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Febrero también es para los corazones ansiosos: volver a "Punch-Drunk Love"



Retrovisión | Por Alberto Preciado

No sé cuántos de ustedes eligen qué películas ver según el momento del año que atraviesan. Seguramente algunos tienen sus rituales de películas o capítulos de serie cada Navidad o Día de Brujas. Quizás también los tengan para fechas llenas de cursilería, como el mes de febrero. Y, la verdad, ¿quién no disfruta echar una que otra lágrima de felicidad al ver que los protagonistas cierran todo el drama con el beso esperado? ¿Cuántos no soñamos con ser Heath Ledger cantando Can’t Take My Eyes Off You, o mejor aún, con que Heath Ledger nos la cantara a nosotros? Estoy seguro de que más de uno aprovechó estas fechas para llorar con Postdata: Te amo, con la tragedia romántica de Rose y Jack en Titanic, o conteniendo la respiración ante la última mirada en La La Land.

Películas para disfrutar en febrero hay muchísimas —para gustos, colores—. Pero hay una que pasó medio desapercibida en su momento y que todavía hoy muchos no incluirían en sus listas cuando algún reportero de Letterboxd, en su imaginación, les pida dar sus cuatro películas de amor. Y es justamente de esa película de la que quiero hablar en esta Retrovisión.

Pocas películas han combinado la efervescencia del Hollywood clásico con los ritmos frenéticos de la vida moderna con tanta audacia como Punch-Drunk Love. Paul Thomas Anderson construye el retrato nervioso de un vendedor de destapadores de inodoros cuyo mundo se ve perturbado por un nuevo romance. Su estilo —como en muchas de sus obras— se manifiesta en un enfoque musical audaz, en una cámara que también narra, y en actuaciones memorables.

Adam Sandler ofrece aquí una actuación extraordinaria en un momento en que ya era un gigante de la comedia. Si por casualidad esta fuera la primera película que vieras de él, pensarías —estoy seguro— que estás frente a uno de los grandes.

Algo que después confirmaría en Uncut Gems o Spaceman. Barry, su personaje, está lleno de ansiedad, tristeza y problemas de ira. Durante toda la película, la cámara invasiva nos muestra su soledad. Anderson logra ponernos los anteojos de una persona ansiosa: la música, los ruidos del almacén que rugen como dinosaurios, las puertas y las llamadas telefónicas que van y vienen sin dejarnos respirar. Por momentos, vemos el mundo con ojos de terror. Todo esto con un lente sutil y bello.


Al inicio, Barry debe decidir si quedarse con un armonio que aparece frente a él tras un accidente. Así también aparece el amor: de manera inesperada. Debe decidir qué hacer con esa oportunidad. Sabemos que tiene siete hermanas —sus propios jinetes del apocalipsis— que invaden su privacidad, le dan órdenes y lo menosprecian. En una reunión familiar intenta mostrarse cordial, pero la tensión se percibe en su sonrisa rígida y en sus ojos inquietos; de pronto, estalla y patea las puertas de vidrio.

Este es su patrón: presenta al mundo un rostro de alegre insipidez y luego irrumpe en explosiones de violencia frustrada. Ni siquiera empieza a comprenderse a sí mismo. Siempre está a la defensiva, inseguro, vagamente amenazado. La hostilidad que en otras comedias de Sandler se disfraza de humor aquí se revela en su forma más cruda.

La película se vuelve sumamente disfrutable al observar a un Sandler liberado de la fórmula de la risa fácil, revelando un actor con verdadera profundidad. En el universo de Anderson, las personas se encuentran por azar y por necesidad, no por exigencias del guion. Barry conoce a Lena Leonard (Emily Watson), una ejecutiva dulce y de mirada intensamente concentrada. Se gustan de inmediato.

A lo largo de la película, el protagonista es perseguido por el amor: ese color rojo que lo sigue en forma de Lena, anuncios y flechas, intentando curar el azul que parece simbolizar su tristeza. Mientras tanto, Barry lidia con la absurda persecución de una empresa de sexo telefónico de Utah.

Uno de los momentos que más disfruto es cuando Barry viaja a Hawái. De repente comprende que él también puede ir tras el amor. Ese entendimiento repentino —que no estamos condenados a la tristeza— es algo que también disfruto de la vida. Barry descubre que el amor puede ayudarle a enfrentar sus problemas y nos regala la frase: “Tengo un amor en mi vida que me hace más fuerte que cualquier cosa que puedas imaginar.”

Punch-Drunk Love es, ante todo, el retrato de una personalidad herida. Barry Egan ha sido dañado, quizá más allá de toda reparación, por lo que percibe como las depredaciones de sus hermanas dominantes. Lo enloquece que la gente se entrometa en sus asuntos. No soporta que lo traten con ligereza. Su mundo está lleno de presagios inquietantes y situaciones desconcertantes. El personaje está retratado con gran viveza, y la película simpatiza con él en su desmesura.

Al final, vemos cómo el amor derrite su ansiedad, y Barry decide que no puede vivir una vida sin Lena.

Esta película entra en mi lista de febrero por mostrar, de forma magistral, cómo el amor nos persigue incluso cuando estamos demasiado asustados para darnos cuenta. A veces basta con atrevernos a dar un paso. Porque, como Barry descubre, no se trata de dejar de sentir miedo, sino de avanzar a pesar de él. Y quizá por eso, en Hawái —o en cualquier lugar donde decidamos intentarlo— el aire siempre puede oler a flor.


Como mordida canina e infernal

 

Por Franco García |


A Céline Degardin

L'Amour Est Un Chien de L'Enfer
(Crazy Love)
Dominique Deruddere
Bélgica, 1987


Ya lo decía el gran poeta maldito y narrador norteamericano Charles Bukowski, que el amor era como un perro del infierno. Vivir enamorado nada bueno nos traería. Era peor que el alcohol o las drogas. Bukowski, que supo moverse en el bajo mundo de Los Ángeles, California, comprendió que el verdadero amor rugía desde las entrañas y que pocos son los valientes que deciden ingresar a las fauces del infierno. Porque el amor quema, arde, ruge, desgarra, muerde y te asesina lentamente. Con una narrativa seca y sin tantos artificios literarios nos aleja de todo cliché para aceptar la cruda realidad. Pero Bukowski también era un nostálgico y romántico. Sus poemas lo evidencian. Su dolor y su fracaso en el amor lo llevaron a escribir unos textos magistrales, verdaderas obras literarias. El gran poeta del fracaso, el santo patrono de los perdedores.

