15 reglas básicas del cine de Alfred Hitchcock



Por | Vía Jot Down


Treinta y tres años han pasado desde la muerte del cineasta inglés Alfred Hitchcock pero sus películas siguen resultando sorprendentes y atrayentes para buena parte del público. Prueba de ello es que se encuentran entre las más emitidas por las televisiones de medio mundo y aun así siguen siendo ávidamente consumidas por los espectadores. Alfred Hitchcock no solamente fue uno de los directores británicos más exitosos de su generación —junto al hoy injustamente «olvidado» Carol Reed— sino que su estilo ha marcado a numerosos cineastas de generaciones posteriores. Podría decirse que Hitchcock revolucionó muchos aspectos del séptimo arte, fundamentalmente a través de un vocabulario audiovisual muy definido. Así que como homenaje a su cine, veamos algunas de las características más llamativas de esa tan personal manera de hacer películas y más concretamente de su manera de hacer suspense, el género que más le gustaba, en el que mejor se desenvolvió y por el que ha pasado a la historia. Muchas de estas características las diseccionó él mismo en numerosas entrevistas, así como en aquella legendaria conversación con François Truffaut que en España se publicó con el título de El cine según Hitchcock, y que es una imprescindible lectura no solamente para comprender su trabajo sino para deleitarse sobre una lección magistral sobre el séptimo arte. Aquí desgranaremos quince características de su cine, pero naturalmente son solamente una parte de su amplio y complejo universo.


El cine es un espectáculo y el público es el destinatario: Este fue uno de sus principios básicos. Y aunque ese principio podría parecer una perogrullada lo cierto es que no lo fue tanto entre ciertos sectores de la crítica, quienes no respetaron demasiado a Hitchcock. Al menos no recibió los parabienes generalizados de la crítica hasta prácticamente los últimos años de su vida. Todo ello por su fama de director «comercial», que hizo que —hasta cierto grado— se le tuviera en algo menor consideración como artista. Esta tendencia crítica se agudizó particularmente después de su instalación en Hollywood y es un caso con bastantes paralelismos con el de Spielberg, aunque este sí obtuvo un reconocimiento generalizado más temprano en su carrera. Con todo, Hitchcock fue nominado cinco veces como mejor director en los Oscars (por Rebecca, Náufragos, Recuerda, La ventana indiscreta, y Psicosis) aunque no ganó ninguna estatuilla. Sí la ganó como mejor película Rebecca en 1941, aunque resulta significativo que ninguno de sus films obtuviese una nominación como mejor película más allá de 1946. Sin embargo, el —relativo— desapego de la crítica más intelectual no preocupaba demasiado a Hitchcock (en todo caso le fastidiaba, pero no tanto como para intentar ser «más artístico»). El espectador era finalmente el crítico más exigente, y «Hitch» consideraba que la mejor crítica para una película era que esta atrajese a la gente y que la gente saliese contenta de la sala de cine. Además, la asistencia de público hacía feliz a los estudios. Por eso siempre cuidó su relación directa con el espectador, promocionando su propia figura y convirtiéndose en un chiste más asociado a su cine, apareciendo en los trailers publicitarios (en la foto de abajo, Hitchcock en el trailer de Los pájaros), y relacionando su nombre con publicaciones, series de televisión, etc.

Los Pajaros Trailer

Los argumentos, siempre simples: A Hitchcock no le gustaba filmar argumentos complejos, lo cual fue otro de los motivos de que recibiese no pocos e injustos desprecios de cierta parte de cierta crítica, que requería mayor «profundidad» y «mensaje». Pero Hitchcock amaba el de suspense y pensaba que dicho suspense debe construirse a base de recursos narrativos puramente audiovisuales, no de una mera acumulación de interrogantes argumentales. Una historia simple permite utilizar muchos recursos visuales que explican y subrayan elementos simples y que el espectador podrá entender de manera intuitiva. En cambio, una historia compleja escaparía a la comprensión intuitiva y haría que esos recursos visuales resultaran inútiles, bombardeando al espectador con demasiada información simultánea que tendría que ser resumida artificiosamente en los diálogos.

Leon

Los diálogos son generalmente inútiles: Cualquier espectador tiene grabadas en la retina imágenes de sus películas, pero es poco probable que recuerde un diálogo de memoria. No en vano Hitchcock definió una buena película como aquella que puedes ver en la televisión de tu casa con el sonido apagado, pero cuyo argumento puedes entender a grandes rasgos sin necesidad de escuchar a los actores. Sus comienzos en el cine mudo marcaron profundamente su estilo y su manera de dirigir, hasta el punto de que llegaba a despreciar abiertamente los diálogos. Según Hitchcock, los personajes han de expresar su emoción mediante la interpretación facial y gestual de los actores: lo que digan, las palabras que pronuncien, son lo de menos. Es más, en muchas secuencias de sus largometrajes, las líneas de diálogo llegan a contradecir lo que los actores están expresando con su rostro o sus acciones. Los diálogos quedan, pues, como mero ruido de fondo. Y en cualquier caso como último recurso para explicar aquellos elementos argumentales demasiado complejos como para poder ser expresados mediante la simple imagen, pero que aun así resultan necesarios en la trama. Hitchcock detestaba particularmente lo que llamaba «teatro filmado», aquellas películas que lo basan todo en los diálogos y dejan de lado los mecanismos puramente audiovisuales que para él son la esencia misma del cine. Lo que están pensando los personajes debemos poder verlo en sus caras.

Catch a thief
El sonido puede ser tan importante como la imagen: Paradójicamente, pese a su formación en el cine mudo y pese a su abierto desprecio de los diálogos, Hitchcock fue uno de los pioneros en utilizar sonidos y música no como mero fondo ambiental sino como recurso para introducir un elemento emocional o incluso informativo en una escena, o para introducir a personajes a los que no vemos en pantalla. Un ejemplo célebre y mil veces imitados sucede en Los pájaros, cuando los protagonistas están encerrados en una casa y sabemos que están rodeados por las aves, pero lo sabemos únicamente porque escuchamos a esas aves haciendo ruido en el exterior. También servía para expresar las emociones de los personajes. Como ejemplo, la impresionante secuencia del desayuno en Chantaje, donde en mitad de una charla supuestamente intrascendente sobre un crimen en el que está involucrada, Anny Ondra termina escuchando obsesivamente la palabra knife! (cuchillo) y nosotros podemos entender perfectamente su estado de ánimo.
A su vez, el silencio más absoluto puede ser tan importante como el sonido, cuando es utilizado en el momento justo:

