estaba dispuesto a permitir un margen mayor al ofrecido hasta ese momento. Los Beatles terminaron simplemente porque era imposible continuar, las ambiciones de los cuatro los llevaron a buscar sus opciones en el terreno solista.

Como sabemos, Lennon estuvo voluntariamente en el exilio del estudio de grabación durante cinco años, de 1975 hasta 1980, cuando regresó a la escena con su disco Double Fantasy, pero en esos primeros cinco años de trabajo en solitario editó algunos de los discos más interesantes de los años 70’s logrando verdaderos himnos generacionales, tales como Mind Games, Give Peace a Chance, Dream Number Nine, y por supuesto, Imagine, todo un ícono en la historia del rock.

Después de su regreso, cuando todo parecía retomar el camino que los melómanos deseábamos, llegó un hawaiano de nombre Mark David Chapman para jalar un gatillo en la puerta del edificio Dakota en la Isla de Manhattan, en la ciudad de Nueva York. Esos disparos se incrustaron justo en el cuerpo de John Lennon, era el lunes 8 de diciembre de 1980. Yo, con mis 17 años de edad, estaba viendo aquella serie policiaca de la que era un ferviente seguidor, lo sigo siendo en realidad, Starsky & Hutch. La programación se interrumpió para dar la noticia. Después de haber conmocionado al mundo con esta información, la serie continuó como si nada hubiera pasado. Yo apagué la televisión, no terminé de ver el programa, corrí a la recámara de mis papás, me paré en la puerta y les dije: Acaban de asesinar a John Lennon.

No recuerdo lo que sucedió después, pero sí recuerdo que durante los próximos días, no sé cuántos, me pasé escuchando todos los discos que tenía de él. Ya pasaron muchos años y la voz de Lennon sigue suplicando lo mismo, parece que su voz cobra justo ahora mayor vigencia: Give peace a chance, Dale una oportunidad a la paz.


rodolfo_popoca@hotmail.com

Paddington

Cinetiketas | Por Jaime López Blanco |

"Paddington" cuenta la historia de un oso originario de Perú, que vive con sus tíos, pero que por azares de la naturaleza tiene que buscar un nuevo hogar emprendiendo un viaje hacia Inglaterra. Allí conocerá a los Browns, un peculiar clan londinense que lo albergará mientras encuentran a un explorador que marcó a la familia del oso años atrás y que les había prometido un cálido recibimiento cuando lo visitaran en el Reino Unido.

La cinta, dirigida y coadaptada por Paul King, se basa en la historia original escrita por Michael Bond, sobre un oso bonachón, de gorra roja y saco azul, amante de los sandwiches de mermelada, que se mete en diferentes dificultades debido a su ingenuidad, su constante curiosidad, algo de torpeza y una taxidermista obsesionada con él que lo quiere cazar para reivindicar un turbulento pasado generacional.

El inicio de la cinta "Paddington" es algo flojo pero conforme avanza el metraje va marcando cierta diferencia, logrando destacarse sobre el promedio de las cintas dirigidas al público infantil o al público familiar. Esto es gracias al atento cuidado en sus detalles y a su fino diseño de producción.

Las atmósferas visuales de la película recuerdan un tanto a las maquetas utilizadas por Wes Anderson para sus filmes así como a las narrativas de "Amélie" o los efectos visuales (aunque de manera modesta) de "Harry Potter". Quizá esto último se deba a que el productor principal de la cinta en cuestión es David Heyman, responsable de las producciones centradas en el mago con anteojos y estudiante del Colegio de Hogwarts.

"Paddington" sirve también como un producto para analizar los dos tipos de comedia generados por los ingleses. Por un lado podemos percibir el humor físico o slapstick, muy recordado en aquellas historias protagonizadas por Laurel y Hardy en "El Gordo y El Flaco" o, más recientemente, implementado por el actor británico Rowan Atkinson en series como "Mr. Bean" o películas como "Johnny English".

Por otro lado, encontramos el humor sarcástico o lleno de ironía con ciertos dejos de fineza, algo que ha caracterizado a las mejores comedias británicas de los últimos años. Es este último tipo de humor el que mejor le funciona a "Paddington" porque, como alguna vez una productora de programas de radio para infantes me comentó -con mucho tino, fundamento y razón- "a los niños no se les debe hablar como seres poco inteligentes, sino como a sus similares, los adultos, con un lenguaje natural y franco". "Paddington" lo logra; lástima que no se estrenó en Navidad o Año Nuevo para que más gente conociera la historia de este simpático y tierno oso que emana un interesante mensaje de solidaridad con el migrante.

La Muestra Internacional de la Cineteca llega a Aguascalientes


Del 11 al 23 de diciembre se proyectarán 13 cintas de la 57° Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional en las instalaciones del Museo Descubre.

El cine de arte llega a Aguascalientes con la proyección de la 57° Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional. Se trata de 13 producciones pertenecientes a 14 países, todas cintas multipremiadas alrededor del mundo en los principales festivales cinematográficos -incluyendo el Festival de Cine Cannes y el Festival Internacional de Cine de Berlín-.

Sin duda es una gran oportunidad para que los amantes del séptimo arte nos demos vuelo con películas que difícilmente llegarán a las salas de los consorcios comerciales y además a muy bajo costo, ya que el precio del boleto será de 30 pesos general y 15 pesos para docentes, alumnos y adultos mayores con credencial.

Las funciones serán en las flamantes instalaciones del Museo Descubre; en el Auditorio serán a las 12:00 horas y en el Domo Imax a las 18:00 y 20:30 horas.

Recomendamos ampliamente Sólo los amantes sobreviven (Jim Jamrmusch, 2013), historia pocamadre de vampiros llena de referencias culturales y por supuesto, la cinta Sueño de Invierno del turco Nuri Bilge Ceylan, ganadora del premio Palma de Oro del Festival de Cine de Cannes 2014.

Acá todo el programa.

