Letrinas: Enramado de hojas verdes


Enramado de hojas verdes
Por Julieta González Valle

En el carro al ir presurosos, sentimos un tremendo susto acompañado de una sequedad en la boca que en mi vida había experimentado. Mi tío manejaba mientras yo trataba en el asiento trasero que mi abuelo no se fuera de nuestro lado, un enramado de hojas otoñales en el pecho acompañaba sus manos ya frías y algo moradas empeoraban la tensión que nosotros de por sí ya cargábamos. Aquello comenzó como algo simple, un pequeño “traigo una molestia en el pecho” seguido de un “voy a estar bien” que se tradujo en un nosotros trasladándolo al hospital de la manera más rápida y eficaz posible. Mi abuelo ya contaba con 78 años y al ser sobreviviente de cáncer dos veces y de un ataque cardiaco, pensábamos de manera firme que esto era, algo inusual.

Al momento de ir junto a él en la parte trasera, sentí cómo al sostener sus brazos, sus manos se encontraban moradas, completamente heladas y duras. Eso me aterrorizó, le moví como pude y en ese sostener sus manos sentí cómo su frío se transmitía a mi piel, recorriéndome el brazo lentamente y haciéndome sudar, al igual que él, frío. En mi caso no sentía dolor, sino un enramado intenso en el pecho a causa de la angustia. De un momento a otro mi abuelo se fue, quedó inconsciente y extrañamente lo sentí perdido a pesar de todo el esfuerzo invertido. Fue como si yo sintiese que él no estuviese ahí mientras su cuerpo yacía a mi lado en el auto, me sentí llorar pero más que ello, sentí el enramado que se había formado en ardiéndome en el pecho y la mente fuera de mí. Pronto recobró el sentido de nuevo, quejándose otra vez, dándonos otra oportunidad que nos permitió llegar al hospital.

Mi abuelo no murió, cuando llegamos al hospital nos dijeron que se trataba de una falla renal y una descompensación de plaquetas. Su enramado había desaparecido y con ello empezaba el mío. Cuando volvimos a casa se encontraba cansado, pero de maravilla, aún su pecho dolía, pero su semblante era otro, rejuvenecido.

En mi caso el enramado apenas iniciaba sintiéndose pesado, pero no molesto, se veía como una coraza de hojas verdes y ramas que se aferraba con fuerza a mi piel y me protegía la caja torácica. Era pesada y ruidosa, al momento de llegar a mi casa vacía, todo el ruido de las hojas invadió el lugar, entrar al recinto fue algo desastroso, algunas hojas caían al piso mientras intentaba entrar e incluso cuando empecé con mi vuelta a la vida normal. Al día siguiente del incidente el ruido y tacto de las hojas me hizo despertar para darme cuenta de que no podía moverme, intente cambiar de posición en la cama, pero la coraza me lo impidió totalmente. Era un completo desastre, las hojas me impedían hacer los quehaceres.

Mi casa pronto comenzó a llenarse de hojas, mi patio de tierra y mi pecho de obstrucción, tareas como poder cambiar mi ropa o bañarme ya empezaron a ser todo un desafío para mí, en cuanto a la obstrucción, ésta ya era molesta. Pronto me sentí acorralada y empezaron los hábitos extraños como traer tierra en los bolsillos y siempre cargar agua conmigo. Había ocasiones en las cuales mi casa se percibía seca y mi único remedio era tomar el agua del grifo hasta el punto de mojarme toda en el proceso, otras veces mi cuarto me era demasiado incómodo para poder descansar y salía al patio a dormir, cerca de la tierra. El olor de la tierra mojada me llenaba los sentidos y me hacía sentir de nuevo alivio, un alivio quizá parecido al de estar en el vientre materno.

No fue sino hasta un buen día de diciembre que me percaté que en mi enramado flores hermosas habían crecido, las contemplaba con amor y respeto, como si fuesen lo más hermoso que había visto en mi vida. Aquello me conmovió de tal forma que lloré, lloré descontroladamente y me senté sobre la tierra de mi patio, con la esperanza de que el olor a esa tierra mojada me hiciese sentir un abrazo. De mí no quedó más nada, no más cuerpo, no más habla, solo quedó implantado en mi patio mi enramado precioso.

Letrinas: El acto de un solo hombre



El acto de un solo hombre

Por Gabriel Ferrum

 

El escenario brillaba con la intensidad que solo un reflector puede llegar a iluminar. Una luz artificial, tan efímera como la misma existencia del show. Un solo hombre proyectado en las sombras de un vacío silencioso. El eco hacía resonar cada centímetro del teatro. Solo aquella voz, dueña de la belleza absoluta que los maderos de roble vislumbraban con cada reflejo, era capaz de erizar la piel de cualquier espectador. La soledad insonora se presentaba con tal desespero ante la puesta en escena. Solo el acto final podría determinarlo todo. Las palabras de agonía y llantos doloros eran la cúspide de su carrera. El hombre, derrumbado de rodillas ante el escenario, sollozaba de tal forma que pedía a gritos un abrazo. Los telones se movían ante dicha demostración de impotencia y desesperanza. Sus pies tocaron los tablones de madera, alzó la vista y con una sonrisa amarga, agradeció la velada más importante de su vida, pero también la más insignificante a la vez. El lenguaje de su cuerpo, parecía comunicar cansancio y derrota. Una vez más, un fracaso en su carrera lo hacía tropezar. Las butacas vacías, yacían como una alegoría a su esperanza. Lágrimas amargas caían de sus ojos, mientras miraba el terciopelo rojizo de los asientos. El show de un solo hombre había terminado y con ello, su vida actoral. Sin más que decir, dio vuelta hacia los telones, con la intención de atravesarlos por última vez, pero el chocante sonido de unas palmas golpeándose entre sí, hizo desviar su atención. Sus ojos brillaron tenues y borrascosos. Giró la cabeza. Y ahí, justo donde la luz del reflector no llegaba, la sombra de una figura humanoide, se movía a la par de los flemáticos aplausos que invadían el silencio. El hombre inspirado por la aclamación, inclinó la mitad de su cuerpo, mostrando agradecimiento y cordialidad. Dejando atrás su intenso acto, despidió a la sombra y levantó la mano agitándola de un lado a otro.