Contaba con más libros de poesía que de narrativa, pero ambos talentos lo llevaron a ser un maestro del mal llamado “realismo sucio”. Mucho se ha hablado de él y, pese a sus imitadores y críticos, su obra sigue más vigente que nunca.

Dominique Deruddere (Turnhout, Bélgica, 1957), cineasta, actor y productor belga, llevó a la pantalla grande uno de sus mejores filmes inspirado precisamente en uno de los más memorables libros de la poesía norteamericana: El amor es un perro del infierno. Poemas 1974–1977. Fue en 1987 cuando L'Amour Est Un Chien de L'Enfer se estrenó en los cines de Estados Unidos (traducida como Crazy Love), convirtiéndose en una de las primeras películas flamenco-belgas en salir del país. Aunque no tuvo buenas críticas, hoy podría considerarse una obra de culto debido a su poca difusión y conocimiento. Y sería bueno considerarla, extraerla de los archivos muertos para homenajearla, brindarle el respeto que se merece toda obra de arte. Un clásico del cine belga que no debe morir.

Porque Dominique Deruddere logró lo que pocos cineastas europeos llevan a cabo: fusionar poesía y cine, un género híbrido, quizás. Adoptó y adaptó los textos literarios de Charles Bukowski a su mundo cinematográfico. El actor Josse De Pauw, quien interpreta a Harry Voss, realizó un papel modesto y maravilloso. Es el personaje principal y una clara personificación de Charles Bukowski.

Desde la infancia hasta la etapa adulta, Harry Voss atraviesa por una vida cruda. Un padre alcohólico y una madre sumisa, viviendo en un hogar pobre de Bélgica. Pese a esa desgracia, Harry Voss idealiza el amor. Se enamora de una ilusión a temprana edad e intenta mantener relaciones sexuales con la madre de un amigo mientras ella duerme borracha en su cama y fracasa. Son los primeros acercamientos y descubrimientos a su vida sexual. Llegada la adolescencia, se enferma de acné quístico crónico que lo aleja de las mujeres y, de nueva cuenta, intenta mantener relaciones sexuales con una mujer en un auto pero sufre el rechazo por no ser atractivo físicamente. No sólo su vida sentimental comienza a ser reprimida, sino también la sexual.


Al pasar los años, siendo adulto, se vuelve alcohólico, callejea pero no deja de buscar el amor en cada rincón de su pueblo. Cree en él, mantiene un poco la esperanza a flote. Podrá ser un fracasado, pero lucha contra las crudas pruebas de la vida. Tiene un solo amigo, Stan, interpretado por Michael Pas. Junto a él emprenden entonces una nueva aventura para buscar ese “amor loco”, su verdadero amor.

Al pasar los días se encuentran con el cadáver de una mujer hermosa y lo roban, entre broma y broma, para aprovecharse de ella. Un acto necrófilo desde luego. Pero Voss, al contemplarlo, no puede con algo así; es imposible que algo tan bello acabe sin sentido. Es injusto para el recuerdo de la chica de sus sueños, lo cual nos demuestra que todo hombre tiene traumas infantiles, fisuras en su alma. Hasta que termina suicidándose en el Mar del Norte con ella.

Sin duda, es una historia compleja, con una atmósfera tétrica que lleva al espectador a adentrarse en la mente y corazón de Harry Voss y cómo el rechazo, el romanticismo, el fracaso y la enfermedad nos conducen a nuestros límites, a tratar de llenar vacíos existenciales.

La propuesta de Dominique Deruddere también nos lleva a cuestionarnos: ¿de qué está hecho el amor entonces para Voss? Con toda seguridad, de vísceras, alcohol, desesperación y agonía. ¿El amor debe ser una batalla constante? ¿Por qué no rendirnos? ¿El amor todo lo puede y supera?

Enamorarse puede aterrorizar, llevarte a la locura y posiblemente pocos se atreven a entregarse por completo. Nadie quiere compromisos porque quizás implica subordinarse. Nadie quiere enamorarse porque quizás enferma o porque quizá al primer error que cometas huyan y te dejen con el remordimiento de por vida.

El amor muerde, desgarra, ruge, quema, arde, destroza; pero también aúlla durante las noches frías e infernales. Charles Bukowski entendió a la perfección este dilema por el que atraviesan los seres humanos. Amar y ser amado es lo ideal, lo justo; pero para él el valor está en amar, y no importa cuántas veces te hayan roto el corazón: sólo hay que amar y ya.



"Primate", satisfactoria para quienes aman el gore, pero con un guion elemental



Cinetiketas | Jaime López


Las personas que aman el horror corporal saldrán satisfechas con las dosis de sangre exhibidas en "Primate", el primer filme comercial de Estados Unidos estrenado este 2026.

La propuesta en cuestión es dirigida y coescrita por Johannes Roberts y se basa en una premisa sumamente sencilla, que hace recordar algunas de las historias de serie B producidas a lo largo de las décadas de los setenta, ochenta y noventa, como "Tiburón", "Cujo" o incluso "Anaconda".

Ello debido a que las y los protagonistas deben sobrevivir el acecho o persecución de una peligrosa especie animal, cuyo único propósito es matarlos o eliminarlos.

En ese sentido, "Primate" es un producto de entretenimiento que no ahonda en la psicología de sus personajes y que simplemente busca generar tensión a las y los aficionados al género. ¿Lo logra? Por las reacciones de la audiencia en la función a la que acudió un servidor, la respuesta es un rotundo sí.

Con un elenco de actrices y actores incipientes, cuyos rostros todavía no son muy populares, la película goza de un buen ritmo y tiene como una de sus principales virtudes el estar ambientada en una casa laberíntica, que le agrega más suspenso al argumento.