El peligro sucede en lugares insospechados: Él siempre decía que muchas películas de suspense de otros directores le aburrían porque estaban aferradas a determinados clichés establecidos. Por ejemplo: el malvado tenía siempre un aspecto siniestro, los peligros acechaban siempre en callejones y lugares oscuros, etc. Según él, estos clichés estaban tan asimilados por el espectador que ya sabía de antemano cuándo un escenario oscuro encerraba una amenaza, constituyendo la única sorpresa el momento preciso de la aparición de esa amenaza. Es decir, Hitchcock se quejaba de que muchas películas de suspense no eran realmente de suspense, sino que simplemente se limitaban a «dar sustos» pero no creaban una auténtica sensación de incertidumbre sostenida. Por otra parte, estos antiguos clichés (y no tan antiguos; muchas películas de hoy se siguen aferrando a ellos) dejaban abierto el siempre fácil recurso de que el protagonista se salvara de algún modo porque apareciese un policía de la nada o porque algún vecino oyera gritos y bajara a ayudar a los protagonistas, o mecanismos similares. Para evitar esto, Hitchcock solía situar el peligro en lugares abiertos y bien iluminados, incluso en lugares concurridos y con la presencia de gente que podría ayudar pero que, por un motivo u otro, nunca lo hace. Por ello solía recurrir a argumentos con un elemento conspirativo, donde pedir ayuda policial o ponerse a soltar gritos no era exactamente la mejor idea para salir airoso. Según Hitchcock, en la vida real no hay un horario para las desgracias y la vida no diseña escenarios terroríficos para que a alguien le suceda algo terrorífico: cualquier cosa mala puede sucederle a cualquiera en cualquier momento. Lo importante era que pudiésemos captar el mal, que pudiésemos leer las intenciones de quien ataca al protagonista, como en la famosa secuencia del avión que persigue a Cary Grant sobre los campos de maíz: campo abierto, a pleno sol, y un malvado piloto en cuya mente podemos llegar a situarnos durante la secuencia.

El villano puede parecer perfectamente bueno: El otro cliché que mencionábamos, el del villano con rasgos «característicos de villano», fue también denostado por Hitch. Los malvados de sus películas podían ser los individuos más insospechados, muy a menudo personas de aspecto común e incluso distinguido. Un vecino, el aparentemente inocente dependiente de un motel, un amigo de aspecto inofensivo o incluso el propio marido de la protagonista… cualquiera podía ser el malo de la historia. También recurrió al resorte de introducir individuos peligrosos que no sabían que lo eran, como aquel niño de Sabotaje que portaba una caja desconociendo que dentro había una bomba: aquel niño no era exactamente un villano, pero sí era un instrumento inocente utilizado por los villanos y en la práctica era el portador del peligro (en el vídeo siguiente está la mencionada secuencia, así que es spoiler para quien no haya visto ese film). Hicthcock también recurría a malvados de los que nunca estaremos seguros si eran conscientes o no de su propia maldad, como las mencionadas e inquietantes aves de Los pájaros. Para acentuar la sensación de que el espectador nunca está seguro de quién es malvado y quién no, Hitchcock introducía personajes secundarios o anecdóticos que, en algún momento del film, despiertan las sospechas del protagonista y del propio público, incrementando así la sensación de indefensión. El malvado podría ser cualquiera que está de pie en una esquina o que lanza una mirada repentina al protagonista, aunque sea de manera casual.

No existen los héroes por naturaleza: Al igual que los villanos, tampoco los héroes son quienes deberían ser. Una premisa argumental habitual en su cine es la de que el protagonista sea una persona inocente y frecuentemente desvalida —al menos en apariencia—, que se ve implicada en una peligrosa trama ajena a ellos. En su cine apenas existen los héroes que luchan motu proprio por amor a la justicia, sino sencillamente individuos normales y corrientes que intentan salir de una situación peligrosa donde se han visto metidos sin saber muy bien cómo ni por qué. Paralelamente, en uno de tantos giros irónicos del cine de Hitchcock, aquellos que deberían comportarse como héroes nunca lo hacen: los policías y las autoridades de cualquier tipo suelen ser inútiles y de nula ayuda cuando se trata de combatir el mal que acecha a los protagonistas (unido a esto, Hitchcock siempre confesó sentir una curiosa fobia hacia los agentes de la ley). Así que sus héroes pueden ser pueden ser delincuentes que son culpables de sus propios delitos pero inocentes en la trama principal del film, como en Psicosis, o sencillamente individuos que se ven involucrados a causa de un pecado menor, como el de la excesiva curiosidad.

Una película es como un videojuego: Y eso que cuando Hitchcock murió los videojuegos modernos ni siquiera existían. Pero su uso de la cámara es muy similar al que podemos ver en diversos videojuegos, donde el jugador ve la acción en primera persona y a través de los ojos de su personaje. De manera similar, Hitchcock usaba la cámara para situar al espectador en la primera persona de la acción y fue uno de los principales desarrolladores de las técnicas de cámara subjetiva. En ocasiones la cámara escrutaba los espacios casi como si estuviese implantada en los ojos de algún curioso que husmease por el escenario, y así hacía partícipe al espectador de esa especie de curiosidad por comprobar qué hay en una habitación, en una calle, o en un vecindario. En multitud de ocasiones la cámara vuela libremente como representación directa de esa curiosidad innata del espectador. Muchas otras veces, en cambio, la cámara se convierte en los ojos del personaje principal y el espectador ve directamente lo que el protagonista está contemplando, normalmente mediante un plano-contraplano que bascula entre el objeto observado y la reacción del protagonista. En este caso, claro, no se trata de contagiar al espectador de una curiosidad abstracta sino de los muy concretos miedos del protagonista ante la situación.

Los encuadres tienen un significado emocional: Hitchcock, por lo general, no componía las secuencias anteponiendo una intención estética (por eso llaman tanto la atención en su cine, por lo inusuales, escenas como la muerte de una mujer en Topaz, cuando su vestido se derrama en poética metáfora de la sangre). Su intención solía ser primero y ante todo narrativa. Pensaba en afectar al público pulsando sus emociones primarias —miedo, curiosidad, etc.— y no recurriendo a la emoción estética. Y para pulsar esas emociones básicas creía ciegamente en que se necesitaba utilizar un tipo de plano para cada situación emocional concreta. Así, los momentos de clímax emocional están caracterizados por encuadres inusuales (verticales, oblicuos, deformados, etc.) planeados para causar la desazón visual del espectador, o bien por planos muy cercanos para involucrar al espectador en la acción. En cambio, los momentos tranquilos se caracterizan por planos mucho más horizontales y «bien» encuadrados, donde la cámara toma más distancia de la acción y donde la imagen es mucho más convencional, permitiendo que el espectador se relaje en su butaca al no percibir nada anormal.

