La acordeonista de Auschwitz: a 70 años del Holocausto


Por Eva Usi, especial para La Jornada |


Berlín. La música ha sido el hilo conductor en la vida de Esther Bejarano, y lo que le salvó la vida en el campo de concentración de Auschwitz. En el mayor campo de exterminio nazi fueron asesinados más de un millón de prisioneros, la mayoría judíos. La acordeonista es una de las pocas sobrevivientes del Holocausto, que a sus 90 años recuerda vívidamente el horror que fue aquel infierno. Logró emigrar a Palestina en 1945, en donde se casó con Nassim Bejarano, pero volvió a Alemania con su marido y sus hijos porque no estaba de acuerdo con la política de agresión israelí. “Que se discriminara de esa manera a los palestinos, eso no lo podía yo aceptar, no después de haber sufrido la misma discriminación nazi”.

Mirando en retrospectiva, Bejarano, que reside en Hamburgo desde los años 60, afirma que tuvo una suerte inmensa. Pequeñita y jovial, sigue teniendo una vida muy activa; con su banda “Microphone Mafia”, en donde también toca su hijo, y dos músicos más, un italiano católico y un turco musulmán, recorre Alemania haciendo campaña contra la extrema derecha, el racismo y la intolerancia.

Esther Loewy, nacida en el Sarre en el seno de una familia acomodada judía, tenía 18 años cuando llegó al portón de Auschwitz un 20 de abril de 1943. “Nos recibieron hombres vestidos de civil, que muy amablemente nos ayudaron a bajar de aquellos vagones para ganado en los que habíamos llegado. Nos dijeron que había a nuestra disposición transporte para los que no pudieran caminar. Nosotros pensamos que si se tomaban esa molestia, no podía ser tan malo el lugar”. Lo que los recién llegados no sabían era que los discapacitados eran enviados directamente a las cámaras de gas.

Los sanos caminaron un largo trayecto hasta llegar al portón. “Ahí hombres y mujeres en uniforme nos recibieron con gritos, nos decían “cerdos judíos”, ahora les vamos a enseñar lo que significa la palabra trabajo”. Ese mismo día Esther, junto con cientos de mujeres y hombres fueron separados. Las prisioneras fueron llevadas a un pabellón en donde fueron obligadas a desnudarse. En ese estado las raparon, las obligaron a ducharse bajo agua fría y les tatuaron un número en el brazo izquierdo. Esther se convirtió en el número 41948.

“En Auschwitz me obligaron a hacer trabajos pesados. Tenía que cargar piedras de un lado del campo al otro. Los nazis tenían la divisa exterminio a través del trabajo”. Esther, que sabía tocar el piano, solía cantar obras de Schubert, Bach y Mozart ante algún capo (como se llamaba a los vigilantes, también prisioneros), para ganarse una ración extra de pan.

Casi todos los campos de concentración nazis tenían su propia orquesta que tenía el objetivo de amenizar la vida de los oficiales de las SS. En 1943, las SS ordenaron a la maestra polaca Sofia Czjkowska, conformar una orquesta femenil. “Das Mädchenorchester von Auschwitz” se convirtió en la única formación musical femenina existente en la red de campos de concentración nazis. Debido a la escasez de mujeres con formación musical se permitió a las judías formar parte de la orquesta, lo que las salvaba de ser enviadas a las cámaras de gas.

“Un día uno de los capos buscaba a mujeres que supieran tocar algún un instrumento. Me propuso a mí y a otras dos prisioneras. Nos llevaron a una barraca para presentar un examen, yo dije que sabía tocar el piano. Czjkowska me dijo que eso no había, que si podía tocar el acordeón me podía quedar en la orquesta. Nunca antes lo había tocado, pero logré sacar los acordes de Bel Ami, y fue como un milagro porque me aceptaron igual que a mis amigas”, recuerda.

Ser miembro de la orquesta les permitió tener algunos privilegios, como dormir en una cama con colchón, cobija y hasta sábanas. También podían comprar productos de higiene y ropa a cambio de raciones de pan. El repertorio musical de la orquesta era limitado, así como los instrumentos que tenían. Interpretaban marchas alemanas, canciones folclóricas y piezas militares polacas.

“Nuestra función en esa orquesta era acompañar musicalmente el paso de las caravanas de trabajadoras cuando salían a trabajar y recibirlas cuando volvían en la noche. También teníamos que tocar cuando llegaban trenes de transporte con nuevos prisioneros”, recuerda Bejarano.

“Esos trenes que llegaban a través de vías especiales provenientes de numerosos países de Europa, pasaban a un lado de donde nosotras estábamos y se detenían delante de las cámaras de gas y los hornos crematorios. Nosotras tocábamos y los recién llegados nos saludaban con la mano. Pensarían que en donde se toca música las cosas no pueden estar tan mal, yo sentía una profunda tristeza”.

Hasta que grado llegaba la melomanía nazi, lo muestra una anécdota que salvó la vida a la joven. Otto Moll, comandante en jefe de las SS en Auschwitz y director del crematorio, era temido por su crueldad y sadismo. Sin embargo, cuando la joven acordeonista enfermó, Moll, que se sentía responsable de la orquesta, llegó a amenazar a la médica checa con fusilarla si no lograba que la acordeonista recobrara su salud. Bejarano que estuvo al borde de la muerte con una fiebre muy alta se enteró por la enfermera que la cuidó. Regresó a su puesto de acordeonista después de cuatro semanas, aunque siguió padeciendo enfermedades.

El médico nazi Josef Mengele, que hacía sus experimentos con gemelos y esterilizaba a las mujeres judías en Auschwitz, acudía regularmente a la plaza central del campo cuando se pasaba lista a las prisioneras. Con un gesto de mano decidía a quien le tocaba morir y con otro a quien quería en su barraca de experimentos. Esther Bejarano, que enfermaba a menudo, le tenía pavor. Después de siete meses en Auschwitz fue trasladada al campo de concentración para mujeres de Ravensbrück, en Alemania, una consideración, tal vez por iniciativa del mismo Moll, por tener una abuela católica. La joven logró huir poco antes de que el campo fuera liberado por el Ejército Rojo.
 

Poesía: Las tardes en el centro

LAS TARDES EN EL CENTRO | Por R. Israel Miranda

we live in a beautiful world
oh all that I know
there’s nothing here to run from
‘cos yeah everybody here’s
got somebody to lean on


I

normalmente recorro las calles del centro
solo
o con algún amigo del borde
o con alguna mujer
por cuyos labios brindé toda la tarde
(y se bebió gustosa la mentira
de que algún día mis versos
estarían dedicados a sus besos
y me bebí gustoso la mentira de que
a cambio
su corazón sería mío)

y casi siempre es de madrugada
cuando los muros parecen apenas sostenidos
por las espaldas de los trasnochados
y las calles prometen
todo lo relacionado con la penumbra
y el secreto

entonces
me adentro
y me pierdo en los umbrales
del infierno

II

camino a tu lado por la calle de Madero
me pides que te tome fotos con el Joven Manos de Tijera
que le arrojemos monedas al sombrero del organillero
que le aplaudamos fuerte a los invidentes de la Orquesta de la Luz

son las cuatro de la tarde
el sol colorea las viejas baldosas del centro
y son espléndidas
incluso la gente luce espléndida
me tomas de la mano para que corramos
a comprarnos un globo en forma de corazón

Lisa
vivimos en un mundo hermoso
no hay nada de lo que huir
ahora lo entiendo

III

normalmente recorro estas calles de noche
solo
o con un cómplice
o con un nuevo corazón
y está bien

pero
me gusta más hacerlo por las tardes
contigo

 Los días las tardes y las noches, versos y arrullos (septiembre 2014, poemario). 64 páginas.