A la semana siguiente, el acto cambió ligeramente, implementando una escena final más desgarradora y más emotiva. Un hombre perdiendo la cordura tras la muerte de su madre. Un discurso lleno de tristeza, donde expresaba el apego enfermizo, era la puesta en escena más intensa que a un principiante y loco de atar se le hubiera ocurrido. Confiado, tranquilo y lleno de fulgor, soltó gritos fuertes que ensordecían hasta el mismísimo intérprete. Arrugó su cuerpo hasta parecer una oruga barrigona y cayó al escenario como un bebé recién nacido. Su respiración era tan rígida y brusca que su garganta se desgarraba con cada aliento tibio que soltaba. De nuevo, de pie y ante el vacío de un público inexistente, buscó por todas partes a su sombra admiradora misteriosa. Las luces del público se encendieron, pero a diferencia, las de su propia esperanza se apagaron, y su amor al arte se desvanecía con el borrón de la sonrisa en su rostro. Enterrando su valor, caminó fuera del escenario hacia el telón, aún con la mínima esperanza de escuchar ese sonido glorioso bañado en clamor. Sorpresivamente, ahí estaba, resonando en el silencio espectral, apabullado cada sonido a su alrededor, como el crujir del escenario o la respiración del hombre. Sus ojos bailaban desesperadamente buscando aquella sombra, hasta que, por encima en los balcones, se encontraban unas manos dando aplausos gratificantes. Pequeñas y cansadas, las cuales emocionaban al actor y lo llenaban de gracia.

Al siguiente acto, su melancolía no faltó. Una vez más, un agregado se integró. Un gesto de alegría amarga fue aquello que el hombre dedicó durante su tercera presentación. Y una vez más, el vacío del teatro, no se comparaba con el vacío de su alma. Pero, de nuevo, allí se encontraba aquella sombra, revelando su figura, un delicado pero dulce anciano, con tintes de sabiduría por doquier, adornaban su mirada serena. Esos pequeños ojos, apenaron al hombre de su tan apresurado final, inclinó torpemente su cabeza, reverenciando y agradeciendo su amabilidad. Sus brazos extendidos reflejaban la idea de ocultarse tras las cortinas, pues, a pesar de no ver el rostro del viejo, suponía un gesto analítico. Los silencios del teatro reflejaban su propio espíritu tranquilo y pacífico. Su calma invadió su ser al observar aquella figura pequeña, pero severa.

Al siguiente y último acto, el hombre preparó todo con antelación. Una pistola falsa estaba introducida en sus pantalones, visible al público. Sus llantos y gritos de agonía demostraban el dolor del hijo dentro de la ficción. El monólogo acabó y con él, la vida de aquel personaje. Sacó el arma de sus pantalones y al hacerla sonar, cayó estrepitosamente al piso de madera, haciéndolo vibrar. Las luces se apagaron y los telones al fin se cerraron, dejando al hombre oculto a la vista. Los aplausos totalmente potentes se hicieron presentes. El actor bajó del escenario totalmente feliz y satisfecho. Inclinaba su cuerpo agradeciendo la velada. Los aplausos dejaron de sonar.

El rostro del hombre se tornó algo frío y asustadizo. El áspero sonido de los pasos aproximándose, lo terminaron de impactar. La mirada del actor se postró en el piso sin lograr enfrentar a aquel ser envejecido. Éste colocó una mano en su hombro, provocando que sus ojos se alzaran a los del anciano. Ojos tranquilos, y satisfechos. La figura dio media vuelta y caminó. El hombre lo acompañó hasta la salida sin cruzar palabras, hasta que, él rompió el silencio que los abrumaba.

–Disculpe, quisiera hacerle una pregunta –dijo el viejo. El hombre se tornó nervioso e intranquilo–… Tengo la más incesante curiosidad de saber cuál fue el motivo por el cual continuó con su show. No quiero menospreciar su acto, pero... solo yo era su único espectador.

Las palabras duras pero ciertas del viejo denotaban cierta intriga sincera de su parte. No parecía ser con el afán de infravalorar la obra de aquél hombre, sino de responder una incógnita. Éste dejó de sonreír, para luego volver a hacerlo ligeramente.

–Pasé los últimos tres años de mi vida trabajando para una empresa que odiaba con toda mi existencia. Trabajé muy duro, como esclavo, sufriendo humillaciones todo el tiempo. Gasté todos mis ahorros en comprar este viejo teatro. Estaba listo para al fin cumplir mi sueño. Escribí mi propio guion y le di publicidad. Todo estaba listo. La noche llegó y... nadie se presentó. Pero solo un aplauso me hizo volar de la tierra al cielo. Usted... usted fue quien me motivó a continuar.