Ademas, la decisión de haber incluido en el reparto al primer histrión sordo en ganar el premio Oscar como mejor actor secundario, Troy Kotsur, le da más realce a "Primate".

Lo anterior con motivo de que las escenas en las que aparece el intérprete de "CODA" destacan por su empatía, lenguaje incluyente y sensibilidad.

Kotsur da vida al papá de dos jóvenes hermanas, que llevan bastante tiempo sin estar juntas y las cuales conviven con "Ben", el primate del título, que, al principio, es como otro miembro de la familia.

Ahora bien, aunque la trama plantea el dolor que sienten las chicas por la ausencia de su madre, esta idea no es suficientemente desarrollada y prefiere enfocarse en las persecuciones del antagonista. Eso sí, la historia tiene el acierto de situar gran parte de sus 89 minutos de duración en una piscina, en donde las protagonistas se resguardan del primate, porque éste no sabe nadar.

En cuanto a la recreación del personaje asesino, es sumamente aceptable la manera en que el departamento de producción diseñó sus movimientos, miradas y ademanes. De ahí en fuera, la película es un festín de jumpscare, es decir, imágenes sorpresivas que aparecen acompañadas de fuertes ruidos para hacer que el público salte en su butaca.

Con una clasificación C, es decir, que solo puede ser vista por mayores de 18 años, "Primate" es una opción palomera para iniciar el año filmico, pero carece de las metáforas o críticas sociales del buen cine de terror contemporáneo.



"Sueños de trenes" y cómo aceptar el dolor como parte de la vida



Cinetiketas | Jaime López


¿Es posible volver a estar en paz con la naturaleza después de padecer una dura tragedia en la vida, que carcome el alma? Esta es una de las interrogantes que genera el filme "Sueños de Trenes", que algunos especialistas aseguran va a estar nominado al premio Oscar 2026 en la categoría de Mejor Película.

Suceda o no eso último, la obra en cuestión ha tenido una gran aceptación entre los críticos de Estados Unidos y la audiencia, y no es para menos.

Con una íntima fotografía a cargo de Adolpho Veloso, que ya ganó el premio de la Asociación de Críticos, "Sueños de trenes" cuenta la historia de un hombre introvertido que por mucho tiempo no sabía qué hacer con su existencia hasta que se enamora y tiene una hija.

A partir de ahí, el personaje interpretado por Joel Edgerton acepta trabajos temporales como obrero en la construcción de vías ferroviarias, así como de leñador, a fin de tener un sustento económico, pero también disponibilidad de tiempo con sus seres queridos.

Sus vivencias en distintas montañas y bosques de Estados Unidos le hacen conocer de cerca el racismo, la parte oscura de la condición humana y algunas creencias míticas sobre la naturaleza.

Respecto a ese último concepto, el protagonista se convierte en un silente observador de la manera en que se ha ido transformando la sociedad contemporánea.

Asimismo, el ver de cerca cómo atacan sin aparente explicación alguna a un sujeto de origen asiático, le hace tener un sentimiento de culpa, que se volverá crucial en sus emociones.

Dirigida por Clint Bentley, "Sueños de trenes" entrelaza una estética minimalista y una narrativa semejante a las que caracterizan el cine de Terrence Malik, quien contrasta la belleza de la Madre Tierra con la maldad de la gente.

Así, el filme se desarrolla de forma orgánica, sin prisas, ni ediciones frenéticas, a fin de transmitir la manera o el ritmo con el que el personaje principal percibe su entorno.

En tanto, el guion muestra las paradojas en la existencia del estelar, quien tiene un carácter pacífico y protector con su familia, pero debe irrumpir o violentar la flora debido a su oficio como leñador.

Los elementos descritos en líneas anteriores se van combinando naturalmente en "Sueños de trenes", junto con algunas reflexiones acerca de la muerte.

Es oportuno agregar que el trabajo actoral de Edgerton es respaldado por un gran elenco secundario, integrado por Felicity Jones, Kerry Condon y William H. Macy.

Cada uno de ellos aporta una reflexión vital, no solamente para el protagonista, sino para la audiencia misma, la cual terminará hecha un mar de lágrimas si se deja envolver por la premisa del argumento.

Dicha premisa tiene como principal propósito hacer que nos demos cuenta que la sociedad es una minúscula parte del universo y que la vida es hermosa, a pesar de sus momentos de dolor.



"Avatar: fuego y cenizas", poco innovadora en su guion, pero con una deslumbrante Oona Chaplin


Cinetiketas | Jaime López


La tercera entrega fílmica sobre el planeta Pandora, "Avatar: fuego y cenizas", lleva en el título su penitencia, pues es dueña de intensas secuencias de acción, que regocijan el espíritu como cuando uno se acerca a las brasas de una fogata, pero también tiene momentos grises y repetitivos que hacen recordar cosas de sus antecesoras.

Es decir, se trata de una producción irregular, sobre todo en lo referente al guion coescrito por James Cameron, Rick Jaffa y Amanda Silver, quienes nuevamente retoman a los protagonistas y antagonistas de sus dos primeras películas.

Eso último evidencia que los creadores de los nativos azules poco o nada quieren arriesgar en su argumento, el cual otra vez retrata a los humanos como unos depredadores desalmados sin un ápice de remordimiento.

Y no es que ello esté mal, porque siendo francos, en la vida real el homo sapiens ha dado muchas pruebas de que es la raza más peligrosa respecto al cuidado de los recursos naturales, pero ojalá los escritores le hubieran dado más matices a algunos de sus representantes. Sí, existe un científico/biólogo que se arrepiente de sus planes, pero parece sacado de la manga, solo para salvarle el pellejo al estelar masculino.

La trama de "Avatar: fuego y cenizas" recuerda a sagas épicas como la de "El Señor de los anillos", en donde también se prevé una gran batalla en el acto final del metraje con la participación de una especie que al principio no quiere estar en ninguna guerra.

En el caso de la trilogía de James Cameron se hace referencia a los Tulkun, las enormes criaturas marinas parecidas a las ballenas, que se comunican a través de sonidos o miradas.