Israel Miranda ha escrito algunos libros de poesía:
 
Polaroids, Muro de silencio, El monstruo de arriba de la cama y Porno para perdedores y otros sucios hábitos; además de uno de narrativa: Palabras de Sabiduría. Además de escribidor, 'El Miranda' es músico, diseñador, maestro y filósofo.

9 veces Ludwig: La Orquesta Sinfónica de Aguascalientes abre temporada


Este viernes 30 de enero la Orquesta Sinfónica de Aguascalientes inicia la primera temporada del año con una serie de 7 conciertos dedicados en su totalidad a la obra de Ludwig van Beethoven.

Para esta temporada el costo de las localidades en el Teatro Aguascalientes se mantiene en $30 y $70 pesos, aunque hay que mencionar que se lanzó una promoción especial para adquirir los accesos a todos los conciertos por $250 pesos, promoción válida hasta el jueves 29 de enero, que incluye la gala de cierre de temporada en el que se interpretará la Novena Sinfonía.
 
El director Román Revueltas Retes comentó durante la rueda de prensa de esta mañana que: 'Ayer cuando estábamos en el ensayo de la Segunda Sinfonía, en algún momento dije: -¡qué música tan absolutamente hermosa! Llega un momento en que uno está ante una suerte de revelación, como si fuera un pequeño milagro. Yo quisiera que ésto en algún momento, el público también lo sienta.'

El programa oficial del primer concierto es el siguiente:

Concierto Uno / Viernes 30 de enero / Teatro de Aguascalientes / 9pm

Programa:

a. Sinfonía n.° 1 en Do mayor, Op. 21
b. Sinfonía n.° 2 en Re mayor Op. 36
de Ludwig van Beethoven
 
Puedes consultar el resto del calendario de la primera temporada de la Orquesta Sinfónica de Aguascalientes en este enlace.


Birdman: volando alrededor de nuestras obsesiones


Por Alejandro Carrillo Cortés |



El Negro, Alejandro González Iñárritu, tiene una suerte negra, eso creo desde Amores Perros, pasando por 21 gramos, Babel y Biutiful, y es que sus vitrinas, con tan excelentes cintas, debieran está saturadas de Óscares; el mexicano multinominado, no ha cosechado las estatuillas que se merece porque ha tenido la mala suerte de competir en años altamente disputados y creo que con Birdman no será la excepción.

Sí, cuando pensamos que Iñárritu por fin tenía una cinta para acaparar la estatuilla dorada en gran número, aparecieron junto a ella películas de gran calado como El Gran Hotel Budapest y The Imitation Game, qué decir de Boyhood, favorita para muchos y El Francotirador que sin hacer ruido, dará batalla mostrando el gran talento de Clint.

Pero pasemos a destripar la cinta que tiene nueve nominaciones y dejemos los pronósticos para otra ocasión, empecemos por dos de sus trampas: Birdman por principio de cuentas es la primera comedia del mexicano y no por eso deja de desbordarse por la frontera del drama, en tanto que de entrada esperábamos todos que la historia girara alrededor de un superhéroe y termina mostrando muchos personajes, de los que ninguno es superhéroe, sino hombres y mujeres comunes y corrientes, no del otro mundo, sino justamente de nuestro mundo y cotidianeidad.

Birdman, si se pudiera hacer una apretada sinopsis, cuenta la historia de Riggan Thomson, una estrella de cine que un día interpretó a un superhéroe, la fama del pasado se ha ido y desesperado intenta regresar a aquellos días de gloria, pero debe enfrentar a su propia hija que trabaja como su asistente, a su novia, a su ex esposa y por si fuera poca cosa, a un actor problemático; sí, se trata justamente de nuestra actualidad: cuando las cosas van mal, siempre es factible que empeoren.

Conocíamos al Negro, desde Amores Perros, por dirigir dramas descomunales en los que no hubo espacio para el humor, sorprende pues que ahora optara por la comedia, sin embargo se trata de una historia tremendamente dramática, narrada con una especie de realismo mágico que invade los espacios del drama, aunque sería más preciso decir que recurre a un realismo sucio del estilo del Bukowski.


El eterno plano secuencia en el que parece haber sido rodada la película, que en realidad es una acción continua y un prodigio fotográfico del 'Chivo' Emmanuel Lubezki, ayuda en mucho a reducir al mínimo la descripción de ambientes y objetos, pues se escurre por paredes resaltando a los personajes y sus interiores: la frustración del otrora superhéroe víctima de su propia fama; la rabia de su hija atrapada entre sus errores y los de sus padres; el cinismo de un actor estrella al borde de un abismo del que él mismo es responsable; el mundo de dudas de las mujeres que rodean al personaje que lo obstaculizan una y otra vez y que no terminan por definir qué hacer de sus vidas.

No se trata solamente, como se pudiera creer, de la historia de un hombre con un pasado luminoso que se ha ido y que pretende recuperar, enfrentando un futuro incierto e inesperado, se trata, sí, de una obsesión que encarna el personaje, pero que todos llevamos dentro, de esas obsesiones que nos persiguen en el inconsciente: eso que no hicimos, eso que dejamos sin terminar, eso que queremos hacer y no afrontamos del todo por quién sabe qué motivos; se trata también de mostrar la rabia de estos tiempos, hay mucha rabia en los personajes de Birdman como en nuestra realidad, rabia por tratar de entender un mundo que nunca deja claro lo que quiere, un mundo que ha sido víctima de sus indecisiones, de esas aspiraciones que están pero que no detectamos o no queremos ver, así, justamente, como los espacios que nos descifra Bukowski en sus universos.

Nuestro personaje central, no es un hombre frustrado, aunque pudiera parecerlo, es un hombre visceral, verdadero y tremendamente humano, como lo definiera el actor que lo interpreta, Michael Keaton, cuya actuación le merece desde ahora el Óscar; el paralelismo del guion con la vida misma de Keaton ha sida ya motivo de todo tipo de comentarios, lo cierto es que, sin duda, se trata de su mejor papel desde que protagonizó la versión de Batman de Tim Burton, no había actor mejor para encarnar al personaje y seguramente Iñárritu lo sabía, pero de eso hablaremos más adelante.

Estamos pues ante una historia increíblemente trágica, pero igualmente entretenida, porque es trágico y divertido mirar la solemnidad con que a veces intentamos triunfar y ver las jugarretas que se atraviesan en nuestro camino, no es entonces casual que el Negro haya recurrido a un humor ácido que tiñen por igual desde diálogos hasta en el diseño de audio, ejemplo de ello es el hecho de que Iñárritu haya decidido que el duelo al interior de la cabeza de Riggan se representara con el recurso de un personaje externo al propio Keaton.