El color también es un lenguaje: Hitchcock fue uno de los pioneros en utilizar el color como un lenguaje en sí mismo, algo que ha sido imitado por multitud de otros directores y que de hecho ese ha convertido en algo muy común en el cine posterior, hasta el punto de que existen estudios sobre tonalidades concretas asociadas incluso a géneros concretos. Hitchcock usaba los colores para establecer el tono emocional de una secuencia, principalmente. Pero también para otros fines diversos, particularmente el centrar la atención sobre determinados objetos o personajes. El ejemplo más famoso —él mismo lo utilizaba para ilustrar y explicar esta técnica— sucede en Vértigo: durante la primera parte de la película están completamente ausentes de la pantalla dos colores básicos como el rojo y el verde. Aunque el espectador no lo sabe, su percepción subconsciente sí nota una falta de equilibrio cromático y eso crea una cierta desazón visual en el público, en consonancia con la desazón que siente el protagonista a causa de su soledad. El espectador, aunque inconscientemente y sin darse cuenta, busca los colores que están ausentes y no los encuentra. Sin embargo, cuando aparece por primera vez Kim Novak —objeto de la obsesión de James Stewart— lo hace vestida de verde y sentada junto a una pared de intenso color rojo. Esa repentina visión satisface tanto al protagonista, que encuentra el objeto de su obsesión, como al propio público, que se siente aliviado al ver por fin esos colores en pantalla. Así, no importa que cada espectador concreto sienta hacia la actriz la misma atracción que siente el protagonista porque, mediante un proceso paralelo el espectador sentirá lo mismo que él cuando ve a aquella mujer en un restaurante. En su etapa de blanco y negro Hitchcock recurría a los contrastes de luz de manera parecida a como usaba el color, aunque lógicamente la paleta de posibilidades era más reducida.

Dios no juega a los dados: En muchos de los momentos climáticos de su cine, cuando el protagonista está a punto de hacer avanzar la historia, aparece alguien de la nada que desconoce la trama principal o los apuros del protagonista y que, sin darse cuenta, amenaza con arruinar la situación con su sola presencia. Hitchcock utiliza la casualidad o la mala suerte para poner al espectador al borde de su butaca, ya que vemos al protagonista en peligro pero sumido en una inoportuna situación cotidiana —que nada tiene que ver con la amenaza principal— de la que resulta difícil salir y que le está impidiendo conseguir aquello que necesita. En las películas de Hitchcock hay casi siempre una especie de dios malicioso que se encarga de gastarles bromas a los personajes, y cuanto más delicada la situación del personaje, más bromas de este tipo le gasta.

La importancia del contraste emocional: Otra de las grandes críticas que el director inglés hacía al cine de suspense tradicional era la falta de ligereza y de sentido del humor. Para acentuar los momentos de clímax, afirmaba, se necesitaban secuencias que ejercieran como contraste humorístico. Algunas de sus películas comenzaban con un registro ligero y esa ligereza podía aparecer después en cualquier momento del metraje, de la manera más inesperada, y en ocasiones incluso introduciendo detalles irónicos en mitad de los momentos de acción más intensa. Aunque a veces sus detalles ligeros se le volvían en contra, como la costumbre de aparecer medio camuflado en sus propias películas: al final tuvo que restringir esos cameos a la parte inicial de los films y hacerlos muy evidentes, para que el público no se distrajese del argumento principal, más pendiente de tratar de localizar al director. Una curiosa recopilación de sus cameos:

El montaje es el principal arma del director: Todos recordamos escenas célebres de sus películas, como aquella de la ducha en Psicosis, que se basan en el llamado «montaje acelerado». Esto es, una multitud de planos muy breves tomados desde diversos ángulos, que se suceden rápidamente en la pantalla para componer la acción. Esto, además de responder al intento hitchcockiano de crear desazón emocional en el espectador mediante enfoques inusuales, le servía para dejar su impronta personal en la película, era demás una manera de garantizarse que los jerifaltes del estudio no iban a retocar sus escenas… porque, ¡sencillamente no sabrían cómo montarlas! El director, decía Hitchcock, debe haber visualizado en su cabeza todo el largometraje ya antes de comenzar a rodar, y muy particularmente debe tener perfectamente memorizadas aquellas escenas clave que desea que aparezcan sin retocar en el film estrenado. De este modo, entregando en la sala de montaje un montón de planos aparentemente caóticos e inconexos, los ejecutivos se convencerían de que únicamente Hitchcock sabría cómo sacar algo con sentido de semejante caos de material. Y acertaba.

El espectador debe tener más respuestas que preguntas: Para Hitchcock el suspense no consistía en mantener al público en la ignorancia y rodeado de misterios, o dejando que las amenazas los sorprendiesen, sino todo lo contrario. La gente que miraba la pantalla debía tener mucha información, debía conocer aquello que podía sucederles a los protagonistas del film y debía saber dónde, cuándo y cómo acechaba el peligro. De lo contrario, lo que se obtiene es el efecto «susto», que dura apenas unos segundos, y no el efecto suspense, que puede prolongarse casi tanto como el director quiera. Es por esto que Hitchcock hizo siempre una auténtica campaña contra los Whodunit, las típicas historias detectivescas donde todo son preguntas y los misterios se van destapando poco a poco. Hitchcock, al contrario, mantenía únicamente un misterio o unas pocas preguntas sin responder, los mínimos para que la historia funcionase, pero el resto de respuestas se las entregaba al espectador de antemano. Los personajes del film, en cambio, recibían la información única y exclusivamente en un momento clave, cuando los espectadores ya habían procesado lo que estaba sucediendo en pantalla.

Los objetos no son muy distintos de los actores: No hablamos aquí del famoso desprecio de Hitchcock hacia los intérpretes, como en aquella célebre ocasión en que le preguntaron «¿Es verdad que usted ha dicho que los actores son ganado?» y él respondió tranquilamente «No he dicho que sean ganado, sino que hay que tratarlos como a ganado». Mucha gente ha tomado esta actitud como un signo de soberbia, aunque lo cierto es que podía resultar igualmente tajante con respecto a su propio trabajo como director. Pero más allá de este cinismo tan típico de él («no hagas películas con niños, ni con perros, ni con Charles Laughton») hay otro aspecto completamente distinto en su relación con los actores, pero ya a nivel puramente técnico. Hitchock no primaba a los actores por encima de los objetos. Objetos inanimados e intérpretes humanos eran ambos material de idéntico valor narrativo para la cámara. Esto hoy puede resultar menos sorprendente, ya que otros muchos directores han tomado ese camino, pero durante el auge de Hitchcock no resultaba tan común ese despego hacia el actor como casi exclusivo hilo conductor de la acción.