La única mueca visible de aquél anciano se presentaba como arrugas en sus ojos pequeños de su ceño. La intriga lo invadió.

–No entiendo...

La vista del hombre se postraba ante el escenario, como si pretendiera haber escuchado un intenso mar de gritos y aplausos, apoyando su tan maravilloso acto.

–Un sueño solo necesita una palmada en la espalda, o un fuerte abrazo... el mío... un solo aplauso...

Alzando la mirada, revelando sus cansados ojos, el anciano sonrió y usando su viejo bastón...

–Excelente actuación... –Y sin más, dejó al actor solo en el teatro, dueño de su propio camino. Dueño del acto de un solo hombre...

Letrinas: Macaria


Macaria

Por Víctor M. Campos


Estoy sentada frente al espejo esperando a que me salgan las canas. La otra noche, mientras cenábamos, mi madrina me encontró una en el fleco. Dice que no hay nada peor que le pueda pasar a una mujer. Ella se las tiñe con esos rojos que tanto le gustan. Mi cana es blanca o más bien como plateada. Menos mal. Las canas amarillas le dan asco a mi madrina. Eso dijo mientras fruncía la boca y me la arrancaba con unas pinzas.

Felipa dice que no debería hacer eso. Que las canas son destellos de sabiduría. Pero mi madrina truena la boca y dice que qué sabiduría puedo tener yo. Y sí, digo no, supongo que no. Mi madrina es la sabia de la casa. Aunque, aquí entre nos, yo prefiero a Felipa. Ella es la que me da de comer lo que me gusta. Cuando mi madrina se va al banco o duerme su siesta, Felipa y yo vamos a mi cuarto y me da cosas ricas.

Cada primero de mes mi madrina va por su incapacidad. Luego vuelve y se encierra en su cuarto. Yo pego mi oreja a la puerta y la oigo contar el dinero en voz baja. Uno, dos, tres, y así. En la cocina le da algunos billetes a Felipa, pero antes se moja la punta de los dedos y se los va pasando uno por uno. No vaya ser que estén pegados, dice. Con lo caro que está todo. Con lo inútiles que somos Felipa y yo. Felipa me cierra un ojo y sonríe. 

Quién sabe cómo le hace, pero siempre trae chocolatitos. Ella dice que estira el dinero. Una vez yo lo intenté pero rompí un billete y mi madrina me pegó. Sólo quería estirarlo, le dije, pero no me creyó y me dio de bastonazos. Chamaca idiota. Ya me tienes harta, me gritó. Felipa me llevó a mi cuarto, me quito la ropa y me sobó. Sentí muy rico. Después, me dio un chocolate. Nomás no le digas a nadie, mijita, y te doy más chocolates luego.

          Yo aprendí a sobarme sola.

Pero Felipa se dio cuenta y me dijo que no; que eso no era para andarse haciendo así nomás. Y es que de repente me daban muchas ganas y lo hacía a todas horas y en todos lados. Felipa me dijo que si mi madrina me veía me iba a dar de bastonazos otra vez. Mejor yo te ayudo cuando se vaya al banco o cuando se duerma. Además, acuérdate de los chocolates. Así me convenció. Y aunque a veces me dan muchas ganas de sobarme, nomás me siento, cruzo las piernas y las columpio hasta que se me pasan. Felipa me mira y se pone un dedo en la boca como para que no diga nada. Y no, no digo nada. Ella es muy buena conmigo. No es de la familia, pero aquí está todo el día. Se la pasa barriendo y trapeando mientras mi madrina se depila las cejas o ve la televisión. Los sábados lava la ropa y es ahí cuando se da cuenta de que a veces no me puedo aguantar las ganas. Mira nomás estos calzones, me dice. Y yo me río. Lávate las manos antes, chamaca. O de plano bájatelos pa’que luego no me cueste tanto trabajo quitarles la mugre.

          También así se dio cuenta de lo del padrecito.

Los domingos venía a comer después de misa y se sentaba a ver la tele con mi madrina. Cuando ella se quedaba dormida, el padrecito decía que me iba llevar al cielo y me sobaba muy brusco y luego yo lo sobaba a él. Felipa se dio cuenta porque un día mis calzones estaban todos embarrados. Y ora qué es esto, dijo. Yo nomás alcé los hombros y me tapé la boca con las manos. Ella rascó la mancha, la olió y peló los ojos. Yo me reí y me hizo cosquillas hasta que le conté todo. Si sigues jugando con él ya no te voy a dar chocolates. Y como el padrecito no me daba nada y nomás se hacía pipí, ya no dejé que me llevara al cielo.

          Desde entonces ya ni viene.

          Felipa y yo somos felices. Yo me como uno o dos chocolates todos los días y mi madrina ni se da cuenta. Se la pasa viendo el programa de la Doctora Polo hasta que se queda dormida. Así desde su accidente. Felipa y yo estamos toda la tarde en mi cuarto y luego se va a su casa. Se despide de mi madrina hablándole bajito al oído y ella salta en el sillón. Sí, sí, dice mi madrina a lo puro menso. A mí me da mucha risa, pero Felipa se pone un dedo en la boca y me pela los ojos. Sé que ella también se ríe pero disimula.