Su postura antibélica o su actitud de estar al margen de cualquier confrontación cuerpo a cuerpo recuerda a los Ents, los personajes de la saga escrita por J.R.R. Tolkien. Eso sí, el diseño de sus movimientos corporales es digno de aplaudirse.

Es ese último punto en donde Cameron vuelve a poner su mayor esfuerzo, en la consolidación de su tecnología estereoscópica, que hace sentir a la audiencia como en un videojuego.

Lo malo es que el séptimo arte sigue requiriendo de historias sólidas para no solamente brindar una experiencia inmersiva al público, sino también emocional.

Ahi es donde "Avatar: fuego y cenizas" vuelve a quedar a deber, porque aunque aborda tópicos universales como el remordimiento, la venganza y el rencor, lo hace sin ingenio ni profundidad.

Ahora bien, hay un nuevo personaje que sí vale la pena destacar y que ha tenido buena acogida entre la crítica especializada, el de "Varang", la lideresa del clan "Ceniza".

Es interpretada por Oona Chaplin, la nieta del legendario director y actor británico, quien dota a su rol de una epidérmica sensualidad e ira contenida. Además de que probablemente es el personaje de "Avatar 3" con el mejor arco emocional de la cinta.

Sin temor a equivocarme, la también actriz de la serie "Juego de Tronos" podría tener su propio spin-off y brillaría innegablemente.



"Jay Kelly", imperfecta como la vida, pero con una sorprendente actuación de Adam Sandler



Cinetiketas | Jaime López


Aunque en apariencia "Jay Kelly" puede percibirse como una nueva comedia dramática acerca de los claroscuros que tiene la gente que trabaja en la industria fílmica estadounidense, en el fondo la propuesta en cuestión hace una reflexión sobre lo irrepetible de nuestras existencias, en donde no hay oportunidades para segundas tomas, mucho menos para editar nuestros errores.

Protagonizada por el ganador del premio Oscar, George Clooney, la historia sigue a un actor veterano que enfrenta una crisis personal tras el fallecimiento de uno de sus seres queridos y el inevitable paso a la edad adulta de su hija menor.

Dicha crisis lo hace tomar decisiones impulsivas como viajar a Europa para tratar de aprovechar el último verano con la joven antes de que ésta se vaya lejos de casa por la universidad.

"Jay Kelly" comienza con una secuencia en la que el estelar está finalizando la grabación de su más reciente película y en donde pide insistentemente una nueva toma al director de la obra.

Esa línea tendrá una resonancia más relevante en el último acto de la historia, sobre todo para las audiencias que buscan un significado más profundo en el arte.

Y es que el guion escrito por Emily Mortimer y Noah Baumbach logra reflejar oportunamente temas universales con los que muchos espectadores se sentirán identificados como el distanciamiento de personas que fueron importantes en nuestras vidas.

"Jay Kelly" tiene la virtud de combinar secuencias cómicas y dramáticas para versar sobre la soledad, las personas narcisistas y las heridas del pasado que afectan las relaciones humanas.

Si bien es cierto que el guion no es perfecto y tiene momentos que rozan el cliché, no hay mucho que criticar en este rubro debido a que la vida es así: imperfecta y repleta de convencionalismos.

Ahora bien, "Jay Kelly" también tiene una gran representación de las personas que son fieles a sus amigos y se sacrifican con la finalidad de hacerlos brillar.

Dicha representación se percibe en el rol de Adam Sandler, quien da vida a "Ron", el manager del protagonista, que se ha mantenido a su lado durante tres décadas.

El actor en cuestión exhibe una sencillez epidérmica y también muestra su capacidad de dar una pausa a los personajes tontos o infantiles que han caracterizado su trayectoria.

Asimismo, Sandler tiene en sus manos una de las escenas más inteligentes y divertidas del reciente año fílmico, en donde hace mofa sin caer en la comedia barata acerca del rompimiento entre un actor y su agente.

Probablemente, el "pero" más grande en "Jay Kelly" es que no hay un buen balance en el desarrollo de sus personajes femeninos y, por tanto, algunos de ellos se sienten desperdiciados.

Es el caso de Laura Dern, que en la historia interpreta a la publicista del estelar y el exinterés romántico de "Ron", pero a pesar de su fuerte personalidad, no tiene escenas inolvidables como sí la tienen sus contrapartes masculinas.

En contraste, Riley Keough y Grace Edwards destacan como las hijas de "Jay Kelly", las cuales tienen personalidades diametralmente opuestas y fungen como la brújula emocional del protagonista.

Al final, el filme estrenado en la plataforma Netflix es altamente recomendable para quienes buscan propuestas íntimas y versátiles. Eso sí, no es la mejor cinta de Baumbach, pues tiene algunos momentos artificiosos o forzados, que le restan ritmo y autenticidad a la propuesta.



"Zootopia 2", una secuela que no se repite a sí misma y que aborda temas progresistas


Cinetiketas | Jaime López


Es muy raro que una película sea disfrutable en distintos niveles, ya sea por su calidad narrativa, su excelencia técnica o su discurso. Y es más extraño que una secuela destaque en todos esos rubros y, además, tenga varias lecturas o interpretaciones nuevas, que la hacen sentir como una propuesta ambiciosa y no repetitiva.

"Zootopia 2" logra cumplir con todo ello, pues para empezar, los comentarios sociales en su guión pueden considerarse una analogía del actual contexto estadounidense, en donde quienes ostentan el poder muestran un claro desprecio a un sector de la población, pese a que dicho sector es parte importante de su historia contemporánea.

En el filme, el escritor y director, Jared Bush, retrata el racismo contra una especie de animales, conducta que, según el argumento, ha perdurado a lo largo de un siglo, y que sin lugar a dudas remonta a la gente a lo que ha pasado en el vecino país del norte durante varias décadas.

Por otro lado, la historia tiene varios guiños y homenajes a clásicos del séptimo arte, por ejemplo, "Ratatouille", "Hannibal" o "El silencio de los inocentes" y "James Bond", algo que causará una enorme satisfacción a la comunidad cinéfila de hueso colorado.