La mujer ha de responder a un patrón determinado: Hitchcock, como Billy Wilder, era frecuentemente acusado de misoginia, y como Wilder, lo negaba tajantemente. Es posible que ninguno de los dos se considerase realmente misógino en su vida personal —eran hombres felizmente casados y, al menos por lo que sabemos, con sendas mujeres de fuerte personalidad— pero como creadores hay algo que tienen en común: en sus películas los principales papeles femeninos muy a menudo se prestan a una interpretación bastante retorcida. Lo cual no significa que esa interpretación sea necesariamente cierta, pero sí que ha llamado suficientemente la atención como para que incluso en épocas pasadas, donde el feminismo no era precisamente una corriente de pensamiento dominante, se hablase bastante de ello. En el caso de Wilder, muchos personajes femeninos eran tratados con un cinismo rayano en el abierto desprecio, si bien es verdad que los personajes masculinos no salían mucho mejor parados. Pero no pocas veces la balanza parecía inclinarse en disfavor de las mujeres o así lo interpretaban los observadores. En el caso de Hitchcock se percibía una mezcla de profunda fascinación con una vena sádica que al parecer también mostraba en la vida real, al menos en lo referente a su retorcido sentido del humor. Si en el cine de Wilder muchas mujeres eran superficiales y volubles, en el de Hitchcock solían ser extremadamente pasivas y vulnerables. Eso sí, estas interpretaciones se hacen sobre el conjunto de toda su obra —porque como en todo hay excepciones o matices— y lo cierto es que a menudo se han exagerado ciertos rasgos o se ha pretendido psicoanalizar al director, señalando su obsesión con las mujeres de cabello rubio y con un físico refinado y elegante.  O el que su cine contuviese altas dosis de sexualidad —que no de sexo— transmitidas con maestría; solamente un hombre muy fascinado por el atractivo sexual de la mujer podía conseguir que la bellísima pero habitualmente gélida Grace Kelly tuviese momentos de auténtica sensualidad calenturienta ante la cámara (y sin necesidad de hacer nada particularmente provocativo), sensualidad que no resaltaba prácticamente nunca bajo la batuta de otros directores. Según Hitchcock, mujeres como las de sus películas —refinadas, altivas— escondían su sexualidad bajo un velo de sofisticación, y él quería que el espectador descubriese esa sexualidad durante la película y que no la diese por hecho antes como sí sucedía con actrices con fama de ser más «carnales». O, dicho en sus propias palabras, «quería mujeres con aspecto de maniquí, auténticas damas, que se convierten en verdaderas putas cuando ya están en la alcoba». Esta explotación de una fantasía masculina bastante básica —conquistar la sexualidad oculta de una mujer aparentemente inaccesible— hizo que muchos quisieran trazar paralelismos entre las películas de Hitchcock y su propia sexualidad, aunque esto, claro está, ya es terreno especulativo.

Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando


Cinetiketas | Por Jaime López Blanco |


Detrás de cada gran Elvira hay un gran guionista


El planteamiento es sencillo: un marido que advierte a su esposa que va de compras, por cigarrillos, pero que nunca regresa. Sin motivos obvios, sin explicaciones, sin vuelta atrás. Lo que viene después es la búsqueda incesante de una mujer por encontrar al amor de su vida, que se vuelve también una búsqueda de sí misma (otro verdadero amor). Y ésta es la principal virtud del guión original que Manolo Caro escribió para dar forma a su tercer largometraje, “Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando”, el cual igualmente dirige.

“Elvira...” se inscribe dentro del género de la dramedia, un melodrama recargado con varias situaciones y diálogos revestidos de comedia, con un timing ágil y acertado. Esto último se  debe al buen argumento que la historia posee, la cual nunca pierde de vista la importancia de la protagonista y, a la vez, va nutriéndose de diversos personajes que enriquecen el relato en cuestión. Quizás el único rol que peca de poco natural es el interpretado por Luis Gerardo Méndez, a quien se le olvida quitarse la papa de la boca característica de su popular “Javi Noble”. El resto del elenco funge a la perfección como apoyo y beneficio de toda la película. Las apariciones especiales generan una enorme sonrisa en el rostro del espectador, siendo la más notable la de Carlos Bárdem, quien sigue demostrando su capacidad para ejecutar buenos papeles dentro de la cinematografía mexicana. El Gustavo de Bárdem es necesario, doloroso y muy complejo; algo que Manolo Caro entiende con madurez para no dejarlo solamente como un antagonista sin escalas de grises.


Lo más obvio y alabable es la grandiosa y versátil actuación de Cecilia Suárez, quien goza y sufre a su personaje desde la primera hasta la última escena. Su Elvira puede pasar a la memoria del cine mexicano como uno de los mejores roles femeninos de los que se tenga recuerdo. 

Asimismo, la Elvira de Suárez es una metáfora exquisita del camino hacia el empoderamiento recorrido por las amas de casa abnegadas e ignoradas. 

La tercera cinta de Manolo Caro brilla por sentirse completa en su manufactura y honesta en  su tratamiento; evita caer en ridículas exageraciones, a pesar de tener grandes dosis de tragedia, construyendo una historia común o cercana a la audiencia. Esto último te  hace valorar al cineasta, por su buen ojo para edificar adecuadamente la historia, desde la concepción del montaje o la edición de la misma; al mismo tiempo, te hace admirarlo y reconocerlo aún más como el escritor y hombre inteligente que está detrás de un argumento que posee varios subtextos de gran reflexión social. La Elvira de Manolo Caro es amena, fácil de digerir y ciertamente conmovedora; un filme que no se le puede abandonar fácilmente. A ésta Elvira sí le doy mi vida aunque la esté usando.   
  

Letrinas: El vuelo del búho


Por Eusebio Ruvalcaba |

Cuento

El vuelo del búho

Para Rafael Pastelín


Te levantas, y sin ningún afán melodramático, sin ningún sui generis incentivo ni conducta esnob, decides —así, tan simple como escoger una camisa— echar la hueva, no ir a trabajar, pues.

Piensas —mientras la oficialía de partes se va a mejor vida— que un paseo por el centro, en cambio, te sentará bien. Tal vez quieras recordar antiguas épocas cuando acostumbrabas caminar sin rumbo fijo por aquellas calles colmadas de recuerdos para ti. Del lado de tu madre. Y alguna vez de tu padre también.

Te vistes ligero, desayunas peor, y en un abrir y cerrar de ojos te encuentras saliendo de la estación Juárez.

Ya estás donde querías estar. Con las manos en los bolsillos caminas hasta un edificio que te resulta familiar: el Museo Nacional de Arte. ¿Cuántas veces has estado ahí? Lo ignoras. Pero ahora mismo crees haber visto un cartel en el que se anunciaba a un pintor o escultor que presentaba sus obras más recientes. Un artista aclamado en cielo, mar y tierra. No importa quién sea, pero ya que estás ahí. Será buena oportunidad.