          Sí, sí. Nos vemos mañana, dice mi madrina cuando por fin se despierta. Luego Felipa le recuerda que al día siguiente es domingo y que ella los domingos no viene. Sí, sí, hasta el lunes. Ya, lárgate, le dice. Cuando se va, mi madrina y yo cenamos las dos solitas en la cocina.

Así estábamos la noche en la que mi madrina me llamó. Se puso los lentes, me pidió que agachara la cabeza y me espulgó. Ya estás vieja, me dijo. Luego, sentí el jalón. ¡Auuuh! Ahora estoy sentada frente al espejo esperando a que me salgan las canas. Mi madrina me dio unas pincitas para que cuando vea una me la arranque. Dijo que si no me pongo viva me va a tener que pintar el cabello de rojo, pero yo no quiero. Felipa tampoco. Dice que mi cabello es más bonito así como está. No me ha salido ninguna cana en todo este tiempo.

Lo bueno es que mientras puedo columpiar mis piernas y comerme uno de los chocolates que Felipa me dio.

Doom Patrol: marginados contra lo establecido


Por Jorge Tadeo Vargas |

 Desde este día celebraremos el absurdo total de la vida, el birlibirloque gigante de la existencia. ¡Desde hoy que reine la sinrazón!”


-Mr. Nobody


En 1963, las dos grandes casas editoriales de comics books en los Estados Unidos publicaron un par de series que tenían superhéroes similares y con las que comenzaban a crear una nueva clase de héroes; una que no era ni admirada, ni respetada sino que por el contrario eran marginados, rechazados, perseguidos.

Distintos al resto de los seres humanos y por supuesto a los demás protagonistas que en ese momento estaban en la edad de oro del comic. Eran odiados, atacados por más veces que salvaran al mundo. Eran los marginados que ni siquiera llegaban a la categoría de antihéroes que tenían otros personajes.

Marvel publicó el primer numero de los X-Men, que aunque costó que los fans los aceptaran, el resultado con el paso del tiempo ya todos los conocemos. Una de las series más exitosa de la Casa de las Ideas, que ha contribuido hacer grande todo el Universo Gráfico de esta editorial, creando a otros equipos (X-Force, X-Factor, Excalibur, New Mutants, Deadpool, entre otros) además de haber entrado con éxito a las series live-action, películas y muchas series animadas. Marvel consiguió convertir a su grupo de marginados en un grupo que si bien en las historias se mantienen con el rechazo, en el mundo real lograron avanzar más allá. Y es que no es lo mismo, un Niño Bestia que Wolverine. Hay una enorme diferencia.

DC por otro lado toma un camino mucho más arriesgado. Con Bob Haney como escritor y Arnold Drake dibujando, apuestan por formar un grupo mucho más extraño que los mutantes de Marvel, por lo que su grupo de marginados es mucho más atípico; las historias se convierten en una suerte de viñetas de lo más bizarro e ilógicas que se han publicado hasta la fecha.

La rareza de sus personajes -protagonistas y antagonistas por igual- ha convertido a Doom Patrol -el nombre que le dieron a este equipo- en un grupo atípico, que a la par se convirtió en una serie de culto. Sin el éxito de los X-Men pero con mucha mayor libertad creativa para sus creadores y los que siguieron explorando hasta donde podían llegar con este equipo.


En términos de ventas, Doom Patrol no ha sido el mayor éxito de DC, al contrario, desde su creación a inicios de los sesenta que se publica de forma regular, ha pasado por un periodo de cancelación en cada década hasta llegar a este siglo XXI. Digamos que el mercado le da un descanso de tiempo en tiempo para que regrese mucho más irreverente, político -aunque sea incorrecto pero lo es- y con más fans que presionan para que la serie regrese. Algo que siempre consiguen.

La época más larga de publicación fue entre la década de los 80s y 90s cuando de la mano de un joven Grant Morrison que después de saltar al éxito gracias a su novela gráfica Arkham Asylum comienza una nueva época con estos marginados llevándolos a tope de sus comportamientos que no tenían nada que ver con lo que se esperaba ni de un grupo de superhéroes, ni de personas “normales” para la sociedad.

Con Morrison al mando, Doom Patrol comienza a perfilarse en lo que se convertiría en esos años: un espacio para que desde lo políticamente incorrecto se pusieran en la mesa de discusión, al menos en el ámbito del arte gráfico, comics y novelas, temas como la homofobia, la transfobia, el racismo, la salud mental. Todos ellos visto desde una verdadera corrección política, es decir, sin caer en la burla o el cliché, pero sin dejar de ser políticamente incorrectos.

En los cinco años que Morrison estuvo como escritor, la serie exploro temas que difícilmente se abordaban en otras series. El Joker puede estar loco, pero nunca se habla de por qué o el problema de la salud mental que lo lleva a ser lo que es, Morrison lo hizo, desde este comic denuncio al sistema de salud, al sistema patriarcal, a la falta de apertura con los diferentes. Fue justo aquí donde inicio su crítica a la hegemonía de los héroes en mallas.

En Doom Patrol, la característica de todos los personajes que aquí aparecen es que de una forma u otra son marginados, viven en la frontera de la normalidad, sobreviven desde el rechazo de la sociedad, no encajan en las normas establecidas por el sistema. Sus poderes, que no son tan grandiosos como los de otros son los causantes directos de sus problemas tanto personales, como colectivo y con la sociedad.