En efecto, a Riggan lo acecha dentro de su cabeza atribulada el superhéroe que lo llevó a la cúspide de su carrera, quien le hace creer que puede levitar y mover objetos con la mente como en la historieta que interpretó en antaño, con él también dialoga y hasta discute, pero el pajarraco no merodea su mente para impulsarlo, sino para recriminarlo, empujarlo al conformismo y acrecentar sus resentimientos; Birdman es sin duda ese otro yo que todos llevamos dentro y que nos conducen de la mano de la angustia a la ira, es el enemigo en nuestro interior disfrazado de compañero, es la máscara que nos cuesta la vida quitarnos y que cuando decide despojarse de ella, termina enfundado en otra máscara de vendajes.

Iñárritu nos muestra a ese Riggan Thompson que todos somos de alguna manera, ese personaje que puede perder, pero también levantarse y luchar contra sí mismo y contra cualquier cosa que se interponga tan solo para volver a reencontrarnos en los demás, no se trata de recuperar la fama personal, sino el reconocimiento en el otro, no se trata de triunfar, sino lo que piensan los otros de ese triunfo, no se trata de encontrar un reconocimiento interior, porque nada importa lo que uno piense de sí mismo, sino el reconocimiento del que esté enfrente, así sea este reconocimiento un simple “me gusta” en Facebook.

Y para eso nuestro personaje decide adaptar, dirigir y protagonizar una obra de Carver en Broadway, enfrentar el temperamento de su hija, la amenaza legal de uno de sus actores al que le provoca un accidente para correrlo de la obra, la actitud insolente de la estrella que llega como reemplazo, con talento pero conflictivo y borracho, a la novia y actriz de la obra, que casi en el estreno le anuncia que están esperando un hijo, el posible rechazo del público exigente del teatro neoyorquino, los prejuicios de la crítica especializada de Broadway y a su sombra interior, el auténtico Birdman.

Y sin darnos cuenta, de pronto encontramos que la historia también carga contra el universo de Hollywood exhibiendo los actores que se venden por dinero sin importar credibilidad, ejecutivos interesados solo en la taquilla, críticos despiadados movidos por la trivialidad, todo narrado desde un filme que de alguna manera es producto de uno de los principales estudios precisamente de Hollywood, permitido quizá porque Iñárritu tiene licencia creativa para hacer lo que le venga en gana, más claro de lo anterior lo es ese cuestionamiento que se hace al espejo el personaje de Watts en uno de los momentos de mayor dramatismo de la trama: “¿Por qué no tengo ni pizca de respeto por mí misma?” se pregunta, “Porque eres actriz”, le responde Riseborough.

Terminemos por ahora abordando el comentado hecho de que Riggan representa muy bien la propia figura de Keaton, que interpretó Batman para después afrontar cierto declive en su carrera, ciertamente el paralelismo pudiera ser claro, ¿pero no acaso muchos de los cuestionamientos y reflexiones tienen más cercanía a la propia carrera de Iñárritu? No lo sé, pero el Negro es un cineasta genial, talentoso, y siempre buscando poner en movimiento todas sus capacidades, y sin embargo al mismo tiempo ha mostrado una marcada obsesión por probarlo y probárselo con cada trabajo que realiza.

Mucho queda por hablar de tan interesante obra cinematográfica, el gran trabajo de los actores, el deslumbrante montaje del Chivo que junto con Keaton debe levantar la estatuilla de la Academia; la música que sin nominación es genial, en fin, temas que dejaremos para después de la alfombra roja, en tanto esperemos que la suerte del Negro, no vaya del tono de su apelativo.


'La Zarpa' (un cuento de José Emilio Pacheco)


Recordamos en Sputnik a uno de los autores más leídos de Hispanoamérica, hombre lúcido y actor fundamental de las letras y la cultura del país para retratar como ninguno el México del siglo XX. A modo de homenaje compartimos uno de sus tantos cuentos.


LA ZARPA
Por José Emilio Pacheco
(Ciudad de México, 30 de junio de 1939 - Ib., 26 de enero de 2014) 


A Fernando Burgos

Padre, las cosas que habrá oído en el confesionario y aquí en la sacristía… Claro, usted es joven, es hombre y le será difícil entenderme. De verdad, créame, no sabe cuánto me apena quitarle el tiempo con mis problemas, pero a quién si no a usted puedo confiarme ¿verdad?

No sé cómo empezar. Es decir, ¿cómo se llama el pecado de alegrarse del mal ajeno? Todos lo cometemos ¿no es cierto? Fíjese usted cuando hay un accidente, un crimen, un incendio, la alegría que sienten los demás al ver que no fue para ellos alguna de las desdichas que hay en el mundo…

Bueno, verá, usted no es de aquí, Padre; usted no conoció a México cuando era una ciudad chica, preciosa, muy cómoda, no la monstruosidad tan terrible de ahora. Entonces una nacía y moría en la misma colonia sin cambiarse nunca de barrio. Una era de San Rafael, de Santa María, de la Roma. Había cosas que ya jamás habrá…

Perdone, le estoy quitando el tiempo. Es que no tengo con quién hablar y cuando hablo… Ay, Padre, si supiera, qué pena, nunca me había atrevido a contarle esto a nadie, ni a usted; pero ya estoy aquí y después me sentiré más tranquila.

Mire, Rosalba y yo nacimos en edificios de la misma cuadra y con pocos meses de diferencia. Nuestras madres eran muy amigas. Nos llevaban juntas a la Alameda, juntas nos enseñaron a hablar y a caminar… Mi primer recuerdo de Rosalba es de cuando entramos en la escuela de parvulitos. Desde entonces ella fue la más linda, la más graciosa, la más inteligente. Le caía bien a todos, era buena con todos. En primaria y secundaria lo mismo: la mejor alumna, la que llevaba la bandera, la que salía bailando, actuando o recitando en todos los festivales de la escuela. Y no le costaba trabajo estudiar, le bastaba oír una vez algo para aprendérselo de memoria.

Ay Padre ¿por qué las cosas estarán tan mal repartidas?, por qué a Rosalba le tocó todo lo bueno y a mí todo lo malo? Fea, bruta, gorda, pesada, antipática, grosera, malgeniosa, en fin…

Ya se imaginará usted lo que nos pasó al entrar en la Preparatoria cuando casi ninguna llegaba hasta esos estudios. Todos querían ser novios de Rosalba; a mí ni quién me echara un lazo, nadie se iba a fijar en la amiga fea de la muchacha guapa.

En un periodiquito estudiantil publicaron –sin firma, pero yo sé quién fue y no se lo voy a perdonar nunca aunque ahora sea muy famoso y muy importante–: “Dicen las malas lenguas de la Prepa que Rosalba anda por todas partes con Zenobia para que el contraste haga resplandecer aún más su belleza extraordinaria, única, incomparable”.

Qué injusticia ¿no cree? Nadie escoge su cara y si una nace fea por fuera la gente se la arregla para que también se vaya haciendo fea por dentro.