11 Adiós al lenguaje Jean-Luc Godard (EUA) Festival de Cannes: Premio del Jurado
12 Cenizas del pasado  Jeremy Saulnier (EUA)  Cannes Film Festival 2013: PREMIO FIPRESCI;
13 Conducta Ernesto Daranás (Cuba) 17.º Festival de Cine Español de Málaga: Biznaga de Plata
14 Dos días una noche Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne (Bélgica) Gran Premio de la Sociedad de Cinéfilos del Festival de Cine de Cannes 2014
15 Fuerza Mayor Ruben Ostlund (Suecia/Dinamarca) Premio del Jurado en una cierta mirada en el Festival de Cannes 2014
16 Güeros Alonso Ruispalacios (México) Mejor Ópera Prima en Festival Internacional de Cine de Berlín
17 Ida Pawel Pawlikowski (Polonia) Mejor película Festival de Cine de Londres 2014
18 Leviathan Andréi Zviáguintev (Rusia) Mejor guión en Festival de Cannes 2014
19 Mapa a las Estrellas David Cronenberg (Canadá) Mejor actriz en Festival de Cannes
20 Mommy Xavier Dolan (EUA) Premio del Jurado Festival de Cannes
21 Sólo  los Amantes Sobreviven Jim Jamrmusch (Reino Unido) Premio especial del Jurado Festival Internacional de Cine Cataluña 2013
22 Sueño de Invierno Nuri Bilge Ceylan (Turquía) Palma de Oro y Premio FIPRESCI 2014
23 Tan Negro como el Carbón Diao Yi’nan (China) Oso de Oro por mejor película en Festival Internacional de Berlín


Hemingway y una lista de libros para aprender a escribir


La fascinante historia de un joven periodista que buscó a Hemingway para que le enseñara a ser escritor.
| Por Patricio Zunini |

Esta historia comienza con un chico de 22 años que quería ser escritor. Arnold Samuelson, hijo menor de un matrimonio de inmigrantes noruegos que tenía una granja, había sido un estudiante sobresaliente en la escuela secundaria y también en la Universidad de Minnesota. Ahí estudió periodismo, aunque no pudo recibirse por no tener el dinero necesario para pagar el diploma (cinco dólares). Era 1932, tiempos de la Gran Depresión en Estados Unidos, y Samuelson llevaba una vida de rigurosidad espartana: dormía en el cuartel de bomberos donde hacía trabajos eventuales y se las arreglaba para vivir con poco más de un dólar y medio al mes.

Con la crisis económica en su apogeo y las puertas cerradas de las redacciones, Samuelson decidió buscar trabajo como marino mercante. Quería irse, además, porque el asesinato de su hermana Hedvig lo había afectado demasiado; necesitaba poner distancia a la tragedia. Consiguió subirse a un barco con rumbo a China, pero —las crónicas no dicen por qué— el viaje no llegó a realizarse.

La aventura, sin embargo, estaba ahí: lo esperaba.

Una tarde de abril de 1934 hojeaba la revista Cosmopolitan cuando encontró un relato de Ernest Hemingway. El cuento era “One trip across”, el germen de lo que después sería la novela Tener y no tener. Hemingway ya había publicado Fiesta y Adiós a las armas; Samuelson había leído ambas con fruición. Imaginemos el momento en que este chico, tal vez aburrido, seguramente apesadumbrado, lee el nuevo texto de su autor favorito y, como ante una epifanía, siente que todas las piezas del rompecabezas se acomodan.

*

Es posible que la facha de Samuelson no fuera la mejor. Mal afeitado, seguramente muy flaco y desgarbado. Había hecho tres mil kilómetros a dedo y algunos tramos sobre el techo de un tren de carga que atravesaba interminables lagos y ríos. De tan angostos que eran los puentes, cuando miraba hacia abajo no veía las vías; ahí se agarraba como podía a fuerza del vértigo. No sabemos si rezaba. Paraba donde podía conseguir algunas monedas para pagarse un plato de comida tocando el violín.

La noche que llegó a Key West se fue a dormir a la costa usando su mochila como almohada. Al rato dos policías lo despertaron y lo metieron preso: el trato era que lo dejaban libre a la mañana si se comprometía a dejar la ciudad. Key West había recibido el impacto de la crisis y no querían más vagabundos. Pero Samuelson no se fue.

—¿Qué quiere?

Hemingway había abierto la puerta de la casa y lo miraba con desconfianza. Quién era ese tipo en la puerta que estaba quieto como un zombi. Qué quería. Samuelson no podía hablar. Se le había borrado el discurso que había ensayado tantas veces durante el viaje. Hemingway era alto y de espaldas anchas. Se le endureció la cara. Separó los pies, tensó los brazos todavía caídos a los lados, se inclinó hacia adelante dejando que todo el peso recayera sobre los dedos de los pies: boxeador. Samuelson se despertó y consiguió un tartamudeo: “Leí su cuento en la Cosmopolitan y me gustó tanto que viajé para hablar con usted”.

Hemingway no lo podía creer. Cambió su postura, se relajó. Hasta se permitió una sonrisa. Le dijo que hacía unas horas acababa de volver de Cuba y que tenía varias tareas por hacer, pero que lo esperaba al día siguiente, a la una y media de la tarde.

Tras una segunda noche preso, Samuelson llegó puntual a lo de Hemingway, que, en otra imagen de antología, lo esperaba a la sombra vestido con unos pantalones cortos color caqui, tomando un vaso de whisky y leyendo el New York Times. Hablaron de las novelas, hablaron del oficio. Samuelson le contó sus intentos fallidos con la ficción; se negó a mostrárselos. Hemingway le dio algunos consejos: “Lo esencial es saber cuándo parar para no bloquearse”. El truco, le dijo, era frenar en un momento intenso. Cuando uno viene bien y ya sabe cómo va a seguir, hay que parar, dejar que trabaje el subconsciente y al día siguiente, fresco y descansado, retomar hasta un nuevo pico de interés.

—¿Qué escritores le gustan? —le preguntó Hemingway.
—Stevenson y Thoreau.
—¿Leyó La guerra y la paz?
—No.
—¡Tiene que leerlo! Vamos a mi estudio: le haré una lista de lo que tiene que leer.