Ellos no pretenden cambiar al mundo. Su lucha no es por hacer de este un lugar mejor. No están buscando ser aceptados, responden ante villanos que los atacan ya sea directa o indirectamente. Y estos, los villanos, tampoco están tratando de dominar al mundo. Solo quieren -tanto los primeros como los segundos- ser aceptados, ser felices, que parafraseando a los X-Men podríamos decir que quieren serlo en un mundo que les teme, los odia y los rechaza.

Los personajes sobreviven más allá de sus poderes y no siempre gracias a ellos. Hay una enorme diferencia -por citar un ejemplo- entre Mr Fantastic de los Fantastic Four, que gran parte de quien es se lo debe a su poder y Rita Farr (Elastic Girl) que perdió todo lo que tenia y quien era cuando obtuvo su poder, del que se avergüenza, lo que hace además que le sea imposible controlarlo, viviendo entonces en una ansiedad que la lleva casi a la locura, a pesar de su instinto maternal de proteger al equipo. O entre Vision y toda su seriedad, sobriedad que implica ser robot, y la ira, la violencia, el enojo, la desesperación de RobotMan que no le permite “alcanzar su potencial como héroe”.

Doom Patrol poco a poco se fue ganando un espacio entre los más freaks de los freaks y fue así como se fueron convirtiendo en un símbolo de ciertas luchas, al menos de ciertos grupos en algunos movimientos de resistencia. Los personajes, incluso los villanos se prestan para eso; para convertirse en voceros de luchas. Claro, siempre hasta donde la editorial lo permite. La serie también ha sido una marginada, por lo que quienes pasan por ella saben que tienen que lidiar con esto, sabiendo que tienen el apoyo de muchos.


Liderados -en algunos casos creador/dador de los poderes- por un científico con una moral un tanto extraña, que parte de la lógica de “por todos los medios necesarios” y que además tiene una hija con un amigo imaginario que ella controla y que puede acabar con todo el mundo si se lo pide; este grupo va desde una actriz de la década de los cincuenta venida a menos -Rita Farr- un joven que puede convertirse en cualquier animal que conozca -Niño Bestia-, un robot con el cerebro de un piloto de carreras con serios problemas de manejo de la ira -RobotMan-, una joven con sesenta y cuatro personalidades, cada una con un poder distinto -Crazy Jane-, hasta un gay que tiene dentro de él a un ser radioactivo que lo mantiene vivo -Negative Man-. Los villanos no son muy distintos, un coleccionista de mariposas que se cree un dios -Red Jack-, un cazador que persigue y encuentra a sus presas comiendo vello facial -The Beard Hunter- o aquellos que no quieren conquistar al mundo sino convertirlo en un lugar más feliz, claro, desde su retorcida lógica de la felicidad -Mr Nobody-.

Los personajes secundarios mantienen estas rarezas. Una calle que es un ser vivo que se esconde moviéndose de un lugar a otro, pero que además se identifica como un ser No Binario y que sirve de refugio a seres como él; ya sean transexuales, género fluido, homosexuales, cualquiera que sea atacado por sus preferencias tiene un espacio con Danny The Street. Flex Mentallo que su superpoder radica en con solo flexionar sus músculos logra orgasmos colectivos en cualquier espacio en el que se encuentre.

Esta es una serie que incluso en estos tiempos y el significado que tiene para algunos, esta condenada a ser de pocas ventas, por lo que su duración es limitada. Sus personajes aunque entrañables, son demasiado cercanos y nos recuerdan mucho del mundo actual. No son esos grandes superhéroes como Thor, Superman, que nos recuerdan la grandeza, o antihéroes como Batman, Punisher que nos recuerdan ese lado oscuro que tenemos. Aquí vemos personajes que aunque más extraños son más reales, por lo menos sus problemas y la forma de lidiar con ellos en el día a día.

En el 2019, HBO junto a DC decidieron filmar un live action apostando por el boom actual de estas series y películas con resultados que ni ellos esperaban. Retomando la idea primaria de Grant Morrison, esta serie acomoda a los personajes en un mundo que con toda la corrección política que en teoría existe, los marginados siguen luchando por su vida; sin dejar de ser políticamente incorrecta y especialmente sin la necesidad de caer en panfletos sin sentido, van haciendo referencias a muchas de las resistencias actuales. La vida de los live action es corta, pero ya vemos en los medios que al menos Doom Patrol pasó a la historia por atreverse hablar de lo que no todos hablan y lo hace de forma correcta. Sin ofender, pero sin caer en paternalismos absurdos.

Contradiciendo a Alan Moore y sus a veces acertadas criticas a los live action de hombres en mallas -¿podemos clasificar a Doom Patrol en este lógica? No lo sé, juzguen ustedes- el acierto de esta serie es que no infantiliza, no vende grandeza inexistente, irreal, al contrario, nos invita a reflexionar sobre las luchas individuales y colectivas que todos llevamos en el día a día, a sentir empatía hacia todos aquellos que reciben/recibimos el rechazo continuo. Lo hacen sin caer en la falsa corrección política actual y sin dejar fuera el humor políticamente incorrecto tan necesario en estos tiempos.

Desde el exilio en Ankh-Morpork




Jorge Tadeo Vargas: Escritor, ensayista, activista, anarquista pero sobre todo, panadero casero.