A los quince años, Padre, ya estaba amargada, odiaba a mi mejor amiga y no podía demostrarlo porque ella era siempre amable, buena, cariñosa, y cuando me quejaba de mi fealdad me decía: “Pero qué tonta, cómo puedes creerte fea con esos ojos y esa sonrisa tan bonita que tienes”.

Era sólo la juventud, Padre. A esa edad no hay nadie que no tenga una gracia. Mi mamá se había dado cuenta desde mucho antes y trataba de consolarme diciendo cuánto sufren las mujeres hermosas y qué fácilmente se pierden…

Aún no terminábamos la prepa – yo quería estudiar leyes; ser abogada, aunque entonces daba risa que una mujer anduviera metida en trabajos de hombre – cuando Rosalba se casó con un muchacho bien de la colonia Juárez al que había conocido en una kermés.

Mientras ella se fue a vivir a la avenida Chapultepec en una casa preciosa que hace tiempo tiraron, yo me quedé arrumbada en el mismo departamento donde nací, en las calles de Pino. Para entonces mi mamá ya había muerto, mi padre estaba ciego por sus vicios de juventud y mi hermano era un borracho que tocaba la guitarra, hacía canciones y quería ser rico y famoso como Agustín Lara…

Tanta ilusión que tuve y ya ve, me vi obligada a trabajar desde muy chica, en “El Palacio de Hierro” primero y luego de secretaria en Hacienda y Crédito Público, cuando murió mi padre y al poco tiempo mataron a mi hermano en un pleito de cantina…

Rosalba, claro, me invitó a su casa pero nunca fui. Pasó mucho tiempo y un día llegó a la sección de ropa íntima donde yo trabajaba y me saludó como si nada, como si no hubiéramos dejado de vernos, y me presentó a su nuevo esposo, un extranjero que apenas entendía el español.

Estaba, aunque no lo crea, más linda y elegante, en plenitud como suele decirse. Me sentí tan mal, Padre, que me hubiese gustado verla caer muerta a mis pies. Y lo peor, lo más doloroso, era que Rosalba seguía tan amable, tan sencilla de trato como siempre.

Le dije que la visitaría en su nueva casa, ahora en Las Lomas. No lo hice nunca. Por las noches rogaba a Dios no volver a encontrármela. Todas nuestras amigas se habían casado y comenzaban a irse de Santa María. Las que se quedaron ya estaban gordas, llenas de hijos, con maridos que les gritaban y les pegaban y se iban de juerga con mujeres de ésas.

Para vivir así, Padre, mejor no casarse. Y no me casé aunque oportunidades no me faltaron, pues para todo hay gustos y siempre por más amolados que estemos viene alguien a nuestra espalda recogiendo lo que tiramos ¿verdad?

Se fueron los años y ya sería época de Alemán o Ruiz Cortines cuando una noche en que estaba esperando mi camión en el centro y llovía a mares la vi en su gran automóvil, con chofer de uniforme y toda la cosa. Hubo un alto, Rosalba me descubrió entre la gente y me invitó a subir.

Rosalba se había casado por cuarta vez, aunque parezca increíble, y a pesar de tanto tiempo, gracias a sus esmeros, seguía siendo la misma: su cara fresca de muchacha, sus ojos verdes, sus hoyuelos, sus dientes perfectos…

Me reclamó que no la buscara nunca, aunque ella me mandaba cada año tarjetas de Navidad, y me dijo que el próximo domingo no me escapaba, mandaría por mí al chofer para llevarme a almorzar a su casa.

Cuando llegamos, por cortesía la invité a pasar. Y aceptó, Padre, imagínese, aceptó. Ya se figurará la pena que me dio mostrarle mi departamento a ella que vivía entre tantos lujos y comodidades. Por limpio y arreglado que lo tuviera aquello seguía siendo el cuchitril que conoció Rosalba cuando andaba también de pobretona. Todo tan viejo y miserable que me dieron ganas de llorar de humillación, celos y rabia.

Rosalba se puso triste. Hicimos recuerdos de cuando éramos niñas. Por eso, Padre, y fíjese en quién se lo dice, no debiéramos envidiar a nadie, porque nadie se escapa de algo, de cualquier cosa mala. Rosalba no podía tener hijos y los hombres la ilusionaban un ratito para luego decepcionarla y hacerla buscar otro nuevo. Imagínese, tantos y tantos que la rodeaban, que la asediaron siempre, lo mismo en Santa María que en esos lugares ricos y elegantes que conoció después…

Bueno, se quedó poco tiempo; iba a una fiesta y tenía que vestirse. El domingo se presentó el chofer. Lo espié por la ventana y no le abrí. Qué iba a hacer yo, la fea, la quedada, la solterona, la empleadilla, en ese ambiente de riqueza. Para qué exponerme a ser comparada otra vez con Rosalba. No seré nadie pero tengo mi orgullo, Padre.

Ay, ese encuentro se me grabó en el alma. No podía ir yo al cine, ver la televisión, hojear revistas porque siempre veía mujeres hermosas con los mismos rasgos de Rosalba. Así, cuando en mi trabajo me tocaba atender a una muchacha que se le pareciera en algo, la trataba mal, le inventaba dificultades, buscaba formas de humillarla delante de los otros empleados para sentir que me vengaba de Rosalba.

Usted me preguntará, Padre, qué me hizo Rosalba. Nada, lo que se llama nada. Eso era lo peor y lo que más furia me daba. Es decir, siempre fue buena y cariñosa conmigo; pero me hundió, me arruinó la vida, sólo por ser, por existir, tan bonita, tan rica, tan todo…

Yo sé lo que es estar en el infierno, Padre. Y sin embargo no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague. Eso último que le conté, ese encuentro, pasó hace veinte años o más, no puedo acordarme…

Pero hoy, Padre, esta mañana, la vi en la esquina de Madero y Palma, de lejos primero, luego muy de cerca. No puede imaginarse, Padre: ese cuerpo maravilloso, esa cara, esas piernas, esos ojos, ese pelo color caoba, se perdieron para siempre en un barril de manteca, bolsas, arrugas, papadas, manchas, várices, canas, maquillajes, colorete, rímel, pestañas postizas…

Me apresuré a besarla y abrazarla, Padre. Se había acabado ya todo lo que nos separó. No importaba lo de antes y ya nunca más seríamos una la fea y otra la bonita. Ahora por fin Rosalba y yo somos iguales. Ahora la vejez nos ha hecho iguales.



(*) Cuento extraído de Pacheco, José Emilio (1979). El principio del placer. 3era edición. México: Editorial Joaquín Mortiz.


Se adelantan las brujas: 72 años de Janis Joplin


Sold Out | Por Selene Tlapanco |

Enero es el mes que conmemora 72 años del nacimiento del icono femenino del rock y el blues de los años sesenta: Janis Lyn Joplin, caracterizada por su voz aguardientosa y su espíritu rebelde, es ya un personaje legendario perteneciente al famoso 'Club de los 27', dejando de existir de manera física el cuarto día del décimo mes en el año de 1970.