*

Las recomendaciones de Hemingway son bien clásicas. Hay que compararse con los muertos, con los que supieron resistir al tiempo: “Sólo siendo mejores que ellos uno sabe que va bien”.
  • Los cuentos “El hotel azul” y “El bote a la deriva”, de Stephen Crane
  • Madame Bovary, de Flaubert
  • Dublineses, de James Joyce
  • Rojo y negro, de Stendhal
  • Servidumbre humana, de Somerset Maugham
  • Anna Karenina y ­La guerra y la paz, de León Tolstoi
  • Los Buddenbrook de Thomas Mann
  • Hail and farewell, de George Moore
  • Los hermanos Karamazov, de Dostoievski
  • The Oxford Book of English Verse
  • La habitación enorme, de E.E. Cummings
  • Cumbres borrascosas, de Emily Bronte
  • Allá lejos y hace tiempo, de Guillermo H. Hudson
  • El americano, de Henry James
*

Hablaron toda la tarde. Comieron lo que preparó Pauline, la segunda mujer de Hemingway y madre de Patrick. Samuelson se llevó un par de libros con la promesa de devolverlos. Para poder dedicarse a lectura cuanto antes, fue directo a la cárcel.

¿Qué fue lo que vio en ese chico? Al día siguiente, Hemingway le contó que estaba esperando la llegada de un crucero que se había comprado con lo que ganó con Adiós a las armas. El “Pilar” medía 38 pies y necesitaba alguien que se ocupara de él. Si Samuelson quería quedarse, él le iba a enseñar a escribir y además le iba a pagar un dólar por día. El 12 de mayo de 1934 ambos dieron el viaje inaugural.

Samuelson dormía en la cabina del “Pilar”, lo limpiaba por las mañanas y escribía por las tardes. Cada vez que Hemingway salía de pesca o viajaba a Cuba, él lo acompañaba. En los ratos libres tocaba el violín —Hemingway entonces le decía “Maestro”. La aventura en Key West duró diez meses, hasta que Samuelson sintió la necesidad de continuar solo. Hemingway hubiera querido que se quedara, pero Samuelson estaba decidido. La amistad siguió por carta y se mantuvo hasta la muerte de Hemingway. En octubre de 1935, Hemingway publicó un artículo que, con el título paródico de “Monólogo al Maestro”, reproducía los diálogos literarios con su aprendiz.
—¿Cree que algún día seré escritor?
—Cómo voy a saberlo. Tal vez no tengas talento. Tal vez no tengas empatía. Tendrás buenas historias en tanto las escribas.
—¿Cómo puedo darme cuenta?
—Escribe. Si trabajás cinco años y te das cuenta de que no eres bueno, puedes pegarte un tiro entonces al igual que ahora.
Aunque publicó varios artículos en revistas populares como Squire, nunca se animó a presentar el manuscrito de una novela porque no creía haber alcanzado las expectativas de su mentor. Arnold Samuelson murió en 1981. Tres años después, la hija reunió los textos de 1934 y los publicó como una memoria con el título With Hemingway: a year in Key West and Cuba. El libro obtuvo el premio “Ambassador of honor” entregado por la English-Speaking Union como reconocimiento a la “contribución excepcional a la interpretación de la vida y la cultura de los Estados Unidos”. En la portada, el que aparece es Ernest Hemingway. Tiene unos bigotes oscuros y usa unos pantalones cortos color caqui. Si no es feliz, al menos está satisfecho.

*

Pulp Fiction: 15 datos que -quizá- no conoces de la obra maestra de Tarantino

La obra maestra de Quentin Tarantino vuelve a nuestras salas de cine 20 años después de su estreno. Hoy en día Pulp Fiction se mantiene en los primeros lugares de los mejores filmes de la historia según IMDB (puesto 5) y Film Affinity (puesto 10). Antes de arrasar en las salas americanas, ya había pasado por el más exigente de los festivales de cine internacionales: Cannes. Ahí Tarantino logró hacerse con la Palma de Oro, el máximo premio. Nada mal para una cinta en la que se menciona la palabra fuck 265 veces.

Es por eso que compartimos este bien logrado artículo de Manel Carrasco publicado en el blog de filmin, sitio especializado en cine. Una joya. Por cierto, no dejen de ir al cine a ver la peli, la experiencia vale la pena y para los más cinéfilos resulta hasta 'sentimental', además no creo que vuelva en cinco o diez años a las pantallas grandes de nuestro país.



Por Manel Carrasco |

Nos hacemos viejos. Hace no tanto, un clásico era una película en blanco y negro en la que los personajes vestían gabardina y se besaban juntando las cabezas, y la música era de Max Steiner. A veces el film en cuestión se exhibía en la epatante escalera cromática del Technicolor, con Charlton Heston en falda corta y James Dean rebozado en lúbrico petróleo, pero el efecto era el mismo: cine antiguo, de nuestros padres y abuelos, de sesión doble y No-Do dando la turra con los pantanos del Generalísimo. En general, no llegábamos en verlos en pantalla grande, si no era en la Filmoteca o en un cineclub de provincias. Los clásicos se estrenaban antes de que naciéramos, pero mucho, muchísimo antes.

Y un día te despiertas, te sirves tu leche con galletas, te ajustas la dentadura, coges el bastón, rezas dos avemarías, te calzas las pantuflas, pones el “Saber vivir” en la tele, te vas a tu cuenta de filmin, abres el catálogo, buscas Pulp Fiction… y descubres que te estás haciendo viejo. Porque la película de Tarantino, señoras y señores, es de 1994, y tú recuerdas cuándo se estrenó, recuerdas verla en el cine. Han pasado 20 años, la película ha quedado fijada en la memoria colectiva, ha sido imitada, referenciada, revisada y homenajeada, pero nunca superada. Vince y Mia en el Jack Rabbit Slim’s, la tirita de Marsellus, HonneyBunny, una maleta misteriosa, Ezequiel 25:17, el señor Lobo pidiendo calma, el reloj de Butch, un cuarto de libra con queso… Los que han visto la película conocen los referentes, y los que no a menudo también. Un clásico, ni más ni menos. Uno que hemos visto en los cines. Nos hacemos viejos.