Tranquility Base Hotel & Casino: psicodelia en la alfombra

Las reseñas innecesarias | Por Juan Jesús Jiménez |


Probablemente al mencionar a Arctic Monkeys se nos venga a la mente el año 2013 cuando popularizaron su música con su álbum AM, pero mucho antes, la banda ya contaba con canciones icónicas y con experimentaciones interesantes que dieron forma a lo que encontraríamos en su disco del 2018; Tranquility base hotel & casino, funciona con una ruptura entre lo que la banda británica ofreció en AM, sin perder la calidad con la que llegaron a la fama mundial.

En medio de sonidos psicodélicos y glam, rondando ritmos pop y rock, cada una de las once canciones que conforman el álbum, destacan por sí solas en una línea muy dispersa pero bien definida. Grabado en muchos estudios entre Los Ángeles, París y Londres, el disco fue lanzado bajo el sello de la discográfica independiente Domino Records. Inmiscuido entre la expectativa, la recepción al público general fue muy dividida y no es difícil adivinar el porqué.

Todas las canciones destacan por sí solas, porque todas son muy distintas entre sí; se pueden reconocer los instrumentos -o efectos en ellos- recurrentes, pero su uso tan cambiante hace de cada canción una experiencia que, de no estar abierto al cambio tan brusco entre AM y este disco, puede resultar confuso y hasta tedioso. Esto sobre todo, en canciones como Batphone donde es notable el papel de instrumentos poco frecuentes en el rock alternativo como lo sería el piano o una línea dominante de bajos.

Sin embargo, de principio a fin, el disco es un viaje entre la música de los 60’s y la modernidad que da ese efecto de una nostalgia futura, o la de una voz sincrónica; la voz de Alex Turner como casi total protagonista de las canciones, las melodías complejas y hasta indecisas de las guitarras, bajos que siguen su propio ritmo, hacen alusión a ritmos como el blues o el jazz, pero es el uso de sintetizadores, de guitarras barítono, lap steel, hace que las variaciones de acordes sean suavizadas y hasta resueltas en las líneas de las estrofas y coro.

El disco retoma mucho de la esencia de su propia portada, recuperando mucho de lo que podríamos sentir en una parada breve en un hotel alejado -cuyo nombre es una referencia al lanzamiento del Apollo 11 en 1969. Pensamientos sueltos, amores ocultos, desengaños y un músico que habla consigo en el piano del bar como lo encontramos en One point of perspective.
 

Letrinas: Ojos de amanecer (sus labios me sabían a mona)



Ojos de amanecer (sus labios me sabían a mona)

Por Chrys Sainos


— Agárrate fuerte y tranquila, nada malo pasará.

Aferré mi cuerpo contra el suyo y entonces me perdí en el amanecer de sus ojos.

Reaccioné cuando una camioneta casi nos hace papilla.

Siempre tuve miedo a la velocidad pero mis fobias no me iban a privar del placer de rodear su cuerpo con mis brazos.

Ajustaba el enorme casco a mi cabeza cada tres minutos para que no volara a mitad del periférico provocando un accidente al puro estilo de destino final.

Te reíste tanto de mi cara pálida y de mi forma de llorar cuando un tráiler casi nos lleva de corbata.

Llegamos a nuestro destino y te besé con desesperada ansiedad al despedirme. Necesitaba dormir profundamente después de casi verte morir.

Hoy desperté pensando en ti.

Cada mañana de lunes el mismo martirologio. Café, sueño, la mañana nublada… Pero esta vez fue diferente gracias a tus ojos de sol.

Una rola de Catana sonaba en el tocadiscos. Sí, ahora lo vintage es cool otra vez; o ¿es una moda surgida de esa atemporalidad y sensación de muerte cercana que nos dejó una epidemia mundial?

Como sea, en mi mente la música se mezcla con nostalgia y emoción.

A mis treinta y tantos no suelo emocionarme por un idilio de fin de semana, por eso no entiendo porqué no dejaba de sonreír cada vez que a mi mente volvía el recuerdo de tu sonrisa dulce, tus manos fuertes y tu piel de fuego.

"Debo dejar de buscar el amor y convertirme en una adulta funcional", me repito mientras explotan estrellas en mi estómago al mirar la última foto que subiste a IG, "las relaciones a distancia no funcionan" repito mientras recuerdo el sabor embriagante de tu saliva y me regaño cuando recuerdo que te mentí diciendo "aquí nadie se va a enamorar" antes de verte partir.

Sus besos me sabían a mona.

Nunca he “moneado” pero pues según yo es como thinner en una bolita de algodón... creo. Así como olía el taller de carpintería en la secundaria. Rico, mareador, a peligro.

Él era para mí mucho más que un cuerpo bien formado de hermosas proporciones. Tenía la sonrisa dulce; como olor a pan recién horneado  y la mirada cálida como un amanecer en la playa.

Sus ojos me ponían mal, nerviosa y sonsa. Hasta ganas de escribir poesía me daban.

No soy poeta. Nadie lo es.

Esos remedos de Cortázar y Bukowski que deambulan entre la intelectualidad y el ocio son sólo borrachos patibularios que en la poesía encontraron una forma de justificar su miseria, con pretexto de un concepto de belleza más rancia que sus saquitos de terciopelo.

Esos son mis pares. Pero no son poetas.

Encontramos una utopía romántica entre la rebeldía  de mis demonios y el fuego de los suyos. Nada podía salir mal.

Cinco años de sexo salvaje, gatos y arte.

Pasabas temporadas largas entre mis piernas haciendo música con el viento, mientras mi pluma sangraba tinta cada que el timbre de tu voz incendiaba  mis entrañas y aceleraba mis latidos.