Originaria de Texas, Estados Unidos, la también conocida como “Bruja Cósmica” (en honor a su banda Kozmic Blues) comenzó a manifestar pasión por la música a los 16 años, frecuentando los bares de Louisiana, donde escuchaba música negra, blues y jazz; tres grandes influencias que marcarían el resto de su existencia. Combinando su hobbie por el canto y las bellas artes, Janis comienza una vida llena de excesos que pronto dejaría debido al gran cariño que le profesaba a su novio de adolescencia Peter LeBlanc, quien la hizo cambiar de manera momentánea al prometer desposarla si continuaba sus estudios, los cuales había dejado precipitadamente al sentirse en comunión con la música, sin embargo, el matrimonio nunca se hizo realidad debido al abandono de su prometido, situación que llevó a 'la bruja' a retomar varios de sus vicios.

Cansada de esperar a LeBlanc y de aparentar ser una chica buena, Janis Joplin parte a San Francisco en donde más tarde pasaría a formar parte de la banda Big Brother and the Holding Company, el 4 de julio de 1966, un año más tarde, la cantante estadounidense junto con la agrupación lanza su primer álbum homónimo seguido de “Cheap Thrills” de donde se desprende uno de sus temas más sonados: Piece of my heart, material que a los tres días se hace acreedor de disco de oro y en el primer mes se venden más de un millón de copias.

Las críticas sobre la vocalista fueron muy buenas y la prensa se empezó a centrar más en ella que en el grupo; todos decían que la cantante era demasiado buena para el conjunto, había tensión entre ellos a causa del protagonismo de Joplin y la fama. A todo esto se unen discrepancias musicales importantes, como su preferencia por el soul y el blues, situaciones que la llevaron a conformar una nueva agrupación llamada “Kozmic Blues Band” con quienes lanza un nuevo material en 1969: I Got Dem Ol' Kozmic Blues Again Mama!, iniciando con éste, gira por diversos países de Europa en donde la estadounidense frecuenta los efectos de la heroína, recae en el alcohol y agrega el vicio del sexo a su lista de adicciones.

Tras un tiempo de introspección en Brasil, Janis vuelve a San Francisco en donde le ofrecen conformar una nueva banda llamada Full Tilt Boogie Band, con quienes grabaría su último y tal vez el más aclamado material discográfico en septiembre de 1970 en Los Ángeles,  titulado Pearl. Aquí es donde la controversial cantante deja totalmente su huella con temas como Cry baby y Mercedez Benzque la colocarían rápidamente en los primeros sitios de popularidad, gracias en gran parte a que la cantante ya había fallecido al momento de su lanzamiento.

Hoy, a más de cuatro décadas de su muerte “La Bruja Cósmica del Blues”  es considerada un símbolo femenino de la contracultura y del movimiento Hippie, además de ser la primera mujer reconocida como gran estrella del Rock and Roll, ingresando al Salón de la Fama del Rock en 1995.






La Autora: Mujer de 100 años atrapada en un cuerpo de veintitantos... chorera a morir, amante de los libros, de la música, de los hombres, del vino y de los buenos dramas con finales impredecibles.
¿Qué hay detrás de los iconos que llenan recintos?
Esto no es The True Story pero seguro algunos de estos datos no te los sabías.

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La Teoría del Todo: ¿El agujero negro o el 'Big Bang' de las 'Biopics'?


Cinetiketas | Por Jaime López Blanco |

"La teoría del todo", uno de los ocho films que compiten en la categoría de Mejor Película en la edición 2015 del Oscar, llega a las pantallas mexicanas ofreciendo - en apariencia - una historia atractiva sobre el Rock Star de la ciencia, Stephen Hawking, físico y cosmólogo británico. La cinta, dirigida por el también documentalista James Marsh ("Man on wire"; "Project Nim"), enfatiza la relación de Hawking con su primera esposa Jane Wilde y la manera en cómo ambos tuvieron que lidiar, durante décadas, desde 1965, con la enfermedad muscular degenerativa que ha padecido el otrora astrofísico inglés.

Lo positivo. Se trata de un proyecto ameno para la audiencia, que hace pasar un rato agradable y que goza de buenas actuaciones; en particular, la de Eddie Redmayne, quien encarna a Stephen Hawking desde sus estudios de Doctorado, en la Universidad de Cambridge, hasta su jubilación y situación actual. Redmayne aborda su personaje con compromiso y responsabilidad, nunca cae en la caricatura fácil o en los maniqueísmos innecesarios. Es tan compleja su actuación que irradia sutileza en cada una de sus gesticulaciones y miradas. El control de su cuerpo es más que extraordinario y el trabajo del departamento de maquillaje y peluquería en su personaje es espectacular.

Junto con Eddie Redmayne, se logra destacar Felicity Jones, actriz británica que personifica a la primera esposa de Stephen Hawking, Jane Wilde, mujer religiosa que, mediante la fe y la lealtad, trata de sacar adelante la enfermedad del físico británico. Jones cumple correctamente con su papel, al transitar de la mujer enamorada y decidida, a la esposa abnegada y cansada de la enfermedad de su esposo.

Otro acierto de la película es que desmitifica el matrimonio idílico que abunda en las películas hollywoodenses que versan sobre personas de la vida real, quienes trascienden todos los obstáculos o adversidades de la existencia a través de guiones abarrotados de escenas ramplonas o extremadamente cursis. El film de Marsh se siente más realista y natural, quizá eso se deba - en parte - a su experiencia como documentalista. Sin embargo, a veces peca de contenido, no termina de explotar. Esto sería lo negativo del filme en cuestión. 

A pesar de que la vida del científico Stephen Hawking es una historia tan fascinante, la cinta se quedó demasiado corta; le falta garra en su tratamiento, carece de audacia en el desarrollo y puesta en escena del guión. Se extraña el punto de vista, sobre la enfermedad de Hawking, percibido desde su propia mente, algo muy al estilo de "La escafranda y la mariposa" (2007) de Julian Schnabel. Marsh opta por lo correcto, por lo positivo, tanto que hasta la musicalización de su cinta raya en lo meloso o exageradamente romántico. Además, el final es flojo, ya que luce desangelado y desconectado de la historia principal.

"La teoría del todo" es una cinta entretenida que hace pasar un buen rato en la sala de cine, con una modesta y rescatable producción, pero que deja pendiente esa "gran explosión" de placer y homenaje que merecen una mente y vida como las de Stephen Hawking. Buena a secas, una ecuación cinematográfica que no termina por desarrollar la fórmula que promete. 

 

10 consejos invaluables para la vida que aprendiste al ver Kill Bill


Cultura Y | Por Rodrigo Macías |

1. Las apariencias no solo engañan, también matan.

Vernita Green pasó inadvertida como una ama de casa común de los suburbios (hasta que encontraron su cadáver sosteniendo una pistola en una caja de cereal) “haciendo el súper” y manejando su Mom-Van. Nadie se imaginaba que era una experta en asesinar con arma blanca.

¿Te imaginas cuántas oportunidades al día “mueren” en los negocios y el amor al no ser vistas porque están tapadas con “ropa fea” o “hablan chistoso”? Aprovecha y tómalas tú.