1-Tres cortos: En 1990, Tarantino y Roger Avary se lanzan a producir un corto. El proyecto deriva a un largo de tres episodios, movido por el interés del director en trabajar los diferentes registros que permiten tres historias más o menos independientes. Avary escribe “Pandemonium Reigns”,  que se convertirá en el segmento del boxeador y el reloj dorado. Tarantino por su parte plantea la historia de unos atracadores cuyo último golpe sale fatal. Su relato toma cada vez más fuerza y acaba por alzar el vuelo en solitario. Pasará a la historia bajo el nombre de Reservoir Dogs (1992).

2-Amsterdam: Tras el rodaje de su opera prima, Tarantino se instala en Amsterdam y retoma el proyecto junto a Roger Avary. Tras enhebrar la historia de Butch, Tarantino se sirve de dos escenas eliminadas del guión de Amor a quemarropa (1993): la casualidad que permite a Vincent y a Jules esquivar las balas y la absurda muerte del topo de Marsellus en la parte de atrás del coche. Dos momentos, por cierto, escritos por Avary. La estancia de los dos guionistas en la capital de Holanda explica todas las referencias de la película a dicha ciudad. También, por supuesto, la Royale con queso y la asquerosa manía de los europeos de poner mayonesa en las patatas.

3-Miramax: Una vez han finalizado el guión, Tarantino y Avary vuelven a Los Angeles. Allí, junto al productor Lawrence Bender, venden el proyecto a Jersey Films, una productora participada por Danny DeVito. El interés que despiertan es tan grande que el guión se vende sin que nadie haya visto Reservoir Dogs. El problema es que ni Jersey Films ni A Band Apart, redientemente creada por Tarantino y Bender, tienen suficiente capital como para financiar la película. Todos se frotan las manos cuando TrisStar Pictures entra en la terna como garantía de que habrá dinero suficiente, pero lo que tenía que pasar acaba pasando: el guión asusta a los mandamases de la productora, por su estructura y su contenido, por su fondo y su forma. Vuelta a empezar. Es en este punto cuando Bender tiene la brillante idea de enseñar el guión a los hermanos Weinstein, que dirigen Miramax. Tiene guasa, si tenemos en cuenta que acaban de ser comprados por Disney: el conservadurismo y la mojigatería del tío Walt deben convivir con el desparpajo y la irreverencia de QuentinTarantino. Miramax produce la película sin dudarlo. Pulp Fiction hará de la productora una de las puntas de lanza de los 90 y convertirá a Harvey Weinstein en uno de los hombres más influyentes de Hollywood. La alianza entre productor y director se prolonga hasta la actualidad.

4-El cásting: Se podría hacer un artículo solamente con los mareos de reparto, el aluvión de nombres mezclados pero no revueltos que se barajan para conformar las tres historias de la película. Algunos son perfectamente lógicos. Otros… errr…

-Mia: La mujer de Marsellus tiene (y debe tener) los rasgos de Uma Thurman, pero la actriz rechaza el papel en un primer momento. Entran en competición nada más y nada menos que Isabella Rossellini, Alfre Woodard, Molly Ringwald, Halle Berry, Joan Cusack (¡Joan Cusack!), Anabella Sciorra, Meg Ryan, Holly Hunter, Amy Irving, Kim Basinger, Melanie Griffith, Daryl Hannah, Bridget Fonda, Meg Tilly, Patricia Arquette, Helen Slater o Michelle Pfeiffer. Julia Roberts queda descartada de entrada por sus exigencias salariales. De todas ellas, Michelle Pfeiffer es la preferida de Tarantino, pero va tan loco por conseguir a Uma Thurman que la llama desesperado y le lee sus diálogos para que reconsidere su decisión. El resultado es de sobras conocido.

-Jules: Tarantino descubre a Samuel L. Jackson en el casting de Reservoir Dogs y, aunque el papel es para Tim Roth, la verdad es que queda encantado. El rol de Jules se concibe especialmente para él. El problema es que el actor Paul Calderon hace un casting tan espectacular que a punto está de birlárlselo. Jackson vuela a Los Angeles, hace una segunda prueba y pone las cosas en su sitio. Calderon se queda con el papel de barman en el bar de Marsellus.

-Honey Bunny y Pumpkin: Tim Roth quiere trabajar con Amanda Plummer, así que se la presenta a Tarantino. El director va sobrado de ojo para ver el potencial de la situación y escribe los roles de Honey Bunny y Pumpkin exclusivamente para ellos.

-Butch: El papel del boxeador es uno de los menos definidos del proceso de casting. Entre los nombres que se barajan figura Matt Dillon, Mickey Rourke o (tatatachán) Sylvester Stallone. Bruce Willis quiere interpretar a Vincent, pero el papel ya tiene dueño. Tras una charla con su amigo Harvey Keitel cambia de idea, puja por el rol de Butch y acaba por calzarse los guantes y el pantalón corto.

-Kurt y Courtney: No hay un solo indicio serio sobre el tema, pero Courtney Love insiste a quién comete la imprudencia de sacarle el tema que Tarantino propuso que ella y Kurt Cobain interpretaran a Lance y a Jody. Darían el pego, pero el cineasta lo ha negado siempre.

-Vincent: En principio, no era Vincent sino Vic, su hermano, el que interpreta Michael Madsen en Reservoir Dogs. El problema es que Madsen prefiere participar en Wyatt Earp (1994) antes que volver sobre el personaje y Tarantino tiene que reescribir el papel. Huelga decir que el actor mete la pata, pero en su lugar una miríada de nombres se ponen en fila: Daniel Day Lewis, Mel Gibson o Liam Neeson quieren estar en el proyecto. Tarantino se planta un día en la puerta de John Travolta y le recuerda que un día fue grande, que se comía el mundo, que Bertolucci lo puso por las nubes. Ya lo tiene en el bote. Travolta será Vincent.

-Señor Lobo: Caballeros, antes de que empecemos a… desbarrar, dejemos las cosas claras: Solo hay un Señor Lobo posible. Tarantino escribe el papel para Harvey Keitel. ¿Alguien lo dudaba?