Construimos la vida que jamás quisimos pero siempre soñamos. Sobre una motoneta fiada recorrimos caminos prohibidos y senderos olvidados.

— Agárrate fuerte y tranquila, nada malo pasará.

Aferré mi cuerpo contra el suyo y entonces me perdí en el amanecer de sus ojos.

Desperté un día en una cama extraña, incómoda y gris. La enfermera me puso al tanto de los últimos años.

Todo había cambiado.

¡Mi cara, cuerpo y mirada! La persona en el espejo me era completamente ajena.

Pregunté por ti. Sin recibir respuesta. Cómo si jamás hubieras existido. Nuestro departamento en Cholula, mis libros, tus tocadas, la línea de joyería artesanal que lanzamos juntos.

Nada pasó realmente.

Cada noche sentados en la azotea mirando las estrellas con un porro y tus ojos encendidos de fuego al hacerme el amor fueron solo un producto de las benzodiacepinas que consumo desde hace años para sobrellevar una realidad que jamás pude afrontar.

Desde el momento en que subí a esa motocicleta supe que algo no iba bien. Tus maniobras eran más imprudentes que intrépidas. El colmo de mi ansiedad llegó cuando pasamos entre dos tráilers de doble eje y tú reías al tomar el periférico como si de una pista de motocross se tratara. Las mentadas de madre de los automovilistas, mis manos sudorosas apretando fuerte tu pecho, mi mente gritando "¡basta, detente!" y luego...

Agárrate fuerte y tranquila, nada malo pasará.

Aferré mi cuerpo contra el suyo, me perdí en el amanecer de sus ojos y entonces... llegó la oscuridad.


Letrinas: Los gatos


Los gatos

Por Samanta Galán Villa


Espero que mi madre baje de la única habitación que hay en el tercer piso: una especie de bodega que acondicionó como santuario para guardar las tazas que coleccionó de sus viajes por Europa, quedarse a dormir cuando no quiere cenar o encerrarse los fines de semana con las fotos de mi padre y los libros de cuentos que me contaba de niña.

Hace cuatro meses que salió por última vez. Nunca imaginé que algo así podría ocurrir cuando trajo al primer gato. Sucio, blanco con manchas negras. Los brazos de mi madre tenían arañazos que le hizo el animal. Parecía no importarle el dolor.

No quiso hacer la comida. Prefirió meterse al baño para darle una limpiada al nuevo huésped. Hice un caldo de pollo porque sé que es su favorito. Ella, mi madre, comió poco. Dijo no voy a trabajar mañana porque tienen junta los maestros. Quizá no recordó que mi preparatoria lleva el mismo calendario escolar que el suyo y no marcaba suspensión. No dije nada. Qué podía decirle a mi madre si bien quería darse un día de descanso. Todos merecemos uno alguna vez.

A ese gato le siguió otro. Pelaje gris, chiquito, tendría unos dos meses. Los estantes comenzaron a llenarse de libros de cómo satisfacer las necesidades de cachorros que se han quedado sin sus madres, cómo enseñar a un gato a no destrozar los sillones. Uno más con el título Un día los gatos dominarán el mundo. Mi mamá parecía seguir las instrucciones con devoción.

Sólo éramos nosotras. Nunca conocí a mi padre. Supe que antes de que yo naciera, se escapó con una de sus amigas de infancia. Se casaron en Acapulco y tuvieron tres hijas. Medias hermanas que hasta hoy sólo conozco de nombre.

No quise interrumpir esta nueva afición. A lo mucho, le recordaba que no podíamos mantener tantos animales y que debíamos regalarlos. Ella me decía que sí y que todo a su tiempo.

El pelo comenzó a amontonarse en las esquinas. Ya no eran dos sino ocho gatos los que se subían a la mesa, tomaban agua del inodoro y usaban como rascador la cabecera de mi cama. A mamá no le apuró el desorden. Cuando llegaba del trabajo intentaba limpiar los areneros y con la escoba barría los tres pisos. Mientras se hiciera cargo de ellos, todo estaba bien.

Con la llegada del número trece, mi mamá dejó de ser la secretaria en el colegio salesiano. Uno de los padres era alérgico al pelo de gato, mismo que parecía estar en cada centímetro de nuestra ropa.

Es temporal, hija. Ya buscaré otra cosa, decía para calmar mis reclamos de supervivencia. Luego tomaba un libro y se sentaba en el sillón para hojearlo. Me quedaba de pie, mirándola entrar a ese espacio que parecía fascinarla y en el que no estaba yo ni las necesidades de la casa. Ese lugar interno, tan lejano a mí, casi en el fin del mundo.  

La alacena quedó vacía luego de un mes. Mamá llevaba dos semanas recluida en ese maldito cuarto con veinte gatos. Intenté hacerla entrar en razón. Le decía madre, ya no hay dinero para comprar pollo. Mamá, se terminó el atún y las sardinas. Si no hacemos algo nos vamos a morir de hambre. Ella asomaba un ojo por el rabillo de la puerta, ventilando un aroma a sudor y a excremento y volvía a encerrarse.

Resolví vender algunos muebles y aparatos que dejaron de ser útiles, como la cama de su habitación, su tocador y una computadora de escritorio. Con el dinero compré hígados de pollo, arena, rascadores. Jamón y huevos para nosotras.