Dicho guiños ocurren en cuestión de segundos y no se sienten metidos a calzador o a la fuerza, ni tampoco distraen a la audiencia de la historia central, lo que evidencia el ingenio y calidad del libreto.

El nuevo filme de los estudios Disney también aborda el tema del consentimiento a través de unos de sus personajes, el cual siempre pide permiso para abrazar a alguien a fin de no invadir su espacio personal.

Eso último se siente como un gran detalle, sumamente progresista, que muestra una madurez y aprendizaje en la nueva generación de creadores, que perciben el arte como un espejo de la sociedad actual.

Asimismo, "Zootopia 2" habla sobre la deconstrucción de las viejas masculinidades, que se niegan a expresar sus sentimientos a las personas que aman o quieren.

En ese sentido, el zorro "Nick Wilde", que ahora trabaja para la policía, es una clara representación de los machos dominantes que deben de dejar de lado sus conductas rancias, hermetismo y egocentrismo para evolucionar y poder ser felices.

Ver ese tipo de detalles en una película de Disney, una compañía que históricamente ha perpetuado algunos estereotipos, es algo digno de alabarse y celebrarse.

Pero el guion de "Zootopia 2" también ahonda en la psicología de su protagonista femenina, la coneja "Judy Hopps", quien no deja de ser un ser aguerrido y tenaz, y al mismo tiempo, comparte más información sobre sus motivaciones y miedos personales.

Quizá el único pero a la nueva producción animada de Disney es que no tiene una canción tan pegajosa o icónica como la de su primera entrega, "Try everything", interpretada por Shakira.

Sin embargo, es un detalle menor en comparación con todas sus virtudes, que hacen sentir que valió la pena esperar una secuela nueve años después.



"Wicked: por siempre", secuela entretenida, pero sin números musicales sublimes



Cinetiketas | Jaime López



Aunque no tiene la misma fuerza visual y musical que su antecesora, "Wicked: por siempre" es una propuesta que complacerá a las y los fanáticos de la obra creada hace más de 20 años por Stephen Schwartz.

Ello debido a que se trata de una adaptación lo más fiel posible al segundo acto que conforma la exitosísima obra de Broadway, que a su vez reimagina la historia de "El mago de Oz" desde la perspectiva de las antagonistas, es decir, de las brujas.

En ese sentido, "Wicked: por siempre" sigue destacándose por su crítica contra quienes controlan los medios de producción en una sociedad y, por tanto, contra quienes manipulan las narrativas para influir en el comportamiento de la gente.

Asimismo, la exitosa saga sigue retratando los momentos de luz y oscuridad entre dos amigas opuestas en personalidades, pero que tienen la similitud de luchar contra sus propios dolores o demonios internos.

Rechazo, aceptación, egos lastimados, enojo y autocompasión, son algunos de los sentimientos por los que transitan "Elphaba", la Bruja Mala, y "Glinda", la Bruja Buena, protagonistas de la historia.

Ambas nuevamente son interpretadas por Cinthya Erivo y Ariana Grande, respectivamente, pero es la segunda la que posee un mejor desarrollo en la secuela fílmica, porque en el guión se explican parte de sus frustraciones y temores, lo que genera una mayor empatía hacia ella.

Además, la también cantante sigue transmitiendo un halo de inocencia y valentía a su rol, que aparentemente incurre en algunos estereotipos, pero en el fondo representa a un amplio sector de la población que solo busca aceptación.

En cuanto a la historia, continúa el señalamiento contra el personaje de "El mago de Oz", que es una metáfora de aquellos seres siniestros que simulan tener una conducta intachable con el propósito de alimentar su ego o intereses mezquinos y egoístas.

Eso último se agradece infinitamente debido al mundo de falsos profetas en el que actualmente estamos inmersos, que ha llevado a la decadencia a varios países o naciones.

Ahora bien, uno de los principales problemas de "Wicked: por siempre" es que no tiene canciones sublimes como "Desafiar la gravedad", la cual se pudo escuchar al final de la primera película.

Ese tipo de himno o secuencia escénica hace falta en la continuación fílmica, lo que le resta puntos a la nueva producción comandada o dirigida por Jon M. Chu.

Por otro lado, hay situaciones o ideas que se van resolviendo apresuradamente para hacer avanzar la historia, lo que provoca una narrativa no tan orgánica como la primera parte.

Por lo que respecta al diseño de producción, los vestuarios y los efectos visuales, no hay realmente problemas en esos rubros, pero tampoco existen elementos inéditos que los hagan memorables.

Al final, "Wicked: por siempre" es disfrutable, sobre todo, para las y los seguidores del musical, pero se queda corta en ejecución y desarrollo de su historia. Dominguera, ni más ni menos.




El diablo en el camino: la penitencia como viaje y la culpa como territorio

Úrsula Márquez |


Con El diablo en el camino, Carlos Armella vuelve a esa zona áspera donde lo humano y lo sobrenatural se contaminan mutuamente. Su nuevo largometraje —que llega a salas mexicanas el 11 de diciembre— es, ante todo, una inmersión en la conciencia fracturada de un hombre que intenta cargar con lo que ya no puede soltar: el cuerpo de su hijo, su memoria, su culpa.

Armella, conocido por una mirada visual que convierte el paisaje en un estado mental, plantea aquí un relato que cruza lo místico con lo terrenal sin subrayados. La película sigue a Juan (interpretado con una fuerza contenida por Luis Alberti), un desertor del ejército federal marcado por la Guerra Cristera y perseguido por un diablo que parece más interno que externo. La premisa es brutal en su sencillez: caminar, literalmente, con el ataúd de su hijo a cuestas, rumbo a El Porvenir, su lugar de origen. Pero cada paso abre una grieta. Cada kilómetro revela el peso espiritual de un país desolado y de un pasado que no deja de morder.

La fotografía de Mateo Guzmán Sánchez convierte esa travesía en un espacio simbólico, donde el polvo, la noche y el silencio funcionan como adversarios. Nada es accesorio: la luz y la sombra dialogan con la angustia persistente del protagonista, mientras el relato se tensa entre el suspenso y la alucinación.