5-Bruce Willis: Aunque la película tiene un presupuesto muy limitado, Miramax quiere contratar al mayor nombre de estrellas posible. Para ello, y sin arrobarse lo más mínimo, plantean pagar el mismo sueldo a todos sus protagonistas. Pero estamos en los 90 y los actores cobran un pastizal desorbitado, a menudo un porcentaje muy significativo del coste total de una producción. ¿Quién querrá bajarse el sueldo por trabajar con una banda de majaderos que, por así decirlo, acaban de empezar en esto del cine? Su hombre es Bruce Willis, ni más ni menos. La estrella cobra cachés de infarto, pese a vivir un mal momento profesional, y sin embargo no tiene ningún problema en adaptarse al presupuesto. Tarantino está encantado con el actor, por su físico, por su disponibilidad y porque abre la puerta a que otros intérpretes hagan lo mismo. El fichaje de Willis valida el interés por el proyecto, lo sitúa en el mapa de las comidillas de Hollywood, y de paso inaugura la moda de las grandes estrellas que se bajan el sueldo para participar en películas de prestigio.

6-Roger Avary: El coguionista de facto de Pulp Fiction también es el principal damnificado de la película. Avary y Tarantino se conocen durante la adolescencia, trabajando en un videoclub. Tras años de sintonía total, Avary colabora en el guión de Reservoir Dogs… pero no aparece en los créditos. Más tarde, coescribe con Tarantino Amor a quemarropa… y sigue sin aparecer en los créditos.Durante su estancia en Amsterdam Quentin y Roger escriben Pulp Fiction… pero éste renuncia a la autoría del guión para recibir solamente un crédito por la idea y el concepto. Encima, el debut de Avary, Killing Zoe (1993) pasa desapercibido al ser considerado una burda copia de… Tarantino.El pobre Roger acaba hasta el gorro de su partenaire, lo acusa de robo y apropiación sistemática de sus ideas y la asociación se rompe. Avary desarrolla una carrera tirando a errática y en 2008 es detenido por provocar un accidente bajo el efecto de las drogas que acaba con un muerto. Actualmente trabaja en un biopic de Ian Fleming y ha dirigido una adaptación de Brett Easton Ellis que nunca verá la luz por problemas de derechos. Y mejor no le hables de Tarantino.

7-Ezequiel, 25:17: “El camino del hombre recto está por todos lados rodeado por las injusticias de los egoístas y la tiranía de los hombres malos…” El pasaje de la Bíblia que Jules repite como un mantra es, al menos en parte, una invención. Sólo el final del parlamento se corresponde con la cita de Ezequiel 25:17, el resto pertenece a una línea de guión de Sonny Chiba en la película Karate Kiba (1976). Tarantino es un fan irredento de Chiba, una de las principales estrellas del cine de artes marciales de los 70, e incluso le da el papel de Hattori Hanzo en Kill Bill vol.1 (2003). Por cierto, la cita bíblica se escribe para el personaje de Harvey Keitel en Abierto hasta el amanecer (1996), pero se cae del guión y acaba en Pulp Fiction.

8-Hitchcock: Butch detiene su coche frente a un semáforo en rojo. Marsellus cruza la calle. Sus miradas se cruzan. Se reconocen. El momento precede una de las escenas más bizarras de la película, pero también es un homenaje a Psicosis (1960). Marion Crane huye con el dinero y se encuentra en un paso de peatones con su jefe, que la reconoce. La escena es idéntica.

9-Godard: La escena del baile en el Jack Rabbit’s Slim está inspirada en Bande à part (1964) de Jean-Luc Godard. Concretamente, en el bailoteo de Anna Karina y sus amigos que detiene la película durante unos minutos. La influencia del cineasta suizo se extiende hasta el mismo nombre de la productora de Tarantino: A Band Apart.

10-La maleta: Ni la codicia que despierta su contenido, ni el número de la Bestia como combinación para la cerradura, ni la luz anaranjada que despide su interior: la maleta que recogen Jules y Vincent no contiene nada en concreto. No es nada más que un MacGuffin. Eso sí, uno de los más famosos de la historia del cine. Inicialmente la maleta contenía diamantes, pero Tarantino lo considera demasiado banal y opta por dejar que el espectador dé rienda suelta a su imaginación. Que cada uno decida qué hay en su interior.

11-El lavabo: Cada vez que Vincent entra en un lavabo se organiza un maldito embrollo: la cocaína de Mia, el encuentro con Butch y el robo en el bar. De hecho, toda la película está sembrada de escenas que tienen lugar en lavabos y que parecen diseminadas de manera casual por un cineasta que no deja nunca nada al azar.

12-Quentin, ¿dónde está tu coche?: El Chevelle Malibu de 1964 que conduce Vincent en la película pertenecía a Quentin Tarantino. Y decimos “pertenecía” porque durante el rodaje de la película es afanado vilmente. Tarantino se queda compuesto y con película, pero sin coche. Caprichos del destino, el pasado 18 de abril el coche reaparece en San Francisco Bay, diecinueve años más tarde. Ni rastro de los ladrones.

13-El cogote de Marsellus: Marsellus entra en escena a partir de un primer plano de espaldas que nos deja ver una tirita en la nuca. Inicialmente, Tarantino planea que el primer plano sea frontal, pero entonces Ving Rhames se corta afeitándose y la visión de la herida cubierta despierta la imaginación del director. Un plano de espaldas, de la cabeza imponente cruzada por un vendaje adhesivo. No hay mejor presentación posible.

14-Tequila en un jacuzzi: Travolta no se droga. Vincent, en cambio, no le hace ascos al tema. ¿Cómo puede el bueno de Tony Manero interpretar a un personaje que va hasta las trancas si no tiene experiencia previa, si no sabe qué se siente? Un amigo de Tarantino tiene la solución: si se sumerge en una piscina de agua caliente mientras bebe tequila logrará una sensación razonablemente parecida. Dicho y hecho. Travolta y su mujer Kelly Preston pasan la noche en el jacuzzi del hotel, con una hilera de chupitos de tequila a mano. Hay que ver, los sinsabores de la vida laboral.