Dos colegialas —¿hermosas?, no lo sabes, pero a ti te lo parecen— ratifican con carne tu decisión. Ellas también van al museo, meneándose sobre sus piernas sólidas y anchas. Seguirlas, mirando el suelo, observando las paredes. Disimuladamente o no, y distraerse mientras transcurre la mañana. No pides más.

Intentas ir tras ellas, pero algo te hace perder el ritmo, te estropea la cadencia que habías empezado a afianzar y que te hacía sentir en las nubes. Entonces vuelves tu vista a uno de los cuadros de los que el museo se jacta: Hacienda de Chimalpa de José María Velasco. Lo ves y algo extraño salta a la vista. No es la primera vez que te detienes ante él. Pero ahora distingues que los colores se están desparramando. Como si se fugaran de la pintura. No es posible. Parpadeas numerosas veces. Como para que la realidad se reacomode. Pero no hay tal. Delante de ti los colores escurren.

Vuelves tu mirada y observas acuciosamente otros cuadros. Nada. Todo está perfectamente normal. Entonces miras uno más de José María Velasco. Su Valle de México de 1890. Y lo mismo. Los colores han terminado por escurrir y ahora empiezan a manchar la pared. Del asombro pasas al terror. Aunque quizás todo no sea más que una maldita confusión. Suele pasar. Algo inexplicable. Las colegialas están tomando apuntes, y te aproximas —en otras circunstancias jamás lo habrías hecho— y les señalas los cuadros de Velasco. Pero ellas deciden poner tierra de por medio. Les das miedo. Y es evidente que no están dispuestas a escucharte. Quién sabe qué piensen de ti. Caminando como si estuvieras ebrio recorres el resto de la sala. Todo está como debe estar. Hasta que te topas con otro cuadro de Velasco: Camino a Chalco con los volcanes. Cuando lo miras, pierdes el equilibrio y caes estrepitosamente al suelo. Como si alguien te hubiera dado una patada en los bajos. La gente se te queda viendo, y alguien se acerca y te ayuda a incorporarte. Te dicen que si necesitas ayuda y dices que no, que gracias.

No te atreves a mirar una vez más las pinturas de Velasco. Si era el artista favorito de tu madre. Mejor aún, de tus padres. Aficionados a la cultura en general y a la pintura en particular, aún tienes presente los libros que te mostraban de la vida y obra de aquel pintor. Paso a paso tu madre te explicaba la grandeza de su obra mientras tu padre observaba la escena, sonriente y ensimismado. Todavía hace poco tú mismo tomaste uno de esos libros y lo hojeaste. Incluso te encontraste una flor a modo de separador, en la lámina correspondiente a la pintura que le gustaba a tu madre por encima de cualquier otra: Los ahuehuetes. Reviviste entonces aquellas intimidades. Pero también vino a tu mente el momento en el que tu madre fue atropellada, precisamente en un recorrido por el centro, por estas calles que acabas de caminar. ¿Por qué no te atropellaron a ti?, siempre te lo preguntaste. Y seguramente tu padre también se lo preguntó cuando decidió darse aquel balazo en la cabeza.

Ves a un policía que acude hacia ti. Pero tú no estás dispuesto a hablar con nadie. Corres. Y el policía corre atrás de ti. Con el rabillo del ojo, ves Los ahuehuetes. Los colores le escurren como si fueran la sangre de la pintura. La sangre de Velasco. Avistas el vacío. La escalera de mármol en espiral. Tres pisos. La gente se hace a un lado para dejarte pasar. Que nadie te detenga. Miras a un hombre de traje que viene hacia ti en sentido opuesto. Su aspecto de guardia es inconfundible. El policía detrás y él delante. Cuando el hombre del traje cree haberte atrapado lo eludes. Él es ahora quien se cae. Prosigues tu carrera. El vacío te llama.




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Nacido en la ciudad de Guadalajara en 1951, Eusebio Ruvalcaba se ha dedicado a escuchar música. Cabal y rotundamente. Pese a que ha publicado ciertos títulos (Un hilito de sangre, Pocos son los elegidos perros del mal, Una cerveza de nombre derrota, El frágil latido del corazón de un hombre…), pese a que se gana la vida coordinando talleres de creación literaria y escribiendo en diarios y revistas, él dice que vino al mundo a escuchar música. Y a hablar sobre música. Y a escribir sobre música.

Círculo de Lectura: Álbum de mundos


Círculo de Lectura | Por Hugo César Moreno Hernández |

Sifuentes, Gerardo. Planetaria. México, Resistencia, 2013.



En la ciencia ficción se pueden construir diversas tradiciones. Por supuesto, estas tradiciones son meras construcciones a posteriori, descubiertas con la misma vocación ficcional. No son ciertas, son vetas cruzadas. Planetaria se deja encuadrar en una tradición de la literatura fantástica alimentada por la anticipación, el encuentro, la aparición de mundos expandidos y espacios contraídos, dimensiones superpuestas, animalidades humanizadas u humanidades interiorizadas en los átomos del universo.

La tradición: Planetaria va dispersándose en una narrativa fragmentaria, con viñetas, minificciones, inmersiones que expanden una entrada, la contraen o la superan. Una especie de hipertexto que recuerda el dispositivo narrativo de Ray Bradbury Crónicas marcianas(¿qué es? ¿Cuentos? ¿Novela? ¿Extravío literario en un lirismo sin poesía o poesía encubierta?), o la intertextualidad endogámica de Álvaro Menen Desleal sin hacerle remilgos a las entradas (¿influencias?) borgianas, asimovnianas y bradburyanas.

Planetaria es también un dispositivo narrativo, soportado en algunas páginas por la gráfica, cuidándose de no quedar entrampado por los trazos, incluso evita hilar un texto unívoco. En su polisemia desaparecen los personajes y cuando se ubica alguno con claridad queda encarcelado en la estrechez del texto que le contiene. A veces huye y aparece adelante o atrás, expandido o contraído, en un universo paralelo, en el futuro o en el pasado incognoscible, en esa área mítica descubierta por Lovecraft que sólo se recupera a través del terror. Hay un poco de horror en Planetaria, sin embargo queda disperso, como todos los textos. Es imposible hablar de UN texto, de unidad, de partículas construyendo un átomo, quizá la explosión y la diferencia, la distinción entre entrada y entrada sea una mejor descripción.