El diablo en el camino no busca el susto fácil ni el misticismo decorativo. Lo que propone Armella es un descenso íntimo hacia los fantasmas personales, a través de una narrativa que combina precisión formal con un pulso emocional que nunca se desvía hacia el melodrama. La cinta explora la culpa como herida abierta, el destino como condena y la redención como una posibilidad tan remota como necesaria.

Sinopsis:
Tras desertar del ejército federal al final de la Guerra Cristera, Juan es asediado por una figura diabólica que puede ser tanto una presencia real como la manifestación de su trauma. Con el cadáver de su hijo recién muerto a la espalda, inicia una caminata hacia El Porvenir. En un México devastado, su viaje se convierte en un enfrentamiento con los espectros de su pasado, una espiral de horror íntimo donde cada decisión revela el precio de sobrevivir.

Armella entrega una obra inquietante, profundamente atmosférica, donde el camino no solo se recorre: se paga. Mira aquí el tráiler.


Título: El diablo en el camino
Género: Ficción
Duración: 108 min.
País: México
Dirección: Carlos Armella
Producción: Yadira Aedo
Compañía Productora: CIMA, B Positivo Producciones, Tita B
Productions, Zensky Cine, The42Films, Pierrot Films, Godius, DVision
Fotografía: Mateo Guzmán Sánchez
Reparto: Luis Alberti, Ricardo Uscanga, Aketzaly Verástegui, Mayra Batalla, Roberto Oropeza y Osvaldo Sánchez

"Mátate, amor", una experiencia visceral no apta para espectadores ávidos de protagonistas perfectos


Cinetiketas | Jaime López


La nueva película dirigida por Lynne Ramsay, "Mátate, amor", no es recomendable para mentalidades conservadoras o repletas de prejuicios, que siguen romantizando temas como la maternidad.

Tampoco es apta para espectadores ávidos de protagonistas cuasi perfectos o discursos digeridos, que solo desean pasar un buen rato en la sala sin incomodarse.

Basada en la novela de la escritora argentina Ariana Harwicz, "Mátate, amor" se adentra en la mente de "Grace", quien acaba de convertirse en mamá y que padece un colapso emocional en la casa de campo en la que vive con su pareja.

A partir de esa premisa aparentemente sencilla, la cineasta de origen escocés plantea un retrato sin concesiones acerca de la depresión, los micro machismos, la salud mental y la falta de comprensión para las mujeres que no se apegan al rol de madres abnegadas.

Es ahí en donde la interpretación de Jennifer Lawrence se siente como un viaje feroz y sublime por distintas emociones que habitualmente la sociedad occidental busca reprimir.

La actriz ganadora del Oscar aborda a su "Grace" con una empatía salvaje, que sorprende, incomoda, pero también conmueve.

Ramsay propone una concatenación de imágenes no lineales, las cuales no buscan complacer a las grandes audiencias, sino retarlas a vivir una experiencia fílmica distinta, instintiva.

Ello con base en situaciones alejadas de lugares comunes, que causan escozor como lo que logró en sus anteriores producciones, "Tenemos que hablar de Kevin" o "Nunca estarás a salvo".

Para la cineasta, la condición humana no está sujeta a retratos edulcorantes sobre temas tabúes, siendo un ejemplo de esto las madres primerizas que sienten rechazo respecto a sus vástagos.

En "Mátate, amor", la realizadora no tiene temor en mostrar a una mamá que está más enfocada en satisfacer su sexualidad, que en dedicarse de lleno a labores domésticas.

Por otro lado, erige una extraordinaria crítica social contra los hombres rancios, que todavía siguen buscando en sus parejas a las madres perfectas, que supuestamente deben ser capaces de hacer muchas cosas al mismo tiempo.

Así, "Mátate, amor" es una experiencia visceral, pero imperdible, que se siente como una bocanada de aire fresco en medio de las propuestas superfluas que invaden las salas comerciales.



"Good boy", un gran protagonista y buenos enplazamientos de cámara, pero con algunos lugares comunes


Cinetiketas | Jaime López


"Good boy" es una película de bajo presupuesto que ha llamado la atención de las y los cinéfilos por contar una historia de terror desde la perspectiva de un lomito de carne y hueso, es decir, un perro que no está generado con efectos visuales ni con Inteligencia Artificial (IA).

Lo anterior es de destacarse, sobre todo, en el marco de las leyes actuales que rigen la industria fílmica, las cuales prohiben maltratar animales reales en sus producciones.

En ese sentido, el autor de "Good boy" y dueño del estelar, Ben Leonberg, ha explicado que solo filmaba tres horas al día y en sets controlados, lo que hace suponer que su objetivo era no estresar a su mascota.

Con menos de un millón de dólares de presupuesto, la principal fortaleza de la historia radica justamente en las reacciones de su peludo protagonista.

Ello debido a que dichas reacciones dotan a la película de una gran autenticidad y porque, obviamente, causan una empatía a flor de piel en la audiencia.

El filme comienza con el dueño de "Indy" mudándose a una granja familiar supuestamente embrujada y en donde el ser sintiente comienza a percibir energías extrañas.

Lo que sigue es una serie de emplazamientos de cámara bien resueltos para percibir las reacciones del lomito, que indudablemente son la mayor atracción de la película.

Así, sus miradas, ladridos y llantos elevan la premisa del argumento, uno que tiene el defecto de caer en algunos lugares comunes del género como incluir varios "jumpscare".

Un "jumpscare" es la aparición abrupta de un rostro o figura tétrica, así como la utilización de un sonido fuerte, que tienen la finalidad de causar mayor tensión en los espectadores.

En el caso de "Good boy" se puede identificar un constante uso de ese tipo de recursos, que desafortunadamente le restan profundidad a la premisa.

Además, la película apenas dura 75 minutos, pero por momentos se siente como una historia larga y pesada, lo que evidencia su irregular ejecución.

No obstante, "Good boy" es dueña de una cuidada paleta fotográfica, en donde se trata de evitar darle foco a los rostros de los seres humanos que aparecen en el relato.

Eso último se agradece infinitamente, porque logran que la propuesta se sienta profesional y bien planeada. También resulta admirable que el filme trata de ser lo más artesanal posible.