15-El orden correcto: Por si aún hay alguien que se pierda con el orden de las  historias, esta sería la secuencia cronológica de los hechos:

1.     El coronel Koons entrega al pequeño Butch el reloj de su padre.
2.     Jules y Vincent consiguen el maletín.
3.     Jules y Vincent conocen al Señor Lobo.
4.     En el bar, Jules perdona las vidas de HonneyBunny y Pumpkin.
5.     Jules y Vincent entregan el maletín a Marsellus, en presencia de Butch.
6.     Vincent sale con Mia, la mujer de Marsellus.
7.     Butch traiciona a Marsellus y debe huir.
8.     Butch se dirige a recuperar el reloj de su padre y se encuentra con Marsellus.


Murió Julio Díaz, exbaterista de Santa Sabina, ícono del rock hidrocálido


El día de hoy por la mañana murió Julio Díaz, músico originario de Aguascalientes, quien fuera baterista de Santa Sabina. Julio colaboró también con artistas como Fratta, Armando Palomas, el Señor Gonzalez y La Maldita Vecindad.

En 1998 Patricio Iglesias, baterista original de Santa Sabina, decide dejar el grupo, quienes se quedan atorados en un limbo sin saber a ciencia cierta qué hacer. En una fiesta Poncho Figueroa, se topa con Julio Díaz, un jovencito de Aguascalientes que militaba en una banda llamada El Que Ríe Al Último. Ambas bandas habían alternado en un par de ocasiones por ahí de 1990 y Julio rápidamente llamó la atención de Santa Sabina por su forma de tocar. El grupo estaba en una verdadera crisis y hasta se hablaba de desintegración, pero aún tenían algunos temas no querían dejar sin grabar. La llegada de Julio al ensayo le dio nueva vitalidad a la banda y el resultado se plasmó en el álbum Mar Adentro en la Sangre y posteriormente en Espiral. También a Julio le tocó participar en el concierto de celebración por el 20 aniversario de la banda en el Teatro Metropolitan.
 
Como músico, Julio se destacó desde muy temprana edad por su excelente técnica y su fuerza, incluso el mismo Poncho Figueroa, bajista de Santa Sabina, mencionó en entrevista para Subterráneos alguna vez: “Cuando escuchamos a Julio tocar por primera vez, era un monstruito de la batería, tenía como 13 años y fue difícil no pensar en él como una opción”. Lanzó su primer disco con su proyecto solista en 2010 y llevaba por nombre Díaz D. Julio. Julio siempre se destacó como uno de los mejores bateristas de la escena nacional.

El pasado sábado, Julio sufrió una descompensación, lo cual ocasionó que se desvaneciera y se golpeara la cabeza. Por este golpe tuvo que ser intervenido quirúrgicamente y su condición fue reportada como delicada desde el sábado. Lamentablemente, esta mañana falleció.

Nuestro más sentido pésame a sus familiares y amigos. Descanse en paz.
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Con información de Sopitas.com

Letrinas: Chema, el mesero


Chema, el mesero | Por Eusebio Ruvalvaba |

Me dicen Chema porque me llamo José María. Soy mesero en el Carro del Sol. Un restaurante bar en las calles de San Antonio. Oficialmente, abrimos de 9 de la mañana a 9 de la noche. Y más o menos así es de lunes a jueves. Digo más o menos, porque venimos abriendo como a las 10. Pero los viernes, las cosas son muy diferentes. Sí abrimos —o lo intentamos— a las 9, pero cerramos a las 2 de la mañana. Porque el lugar se pone a reventar, y ni modo de desperdiciar la oportunidad de una buena entrada para el dueño, y una buena propina para nosotros, los meseros.

La cosa está así. Trabajamos enfrente de unas oficinas del ISSSTE. Oficinas monstruosas, por cierto. Quién sabe cuántos cientos de burócratas chambean ahí. Pero toda la semana se la pasan como en una olla de presión. A la espera de que sea viernes para destramparse. Van llegando de montoncito en montoncito. Hasta que de pronto ya llenaron el salón. La música en vivo está desde las ocho. Así que muchos entran, miran atentamente alrededor, y de volada sacan alguna chica —joven o no— a la que se le cuecen las habas porque alguien le unte el miembro. Esperando como princesa a que llegue su príncipe. Cuando por fin esto ya sucedió, de inmediato me acerco —siempre que sea de mis mesas, por supuesto— y le ofrezco de beber al caballero. De preferencia algo más o menos caro. Jamás dice que no. Con tal de quedar bien con la joven.

Pues así pasó el otro viernes con un hombre. Ya mayor. De casualidad encontró lugar en una mesa ocupada por una jovencita —y digo de casualidad porque no había ningún otro sitio libre. Pidió una botella de coñac. Yo me quedé azorado. Nadie pide eso. Es lo más caro. Pero él sí. Supongo que para impresionar a la chica. Pues yo les serví. Muy sonriente, me pidió que le permitiera abrir la botella. Simplemente accedí. Le sirvió a ella coñac con pepsi-cola, y él lo tomó con refresco de toronja. A mí eso me da lo mismo. Yo qué.

Una pieza. Luego otra. Y otra más. Los del conjunto les dedicaban todas las rolas. A él y a la chica. Pronto ella se empezó a sentir incómoda. Porque él no bailaba. Sólo hablaba y hablaba. Entonces se acercó un hombre de otra mesa —poblada sólo por hombres—, y la sacó a bailar. Ella le pidió permiso a él. Él se lo dio, se paró a bailar. Y no fue una pieza. Fueron varias. Y cuando regresaron, él ya se había quedado dormido.

La noche siguió su curso. Mientras el caballero de la mesa soñaba el sueño de los justos, la chica y el hombre que la sacó a bailar lo hacían cada vez más juntos, como si estuvieran vaticinando la noche que les esperaba. Los dos eran jóvenes. Llenos de energía. De vez en vez, ella volvía su mirada a su príncipe. Le susurraba algo al oído a su pareja de baile, y proseguían la noche. Hasta que alguien se desesperó. Seguramente fue él. El hombre que la sacó a bailar. Algo le dijo. Que fue más que suficiente. Ella acudió hasta la mesa que había ocupado, tomó su bolsa —que había dejado en una silla—, le dio un sutil beso al caballero —que ni se movió—, y salió por la puerta que había entrado. Me asomé y los vi tomar un taxi.