Gilles Deleuze y Félix Guattari utilizaron la forma rizoma como metáfora de relaciones entre el pensamiento, lo societal, lo político, lo económico, lo cultural, lo orgánico y lo inorgánico para establecer una postura filosófica: no hay centros, pero la razón siempre buscara endurecer la realidad (siempre inasible) con el fin de hacerla inteligible. Planetaria es un breve rizoma, carece de centralidad. Cada viñeta, minificción, descripción o entrada es una raicilla creciendo y enredándose más allá del papel. No busca emerger y convertir sus elementos en las ramas de un árbol macizo y comprensible en la unidad, sino tomar al lector en cada momento textual, ofrecerle un flashazo, atolondrarlo y atacarlo al siguente momento con algo totalmete desarticulado, evitando la consolidación de un arriba, un abajo o cualquiere dimensión situacional que permita asirse a las paredes, no las hay. Y sin embargo cada engrane de escritura de este aparato tiene suficiente dureza como para operar, no se escapa entre los dedos, sino entre los sobreentendidos del diseño normal de la narrativa. Planetaria, de Sifuentes, también recuerda un álbum, musical, de estampas y diseños donde el acomodo no responde a linealidad ni centralidad (otra vez la metáfora del rizoma) sino a un estado de ánimo. No importa si el acomodo final representa la cosistencia o inconsistencia sensible del editor, del autor o del ilustrados, el lector tiene la irresponsabilidad de tramar sus líneas, de estriarse el ánimo saltando de imagen en imagen, de texto en texto, de arriba abajo, al futuro, al pasado, al presente, al confín del universo o al interior de la existencia animal que nos contrae en el yo. Aun con esto, Planetaria tampoco es un rompecabezas, es más parecido a piezas que no embonan, piezas de realidad olvidadas por sus universos.


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Hugo César Moreno Hernández (Ciudad de México, 1978). En 2003, con el Grupo Cultural Netamorfosis fundó la Revista Cultural Independiente El Chiquihuite. Ha publicado los libros Cuentos para acortar la esperanza (Netamorfosis, 2006); Cuentos porno para apornar la semana (2007, FETA-Conaculta); Cuentos cortos para acortar el domingo (2008, Cofradía de Coyotes-Netamorfosis) y Enseres de supervivencia (2011, Cofradía de Coyotes-Netamorfosis); el libro infantil Así aprendió a volar José (2009, Cofradía de Coyotes-IMC). Aparece en las antologías Abrevadero de dinosaurios, Ardiente coyotera, Perros melancólicos, El infierno es una caricia y Coyotes sin corazón. Fue becario del FOCAEM durante 2009 y actualmente imparte el taller de Poesía y Narrativa en el Faro de Indios Verdes. 

“La Maldad” de Joshua Gil: Promesa poblana presente en el FICUNAM


Cinetiketas | Por Jaime López Blanco |

El primer plano es revelador: una especie de premonición fotográfica que anuncia el tono que   impregnará el argumento de la ópera prima de Joshua Gil; el fuego como brújula de lo que acontece en este surreal país llamado México. Al lirismo visual inicial se añaden dos ancianos, quienes se presentan como los protagonistas de la historia en cuestión, además de una antagonista invisible -en apariencia- consistente en la maldad de la que habla el título, la cual es materializada en los síntomas de la podredumbre social nacional actual: olvido; marginación; miseria material y moral; agonía física; cansancio y; un futuro oscuro e incierto.

El primer largometraje del poblano Joshua Gil presenta una apuesta arriesgada para un mercado voluble, donde muchos espectadores prefieren, en diversas ocasiones, las historias obvias y fáciles de digerir, mayormente complacientes, impuestas por Hollywood. “La Maldad” es una cinta visceral, diferente, antiparadigmática, que se constituye en el documento catártico perfecto para expresar la amalgama de emociones infinitas, intensas, a través de las cuales el director percibe y procesa tanto una historia familiar como la historia colectiva del país en el que vive.

El riesgo es innegable, más notable, al atreverse a darnos una narración híbrida, la cual nos muestra una ficción documentada o un documental ficcionado; el orden de los factores no importa, porque no se altera la calidad del producto entregado. Joshua logra plasmar un análisis social hecho a partir de un micro análisis íntimo de dos viejos cuyas arrugas pueden simbolizar, sin problema alguno, el recorrido maltrecho en el tiempo de una nación con los sueños estancados y las ambiciones cercenadas por la amnesia comunal.

Sirva entonces “La maldad” como un cuento grato de atestiguar, cobijado por su gran manufactura técnica (fotografía y diseño sonoro de primerísimo nivel) y el innegable carisma innato de uno de sus protagonistas, sin restarle importancia al contrapeso emocional que imprime el otro de sus personajes principales. “La maldad” es una crónica que sorprende, que duele y que arde al mismo tiempo; es una evidencia del futuro prometedor de un cineasta joven y provinciano, que siente y que sueña alto, en contraste con una historia que transita por los laberintos más profundos de la decadencia individual. 

Plutón será bautizado por la 'cultura friki'



El equipo de la misión New Horizons eligió nombres de ciencia ficción para bautizar regiones; la propuesta ahora debe ser analizada por la Unión Astronómica Internacional.
 
El equipo de la misión New Horizons, que sobrevoló el planeta enano este mes, sacó su lado más geek y propondrá bautizar sitios del planeta y de su luna mayor, Caronte, en honor a algunas de las mayores creaciones de la ciencia ficción. 

El portal Mashable tuvo acceso a los mapas que el equipo de New Horizons enviará a la Unión Astronómica Internacional (IAU, por sus siglas en inglés), el organismo que se encarga de nombrar los objetos celestes. 

Los nombres de las regiones incluyen referencias a Star Wars, Star Trek, Doctor Who, Firefly, Alien, El señor de los anillos y los trabajos del escritor H.P. Lovecraft

Cthulu, una deidad ficticia de Lovecraft, y Balrog, de JRR Tolkien, figuran en regiones de Plutón que se distinguen por sus colores oscuros, señala Mashable.
 
Pero será Caronte el que tendría los nombres más maravillosos para los amantes de la ciencia ficción con cráteres llamados Vader, Skywalker y Leia Organa, por Star Wars

Así como la planicie Vulcano, en la que se encontrarían los cráteres Spock, Kirk, Sulu y Uhura. También están el cráter Ripley y la depresión Nostromo en referencia a Alien.
 
Así como dos manchas en el satélite, una llamada Gallifrey, en honor a Doctor Who y otra llamada Mordor por El Señor de los Anillos.

“Tenemos una probabilidad decente de que estos nombres sean aprobados”, aseguró Mark Showalter, científico planetario de la misión New Horizons a Mashable. 
 
“La IAU tiende a favorecer los nombres que han aparecido hace tiempo, Star Trek tiene casi 50 años y Star Wars tiene 40”, dijo
 

Nosferatu amenaza con volver al cine


Robert Eggers dirigirá el remake del clásico de Murnau de 1928 sobre el Drácula de Stoker.