En cuanto a su discurso, es plausible que el terror solo es un pretexto para hablar sobre los duelos o la pérdida de un ser querido. Ojo a la última secuencia de la película, que también es otra de las grandes virtudes de la misma.

Al final, "Good boy" es recomendable en términos generales, que sí pone nerviosa a la audiencia por varios momentos, pero tampoco es la propuesta más sublime de este año.



Con "Frankenstein", Guillermo de Toro echa mano del monstruo para reflexionar sobre la condición humana


Cinetiketas | Jaime López


Las dos ocasiones en que un servidor ha podido ver en pantalla grande "Frankestein", la nueva película dirigida por Guillermo del Toro, hubo espectadores que terminaron llorando después de leer la cita textual con la que el realizador tapatío cierra su propuesta.

Se trata de un fragmento de la poesía de Lord Byron, quien fue el que desafió a la prestigiado Mary Shelley, dramaturga británica y creadora de "Frankestein", a escribir un texto de terror.

La cita habla sobre los corazones rotos y su supervivencia en un mundo hostil, que justamente captura la esencia de lo que quiso transmitir Mary Shelley y Del Toro.

Con su característico estilo visual gótico, el "Frankenstein" del creador mexicano plantea una historia acerca del perdón y de tomar la decisión de continuar existiendo a pesar de nuestras heridas personales o familiares.

Para quienes no conocen la sinopsis, el protagonista de la historia, "Víctor Frankenstein", decide rebasar los límites de la ciencia y crear vida como si fuera un Dios moderno, debido a un episodio doloroso que tuvo en su infancia.

Dicho episodio fue provocado por el yugo de su padre, un médico extremadamente frío que estaba más preocupado por su imagen y el legado de su apellido, que por el bienestar de su vástago.

A partir de ese argumento, y capturando el espíritu de la novela de Mary Shelley, Del Toro propone un discurso sobre el rechazo, pero también sobre la capacidad de las personas para seguir teniendo esperanza y amor, a pesar de la violencia que hay a su alrededor.

Todo esto sin apartarse de su estilo lleno de fantasía, así como sin prescindir de sus escenografía y musicalización góticas.

Además, el cineasta no tiene temor en mostrar secuencias sangrientas, que contrastan con la elegancia de sus decoraciones, pero que visualmente hacen más atractiva su paleta fotográfica.

En cuanto a las actuaciones, Jacob Elordi logra rebasar las limitaciones del maquillaje para entregar una actuación llena de una sensibilidad epidérmica con su "Criatura", mientras que Mia Goth interpreta majestuosamente a "Elizabeth", metáfora de la inteligencia emocional o de la compasión en la historia.

Acerca de Oscar Isaac he leído opiniones encontradas, pero cumple con su personaje, aunque no resulta memorable, algo que se lamenta, porque es el que tiene la mayor parte de la historia en sus hombros.

No obstante, el "Frankestein" de Del Toro es una de las mejores propuestas fílmicas que se ha estrenado este año, la cual evidencia que, pese al paso de los siglos, las heridas y dolores personales siguen definiendo la condición humana.


"Camina o muere", crudo retrato sobre la explotación a los jóvenes y la gente de a pie



#Cinetiketas | Jaime López


La competencia encarnizada y el control de las juventudes por parte del Estado son dos de las ideas que forman parte de "Camina o muere", la adaptación fílmica del texto escrito por Stephen King, "The long walk" o "La larga marcha", por su traducción al español.

Se trata de una propuesta discreta y efectiva, que con poca publicidad, ha sido bien recibida entre la crítica mundial y la audiencia debido a su cruda representación del capitalismo y la desigualdad social.

Ello debido a que cuenta la historia de 50 adolescentes que deben caminar a una velocidad constante a lo largo de varios días y sin ninguna meta específica de kilómetros.

Quien baje su promedio de recorrido es amonestado y quien sume tres advertencias es ejecutado por los elementos del ejército que vigilan a los concursantes.

Muy al estilo de "El juego del calamar" y la saga de "Los juegos del hambre", el premio para quien se mantenga como la última persona viva es un apoyo económico.

Esa es la línea argumental que utilizan los creadores del filme para erigir una crítica contra el abuso de los poderosos hacia la población de a pie, pues se aprovechan de su necesidad financiera para controlarla a su antojo.

Junto con ello, el director de la película, Francis Lawrence, se encarga de representar a la clase dominante como un ente insensible y deshumanizado, que supervisa el concurso desde la comodidad de sus tanques.

Y además se las ingenia para transmitir oportunamente el cansancio, agonía y ansiedad de los participantes, que en su momento Stephen King plasmó de manera grandiosa en su novela.

En la obra audiovisual estrenada en septiembre pasado, Lawrence demuestra su oficio para los dramas distópicos, un estilo que consolidó en "Los juegos del hambre".

Asimismo, respetó la petición del aclamado escritor de obras de terror, quien puso como condición que solo daría luz verde a la adaptación cinematográfica de su historia sino matizaban la violencia de la misma.

Y así sucedió, porque en "Camina o muere" Lawrence exhibe las ejecuciones de los participantes de manera explícita, con la sangre salpicando la cámara.

Asimismo, no tiene temor de mostrar el excremento que sale de los traseros de los jóvenes, quienes no pueden detenerse a hacer del baño, porque eso podría costarles la vida.

Por otra parte, el también responsable de "Constantine" y "Soy Leyenda" logra construir un retrato acerca de la amistad masculina y la pérdida de la inocencia, apoyado por un elenco de rostros frescos, en donde destacan los protagonistas, Cooper Hoffman y David Jonsson.

Ambos transmiten una hermandad a flor de piel, que se ve acentuada por las condiciones extremas en las que se encuentran inmersos y, además, logran dar a los espectadores un aire de esperanza.



"Una batalla tras otra", contestaria e imperdible


Cinetiketas | Jaime López



Una contundente e ingeniosa declaración de guerra contra la élite conservadora estadounidense. Así es cómo puede definirse "Una batalla tras otra", la más reciente película de Paul Thomas Anderson, considerado como uno de los realizadores más iconicos del séptimo arte contemporáneo.