2. Si hay niños presentes, disimula.

Si Beatrix Kiddo pudo contener su sed de venganza con tal de no matar a Doña “Cabeza de Cobre” frente a su hija de cuatro años, nosotros, si vemos que hay un infante cerquita, seguramente podemos aguantarnos la leperada que vamos a decir o la muestra de egoísmo que nos disponíamos a realizar. ¿Qué tal si el chamaco sigue viendo la vida positivamente? Dejémoslo pues.







3. Da más placer llegar por el camino más difícil.

¿Porqué Bill no salvó su vida dejando que asesinaran a Beatrix tranquilamente en su camita (o mejor dicho, en su “comita”)? pues porque ¡qué chiste! Cuando siempre la libramos de la forma que cause menos líos, caemos en un círculo vicioso de hueva que termina chupándole a nuestra existencia todo el sabor que nos hace disfrutarla. Quizás estoy exagerando, o quizás no… mejor no esperes a averiguarlo y lánzate uno que otro desafío de vez en cuando.


4. Tu cuerpo obedece a tu mente, y ella a sólo tiene oídos para ti.

Si tú o yo nos quedásemos inválidos como la protagonista de Kill Bill, al no tener entrenamiento Samurái como ella, probablemente nos quedaríamos sentados por siempre aunque le roguemos a nuestro dedo gordo “una movidita”. Pero seguramente puedes lograr que tu cuerpo te obedezca en situaciones más cotidianas. A poco cuando le dices a tu mente: “hoy nos vamos a chutar la serie completa en Netflix” ¿no te obedece y hace que tu cuerpo se sienta “sin energía para moverse”? Lo mismo pasa cuando le das órdenes más productivas.



5. Por imposible que parezca hoy, puedes llegar a ser quién se te de la gana.

Seguro que cuando tenía nueve años, O-Ren Ishii no se imaginaba que once años después sería una de las mejores asesinas a nivel mundial. Fue su entrañable deseo por vengar la muerte de sus padres lo que la motivó a lograr su objetivo mayor. Así, tú también tienes la capacidad de obsesionarte intensamente con un deseo y vencer a las probabilidades para conseguirlo. Elige la motivación que quieras pero empieza hoy, que el tiempo se te acaba (no es indispensable que mueran seres queridos).


6. Para comenzar bien una relación con personas nuevas, actúa como ellos.

En la película, Hattori Hanzō toma en serio la petición de Beatrix para fabricarle un sable nuevo cuando ella comienza a hablar fluidamente japonés. Para sentirte libre, nunca deberías fingir ser alguien diferente, pero no lastima adoptar nuevas costumbres temporalmente “para probar” y poner un pie adentro. Está en nuestra naturaleza el aceptar a gente nueva una vez que les encontramos algún aspecto que se relacione con nosotros. ¿Te ha caído un poquito mejor un turista en México cuando se atreve a ponerle picante a la comida? Exacto.




7. Si tu opinión va en contra de la mayoría, dilo con tacto o te cortarán la cabeza.

¿Recuerdas qué le pasó a Boss Tanaka cuando expresó su disgusto porque la nueva líder de su grupo mafioso era una Chinese Jap-American half-breed bitch? Seguramente así conoces a algún jefe / profesor / etcétera inseguro que te hayas cruzado por la vida (y seguramente te cruzarás con más) con quien no puedes expresar una opinión contraria sin que se sienta agredido y busque castigarte severamente para reafirmar su autoridad. Bueno. Pues el consejo aquí no es quedarse callado, eso no debería pasar nunca, pero cuando hables, es más inteligente pensar bien el modo de hacerlo para que la persona con mayor “autoridad” no se sienta intimidada y no tenga razón para cobrártela caro.



8. Si tienes que dar un mensaje importante, dramatiza.

Cortando inesperadamente la cabeza del Boss Tanaka fue como O-Ren Ishii se aseguró que su equipo entendiera que su ascendencia era un tema de conversación sensible. En nuestra época atascada de información, es común que ignoremos uno que otro mensaje para evitar saturarnos y quedar zopencos de por vida. Si tienes algo importante que decir y quieres asegurarte de ser escuchado, no cortes la cabeza de la gente, pero sí dramatiza un poco el mensaje para que sobresalga del montón y se quede bien refugiado en la sesera de tus escuchas. Solo hace falta decirlo como nadie más (cuerdo y sobrio) lo haría.



9. Ofrece disculpas ahora o muere con tu remordimiento.

En una de las últimas escenas del filme, antes de que pudiéramos ver qué tan rosita era el cerebro de O-Ren Ishii, seguramente ella sospechaba que perdería la pelea contra Beatrix y por eso le pidió perdón antes de morirse con la culpa. Cuando la regamos, es más inteligente tragarse el orgullo y ofrecer disculpas inmediatamente a dejar que la culpa engorde masivamente comiéndose tu energía y alejándote cada vez más de aquella persona que evitas, por la vergüenza que sientes. Para que cuando veas otra vez a esa persona, a quien de seguro ni le importaba tanto lo que hiciste, puedas saludarla de frente sin tener que ocultarte tras tu gordis.


10. Deshazte brutalmente de TODO lo que se interponga entre tú y tu misión.

El consejo más importante que aprendimos al ver Kill Bill es sin duda el ya choteado “lucha por tus sueños”. Pero en serio, quizás no debamos asesinar a un escuadrón de asesinos profesionales y a un ejército de 88 locos Samurái, pero sí encontraremos gente mediocre que intente desanimarnos en cualquier deseo loco que tengamos, ya que esto los haría verse más mediocres ¿o no? Por eso corta de tajo la relación con gente o actividades que obstruyan tu camino y enfócate sólo en aquello (y aquellos) que te ayudan a subir, subir y subir.
 





















El Autor: Rodrigo Macías es co-fundador del estudio de diseño integral para emprendedores Ojo Terzo. Para leer su blog y conectar con sus redes sociales visita: http://ojoterzo.com | "Cultura Y" aborda artículos de interés para la generación Millenial con temas de pop culture.


'La mujer que no' (un cuento de Jorge Ibargüengoitia)


Un día como hoy pero de 1928 nació Jorge Ibargüengoitia, uno de los escritores más excepcionales que ha tenido México. Maestro de la ironía y el humor negro a la hora de escribir, y crítico mordaz de la realidad y el sistema del país. Nos dejó un sinfín de obras literarias que incluso han sido llevadas al cine. Tal es el caso del libro "La Ley de Herodes y otros cuentos" que fue adaptada a la pantalla grande y con gran éxito en 1999 por el cineasta Luis Estrada. 

En Revista Sputnik lo recordamos a 87 años de su nacimiento y reproducimos este fenomenal cuento que forma parte de la obra citada en el párrafo anterior. Ojalá que les guste. Compártanlo.