'Nosferatu', el clásico de terror dirigido por F.W. Murnau, se perfila como la próxima víctima de la fiebre del 'remake' que vivimos en los últimos años. La productora Studio 8 ha contratado a Robert Eggers para escribir y dirigir una nueva versión de la película de culto, obra cumbre del cine mudo y del expresionismo alemán.

Según informa 'Variety', ya está en marcha la nueva versión de la película de 1922, una adaptación no oficial del 'Drácula' de Bram Stoker. Por eso cambió de nombre, para no tener que pagar derechos de autor. 


En 1979 Werner Herzog ya dirigió otro 'remake' del clásico.

Robert Eggers, director de la cinta de terror 'The Witch', que cosechó una gran acogida en Sundance, será el encargado de capitanear el nuevo 'remake'.

'Nosferatu' sigue los tenebrosos pasos del espantoso vampiro Conde Orlok de Transilvania, interpretado por Max Schreck, que quiere comprar una casa en Alemania y se enamora de la esposa de su agente inmobiliario.


 

La cinta, de la que quedan muy pocas copias ya que muchas fueron destruidas por la persecución judicial a la que fue sometida la película a instancias de los herederos de Stoker, se convirtió en un filme de culto y son innumerables las leyendas que rodean su rodaje y la figura de su protagonista Max Schreck.

Algunas de ellas ya fueron incluso relatadas en la gran pantalla en la película 'La sombra del vampiro', una cinta protagonizada en el 2000 por Willem Dafoe, que estuvo nominado al Oscar y que narra el peculiar rodaje de la cinta de Murnau, al que daba vida John Malkovich.


Vía Europa Press

Letrinas: La sonrisa de la Muerte


Por Cuerpodeperro Serna |


Las olas me movían de un lado a otro. Me sentía como un bebé siendo acunado. Era relajador; derecha, izquierda, derecha… Un timón de color negro se encontraba frente a mí. El día era oscuro, el aire nos invadía de todos lados. Sentía las bofetadas de aire por todos lados, la mano fría de la querida dama vestida de blanco en su enorme corcel vestido del mismo color. Las olas mecían mi barco de un lado a otro, las olas iban y venían. Mi tripulación entonaba una canción que habíamos escuchado en un bar de la pasada aldea, donde bebimos la cerveza del lugar directo del barril y escapamos después de terminar con la gente que se encontraba dentro. Alguna vez había escuchado que la gente le gustaba entonar canciones mientras se encontraba en su jornada de trabajo para así poder tener una mayor eficacia en lo que hacían. Me gustaba escucharlos cantar, me hacían pasar desapercibido el constante sonido del agua siendo azotada por un enemigo sólido y más con este aire que no dejaba de zumbar en mis orejas. Nuestro vigilante que se encontraba en las velas nos dio el mensaje de que se estaba acercando un barco. Antes de seguir escuchando las características del barco tomé mi catalejo y me enfoqué hacia donde me habían indicado que se acercaba el barco. El tamaño que tenía era un poco superior al de nosotros, tal vez nos tomaba un poco de altura. Pude identificar las armas que llevaban consigo, tenían más armamento que nosotros. Esperaba que al menos fuera un barco propiedad de algún país que estuviera en intercambio marítimo hacia otro. La bandera era de un color gris oscuro que se ondeaba con las bofetadas del aire. Enfoqué la vista en busca de la tripulación que se encontraba en el barco, pero no había nadie. El barco estaba abandonado, pero aun así seguía tomando rumbo hacia nuestra dirección. Mientras más se acercaba me preparaba para dar la orden de asalto. El barco seguía vagando hacia nosotros. Se acercó y estuvo a punto de golpearnos, pero frenó en el momento en el que daba vuelta al timón. Di el grito de asalto pero mi boca no emitió ningún sonido, estaba completamente mudo. Solté mi timón y comencé a caminar en dirección hacia el barco enemigo. La tripulación no dejaba de cantar mientras yo caminaba, al parecer no se daban cuenta de lo que estaba sucediendo, ninguno me volteaba a ver y ninguno me dirigía la palabra. Me acerqué lo suficiente y encontré el tramo menos extenso que se encontrara entre ambos barcos. Salté y pisé el barco de bandera gris. A cada paso me daba cuenta de que este barco estaba habitado por otra cosa que no se veía claramente. Pasaba junto a contornos muy poco visibles, eran el contorno de una sombra un poco difuminada. Se escuchaba otra canción que no logré identificar, surgían voces de los puestos de cañones, desde la altura de las velas, observaba pero sólo seguía distingüendo los contornos, sólo me rodeaban voces desconocidas. 

El viento dejó de azotar y comenzaron a caer pequeñas gotas de agua. Paso a paso me daba cuenta que esta no era mi época, aun así seguí avanzando para dirigirme al timón y tomar el barco como de mi propiedad. Crucé el barco y comencé a subir los escalones para llegar a la parte del timón. Cada rechinido que sonaba de las escaleras comenzaba a figurar el contorno de un cuerpo humano en el timón. Era una mujer la que llevaba el timón, vestía una túnica que dirigía diferentes colores dependiendo del lugar donde la estuvieras observando. El pelo le colgaba hasta los hombros, un pelo de color rojo y lacio. Una mirada cálida me observó subiendo hacia el lugar donde se encontraba ella y entonces una sonrisa me recibió.

-Bienvenido a mi tripulación, querido –me dijo mientras me miraba con esos ojos de color verde.

-A menos que yo sea el primer tripulante de este barco, no creo que a esto se le consideré una tripulación –contesté en un tono burlesco- Será mejor que me entregue el barco de buena gana y tal vez le dejemos en una aldea cercana, donde podrá buscar qué hacer con su vida.

-Qué generoso eres querido, pero no creo que el tiempo onírico que te resta te sirva para llevar a cabo todas tus amenazas. Por lo que será mejor que me escuches…

-¿Tiempo onírico? –pregunté interrumpiendo lo que decía-

-Será mejor que te diga la razón de este encuentro tan extraño para ti. Te lo explicaré rápidamente antes de que Morfeo se ponga como una fiera a discutirme, es un poco estricto y un amarguetas. –me respondió mientras se rascaba la parte trasera de la oreja derecha- 

-¿Morfeo? –pregunté confuso-

-¡Demonios! –me dijo haciendo caer su pie derecho en el suelo- En fin –suspiró- Al parecer tengo a alguien que de alguna forma te pertenece; tu querida esposa está en mi poder –me dijo mientras apretaba su puño- Lamento que te enteres de esta forma, pero esta es la forma en la que se enteran los que creen en la muerte. Es el trabajo que tengo que hacer –dijo alzando ambos brazos-

Pero… pero… -le dije mientras caía hincado frente a ella, mientras me miraba ambas manos, las cuales le comenzaban a derramar algunas gotas desde la altura- ¿Qué le pasó? ¿Por qué la escogiste a ella? –le dije entre sollozos-

-Sólo recibo órdenes –me respondió con cara seria- Cuando se termine tu tiempo, sabrás que ocurrió con ella. 