A las dos de la mañana en punto —exagero— desperté al caballero. Con toda la decencia del mundo le pedí su cuenta. Pagó. Me preguntó por la chica y le dije que se había marchado. No le dije nada del joven con el que se había ido. El tipo salió dando traspiés. Lo perdí de vista. Pero desde entonces ha regresado todos los viernes. Para quedarse dormido.
*************  ************* 
Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951, Eusebio Ruvalcaba se ha dedicado a escuchar música. Cabal y rotundamente. Pese a que ha publicado ciertos títulos (Un hilito de sangre, Pocos son los elegidos perros del mal, Una cerveza de nombre derrota, El frágil latido del corazón de un hombre…), pese a que se gana la vida coordinando talleres de creación literaria y escribiendo en diarios y revistas, él dice que vino al mundo a escuchar música. Y a hablar sobre música. Y a escribir sobre música. 
 

Letrinas: Hacerle el amor a Jennifer Aniston



Noche Suripanta | Por Hugo César Moreno |


Hacerle el amor a Jennifer Aniston 



No sé qué hacer. Echado en la cama leyendo Thanos, los minutos se despiden del día con el insano ritmo del extinto tic tac. Siempre que pienso en un reloj me viene a la cabeza el tic tac del reloj de pared de mi antigua habitación. Tic, tac. Tic, tac. Toda la noche. A veces despertaba y el tic tac se enseñoreaba sobre la oscuridad casi haciéndola desaparecer con mi atención impuesta sobre él tic tac tan desconsolador. Hace mucho no escucho un tic tac, sólo está en mi cabeza, se ha quedado ahí, tatuado con dolorosa tinta, como se van tatuando las arrugas, las heridas, las cicatrices. Y no sé qué hacer. Enciendo el televisor. Ponen una película para niños, quizá infantil, quizá demasiado infantil. Tanto que me quedó ahí, mirando las animaciones. Prefiriendo ese mundo. Una voz en off dice, a manera de explicación sobre cómo la maldad se encarna en los cuerpos, antes henchidos por la bondad: a veces los corazones rotos, cuando se curan, quedan mal armados, deformados. Algo así. No estoy seguro de la frase completa, sólo la escuché al vuelo y me recordé. Me recordé diciendo y escribiendo frases cursis con ganas de ser terribles, hirientes, mazazos destrozadores.

Tengo un terrible caso de corazón roto, me he oído decir, me he leído escribir y me he avergonzado al decirlo y al escribirlo. Suena demasiado a lugar común. Debería defender mejor los lugares comunes, por algo son tan visitados. Pero ése, en especial, más que común es certero y me entristece suscribirlo, por la ausencia de talento y originalidad. Me entristece casi más que no hallar un mejor diagnostico o una mejor manera para decirlo, no sé, con más verdad, con más estómago, con menos corazón.

La frase no me dejó helado. Me puso a pensar en ese corazón roto instalado en el pecho. Un infarto podría curarlo, devolverle su forma. O será que las cicatrices, por más cara de hiena que le hayan dejado, lo han puesto saludable. A veces me gusta pensar que en el rearmado del armatoste aquel algo quedó perdido y me dejó en tal incompletud que por ello no encuentro una mejor manera para vengarme de quien ocasionó el destrozo, como si me hubiera dejado una maldad inoperante, imbécil, incapacitada. De esa manera me dio la malevolencia instalada en mi ser al reventar la víscera, y con el mismo movimiento me impidió elaborar el plan perfecto para devolverle el favor. Mierda, qué plan tan perfecto. Aplausos, aplausos.

No estoy seguro de nada, sigo leyendo el cómic con el televisor encendido y sin saber si podría hacer algo mejor ¿de provecho? No quiero, no quiero hacer nada de provecho. Entonces reconozco que algo me molesta y me molesta más saber que me molesta otro lugar común. Estoy deprimido, me digo, tengo un clásico caso de depresión de fiestas decembrinas y eso es una gran mamada. Otro lugar común.

Si el frío fuera opacado por otro cuerpo… pienso y caigo en la cuenta de estar desbarrancándome en otro puto lugar común. Carajo, qué miserable colección de lugares comunes soy: tic tac, corazón roto, depresión decembrina y para rematar lo único que se me ocurre es el lugar común de la compañía. Estoy solo. Soledad. Fría, triste, tierna soledad sobre la cama con los ojos divididos entre un cómic sobre el amante de la muerte y una película para niños. El debate estético me tranquiliza un poco, por lo menos no siento la necesidad de resolver mi infortunio regresando por los vertederos de antes. Me siento, más bien, con ganas de encender otras chispas en no sé dónde. Chispas incendiarias, asesinas. Quemar casas, cuerpos, avenidas. Quemar el puto mundo, ser el amante de la muerte, como Thanos y excitarme con los cadáveres de mil mundos.

Una carcajada me sirve para dejar de pensar idioteces. Tampoco es asesino mi ánimo. ¿Será suicida? No, no mames, me reprendo. Ése sería el peor de los lugares comunes, si me he de suicidar debería ser con cierto estilo, si no lo tuve en vida, por lo menos al momento de la muerte, al menos. No, suicidarse en navidad o año nuevo sólo tiene la gracia de desgraciar el festejo para todos aquellos que no tuvieron el valor para hacerlo. La verdad, no lo tengo.

Pongo el cómic a un lado y me decido por la película. Boba. Demasiado boba. Y sin embargo me alegra un poco. Me encanta la manera que sólo en las películas se resuelven los asuntos. Me pregunto sobre los asuntos por resolver y me doy cuenta de no tener pendientes, por lo menos no urgentes, por lo menos no para llegar a la horca. Me acomodó, prefiero levantarme por una cerveza helada. El frío del ambiente y el frío de la lata congelan mi mano. Cambio la lata de mano, bebo, cambio la lata de mano, bebo. Me siento un ganador, no estoy allá afuera, trabajando, esperanzado en terminar la jornada para llegar a casa y disfrutar minutos de ociosidad. Me burlo de todos los que está trabajando y me siento un ganador, a huevo, estoy aquí, viendo una peli estúpida, tomando una cerveza y después terminaré mi cómic y después… no sé, no sé qué hacer.