Puse los hígados en una charola, decidida a entrar al cuarto. Me amarré un pañuelo en la nariz para soportar la peste. Ella estaba debajo de la cama. El suelo cubierto con hojas arrancadas de los libros de cuentos. Pedazos de porcelana amontonados en una esquina que ya no decían Roma, Italia ni Berlín. Arañazos desfiguraron el rostro ausente de mi padre.

Los gatos fueron a mis pies, arrastrando los maullidos graves y continuos, como si suplicaran una caridad. Aventé los hígados al piso. Se amontonaron para alcanzar un pedazo y mamá salió, apoyándose en las rodillas y manos. No tenía ropa. Una capa de pelusa negra, naranja y gris le cubría los brazos y la espalda arqueada, dejándole ver los huesos de la columna.

Estaba llena de excremento y apenas pude distinguir en su cara algo de humanidad. Tomó uno de los hígados y lo dejó en su boca un rato, saboreándolo mientras los ojos se le ponían en blanco. Azoté la puerta al salir, como si un tigre me persiguiera y estuviera a punto de alcanzarme. A mis espaldas escuché el ruido del seguro.

***

Tiene tres semanas que no me deja entrar y sólo abre para recibir las bolsas con cascajo. Hoy va a salir. Lo sé porque desde la mañana oigo que avanza unos pasos y regresa. Los gatos maúllan a coro, como si ella los hubiese adiestrado para eso, como si obedecieran a sus deseos.

Estoy al final de las escaleras, viendo cómo se abre la puerta y salen más gatos de los que entraron. Bajan corriendo y, como yo, esperan. Ella es la última en salir. Parece que se ha acostumbrado a tener esa posición cuadrúpeda y la espalda en arco. Sus uñas largas hacen ruido sobre el azulejo. El cabello castaño se extiende por todo su cuerpo. Es suyo el pelaje que ahora le da el aspecto de una fiera. Da pasos lentos, poniendo una mano y luego una rodilla.

Pasa junto a mí y nunca antes me sentí tan alta. Me doy cuenta que debajo de su melena sólo hay huesos y piel. Me mira, pero ya no la reconozco. Somos dos desconocidas, dos especies diferentes que dicen adiós.

Cruza la puerta acompañada de los animales que la siguen con los rabos en alto. Enfrente el sol está por ocultarse. El pelaje de mi mamá brilla, tan libre y salvaje. Suave, como el deslizar tibio de mis lágrimas.

Gerardo Enciso en vivo en el umbral de Casa Yonki



Gerardo Enciso, el poeta del rock rupestre, pasó por el umbral de Casa Yonki para está sesión en directo. No olvides suscribirte a nuestro canal para ver y escuchar más música filosa. 


“Ciudad Soledad” abre sus puertas al público en vivo



En diciembre de 2020 Iván García y Los Yonkis lanzaron su quinto disco de estudio llamado Ciudad Soledad. Trabajo que contiene 13 tracks conformados por letras de Iván García y arreglos musicales de Los Yonkis. Esta nueva placa producida por Carlos Iván Carrillo y grabada en Casa Yonki, condensa referencias estilísticas a Bob Dylan, Johnny Cash, Tom Petty, Neil Young, Bruce Springsteen, y Quique González, rolas repletas de referencias contemporáneas y musicales que nos invitan a desentrañar el ruido de fondo para encontrar una propuesta musical desde Puebla.


Ciudad Soledad es un álbum que se publicó en tiempos de pandemia por lo cual, a lo largo de este año, no pudo presentarse con la ceremonia correspondiente y a como nos tiene acostumbrados la banda poblana. La cita para la esperada presentación oficial del disco será el 21 de enero de 2022 en el foro Beat 803 en la ciudad de Puebla. Los invitados serán la banda poblana Té de Brujas, así como la cantautora Bluez Marentes desde Monterrey, Nuevo León. 


Los Yonkis, banda integrada actualmente por Iván García, Carlos Iván Carrillo, Beto Montes, Héctor Arenas y Rafa Ortíz; apuestan por esta presentación en la que se podrá disfrutar de todas las canciones del álbum en su versión en vivo, así como canciones tradicionales de producciones anteriores que el público poblano conoce bien.

Aunque en la dinámica actual de la industria los álbumes han sido sustituidos por sencillos, Los Yonkis, congruentes con su alma vieja apuestan por una obra completa integrada por 13 tracks. En palabras del escritor hidrocálido Sergio Martínez: “con este disco la banda poblana nos regala en sus canciones una ucronía musical y un coctel de steampunk sonoro que pretende hacernos llevadero un año de mierda. Quizá estas rolas nos ayuden a transitar por una pandemia que nos ha arrebatado a familiares y amigos”.


Los boletos de acceso para la presentación están disponibles ya desde la plataforma Boletia y tienen un costo de preventa de $100 pesos y el día en taquilla $150. Adquierelos aquí: https://cutt.ly/fUv3Yg6




Aunque tú no lo sepas: una charla con Torio Bertamoni de Estelares

 

Estelares es una de las bandas contemporáneas más escuchadas en Argentina. Con 25 años de trayectoria han sabido mantenerse en el gusto del público con canciones y letras que ponen el corazón sobre todo. En esta entrega de "Aunque tú no lo sepas", el gran Torio Bertamoni nos habla de la historia de la banda, la forma en como trabajan y el avance del próximo disco a estrenarse durante la primera mitad del 2022.

Para más entrevistas suscríbete a canal de YouTube de Casa Yonki.

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