Sacó una pistola que llevaba en una bolsa de su túnica. La recargó y me la acercó a la frente. Sentí el frío del arma, el poder de millones de personas que han utilizado esa clase de cosas para acabar con vidas, sentía el poder de la vida y la muerte en un gatillo. Tomó mi cara desde la barbilla y la levantó para que la viera a los ojos. Sus ojos ahora eran de un color gris sin vida, se había disuelto la calidad de su cara. Su piel se veía seca como barro.

-Sólo dile que... –No tenía exactamente palabras que le fueran entregadas a ella, no me venía nada a la mente, sólo sentía decepción por lo que ocurriría después de que se acabara mi tiempo. Y entonces recordé.- ¿Qué pasa con el bebé?

Volvió a mostrar su gran sonrisa, una sonrisa que mostraba lo cálido que podía llegar a ser la señora muerte.

-Lo siento –me respondió- Yo no hablo con los muertos.

Entonces jaló el gatillo.

Los Auténticos Decadentes en Aguascalientes

La popular banda argentina de ska-rock "Los Auténticos Decadentes" hará una presentación histórica en la ciudad de Aguascalientes, luego de agotar el boletaje en diferentes foros de la república, incluyendo dos fechas en el Plaza Condesa de la capital.

La cita es el próximo 20 de agosto en el Salón Tropical "La Bomba", ubicado en Av. Ayuntamiento 737 de la capital hidrocálida. Las bandas invitadas "Capitán del espacio y su cumbia intergaláctica", los "Melodycans" y "Los vatos de la calle" serán los encargados de abrir este gran concierto.

Preventa Acceso General: $300
Día del Evento: $350

 "Y la banda sigue" es el nombre del décimo álbum de Los Auténticos Decadentes que también le da nombre a la gira que ya ha visitado casi todos los países de América Latina y con llenos a reventar. El material discográfico está producido por Martín "Moska" Lorenzo y Martín Franceschelli, y se podrá adquirir el día del concierto.


Te dejamos algo de lo nuevo de "Los Auténticos" y recuerda visitar este enlace para saber dónde puedes conseguir tus boletos y todo sobre el concierto. Allá nos vemos.


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¿Quién mató a Van Gogh?


 Al parecer Van Gogh no se suicidó.

De acuerdo con la más reciente biografía sobre Vincent Van Gogh publicada en 2011 sostiene que el artista no se suicidó, sino que murió de un disparo accidental de un adolescente en la localidad francesa de Auvers-sur-Oise en 1890.

Esta es una de las principales revelaciones de Van Gogh: la vida, escrita por los estadounidenses Steven Naifeh y Gregory White Smith, ganadores del premio Pulitzer en 1990, que investigaron la vida del artista holandés durante más de una década en colaboración con instituciones como el museo Van Gogh de Amsterdam.

Tras estudiar miles de documentos y libros relacionados con el pintor, los autores concluyen que, contra lo que se creía, no se suicidó en Auvers-sur-Oise, sino que fue alcanzado por el disparo de un joven de la localidad, a quien conocía, cuando se lo encontró en un campo de trigo al que solía ir a pintar.

Según el libro, fue René Secrétan, un joven veraneante de 16 años obsesionado con el Lejano Oeste, quien le alcanzó en el pecho de forma accidental cuando, vestido de vaquero, manejaba un arma de calibre 380 estropeada.

De acuerdo con la biografía, el solitario y atormentado Van Gogh, que conocía al chico y a su hermano de beber con ellos de vez en cuando, volvió tambaléandose hacia la posada Ravoux donde se alojaba, en la que murió 30 horas después. Cuando alguien le preguntó si se había querido suicidar, el artista respondió vagamente: "Creo que sí".

Los autores opinan que lo dijo para defender a René Secrétan y a su hermano Gaston, que también estaba presente ese 27 de julio de 1890.


Un acto "cobarde"

Argumentan que la versión del suicidio, que forjó su leyenda y disparó su cotización tras su muerte, no casa con la opinión que el pintor tenía del acto, que había tachado de "cobarde" en sus cartas, ni con el tipo de disparo oblicuo en su pecho, pues hubiera sido en línea recta si Van Gogh le hubiera dado al gatillo.

Tampoco se encontró jamás el arma utilizada ni el caballete y los pinceles que supuestamente se había llevado con él al campo para pintar.

Aunque Naifeh y White admiten que "nadie sabe lo que ocurrió" en realidad, proponen su versión, que documentan con pruebas y testimonios. Consideran prueba de que Secrétan disparó por error al artista el hecho de que este, que se convirtió en banquero y experto en tiro, se mostró vago sobre la muerte del pintor en una entrevista que concedió antes de morir a los 85 años.

En esa entrevista, en 1957, dijo que el Van Gogh que conoció era "más un vagabundo" que el vigoroso artista encarnado por el actor Kirk Douglas en la película Lust of life. También confesó haberse burlado de él y haberle maltratado en la época y se mostró vago en cuanto a su muerte, al decir que se había enterado al leer sobre ella en un periódico parisino, una noticia que nunca se publicó.

Los autores hallaron también otra supuesta prueba, un texto del escritor Wilfred Arnold en el que narra que el historiador del arte John Rewald le había dicho que había visitado Auvers en los años 30 del siglo XX y había oído el rumor de que Van Gogh había sido disparado accidentalmente por dos jóvenes, pero había asumido la culpa para protegerlos.

Naifeh y White sostienen que el pintor holandés, que murió a los 37 años antes de triunfar, estaba "más triste, solo y atormentado psicológicamente" de lo que se cree y seguramente recibió la muerte como una buena salida.

Según los autores, el artista se veía a sí mismo como una carga para su hermano Teo, quien le mantenía mientras él se dedicaba a pintar en una época en la que aún no vendía.

Otras revelaciones de la biografía son que Van Gogh (1853-1890) padecía un trastorno maníaco depresivo como resultado de un tipo de epilepsia y que su familia intentó internarlo en un sanatorio.

LONDRES (EFE) 

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También te recomendamos ver este episodio de la serie "Doctor Who", en donde Vincent Van Gogh es llevado al año 2010 para ver sus obras expuestas en la Galería de Arte de París. Imperdible.

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