La mujer que no
Por Jorge Ibargüengoitia
(Guanajuato, México, 1928 - Madrid, 1983)

      Debo ser discreto. No quiero comprometerla. La llamaré.. . En el cajón de mi escritorio tengo todavía una foto suya. junto con las de otras gentes y un pa­ñuelo sucio de maquillaje que le quité no sé a quién. o mejor dicho sí sé, pero no quiero decir, en uno de los momentos cumbres de mi vida pasional. La foto de que hablo es extraordinariamente buena para ser de pasaporte. Ella está mirando al frente con sus gran­des ojos almendrados, el pelo restirado hacia atrás, dejando a descubierto dos orejas enormes, tan cerca­nas al cráneo en su parte superior, que me hacen pensar que cuando era niña debió traerlas sujetas con tela adhesiva para que no se le hicieran de papalote; los pómulos salientes, la nariz pequeña con las fosas muy abiertas, y abajo... su boca maravillosa, grande y carnuda. En un tiempo la contemplación de esta foto me producía una ternura muy especial, que iba convirtiéndose en un calor interior y que terminaba en los movimientos de la carne propios del caso. La llamaré Aurora. No, Aurora no. Estela, tampoco. La llamaré ella.

      Esto sucedió hace tiempo. Era yo más joven y más bello. Iba por las calles de Madero en los días cer­canos a la Navidad, con mis pantalones de dril recién lavados y trescientos pesos en la bolsa. Era un medio­día brillante y esplendoroso. Ella salió de entre la multitud y me puso una mano en el antebrazo. “Jorge”, me dijo. Ah, che la vita é bella! Nos conocemos desde que nos orinábamos en la cama (cada uno por su lado, claro está), pero si nos habíamos visto una doce­na de veces era mucho. Le puse una mano en la gar­ganta y la besé. Entonces descubrí que a tres metros de distancia, su mamá nos observaba. Me dirigí hacia la mamá, le puse una mano en la garganta y la besé también. Después de eso, nos fuimos los tres muy contentos a tomar café en Sanborns. En la mesa, puse mi mano sobre la suya y la apreté hasta que noté que se le torcían las piernas; su mamá me recordó que su hija era decente, casada y. con hijos, que yo había te­nido mi oportunidad trece años antes y que no la había aprovechado. Esta aclaración moderó mis impul­sos primarios y no intenté nada más por el momento. Salimos de Sanborns y fuimos caminando por la alameda, entre las estatuas pornográficas, hasta su coche, que estaba estacionado muy lejos. Fue ella, entonces, quien me tomó de la mano y con el dedo de enmedio, me rascó la palma, hasta que tuve que meter mi otra mano en la bolsa, en un intento desesperado de aplacar mis pasiones. Por fin llegamos al coche, y mientras ella se subía, comprendí que trece años antes no sólo había perdido sus piernas, su boca maravillosa y sus nalgas tan saludables y bien desarrolladas, sino tres o cuatro millones de muy buenos pesos. Fuimos a dejar a su mamá que iba a comer no importa dónde. Seguimos en el coche, ella y yo solos y yo le dije lo que pensaba de ella y ella me dijo lo que pensaba de mí. Me acerqué un poco a ella y ella me advirtió que estaba sudorosa, porque tenía un oficio que la hacía sudar. “No importante, no importa.” Le dije olfateándola. Y no importaba. Entonces, le jalé el cabello, le mordí el pescuezo y le apreté la panza... hasta que chocamos en la esquina de Tamaulipas y Sonora.

      Después del accidente, fuimos al SEP de Tamauli­pas a tomar ginebra con quina y nos dijimos primores. La separación fue dura, pero necesaria, porque ella tenía que comer con su suegra. “¿Te veré?” “Nunca más.” “Adiós, entonces.” “Adiós.” Ella desapareció en Insurgentes, en su poderoso automóvil y yo me fui a la cantina el Pilón, en donde estuve tomando mezcal de San Luis Potosí y cerveza, y discutiendo sobre la divinidad de Cristo con unos amigos, hasta las siete y media, hora en que vomité. Después me fui a Bellas Artes en un taxi de a peso.

      Entré en el foyer tambaleante y con la mirada torva. Lo primero que distinguí, dentro de aquel mar de personas insignificantes, como Venus saliendo de la concha... fue a ella. Se me acercó sonriendo apenas, y me dijo: “Búscame mañana, a tal hora, en tal par­te”; y desapareció.
      ¡Oh, dulce concupiscencia de la carne! Refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos, alivio de los enfermos mentales, diversión de los pobres, esparci­miento de los intelectuales, lujo de los ancianos. ¡Gra­cias, Señor, por habernos concedido el uso de estos artefactos, que hacen más que palatable la estancia en este Valle de Lágrimas en que nos has colocado!

      Al día siguiente acudí a la cita con puntualidad. Entré en el recinto y la encontré ejerciendo el oficio que la hacía sudar copiosamente. Me miró satisfecha, orgullosa de su pericia y un poco desafiante, y también como diciendo: “Esto es para ti.” Estuve absorto durante media hora, admirando cada una de las partes de su cuerpo y comprendiendo por primera vez la esencia del arte a que se dedicaba. Cuando hubo terminado, se preparó para salir, mirándome en silen­cio; luego me tomó del brazo de una manera muy elocuente, bajamos una escalera y cuando estuvimos en la calle, nos encontramos frente a frente con su chingada madre.

      Fuimos de compras con la vieja y luego a tomar café a Sanborns otra vez. Durante dos horas estuve conteniendo algo que nunca sabré si fue un sollozo o un alarido. Lo peor fue que cuando nos quedamos solos ella y yo, empezó con la cantaleta estúpida de: “¡Gracias, Dios mío, por haberme librado del asqueroso pecado de adulterio que estaba a punto de cometer!” Ensayé mis recursos más desesperados, que consisten en una serie de manotazos, empujones e intentos de homicidio por asfixia, que con algunas mujeres tienen mucho éxito, pero todo fue inútil; me bajó del coche a la altura de Félix Cuevas.

      Supongo que se habrá conmovido cuando me vio parado en la banqueta, porque abrió su bolsa y me dio el retrato famoso y me dijo que si algún día se decidía (a cometer el pecado), me pondría un telegrama.

      Y esto es que un mes después recibí, no un tele­grama, sino un correograma que decía: “Querido Jorge: búscame en el Konditori, el día tantos a tal hora (p. m.) Firmado: Guess who? (advierto al lector no avezado en el idioma inglés que esas palabras sig­nifican “adivina quién”). Fui corriendo al escritorio, saqué la foto y la contemplé pensando en que se acer­caba al fin la hora de ver saciados mis más bajos instintos.

      Pedí prestado un departamento y también dinero; me vestí con cierto descuido pero con ropa que me quedaba bien, caminé por la calle de Génova durante el atardecer y llegué al Konditori con un cuarto de hora de anticipación. Busqué una mesa discreta, por­que no tenía caso que la vieran conmigo un centenar de personas, y cuando encontré una me senté mirando hacia la calle; pedí un café, encendí un cigarro y es­peré. Inmediatamente empezaron a llegar gentes co­nocidas, a quienes saludaba con tanta frialdad que no se atrevían a acercárseme.
      Pasaba el tiempo.

      Caminando por la calle de Génova pasó la joven N., quien en otra época fuera el Amor de mi Vida, y desapareció. Yo le di gracias a Dios.