Centrada en los supuestos pecados que persiguen al exintegrante de un grupo radical revolucionario, interpretado por Leonardo DiCaprio, "Una batalla tras otra" es una obra que destaca tanto en su forma como en su contenido.

Es decir, alcanza un nivel de virtuosismo tanto en su ejecución técnica como en su discurso, el cual está inspirado por la novela "Vineland", de Thomas Pynchon.

Sin embargo, el propio director y guionista del filme (Anderson) ha declarado que su propuesta no es una adaptación como tal del texto aludido, sino que toma prestado varios de sus elementos clave para hacer una versión actualizada.

Dicha versión resuena fuertemente en el presente por la coyuntura política que se vive en Estados Unidos bajo el mandato de Donald Trump y sus políticas anti-migratorias.

En ese sentido, "Una batalla tras otra" tiene una clara postura a favor de la diversidad racial y se va a la yugular contra los fascistas, defensores de la mal llamada "supremacía blanca".

Eso último se puede constarar en la mofa que el cineasta hace de los antagonistas, exhibiéndolos como seres de doble moral, que recurren a argumentos ridículos para justificar sus yerros o atropellos contra la sociedad.

Ojo a esa secuencia en la que el personaje de Sean Penn asegura que fue "violado a la inversa", porque su presunta agresora, una mujer negra, quería despojarlo de su "poder".

Es justamente ese tipo de detalles, llenos de ironía o sarcasmo, los que convierten el guión de "Una batalla tras otra" en una elegante radiografía de los blancos privilegiados.

Además, Paul Thomas Anderson demuestra su oficio para llenar los espacios en los que filma, es decir, para darle significado a todos los escenarios en los que transcurren sus acciones: guettos de migrantes, azoteas, carreteras y hasta las instalaciones de sectas racistas.

En cuanto a su elenco, todos tienen fuertes posibilidades de nominaciones por su labor, tanto los intérpretes ya consagrados como DiCaprio, Sean Penn y Benicio del Toro como las caras más frescas o novedosas, es decir, Teyana Taylor y Chase Infiniti.

La primera de ellas da vida a una mujer que desea fervientemente cambiar el mundo, pero que debe tomar una decisión que afecta su personalidad, convicciones y su relación de pareja.

Además, está lleno de matices y simbolismos, que permiten reflexionar sobre temas actuales como la maternidad elegida y la autonomía personal.

En cuanto a Chase Infiniti, se trata probablemente de la mayor revelación actoral en lo que va del 2025, pues a pesar de que "Una batalla tras otra" es su primer filme, su interpretación tiene una solvencia espectacular, que desborda inteligencia, valentía y hasta sentimientos encontrados.

Obviamente, hay un grupo de hombres rancios que no ven con buenos ojos la reciente película de Paul Thomas Anderson, quien nuevamente graba escenas únicas, memorables y con un gran estilo fotográfico.

Dichos rancios han calificado su obra como "un panfleto izquierdista", lo que evidencia que su supuesta crítica o reseña se basa más en una postura política, que en un análisis de los méritos técnicos, artísticos y discursivos del filme.

Lo mejor es que el respetable tome su propia decisión y la vea en pantalla grande para disfrutar la nueva hazaña visual del creador de "Magnolia" y "Petróleo Sangriento".



"El gran viaje de tu vida", decepcionante, forzada y nada grandiosa



Cinetiketas | Jaime López



Decir que lo mejor de una película es el cover de una canción que comienza a escucharse de fondo en la última secuencia es muestra de que la producción por la que se pagó un boleto resultó fallida casi en su totalidad, en especial, en el desarrollo de su historia.

Es el caso de "El gran viaje de tu vida", el nuevo largometraje estelarizado por Margot Robbie y Colin Farrell, que no tiene nada de grandioso y que ni siquiera se siente como una propuesta entretenida o palomera.

Y es que aunque los intérpretes referidos son carismáticos y se esfuerzan en cada una de sus interacciones, la historia se va desinflando poco a poco hasta convertirse en una odisea plana y aburrida.

Dirigida por Kogonada, artista de origen surcoreano con un buen prestigio en el circuito independiente, "El gran viaje de tu vida" sigue a dos extraños que se conocen en la boda de unas amistades que tienen en común.

Tras un par de conversaciones, aceptan realizar un viaje que les propone el GPS del vehículo que les rentó una extraña agencia de automóviles.

En ese sentido, la premisa sonaba sumamente interesante y tentativa en los avances promocionales, sobre todo, para quienes disfrutan de propuestas aparentemente atípicas y que invitan a la audiencia a autoevaluarse.

Si a eso se le agrega la combinación de dos estrellas de Hollywood, con una innegable fuerza mediática e interpretativa, las expectativas eran demasiado elevadas.

Sin embargo, algo no cuaja en la ejecución del guion, pues la película termina generando bostezos en distintos niveles y una escasa conexión con la historia de amor proyectada en la pantalla grande.

De hecho, algunos analistas califican a la obra con los adjetivos de "fría y distante", algo en lo que no se equivocan debido a que varias escenas se sienten metidas a la fuerza para tratar de conmover a la gente.

Ese quizá es el mayor defecto de "El gran viaje de tu vida", que su premisa aparentemente mágica se ve diluida con motivo de las distintas escenas impostadas a lo largo del metraje.

Una de ellas ocurre cuando en el guion escrito por Seth Reiss se ponen a los protagonistas a pelearse bajo la justificación de sus inseguridades y traumas personales.

Pero dicho momento es predecible y acortonado, además de que tiene una resolución insípida. Así también se siente la reflexión sobre el duelo que se pretende hacer a través del rol de Margot Robbie.

Al final, es el cover del éxito musical escrito hace 45 años por Pete Townshend, "Let my love open the door", el que produce una ligera sonrisa en las personas que esperaban una cinta inolvidable y epidérmica, pero que resultó todo lo contrario. Tan decepcionante es que ni siquiera se agradece el cameo de Kevin Kline, que en 1989 ganó una estatuilla dorada como mejor actor secundario.
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