La angustia me invade y me revienta los globos oculares en salinidad idiota. Y después qué voy a hacer. Me siento desesperado. Verga, y después qué. La película es interrumpida por un anuncio comercial. Intento tranquilizarme. Qué hago, qué hago. Me levanto y giro sobre mi eje buscando algo en la habitación. Una montaña de libros levanta la mano, ey, por acá, aquí te faltan hartos cabrón. Me hago el tonto y una pila de documentos por revisar sale al paso. No, no, no voy a trabajar, soy un ganador, carajo. Un poco más y la colección de películas piratas se esconde en el rincón. Claro, cómo no se me ocurrió antes. Se busca amigo para el fin del mundo, leo, ya la vi, y no sólo sería agregar otro lugar común, sino también me caga que la Keira Knightley se parezca tanto a Natalie Portman, me caga confundirlas. Mejor esa no.

La película reinicia. Estoy clavado con la historia. Ya sé cómo va a terminar, no me importa, sigo y me digo, ya sé qué necesito, una de éstas pero con el pollo que más me late en el mundo mundial. Espero otro corte y arranco hacia el montón especializado en feel good movies, en sección especial todas las protagonizadas por Jennifer Aniston. ¿En cuál se ve más sabrosa? Cavilo por un instante. En la tele las vocecillas de los personajes me llevan de regreso a la cama cargado con mi botín. Ya no me interesa tanto, está en la recta final y las cosas, como pasa en las películas, se ha resuelto de forma agradable, casi escucho los ahh de satisfacción de miles de espectadores levantando los brazos en señal de triunfo. Mi novia Polly, claro, con el calzoncito rojo, mejor opción.

No termino de leer Thanos. Será otro de mis pendientes. Meto el disco en el reproductor. No sé cuántas veces he visto esa película. No las suficientes. Se me ha vuelto lugar común. Se me antoja ver todas las mañanas a Jennifer despeinada, desmaquillada, exactamente como aparece en sus películas. Suspiro largo y distendido en cada escena. Repito la del calzón rojo una, dos, tres veces hasta convertir la escena en una escansión para hallar el sinsentido de mi fervor. No lo encuentro. Por el contrario, repaso los títulos de mi colección antes de sentirme asaltado por la pregunta y después qué, y después qué, y después qué ydespuésquéydespuésquéydespuésqué.

Casi al final me sale en voz alta una convicción: hacerle el amor a Jennifer Aniston. Espero un eco. Espero una recriminación. Que alguien me saque del fango. Hacerle el amor a Jennifer Aniston, repito. Nadie se burla. Los objetos en mi habitación desvían la mirada, se hacen tan pendejos que siento me están dando su anuencia. Hacerle el amor a Jennifer Aniston, eso es lo que quiero. Fan from hell, me dice Thanos y me guiña un ojo y esa media sonrisa del asesino de mundos. Sí, por qué no. Eso haré. Salgo a la calle, hace un frío desalentador. No importa. Ahí voy, estoy decidido a encontrarme con Jennifer Aniston y hacerle el amor. No me he vuelto loco y pendejo, bueno, sé hasta dónde llega mi estupidez. Sólo necesitaba un motivo para salir del cadalso y respirar un poco de aire libre de humo de cigarro, depresión y ambiente decembrino. Una vez más Jennifer me ha salvado. Mi lugar común favorito desde Friends.

 **********
Hugo César Moreno Hernández (Ciudad de México, 1978). En 2003, con el Grupo Cultural Netamorfosis fundó la Revista Cultural Independiente El Chiquihuite. Ha publicado los libros Cuentos para acortar la esperanza (Netamorfosis, 2006); Cuentos porno para apornar la semana (2007, FETA-Conaculta); Cuentos cortos para acortar el domingo (2008, Cofradía de Coyotes-Netamorfosis) y Enseres de supervivencia (2011, Cofradía de Coyotes-Netamorfosis); el libro infantil Así aprendió a volar José (2009, Cofradía de Coyotes-IMC). Aparece en las antologías Abrevadero de dinosaurios, Ardiente coyotera, Perros melancólicos, El infierno es una caricia y Coyotes sin corazón. Fue becario del FOCAEM durante 2009 y actualmente imparte el taller de Poesía y Narrativa en el Faro de Indios Verdes.

Star Wars VII: Primer tráiler oficial de 'El Despertar de la Fuerza'




Queda todavía un año para que la película llegue a las salas, pero la expectación es máxima. Disney ha estrenado hoy el primer avance de la nueva película de Star Wars, dirigida por J. J. Abrams y protagonizada de nuevo por Harrison Ford, Mark Hamill, Carrie Fisher, Anthony Daniels y Warwick Davis. Son 88 segundos en los que aparecen el mítico Halcón Milenario, sables de luz y escenas muy reconocibles de la saga. Pero Disney y Lucasfilm han sabido guardarse lo mejor y no se ven los actores de la trilogía clásica.



El tráiler comienza con la imagen de un desierto que recuerda a Tatooine (el hogar de Luke Skywalker y de Anakin antes de ser Darth Vader). Una voz en off dice: “Ha habido un despertar. ¿Lo has sentido?” [Hace referencia a la Fuerza]. A partir de ahí, una sucesión de imágenes que harán las delicias de los más fanáticos, con música de John Williams de fondo. Entre ellas las del Halcón Milenario, los cazas Ala X, soldados imperiales (con nuevo diseño) y un villano con un sable de luz rojo.

Pero el final del tráiler recuerda que la película no se podrá ver hasta diciembre de 2015. De aquí a entonces serán muchas las imágenes e informaciones que irán apareciendo sobre la nueva película de la saga más rentable de la historia del cine, que cuenta ya con seis películas estrenadas entre 1977 y 2005 y numerosas series de animación y videojuegos.
La nueva película, titulada El despertar de la fuerza, transcurre 30 años después de lo acontecido en El retorno del Jedi (1983). Aparte del reparto original, las nueva entrega cuenta con actores como Domhnall Gleeson, Gwendoline Christie, Andy Serkis, Lupita Nyong’o, Adam Driver, Oscar Isaac y Max Von Sydo. (El País)
© Copyright | Revista Sputnik de Arte y Cultura | México, 2022.
Sputnik Medios