      Me puse a pensar en cómo vendría vestida y luego se me ocurrió que en tíos horas más iba a tenerla entre mis brazos, desvestida...

      La joven N. volvió a pasar, caminando por la calle de Génova, y desapareció. Esta vez tuve que ponerme una mano sobre la cara, porque la joven N. venía mirando hacia el Konditori.
      Era la hora en punto. Yo estaba bastante nervioso, pero dispuesto a esperar ocho días si era necesario, con tal de tenerla a ella, tan tersa, toda para mí.

      Y entonces, que se abre la puerta del Konditori, entra la joven N., que fuera el Amor de mi Vida, cruza el restorán y se sienta enfrente de mí, sonriendo y preguntándome: “Did you guess right?”

      Solté la carcajada. Estuve riéndome hasta que la joven N. se puso incómoda; luego, me repuse, plati­camos un rato apaciblemente y por fin, la acompañé a donde la esperaban unas amigas para ir al cine.

      Ella, con su marido y sus hijos, se habían ido a vivir a otra parte de la República.

      Una vez, por su negocio, tuve que ir precisamente a esa ciudad; cuando acabé lo que tenía que hacer el primer día, busqué en el directorio el número del teléfono de ella y la llamé. Le dio mucho gusto oír mi voz y me invitó a cenar. La puerta tenía aldabón y se abría por medio de un cordel. Cuando entré en el vestíbulo, la vi a ella, al final de una escalera, vestida con unos pantalones verdes muy entallados, en donde guardaba lo mejor de su personalidad. Mientras yo subía la escalera, nos mirábamos y ella me sonreía sin decir nada. Cuando llegué a su lado, abrió los brazos, me los puso alrededor del cuello y me besó. Luego, me tomó de la mano y mientras yo la miraba estúpidamente, me condujo a través de un patio, hasta la sala de la casa y allí, en un couch, nos dimos entre doscientos y trescientos besos... Hasta que llegaron sus hijos del parque. Des­pués, fuimos a darles de comer a los conejos.

      Uno de los niños, que tenía complejo de Edipo, me escupía cada vez que me acercaba a ella, gritando todo el tiempo: “¡Es mía!” Y luego, con una impu­dicia verdaderamente irritante, le abrió la camisa y metió ambas manos para jugar con los pechos de su mamá, que me miraba muy divertida. Al cabo de un rato de martirio, los niños se acostaron y ella y yo nos fuimos a la cocina, para preparar la cena. Cuando ella abrió el refrigerador, empecé mi segunda ofen­siva, muy prometedora, por cierto, cuando llegó el marido. Ale dio un ron Batey y me llevó a la sala en donde estuvimos platicando no sé qué tonterías. Por fin estuvo la cena. Nos sentamos los tres a la mesa, cenamos y cuando tomábamos el café, sonó el telé­fono. El marido fue a contestar y mientras tanto, ella empezó a recoger los platos, y mientras tanto, tam­bién, yo le tomé a ella la mano y se la besé en la palma, logrando, con este acto tan sencillo, un efecto mucho mayor del que había previsto: ella salió del comedor tambaleándose, con un altero de platos su­cios. Entonces regresó el marido poniéndose el sacro y me explicó que el telefonazo era de la terminal de camiones, para decirle que acababan de recibir un revólver Smith & Wesson calibre 38 que le mandaba su hermano de México, con no recuerdo qué objeto; el caso es que tenía que ir a recoger el revólver en ese momento; yo estaba en mi casa: allí estaba el ron Batey, allí, el tocadiscos, allí, su mujer. Él regresaría en un cuarto de hora. Exeunt severaly: él vase a la calle; yo, voyme a la cocina y mientras él encendía el motor de su automóvil, yo perseguía a su mujer. Cuando la arrinconé, me dijo: “Espérate” y me llevó a la sala. Sirvió dos vasos de ron, les puso un trozo de hielo a cada uno, fue al tocadiscos, lo encendió, tomó el disco llamado Le Sacre du Sauvage, lo puso y mientras empezaba la música brindarnos: habían pasado cuatro minutos. Luego, empezó a bailar, ella sola. “Es para ti”, me dijo. Yo la miraba. mientras calculaba en qué parte del trayecto estaría el marido, llevando su mortífera Smith & Wesson calibre 38. Y ella bailó y bailó. Bailó las obras completas de Chet Baker, porque pasaron tres cuartos de hora sin que el marido regresara, ni ella se cansara, ni yo me atreviera a hacer nada. A los tres cuartos de hora decidí que el marido, con o sin Smith & Wesson, no me asustaba riada. Me levanté de mi asiento, me acerqué a ella que seguía bailando como poseída y, con una fuerza completamente desacostumbrada en mí, la levanté en vilo y la arrojé sobre el couch. Eso le en­cantó. Me lancé sobre ella como un tigre y mientras nos besarnos apasionadamente, busqué el cierre cíe sus pantalones verdes y cuando lo encontré, tiré de él... y ¡mierda!, ¡que no se abre! Y no se abrió nunca. Estuvimos forcejando, primero yo, después ella y por fin los dos, y antes regresó el marido que nosotros pudiéramos abrir el cierre. Estábamos ja­deantes y sudorosos, pero vestidos y no tuvimos que dar ninguna explicación.

      Hubiera podido, quizá, tegresar al día siguiente a terminar lo empezado, o al siguiente del siguiente o cualquiera de los mil y tantos que han pasado desde entonces. Pero, por una razón u otra nunca lo hice. No he vuelto a verla. Ahora, sólo me queda la foto que tengo en el cajón de rni escritorio, y el pensamiento de que las mujeres que no he tenido (como ocurre a todos los grandes seductores de la his­toria), son más numerosas que las arenas del mar.

Poesía: Cantar libélulas


Por Carlos Noyola |


Cantar libélulas

Subo los jarrones
para escapar de mi memoria.
Desde allá veo a mis hermanas
brincan encimándose
para alcanzar libélulas que se congelaron
cuando pensaban en ser aquenios.

La tía llamó
e intenté correr
pero mis hermanas decidieron
construir pirámides sobre mi cuerpo.
No siento los dedos, dijo una de ellas
y volteé a mirar por la ventana
el vals de dieciséis
que pronto se convirtió en canto
de risas y libélulas.

Mis hermanas repetían
que no las encontraban
y entonces entendí lo que vi
cuando dijeron:
las libélulas no están
se han ido
o se las llevaron.


Defecar

Orinar.
Masturbarse.
Orinar y masturbarse.
Ser asqueroso, ser instintivo, ser necesario, ser
placer. Casi como
comer y vomitar
oposición innecesaria
 pero perturbadora
¿por qué la repulsión?
cerca están
de lo inverso
vestigios de la fragilidad.



Carlos Noyola nació en la Ciudad de México en el 96. Sus poemas han aparecido en publicaciones como Letras Explícitas, Nomastique y el Periódico de Poesía de la UNAM.  Escribe regularmente para El Inconformista Digital y The insighters. Su primer libro, Costumbres correctas, fue publicado por Texere Editores en 2014. Actualmente vive en Estados Unidos.

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